Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo veintiséis
89%

Capítulo veintiséis

Marisol

El silencio paralizó la habitación y pesó sobre mi conciencia ya cargada, pero ningún jadeo de horror lo perturbó, como tanto había temido. No me atreví a mirar a Troy. Me aterraba lo que haría cuando descubriera que había estado planeando un asesinato.

En medio del silencio, me arriesgué a mirar los rostros a mi alrededor.

Ninguna mirada de repulsión. Ningún susurro acusatorio. Ningún gesto de reproche. En cambio, una ola de aceptación y comprensión tácita me envolvió, aligerando el peso sobre mis hombros.

¿Esta gente?

Comprendían la gravedad moral de mi situación. Y no me odiaban por las difíciles decisiones que había tomado.

—Hashtag agallas de acero —dijo Max con su voz áspera—. Señora, puede cocinar en mi cocina cuando quiera. Yo me apunto. Vamos a buscar a Lulu y traerla de vuelta a Res.

—Yo también me apunto —dijo Jax, aumentando mi asombro.

—Y conmigo —dijeron Kass y Trev al unísono.

Cada persona en la habitación repitió las improbables palabras. Mi corazón dio un vuelco. ¿Acaso no se daban cuenta del terrible peligro y de todas las implicaciones de enfrentarse a Rivera y dar refugio a Lulu en Res?

No le tenían miedo a Rivera. En contra de sus propios intereses, a pesar de los peligros y riesgos que semejante misión entrañaba, todos estaban dispuestos a ayudarme. Era más de lo que jamás me había atrevido a esperar, más de lo que cualquier ser humano podría pedir.

Hundí el rostro entre las manos y sollocé.

—Oigan, chicos —dijo Troy mientras me estrechaba contra su pecho—. ¿Nos dan un momento?

Más que verlos, escuché a todos abandonar la habitación. Todos excepto Troy. Me sostuvo hasta que las lágrimas remitieron y reuní el valor suficiente para mirarlo a los ojos. La comprensión que brillaba en sus iris negros me dejó sin aliento.

—Vamos a traer a Lulu a Res —dijo mientras me secaba las lágrimas—. Vamos a darle un hogar con nosotros.

—¿Un hogar con nosotros? —pregunté entre hipidos, incrédula—. ¿Quieres ayudarme a criar a Lulu?

—Ella es tuya, tú eres mía y yo soy tuyo —dijo—. Eso convierte a Lulu en mía también. ¿No?

La enormidad de lo que proponía me dejó sin aliento.

—¿Estás seguro?

—Puedo verlo, Sol, en mi mente —dijo con los ojos vidriosos—.

Podríamos tener una buena vida, los tres.

El apartamento en el Taj es más que suficiente para convertirlo en nuestro hogar.

O podríamos pasar la semana laboral en el ático de Denver si lo prefieres.

Podrías trabajar desde Denver, Boulder o cualquiera de las universidades cercanas.

Max me dijo que tenías varias ofertas en tu bandeja de entrada.

¿Había oído bien?

—¿No te importaría que volviera a trabajar?

—Amas lo que haces y eres una profesional extraordinaria —dijo mientras me tomaba la mano y la besaba—. No voy a ser de esos que quieren tenerte encerrada en casa. Y piénsalo, podría serte útil cuando tuvieras que viajar. Estaría cerca para hacerle compañía a Lulu.

Continuó hablando como si lo tuviera todo resuelto, como si tuviera que venderme su plan. No tenía ni idea de que me estaba dejando alucinada con cada frase, ni de lo modestas que habían sido mis expectativas de futuro.

El día que decidí llevarme a Lulu, me despedí de mi vida y mi carrera. En el mejor de los casos, Troy lograba meter a Alfonso en la cárcel, Lulu y yo vivíamos escondidas el resto de nuestras vidas, y yo trabajaba en lo que saliera para llegar a fin de mes.

En mi escenario más probable, mataba a Rivera y a) iba a la cárcel o b) escapaba y vivía prófuga con Lulu, también escondidas el resto de nuestras vidas y trabajando en lo que saliera para llegar a fin de mes.

Pero ahora, Troy me estaba ofreciendo otra opción, una esperanza inimaginable, no solo una vida normal para Lulu y para mí, sino una vida con él. En su plan, no había necesidad de vivir prófugas, ni escondidas, ni trabajar en lo que saliera para llegar a fin de mes. Y podía estar con él.

¿El plan de Troy? Era el futuro que había anhelado, el que nunca me había atrevido a soñar.

—La distancia desde Res hasta donde sea no sería problema —estaba diciendo—. Vuelo a todas partes casi todos los días. Podríamos ir y venir juntos si quisieras. Lulu podría ir al colegio en Res, donde estaría rodeada de familia.

Familia.

Lulu tendría una familia y yo también.

En mi mente se formó la imagen de una Desiree sonriente. En mi corazón, sabía que habría estado encantada de que su hija creciera a salvo como parte de una familia fuerte y cariñosa como los Battleson.

También se habría alegrado por mí.

—No tengo ni idea de cómo criar niños, eso es verdad —continuó Troy—. Pero a Joram y Maya les caigo bien, y Jax y Emme me confían a sus hijos. Tenemos opciones y...

Le puse la mano en la boca.

—Por favor, para.

Me tomó la mano y la presionó contra su corazón.

—¿Demasiado pronto?

—No, no es eso —hice una pausa para humedecerme los labios secos—. Cuando hablas así, casi creo que puede suceder.

Me miró frunciendo el ceño, desconcertado.

—¿Qué tiene eso de malo?

