Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Capítulo 1
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Capítulo 1

Elara

Salgo del avión, en un vuelo que he hecho en primera clase, para ir a recoger mi maleta.

Mi padre quería mandarme su avión privado, pero preferí que no lo hiciera. Aun así, insistió en enviarme un billete en primera.

A veces me cuesta aceptar que mi padre es uno de los hombres más ricos e influyentes de Nueva York.

Con mi madre he vivido siempre con lo justo, aunque mi padre insistía en mandarme dinero siempre que lo necesitara.

Pero, por el orgullo de mi madre, siempre me he negado, ya que para ella era importante sacarme adelante sola.

Aunque lo haga de pena.

Hemos tenido momentos complicados, por la mala cabeza de mi madre. Sobre todo, cuando entraba un hombre en casa.

Mi madre es de las que, cuando se enamora, pierde la cabeza, ya que a los pocos días los mete en casa como si nada.

Para mí no ha sido fácil compartir casa con extraños desde pequeña. Era como si en mi propio hogar siempre tuviera que estar alerta.

Creo en el amor, pero no puedes meter a un extraño en tu casa, y más con una hija joven.

He tenido que ver cosas que nadie debería ver, ni yo misma, pero mi madre es así de descuidada.

Es pasota y un poco hippy . La quiero, pero vivir con ella no ha sido fácil cuando en más de una ocasión yo parecía más la adulta que ella.

Mi hermana ha tenido la vida más fácil, porque mi padre es más tranquilo. Está centrado en los negocios y no suele perder la cabeza por la primera mujer que pasa. Está casado con su secretaria desde hace diez años.

Everly me dijo que sabía que entre ellos había algo desde hacía tiempo, pero que a nuestro padre le costó dejarse llevar. Al final, Mónica, que así se llama mi madrastra, dio el paso y acabaron casándose.

La conozco por las videollamadas, pero no la he visto nunca en persona, porque mi madre se pone muy nerviosa en su presencia. Por eso, cuando íbamos de vacaciones nunca nos acompañaba.

La verdad es que tengo muchas ganas de estar con ellos, pero no sé cómo amoldarme a la vida de lujos de mi padre.

Sé que voy a desencajar.

Mi hermana Everly se ha tomado un año sabático, en un retiro, para decidir qué carrera quiere estudiar.

Está en Alaska, adonde mi padre la ha mandado.

No la veré, pero como siempre hablaremos por móvil o por videollamadas. En el fondo sé que está evitando irse con nuestra madre, pero el año que viene no podrá escaparse. Mi padre le dio un año, y no más, para elegir lo que quiera estudiar en Chicago, cerca de mi madre.

Cuando estamos todos juntos, Everly discute mucho con mi madre. No soporta sus excentricidades ni su forma de reírse de todo.

Como mi madre y mi padre no pueden verse, a pesar de que estamos en la misma casa de vacaciones, tenemos turnos para estar con uno y con otro.

Las comidas con mamá y las cenas con papá.

Everly se quedaba muchas veces dormida para no comer con nuestra madre.

No lo va a pasar bien cuando le toque irse.

Yo la entiendo, ya que no es fácil vivir con una persona tan inestable, pero es nuestra madre y ahora le toca esa vida.

A mí… la de niña rica y, la verdad, no me apetece.

Salgo ya con mi maleta y veo a un hombre de traje negro con un cartel en el que pone mi nombre.

Me acerco a él y agarra mi maleta sin saludarme.

—Es de buena educación decir hola. —Me mira como si me perdonara la vida y me recuerda a los hombres de negro. Espero que no me tome por un marciano y me mate.

Vamos hasta un lujoso vehículo y otro hombre me abre la puerta.

—Buenos días, señorita Elara. Esperamos que el viaje haya sido de su agrado.

—Mucho. Gracias.

Me meto en el coche y me ofrecen bebida y comida.

Pido de todo. Siempre me pasa que pido de más y al final me dejo la mitad.

Tomo aire, sabiendo que ya no hay vuelta atrás. Nueva York es ahora mi nuevo hogar. No sé si estoy preparada.

* * *

Llegamos a Manhattan, donde mi padre tiene un lujoso ático de tres plantas que da a Central Park.

Salimos del coche y me dicen que los siga.

Nerviosa con tanto lujo lo hago y entramos en el ascensor, donde meten una llave para ir al piso de mi padre.

Empieza a subir y, cuando se abren las puertas, un lujoso recibidor nos acoge.

Salgo y la puerta se abre. Aparece un mayordomo que me pide que lo siga a mi dormitorio.

Esperaba a mi padre o a mi madrastra, pero no hay nadie.

