Capítulo Diecisiete
Marisol
Santa María, Madre de Dios. Me removí inquieta en la silla. La situación se me estaba yendo de las manos.
¿Estaba Troy enamorado de mí?
¿Estaba yo enamorada de él? ¿Era esto lo que se suponía que era el amor? ¿Este anhelo constante por Troy, esta confusa mezcla de sentimientos volátiles e impredecibles que me asaltaban por todos lados?
No tenía ni idea, pero la mera posibilidad de que pudiera amar a Troy era absurda, inconveniente y del todo improbable.
Era deseo, no amor, me repetí una y otra vez.
¿Por qué entonces las emociones que me oprimían el pecho me impedían respirar?
—No estoy enamorada de Troy.
Ya está. Lo había dicho. Incluso sonaba convincente.
Lexi sonrió con suficiencia.
—¿Estás segura de eso?
—No puedo estarlo.
—¿Por qué no?
Porque no iba a quedarme. Porque había apostado mi futuro por un camino que no incluía a Troy. Porque ni él ni yo buscábamos amor, y mucho menos una relación que no encajara en nuestros planes.
—Piensa en Troy —dije en cambio—. Es un bombón. Yo soy una friki. ¿Pegamos juntos? Ni en un millón de años.
—Señor, ayúdanos.
Lexi lanzó una mirada alarmada a Emme.
—Tiene la autoestima por los suelos.
—¡Oye!
Me encogí, pero lo más probable era que Lexi tuviera razón.
Emme abrió mucho los ojos a modo de advertencia.
—Lexi…
—¡Pero es verdad!
Lexi me puso la mano en el hombro y me sacudió como si quisiera despertarme.
—¿Qué te crees, que no vales nada?
—Estoy bien —tartamudeé, conteniendo las ganas de esconderme bajo una piedra—. Pero Troy es…
Ni siquiera pude terminar la frase.
—¿Troy es qué? —exigió Lexi.
—Troy es como un diez y yo soy…
—Para ahí mismo.
Emme levantó la mano en un gesto tajante.
—Las personas no son números y aquí no vamos de puntuar a nadie. Troy está bueno, claro, pero tú también.
—¿Yo?
¿Acaso Emme tenía problemas de vista?
—Sí, tú —insistió Emme—. Eres un duendecillo descarado y voluptuoso. Tienes un pelo increíble, una cara preciosa, la nariz más mona de la historia y una figura de infarto.
—Y tus pechos.
Lexi se llevó las manos a sus pequeños senos y gimió.
—Ay, Señor, ¿por qué no pude ser bendecida así? Estás buenísima, chica. Me muero de envidia cada vez que te miro.
Emme pensaba que yo era guapa y Lexi estaba envidiosa. De mis pechos. Que alguien me pellizcara, por favor.
Murmuré algo así como:
—Vosotras sois buenas para mi autoestima.
—Como debe ser entre amigas —dijo Emme.
¿Amigas?
La cabeza me daba vueltas.
¿Éramos amigas?
¿Ya?
Yo… ¿yo había hecho dos amigas sin siquiera intentarlo?
—Por cierto.
Lexi señaló con la barbilla hacia la fogata.
—Tu nube está ardiendo.
Saqué el palo de la fogata y lo agité en el aire. Ardía más que una antorcha. Lo agité con más fuerza, soplé, intentando apagar la llama obstinada. Cuando por fin lo conseguí, solo quedaba un pegote ennegrecido. Se desprendió del palo y cayó al suelo.
—Toma, coge otra.
Lexi me lanzó una nube nueva.
—Atención, flash informativo, doctora Méndez: súmale tu cerebro a todo lo demás y eres una fuerza de la naturaleza.
—Troy no tenía nada que hacer —dijo Emme con una sonrisa.
—Con razón va por ahí dando tumbos con esa sonrisa boba en la cara.
Lexi soltó una risita.
—Te juro que nunca lo había visto tan pillado.
—¿Pillado?
Las miré boquiabierta, primero a una y luego a la otra, y me metí la nube entera en la boca. Mastiqué como una autómata. Esto no podía estar pasándome. No ahora.
—Troy y yo no pegamos —balbuceé con la boca llena—. Somos demasiado diferentes.
—Vale, a ti te encanta la ciencia y a él le gusta volar —dijo Lexi—. ¿Y qué?
—Odio volar.
—Oh.
Lexi se quedó callada un momento, sorprendida.
—Pero podrás aprender a disfrutarlo, ¿no?
Hice una mueca y tragué aquel empalagoso bocado. ¿Yo? ¿Amar volar?
—Ni en un millón de años.
Ni aunque lo intentara.
—Además, Troy no busca una mujer. Me lo ha dicho él mismo. Y yo tampoco busco un hombre. Tengo cosas que hacer, sitios a los que ir.
Tenía que reunirme con Beth, lidiar con Alfonso y cumplir una promesa.
—Y aunque lo estuviera —dije, luchando contra ese sentimiento de esperanza que pugnaba por abrirse paso en mi mente durante esta conversación—, ¿por qué querría Troy estar conmigo cuando puede tener a cualquier mujer que desee?