—Alfonso Rivera.

—Ah —se inclinó y me dio un beso rápido en la frente—. Vamos a vencer a Rivera. Vamos a encontrar a Zero Tango. Vamos a hacer todo esto juntos.

—Alfonso no se rendirá.

—Yo tampoco.

Nunca dejaba de asombrarme.

Recorrí su mandíbula con los dedos, que rozaban suavemente la sombra de su barba.

—Espero poder darle las gracias a Tee algún día. Pensándolo bien, creo que sí te eligió para mí. Y acertó de pleno.

La sonrisa que me dedicó me calentó hasta los huesos. El beso largo y dulce que siguió fue aún mejor.

—Tengo miedo, Troy —susurré sobre sus labios.

—No lo tengas —murmuró entre besos—. Voy a protegerte.

—No tengo miedo por mí —dije—. Lo tengo por ti.

—Puedo encargarme de Rivera —dijo—. Y cuando vaya a buscar a Lulu, tomaré todas las precauciones. Te lo prometo.

—¿Troy? —dejé de besarlo y lo miré a los ojos—. Soy la única que puede ir a buscar a Lulu.

Se apartó y me miró fijamente.

—No quiero que vengas en la misión.

—Tengo que ir. Lulu es una niña pequeña y asustada. Su padre la ha mantenido aislada toda su vida. La educaron en casa. Apenas ha tratado con gente. No querrá irse con nadie que no sea yo.

—No quiero que estés en la línea de fuego—

—Troy, tengo que ir. Beth no le entregará a Lulu a nadie más. Acordamos un código verbal. Si no doy la contraseña correcta, huirá.

—Joder, Sol, deberías haber trabajado en inteligencia para la CIA.

Troy hizo una pausa y se frotó la mandíbula.

—¿Qué tal si me das la contraseña y me encargo yo a partir de aquí?

—Beth me espera a mí y solo a mí.

Lo miré a sus ojos negros como el azabache.

—Lulu me necesita y es mi responsabilidad. Y acabas de prometerme que nunca me dejarías al margen.

Soltó un resoplido.

—No te voy a engañar. Preferiría que te quedaras en Res. Pero no tengo elección, ¿verdad?

—Esto es algo que yo tengo que hacer.

—Lo sé.

Se pasó los dedos por el pelo negro azabache y exhaló largamente.

—No me gusta, pero lo sé. Lo conseguiremos, Sol. Estaremos preparados para lo que Rivera nos eche encima.

Oh, sí. Pensaba estar lista. El amor había subido la apuesta y el miedo que me atenazaba la garganta se había multiplicado como un patógeno en mi sangre. Luchaba por la libertad de Lulu, por la vida de Troy, por las esperanzas y los sueños que ahora compartíamos.

No tenía idea de lo que se nos venía encima, pero pasara lo que pasara, Lulu tendría su futuro y Troy sobreviviría a Alfonso.

***

Troy

Sobrevolé en círculos el Bosque Nacional Medicine Bow-Routt con el Black Hawk, manteniéndome bien fuera del alcance visual y sonoro de las coordenadas de la cabaña. Volé bajo en la noche sin luna, fiándome de mis instrumentos para compensar la escasa visibilidad mientras inspeccionaba la zona.

El teatro de operaciones no era tan diferente de las Rocosas: picos altos, barrancos profundos y vastas colinas boscosas hasta donde alcanzaba la vista, que esa noche no era mucho, ya que tenía que mantener los reflectores apagados.

El viejo Black Hawk respondía bastante bien, pero yo estaba nervioso como una moto. Lo achaqué a tener a Marisol encajada en el asiento auxiliar entre Kass y Jax. Nada como llevar carga preciosa a bordo para bajarle los humos a un piloto.

Habíamos recorrido toda la frontera entre Colorado y Wyoming esa noche.

Cuando Marisol resolvió la primera ecuación y obtuvimos latitud y longitud, nos condujo a una granja abandonada, donde nos esperaba la siguiente ecuación.

Estaba escrita en papel, metida en una cápsula de plástico escondida en un buzón oxidado.

Era exactamente como un juego de Geocaching, solo que no era un juego en absoluto.

Con el ceño fruncido y los labios apretados, Marisol había resuelto las ecuaciones con una concentración pasmosa, ofreciéndome otra muestra de su asombroso cerebro ultrarrápido.

Yo no había sido malo en matemáticas, pero ella era excepcional.

Encorvada sobre su cuaderno, con el lápiz escupiendo números frenéticamente, hacía que todo pareciera fácil.

Sí. Estaba pillado por ella. Ocupaba cada rincón de mi corazón. Me fascinaba todo lo que hacía, incluidas las matemáticas. Quería un futuro con ella. Lo exigía.

Las coordenadas que encontramos en la granja nos condujeron ciento cincuenta kilómetros al norte, a una choza junto al lago donde hallamos la siguiente ecuación escondida en el viejo embarcadero.

Esa ecuación nos guio hasta la tercera ubicación, una mina clausurada, que ocultaba el conjunto final de coordenadas que nos llevó a la cabaña de nuestro destino final.

O eso esperaba.

Revisé el indicador de combustible. Los múltiples aterrizajes y despegues habían consumido bastante, pero me había asegurado de que mi equipo llenara el pájaro hasta los topes.

También había hecho algunas actualizaciones rápidas al Black Hawk para garantizar que rindiera al máximo nivel de la misión.

Y como era piloto de helicóptero y estaba entrenado para pensar siempre en el peor escenario, no dejaba de repasar mis planes de contingencia. ¿Había contemplado todos los escenarios posibles?