Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1) Prólogo
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Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1)

Tú a Chicago, yo a Nueva York (Un sports romance muy ardiente 1)

Por Moruena Estríngana

© inepub.com

Prólogo

—Es lo mejor para las niñas o el odio que os tenéis hará que ninguna sea feliz.

—No me puedo creer que nos estemos planteando semejante absurdo —dijo el señor Elias, mirando a su exmujer. Era alguien con quien no tenía nada que ver.

Firmar el divorcio no les había costado nada.

Se odiaban.

Él tenía ambiciones, pero ella solo pensaba en salir de fiesta.

Nunca debieron casarse, pero ahora tenían que decidir lo mejor para el bebé que estaba en camino. Debía darle su apellido, Rivera, para evitar que nadie lo llamara bastardo.

Al descubrir que eran dos niñas las que venían en camino, decidieron que cada uno se quedaría con una y vivirían en zonas separadas de la casa.

—Tú solo querías un hijo… Ahora tienes una hija para ti y la otra es para mí.

No habían cumplido un año y ya habían sufrido los desmanes de los padres insensatos que tenían.

—¿Esperas que cada uno se quede con una y coincidir solo en verano? —El abogado asintió mirando a Graciela, la exmujer de Elias—. Debes de estar de broma.

—No queréis veros, pero queréis quedaros los dos con la tutela de las niñas. Graciela, no has querido dinero de Elias, pero sí a Elara. Y a ti, Elias, no te interesa ir a juicio ahora que tu empresa está despegando, por lo que esto es lo mejor para todos.

—Estás basando todo en una película. No te pago tanto dinero para acabar diciendo una estupidez así.

El abogado fulminó a su jefe con la mirada.

—¿Alguna idea mejor? Si os veis en verano, las niñas podrán estar juntas y también en las fiestas de Navidad. Desde pequeñas han vivido separadas. Para ellas el cambio no será tan grave y evitaremos juicios molestos.

Elias lo pensó.

Graciela lo miró, sabiendo que le tocaba ceder. No podía no hacerlo. Al fin y al cabo, solo necesitaba una niña para sus planes.

—Me parece bien —dijo—. No tengo dinero para cuidar a dos niñas, pero quiero algo a cambio de no ir a juicio.

—¿Más peticiones?

—Me lo debes —indicó Graciela, y él asintió—. Cuando llegue la hora de ir a la universidad, se intercambiarán.

—¿Por qué?

—Porque quiero hacerte daño y te dolerá saber que tu preciada hija Everly estará conmigo.

—También es tu hija.

—Yo no juzgo tus motivos. No juzgues tú los míos. Así o nada.

Elias la miró. No podía no ceder. Por eso, asintió.

Firmaron los papeles y todo quedó cerrado.

Se verían en verano, con una condición: cuando las niñas empezaran la universidad, lo harían en la ciudad del otro progenitor.

Separaron a las pequeñas sin que se vieran una última vez. Al fin y al cabo, así había sido desde que nacieron.

Las mellizas se veían cada verano. Eran muy diferentes y no solo físicamente. También en la personalidad, pero se querían mucho y eso las unía.

Se veían siempre en una ciudad intermedia, que no tenía nada que ver con la vida de ambas. Era lo mejor, para que ninguna tuviera ventaja sobre la otra.

Y el tiempo corría…

* * *

Elara paseaba por la ciudad sin tener ganas de ir a la fiesta que había organizado su padre en la casa de la playa que había alquilado ese año.

El novio de su hermana estaba a punto de llegar y Everly solo hablaba de lo perfectos que eran juntos, porque él era el hijo de uno de los socios de su padre.

Elara estaba cansada de escucharla hablar de negocios y de que, cuando se casaran, sus familias se unirían más. Todo parecía demasiado frío.

—Solo tienes quince años.

—Nunca es pronto para los negocios.

Elara cada vez se sentía más lejos de su hermana melliza. Por eso paseaba por la playa sin ganas de regresar a la casa.

Andaba observando el horizonte y por eso no vio al chico que estaba sentado en la arena. Tropezó con él, cayendo de cara.

—¡Joder! —soltó, escupiendo arena de su boca.

—Lo siento…

—Ha sido mi culpa. Soy un poco torpe cuando pienso.

Elara alzó la mirada y vio a un atractivo chico rubio, de chispeantes ojos verdes.

Nunca había visto a nadie así. Con esa sonrisa que acentuaba sus hoyuelos.

—Acabo de hacer el ridículo.

El chico se agachó y le quitó la arena del pelo.

—No, ha sido divertido.

Elara nunca se había sentido tan tonta ante un hombre. No sabía ni qué decir. Por eso, se levantó e intentó dejar de mirarlo de forma atontada.

—Yo casa… Ir… ¡Joder! Quiero decir que me tengo que ir.

—Yo también. —Había tristeza en la mirada del joven.

—¿Todo bien?

—No lo sé. —Se miraron a los ojos y sintieron que podían confiar en el otro. Era algo raro, porque se acababan de conocer—. Es mejor que me marche. Me ha encantado hacerte tropezar.

—El placer ha sido mío —bromeó Elara—. Hacía tiempo que no comía arena.

El joven se rio y Elara sintió que se calentaban sus mejillas.

Regresó a casa con una tonta sonrisa en la cara, hasta que vio al joven de la playa al lado de su hermana.

—Elara, ven que te presente a Joss, mi novio.

No, no podía ser.

Joss y Elara se miraron como si compartieran un secreto inconfesable. Solo había sido un tropiezo y una mirada, pero ambos sintieron que era mucho más que eso.

Elara envidió por primera vez a su hermana y ese verano las separó todavía más.

Pero lo peor estaba por venir.