Capítulo veintitrés #2
—Sé que lo eché todo a perder —murmuré—. Nunca quise mentirte, ni ponerte a ti o a nadie más en riesgo. Al contrario. Pensé que si me iba, tú y tu familia estaríais a salvo. Tenía que asegurarme de que Lulu también estuviera a salvo. Intenté advertirte sobre el RPG, pero...
—Vamos a hablar de esto —gruñó, con la mirada fija en mí—. Vamos a resolver un montón de cosas que necesitan aclararse. Mañana hablaremos de Orlov, de Rivera y de qué vamos a hacer para ayudar a Lulu.
Me quedé boquiabierta.
—¿Tú... tú quieres ayudar a Lulu?
—Claro que sí, Sol. ¿Quién coño crees que soy? ¿Crees que alguien con una historia como la mía podría devolver a Lulu a Rivera?
Sus propias experiencias de infancia lo disuadirían de seguir al pie de la letra la ley que practicaba. Pero, en realidad, podría haberse mantenido al margen y haber decidido no intervenir.
—Vamos a mantener a Lulu a salvo —prometió.
—Pero Alfonso, te matará si tú...
—Tengo vigilado a Rivera. Créeme cuando te digo que no puede ni cagar sin que lo sepamos. Mañana trazaremos un plan para proteger a Lulu y sacar a ese cabrón de tu vida. Pero ahora mismo, necesitamos otra cosa.
Bajó el rostro y posó suavemente los labios sobre mi boca. Su beso cálido y lento insufló nueva vida a mi ser agotado y me llenó de esperanza renovada. Mi lengua danzó al compás de la suya. Profundicé el beso, desesperada por él, por su afecto, por su corazón.
Troy suspiró contra mi boca y luego se apartó para encontrar mi mirada. Me acarició la mejilla con su mano grande. Cerré los ojos y me apoyé en su palma, encendida con su contacto. Levantó una de mis manos y examinó el daño.
—Entiendo que así es como lidias con el miedo y el horror —besó suavemente las yemas de mis dedos—. Pero necesito que me prometas que no volverás a hacerte daño.
—Lo intentaré —sorbí por la nariz—. Pero a veces, por mucho que lo intente, no puedo controlarlo.
Su mirada se suavizó.
—¿Siempre ha sido así?
—Empezó cuando murieron mis padres —tragué saliva—. Murieron... en un accidente de helicóptero.
—Ah, mierda —me estrechó contra su pecho—. Por eso odias volar. Deberías habérmelo dicho.
—Cuando te vi estrellarte... —no pude terminar la frase.
—Lo entiendo —me besó en la coronilla—. Trastorno de estrés postraumático. Es una mierda, pero lo resolveremos.
Se me cortó la respiración y levanté la cabeza de golpe.
—¿Nosotros?
—Nosotros —repitió—. Ya debes saberlo.
Quedé atrapada en la feroz intensidad de su mirada.
—¿Saber qué?
—Que quiero estar contigo —dijo—. Que te amo, exactamente como eres, adicción a la lejía incluida. Y que espero que puedas amarme.
***
Troy
Sus ojos brillaron como el oro. Su sonrisa torcida me llegó al corazón y lo acunó. Sostuvo mi rostro entre sus pequeñas manos y me besó, un leve roce de sus deliciosos labios.
—No hace falta que lo esperes —susurró—. Yo también te amo, exactamente como eres.
Algo estalló en mi pecho. Mi corazón rebosó de alegría. Nunca me había dado cuenta de cuánto necesitaba escuchar esas palabras de sus labios.
Y ahora que las había escuchado, un terremoto sacudió mi ser y realineó el eje de mi mundo torcido, exponiendo el lado oscuro de mi corazón a la luz vivificante de Marisol.
Su suave beso me tendió un puente sobre mi cataclismo interno.
Quizás no era solo un solucionador de problemas sin escrúpulos, una sombra que pasaba sus días bordeando la ley para encontrar justicia y escarbando entre montones de mierda.
Tal vez no estaba irremediablemente dañado si podía amarla así, con todo lo que era, con todo lo que tenía.
Y si ella me amaba, entonces quizás yo valía algo.
Devoré su boca, saboreando la sensación de sus suaves pechos apretados contra mi pecho. Inhalé su aroma: jabón fresco, un rastro de lejía —por supuesto— y el dulce aroma especiado de su excitación.
Aparté su bata, le separé las piernas con mis muslos y froté mi erección entre ellas. Mi polla pidió refuerzos de inmediato. Toda la sangre de mi cuerpo se presentó al servicio.
—No podemos —los ojos color caramelo de Marisol brillaban de deseo, pero me puso las manos en el pecho y me mantuvo a distancia.
Me rasqué la cabeza cerca de los puntos, que habían empezado a picarme.
—¿Por qué no podemos?
—Estás herido —volvió a ser la de siempre, la práctica—. Tienes moretones que deben dolerte, puntos en un par de sitios y una conmoción cerebral que hay que vigilar.
—Puede que esté un poco magullado, pero ¿mi polla? Lista para la acción.
—Tu polla siempre está lista para la acción —me lanzó una sonrisa pícara—. Es el resto de ti lo que me preocupa.
