Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo veintitrés #3
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Capítulo veintitrés #3

Asenté las manos en sus caderas, la sostuve en su sitio y me liberé para amarla como se merecía. Ella respondió de la misma manera. Se sentía bien, este dar y recibir entre nuestros cuerpos. Pero también erosionó mi control. Era una bomba de relojería a punto de estallar.

—Sol, yo...

Se arqueó en el taburete alto y gritó. Todo su cuerpo liberó una explosión de placer que me empujó al límite. Verla correrse era un regalo. Cuando llegaba al orgasmo, el amanecer destrozaba toda oscuridad y deslumbraba mi mundo con su fuego.

Mis caderas se movieron una última vez y propulsaron el poder y el calor que se acumulaban en la base de mi columna, que atravesó mi ingle y salió disparado de mi polla. Me derramé en su cuerpo al ritmo de su orgasmo y me vacié en el condón.

Fue asombroso. El placer intenso que me atravesó el cuerpo me dejó sin sentido.

Tardé un rato, pero cuando por fin volví a la tierra, me desplomé sobre ella con la frente apoyada en su hombro, las piernas temblando y los codos sin fuerza.

Obligué a los pulmones a respirar. Sus respiraciones entrecortadas coincidían con las mías y su cuerpo era una plataforma de aterrizaje cálida y acogedora. La habitación daba vueltas, pero centré mis sentidos aturdidos en su sonrisa.

—Te has movido —susurró ella, jadeante.

Le apreté el pecho, que seguía encajando perfectamente en mi mano.

—No pienso disculparme por eso.

—No lo harías —sus risitas resonaron en mi oído.

Su risa resonó dentro de su cuerpo y me cosquilleó el sexo agotado. Se animó con renovado interés. No estaba seguro de si las piernas me responderían, pero salí de ella, me puse de pie y de alguna manera logré quitarme el condón y tirarlo a la papelera.

—¿Qué tal si nos arrastramos hasta mi piso de abajo y repetimos?

—Buena idea, aunque puede que tengamos que esperar un poco —se incorporó del taburete y se probó las piernas—. Mis rodillas todavía están corriéndose.

Me reí tan fuerte que tuve que apoyarme en sus hombros.

—Las mías están igual —le rodeé la cintura con los brazos y le besé la frente—. ¿Te llevo en brazos?

—¿Y que te revientes los puntos? —me provocó con un empujoncito—. De ninguna manera, señor. Con la conmoción que tienes, ya has tenido suficiente actividad extracurricular por una noche. Ahora voy a meterte en la cama.

—Me encanta esa idea.

—No seas malpensado, aviador.

—Imposible —cogí los pantalones—. No mientras estés ahí de pie desnuda delante de mí.

—Arreglemos eso —cogió la bata del suelo, se la puso y se ató el cinturón con un nudo bien apretado—. ¿Mejor ahora?

—Peor —hice un puchero fingido—. Mucho, mucho peor.

Señaló con la cabeza. —Vamos, mi dulce bonobo.

Le tomé la mano y arqueé las cejas. —¿Qué demonios es un bonobo?

—Solo el chimpancé más cachondo del planeta.

—Sí, ese soy yo, un bonobo insaciable, pero solo cuando estoy contigo.

Riendo juntos, nos tambaleamos como un par de borrachos hasta el ascensor de jaula dorada. Casi habíamos llegado a mi puerta cuando una voz resonó desde la planta baja.

—Alto ahí.

Apollo estaba en el vestíbulo mirando hacia arriba, con las manos en las caderas.

—Tengo que hacerte un chequeo cada hora.

—No hace falta.

Marisol se acercó a la barandilla.

—Pupilas, normales. Frecuencia cardíaca, ligeramente elevada. Temperatura, alta, pero no por fiebre. Sé perfectamente cómo mantener el volumen bajo, las luces tenues y despertarlo cada hora en punto. Al menor cambio, te aviso.

—Recibido, doctora Méndez.

Apollo hizo un saludo militar impecable.

—Cuarta planta. De día o de noche. ¿Cabeza de rotor? Te dejo en buenas manos.

Sonreí a mi hermano desde arriba. —Está acostumbrada a lidiar con virus mortales y pandemias en toda regla. Seguro que puede conmigo. Ahora mantente alejado.

—Guárdatela en los pantalones, cabra salida —ordenó Apollo, ajeno al hecho de que mi cabra cachonda ya había ido a pastar—. A partir de este momento, quedas en servicio restringido.

—Ja.

Abrí la puerta e incliné la cabeza para que Marisol entrara.

—Ya has oído a la doctora. Estoy restringido a un solo servicio. Tú.

Su risa resonó en el hueco de la escalera de mármol, un concierto de campanas de cristal.

Aquel bendito sonido se filtró a través de mi corteza exterior, se hundió en los anillos de crecimiento que marcaban los hitos de mi vida y fortaleció mi propio núcleo.

Me sentí más alto, más robusto, más resistente.

Mis raíces crecieron más profundas y mi conexión con la vida se consolidó en algo duradero.

Me sentí... no sé... ¿Feliz?

¿Acaso sabes lo que eso significa?

No, pero de repente quería averiguarlo.

La risa de Marisol se cortó en seco cuando entró en mi apartamento y se quedó mirando el salón. Su mirada ignoró los elegantes muebles de cuero, la sofisticada paleta de cremas y azules, y los paisajes fotográficos que adornaban mis paredes.

En cambio, sus ojos se clavaron en la repisa de la chimenea, o más precisamente en la fotografía sobre la repisa.

Se quedó boquiabierta.

Mierda. Me había olvidado por completo de eso. Se me retorcieron las tripas.

Joder, estaba metido en un lío.