Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo Diecisiete #2
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Capítulo Diecisiete #2

Todo empezaba a cobrar sentido. Su reticencia. Su cambio de opinión. Su comportamiento estos días...

La sangre me hirvió en las venas y la mente se me nubló con una bruma ardiente. No podía precisar por qué estaba tan furiosa, pero me sentía de algún modo... ¿estafada?

Me levanté de un salto y marché hacia el campo, clavando las botas en el suelo con fuerza.

—¿Marisol? —me llamó Emme—. ¿Adónde vas?

Iba a dejar claras algunas cosas que necesitaban aclararse de inmediato. Iba a liberar a Troy de sus obligaciones. Y después me largaría de aquel lugar que me estaba volviendo loca.

***

Troy

Acababa de anotar un touchdown y estaba celebrando con mi equipo cuando Marisol se me acercó hecha una furia. Un ceño feroz le fruncía las cejas y le tensaba la boca.

—Necesito hablar contigo —dijo con la voz quebrada por la tensión.

—Claro.

Le lancé el balón a Kass, me sequé el sudor de la frente y seguí a Marisol fuera del campo. La postura rígida de sus hombros y la forma en que sus tacones castigaban el suelo anunciaban problemas.

Mi evaluación no tan brillante se confirmó cuando se giró para encararme. Casi podía ver el humo saliéndole por las orejas.

Afiancé los pies. —¿Qué pasa?

—No estoy aquí por ti.

—¿Eh?

—No estoy aquí por ti —repitió con dicción precisa y gélida.

—Para el carro un segundo —intenté parpadear para despejarme—. No puedo seguir el ritmo de tu cerebro a velocidad luz. Tú y yo estábamos bien hace media hora. ¿Contexto, por favor?

—Tee no me envió aquí para que tú y yo nos liáramos.

Así que se había enterado. Maldita sea. Se me tensó el estómago. Miré por encima del hombro y vi a Emme y Lexi juntas al lado de la hoguera. Parecían preocupadas, inquietas.

Lo siento, articuló Emme con los labios.

Era obvio que Marisol no se lo estaba tomando bien.

—Deberías haberme contado lo de los tejemanejes de casamentera de Tee desde el principio —escupió con ese tono cortante y frío que ponía kilómetros de distancia entre nosotros y me sacaba de quicio.

—No le vi sentido —dije—. Además, no estaba seguro.

Arqueó las cejas. —¿Le preguntaste a Tee si me había enviado para ti?

—Sí.

—¿Y?

—Más o menos lo negó —le dije la verdad—. O quizás debería decir que nuestra trotamundos favorita no lo admitió.

—Bueno, permíteme aclarártelo —levantó ese dedo índice de sabelotodo en el aire—. Tee no me envió aquí para emparejarnos. Me envió para que pudieras acabar con Alfonso en los tribunales.

—¿Cómo puedes estar tan segura de que Tee solo tenía un propósito en mente?

—Tú y yo nunca estuvimos destinados a estar juntos —alzó la barbillita imperiosa—. Así que ya ves, Troy, te libero de tu deber. No tenías por qué acostarte conmigo para empezar, y no tienes que seguir haciéndolo.

—¿De qué demonios estás hablando? —me quedé mirando a la mujer que había estado perfectamente compenetrada conmigo toda la tarde mientras hacíamos arder mi cama, preguntándome si habría perdido la cabeza.

No dijo nada, dejándome que sacara mis propias conclusiones.

—Marisol, ya hemos hablado de esto —dije, incapaz de ocultar la irritación en mi voz—. No me acosté contigo por obligación, ni para poner a prueba alguna premisa absurda de emparejamiento. Me acosté contigo porque quise. Ahora, ¿quieres decirme por qué tu cabeza va a mil por hora?

—Esto que hay entre nosotros —soltó—. Me preocupa.

Esto. Genial. No es que yo tuviera otro nombre preparado para describir la fuerza poderosa que me ataba a ella, pero ¿esto?

Sonaba mal.

Respiré hondo para calmarme. —¿Por qué te preocupa?

Me miró de reojo y luego apartó la vista. —Porque no es lo que piensas.

Sacudí la cabeza para disipar la rabia que me zumbaba por dentro. —Así que si esto no es lo que tú crees que yo creo que es, entonces ¿qué demonios es?

—Es un encaprichamiento, ya sabes, un apego pasajero —tragó saliva con dificultad—. Es lujuria y peligro mezclados en un cóctel explosivo. Es como un virus, uno muy contagioso, como el dengue. Nos golpea fuerte, nos tumba, y luego...

No quería preguntar, pero lo hice de todos modos. —¿Y luego?

—Si no nos mata, pasa.

Esta conversación se estaba yendo al garete a toda velocidad. La boca del estómago me ardía con un fuego insidioso. Estaba jugando con mis emociones. O no. De cualquier manera, dolía.

Hubo un tiempo en que no quería saber nada de esta mujer. Probablemente estaba en mi sano juicio entonces. Ahora andaba dando palos de ciego como un idiota. Y eso solo echaba más leña al fuego.

¿Cómo demonios lidiaban otros hombres con mierda como esta? Jax. Max. Kass, en su momento. ¿Cómo coño habían sobrevivido a que les cazaran el corazón?

Estaba atrapado. Yo. Atrapado. Una maldita trucha, colgando del anzuelo de Marisol.

Y ella ni siquiera me quería.

Bueno, qué novedad. Por fin había encontrado a una mujer con la que quería quedarme, y me estaba dando la patada. ¿Por qué había creído alguna vez que podía confiar en ella?

Aléjate. Dile que tiene razón y aléjate. Ahora.

¿Y qué pasa con el deseo que también me ardía en las entrañas, de alargar la mano y agarrar algo que nunca había estado a mi alcance?

Ese es el niño patético hablando. Ese es tu pasado, jugándote malas pasadas. Ya no eres ese niño miserable. Eres Rogue. No la necesitas. No necesitas a nadie.

Mi rabia se convirtió en determinación. Clavé las uñas en las palmas y apreté hasta que me dolieron los nudillos.

—Crees que soy una enfermedad pasajera —di un paso hacia ella y luego otro, incapaz de luchar contra un impulso compulsivo de demostrarle que no era solo un imbécil cualquiera con ojos de cordero que ella pudiera usar y descartar—.

Crees que soy una condición viral que afecta tu cuerpo pero no toca tu mente ni tu corazón.

De acuerdo. Pongamos a prueba tu hipótesis, ¿te parece?

Veamos si lo que sientes está separado de lo que yo siento.

Veamos si puedes cortar la conexión a voluntad.

Ella igualó cada una de mis zancadas con un paso hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la pared del establo. Entonces se quedó allí, mirándome, con el pecho agitado por la pasión monumental que había descubierto en su pequeño cuerpo.

No la toqué, no con las manos, al menos. En cambio, planté las palmas a cada lado de su cabeza y me incliné hacia ella hasta que mi cuerpo estuvo a menos de dos centímetros del suyo. Bajé la cara y respiré su calor, los pequeños jadeos que escapaban de sus labios apretados.

Las mismas corrientes eróticas que endurecieron sus pezones enderezaron mi miembro. Luché por resistir la atracción magnética de su sexo sobre mi polla. Imaginé su coño húmedo e hinchado de necesidad, ansioso por exprimir la semilla de mi verga y llevarme directo al paraíso.

Iba a demostrarle lo equivocada que estaba.