—En ese caso, ayúdame —me bajé la cremallera y, presionando mi ingle entre sus piernas, rocé mi polla contra su sexo suave y húmedo—. Yo me quedo aquí de pie y tú haces el trabajo. Bastante inofensivo, ¿no?
Cuando vaciló, le dediqué mi mejor sonrisa de chico bueno.
—Ayúdame, sol. Estoy sufriendo y tú eres la única medicina que puede aliviar mi dolor.
—¡Troy Battleson, eso es una frase de ligue de manual! —dijo entre risas.
—Pero ¿ha funcionado?
—¿Tú qué crees?
Se impulsó hacia delante en el taburete y onduló las caderas, un movimiento exquisito que me mostró lo mojada que estaba y puso mi polla dura como el diamante.
—Soy dura de pelar —susurró, mirándome—. Pero no soy inmune a tus encantos.
Busqué a tientas en mi bolsillo trasero y descubrí que mi cartera seguía allí. Saqué el único paquetito que guardaba de reserva, lo abrí y me puse el condón. Sin perder un momento, me deslicé en su interior resbaladizo y seguí hasta el fondo.
Gemimos al unísono. Después de los violentos altibajos, las peleas, el accidente, volvíamos a ser uno y estábamos a salvo en los brazos del otro.
Sus paredes se cerraron a mi alrededor en un abrazo celestial. Apenas podía quedarme quieto. Me retiré y volví a hundirme, y mi recompensa fue su largo gemido gutural.
—Quédate quieto —dijo ella, apoyando las manos en el asiento—. Deja que me encargue yo.
—Haz conmigo lo que quieras —le guiñé un ojo—. Pero, por favor, hazme.
Su sonrisa traviesa se ensanchó y me hizo palpitar de deseo.
Apoyó los codos en la encimera que tenía detrás para hacer palanca, levantó las piernas, me rodeó la cintura con ellas e inclinó las caderas hacia arriba, una posición que la abría por completo y me ofrecía acceso directo.
Mantuvo los ojos fijos en mí mientras se desataba el cinturón de felpa y dejaba que la bata le cayera de los hombros.
Un sendero de piel canela y carne tersa se abrió ante mí.
Mis manos se deslizaron por sus hombros y bajaron por sus brazos como si fuera de seda.
Sus pechos espectaculares subían y bajaban, coronados por sus pezones color chocolate, una visión que hizo palpitar mi polla dentro de ella.
Me retiré hasta la mitad, aunque solo fuera para ganar impulso.
—Tienes que quedarte quieto, ¿recuerdas? —su sonrisa sexy me tensó los huevos—. Yo voy a darte placer a ti.
Me atrajo más hacia ella con las piernas y se impulsó hacia arriba para que llegara más hondo. Apretada, estaba tan apretada. Pequeña, y sin embargo maniobró las caderas hasta que me hundí entero dentro de ella. Gemí, suspendido en el éxtasis.
Esta hermosa mujer era como una muñeca de porcelana fina, moldeada, fundida y exquisitamente creada solo para mí. Su cuerpo me complacía. Su sonrisa me reconstruía. Los gemidos y jadeos que escapaban de su garganta y el aroma de su excitación me envolvían en una burbuja erótica.
—Quédate quieto, con la cabeza en las nubes —alzó la boca hacia la mía y me mordisqueó los labios—. Voy a hacerte sentir mucho mejor, mi amor.
Mi amor.
Nadie me había llamado así nunca. Vaya título que nunca esperé añadir a mi tarjeta de presentación. ¿Cómo demonios iba a quedarme quieto cuando acababa de llamarme su amor y su coño empapado chupaba y apretaba mi polla hasta las mismísimas puertas del cielo?
Lo intenté. De verdad que sí.
Observé su hermoso cuerpo balancearse y mecerse, liderando la danza sinuosa que hacía que mis caderas se movieran y giraran a su ritmo.
Su precioso coño tragaba mi polla una y otra vez y disparaba descargas de placer que recorrían todo mi cuerpo cada vez que desafiaba nuestras proporciones y me tomaba hasta el fondo.
¿Y cómo demonios iba a evitar tocarle los pechos cuando conspiraban para provocarme con cada movimiento apasionado?
Era mía y solo mía. Por algún milagro de la naturaleza, había encontrado a una mujer que me había esperado y había reclamado mi alma como ninguna otra.
Era un ser humano hermoso, inteligente y extraordinario que satisfacía no solo mi cuerpo sino también mi mente.
Para un tipo que no había tenido absolutamente nada durante la mitad de su vida, ella era mi gran premio.
Me quedé quieto, pero me llené las manos con su carne suave y mullida y le acaricié los pezones con los pulgares hasta que comenzó a gemir y a agitar las caderas, presionando contra mí con fuerza creciente.
—Oh, sí. Sí. Así —apreté y tiré de uno de sus pezones mientras chupaba y mordisqueaba el otro hasta que la tuve retorciéndose y gimiendo, y ella me tenía palpitando de deseo en lo más profundo de su interior.
Fui besándole el cuello lentamente hasta encontrar sus labios. Bebí sus gemidos, gritos y chillidos directamente de su boca. Sus pupilas eran como cabezas de alfiler. Mi fuerza de voluntad se deshizo. Ya no podía quedarme quieto. Salí de ella solo para volver a deslizarme dentro.
—¡Oh, Dios, Troy!
Me necesitaba tanto como yo a ella.