Cuando me dejan sola, observo el cuarto, que es mucho más grande que toda la casa que comparto con mi madre.

Escribo un mensaje a mi madre para decirle que he llegado.

Me contesta:

Mamá: No dejes que todo ese lujo te nuble la cabeza.

Elara: Eso no pasará.

Mamá: No sé yo. Al final, todo ese lujo te perderá, como a Everly.

Elara: Everly no está perdida. Tienes que entenderla.

Mamá: Cuando tenga a esa malcriada delante, se va a enterar. Tomarse un año para pensar… Yo la habría puesto a trabajar.

Elara: Bueno, tómate este tiempo para tratar de comprenderla.

Mamá: No lo haré. Tu hermana es una niña mimada. Tiene que espabilar y en cuanto a ti, espero que todo el lujo de tu padre y sus tonterías no te cambien.

Dejo el móvil, nerviosa. Mi madre es muy cuadriculada y no entiende que no siempre tiene razón.

Escribo un mensaje a mi mejor amiga, Lia, y me llama.

—¿Cómo ha ido el viaje?

Me tiro en la cama y los cojines rebotan.

—Muy bien, pero he llegado a casa y estoy sola entre tanto lujo. —Se ríe.

—Ya quisiera yo tener un padre que seguro caga oro.

—Eres una bruta. —Se carcajea—. No sé si voy a encajar aquí…

—Bueno, dice mi madre que la tuya se ha echado un nuevo novio y que es un capullo borracho. Estás mejor ahí que teniendo que lidiar con la nueva pareja.

Me recorre un escalofrío.

—En el fondo, entiendo a Everly. No va a ser fácil esa vida para ella.

—Lo de vivir con tu madre no es fácil para nadie, pero tú tuviste que aguantarla dieciocho años de tu vida. El trato era este. —Tomo aire—. Ahora, deja de preocuparte por tu madre y sus movidas y vive. Solo debes preocuparte por ser feliz y perder la virginidad pronto.

—Como si eso me preocupara.

—Sabes que sí te preocupa. Por eso lo has intentado con varios tíos y no ha funcionado.

—No quiero hablar de ese tema. —Me pongo nerviosa y busco algo de comer, de lo que me sobró del avión y que guardé en mi mochila—. Ahora no tengo que preocuparme por nada de eso. Solo por encajar en este mundo de lujos.

—Lo harás bien. Solo tienes que imitar a Everly.

—No, no quiero que nada me cambie.

—Mejor, porque si no, voy hasta allí y te traigo de vuelta por los pelos.

—Prometido. —Sonrío al imaginarla haciendo eso. Es capaz.

Lia y yo somos amigas desde pequeñas. Su madre ha ejercido más esa función conmigo, en muchas ocasiones, que la mía propia, y he pasado tiempo en su casa, con sus padres.

Con ella y su hermano Seth, aunque este último es muy complicado, porque, cuando te mira, parece que te está perdonando la vida.

Seth es dos años mayor que nosotras y juega en el equipo de hockey de la Universidad de Chicago. Además, también es imagen de moda en sus redes sociales.

No es alguien fácil de tratar, pero lo conozco de toda la vida y somos algo así como amigos, aunque casi nadie lo soporta.

No es hijo de la madre de Lia, ya que, cuando ella se casó con su actual marido, Seth y él estaban solos. Su verdadera madre los había abandonado.

La cosa empeoró con Seth tras la ruptura de este con su novia del instituto. La pilló con otro y desde entonces es más frío y despiadado. La gente dice que es un capullo, pero yo siempre he visto a alguien herido.

Nunca he sentido nada por él, pero muchas veces lo he visto perdido en el balancín del porche de su casa y me he sentado a su lado.

Siempre he sentido que hay mucho odio dentro de él, pero no sé la razón.

—Puedes hablar conmigo —le dije poco antes de venir a Nueva York.

Clavó sus afilados ojos dorados en mí y sonrió con malicia.

—¿Me estás proponiendo sexo?

—Te estoy proponiendo hablar, idiota.

Se rio y me revolvió el pelo, cosa que odio.

—Vete y disfruta de la vida, Elara. Deja de preocuparte por todos. Es hora de que lo hagas por ti misma. —Se levantó y entró en la casa.

Ya lo vi antes de venirme, pero sé que, si lo necesitara, estaría a mi lado.

Para mí, es como un hermano mayor.

Por eso, aunque esté muy bueno, no me atrae para nada. La idea de tener algo con él me da arcadas.

Dejo el móvil, tomo aire y me preparo para mi nueva vida.

Ya no hay vuelta atrás.