—Vale, de acuerdo, nuestro Ken es un imán para las chicas —admitió Lexi—. ¿Qué tiene eso de malo?
—Lo he visto con mujeres.
Busqué a Troy con la mirada y lo encontré, imponente, sobresaliendo entre los jugadores de fútbol americano que corrían por el campo.
—Se derriten como nubes en el fuego cuando él aparece.
Las mujeres intercambiaron miradas desconcertadas.
—¿Y?
—Eso no va conmigo. Yo no me derrito. Somos incompatibles.
—Ah. Ahora estamos llegando a alguna parte —Emme me estudió con sus cautivadores ojos grises, que brillaban con un conocimiento misterioso—. ¿Estás celosa, Marisol?
—No —dudé y luego—, bueno... no lo sé. ¿Quizás?
—Es bueno que reconozcas tus fortalezas y tus debilidades.
En ese momento, Emme me recordaba tanto a Desiree que tuve que frotarme los ojos. ¿Era Emme tan sabia como lo había sido mi hermana?
—Te das cuenta de que Troy es el que resuelve los problemas de los Battleson, ¿verdad? —dijo Emme.
—¿El que resuelve los problemas de los Battleson? —fruncí el ceño—. ¿Qué quieres decir con eso?
—Troy trabaja duro para promover la causa de BB —dijo Emme—. Su carrera legal no es su primera opción. Es un medio para completar el equipo y proteger a sus hermanos, a todos nosotros, en realidad.
—No entiendo.
—Los Battleson necesitaban un abogado para luchar contra la injusticia —intervino Lexi—. Así que Troy dejó los Night Stalkers y se convirtió en uno. En ese sentido, es un camaleón.
—Hace lo que sea necesario para lograr sus objetivos —añadió Emme—. Pero a veces, su personaje público le pasa factura.
—¿Sabes qué? —dije, atando cabos—. Me he dado cuenta de eso. Se queda callado, ¿verdad?
—Exactamente —dijo Lexi—. Se retrae. Viene aquí a menudo, monta a caballo, se pierde en el bosque durante horas y horas.
—Troy es el mejor en lo que hace —dijo Emme—. Pero eso no significa que le guste negociar con delincuentes y revolcarse en la inmundicia de la humanidad todos los días.
¿Era esa la inquietud y la tristeza que percibía detrás de su fachada de hombre de poder? ¿O había algo más en su dolor, una herida más profunda que solo reforzaba su compromiso de ser quien necesitara ser?
Lexi tamborileó con sus uñas de colores en mi brazo.
—Creo que te preocupa que Troy sea una especie de mujeriego, un picaflor.
Emme resopló.
—Jesús, Lexi.
—¿Qué? —Lexi esbozó una sonrisa de disculpa—. Ante todo, sinceridad, ¿no?
—En realidad, no creo que Troy sea un mujeriego —repasé mentalmente todo lo que había aprendido sobre Troy durante nuestro tiempo juntos—. Puede parecer un mujeriego, especialmente al principio, pero creo que es una máscara que siente que tiene que llevar.
—¿Ves? —Lexi le dio un codazo a Emme—. Te dije que no era solo una empollona.
—Y tenías razón —dijo Emme a Lexi antes de volver a mirarme—. Es cierto que las mujeres desean a nuestro escudero residente. Piensan que está para comérselo. A veces, creo que eso juega en su contra.
—¿Cómo es eso? —pregunté.
—Es un hombre guapísimo, sin duda, pero es mucho más que una cara bonita y una tableta de chocolate con patas. Es inteligente, valiente, leal, hábil, generoso...
—Lo que Emme quiere decir con esa larga lista de virtudes es que es tan hermoso por dentro como por fuera y que deberían valorarlo por quién es, no por su físico —intervino Lexi.
Ella debería saberlo. Probablemente había tenido una experiencia similar en la vida.
—La conclusión es que a las mujeres les gusta Troy y a él le gustan las mujeres —concluyó Emme—. Simplemente no confía en ellas.
Ahora eso era interesante.
—¿Por qué no?
Lexi miró a Emme.
—Tiene que ver con su pasado —Emme vaciló—. Pero si quieres saber más, tendrás que preguntárselo a él. En cualquier caso, es cierto que las mujeres entran y salen de la vida de Troy con bastante rapidez. Hasta que llegaste tú. A ti no te pierde de vista.
Mi mente daba vueltas, pero las implicaciones eran demasiado dolorosas para aceptarlas.
—Si Troy me vigila, es solo porque Tee le hizo sentirse responsable de mi seguridad.
—Ah, sí, la gran Tee —Lexi sonrió.
—¿Conocéis a Tee? —pregunté.
—Por supuesto que conocemos a Tee —dijo Lexi—. Tiene unos instintos increíbles. Como casamentera, todavía no ha fallado.
Me atraganté.
—¿Casamentera?
Lexi intercambió una mirada horrorizada con Emme y luego se volvió hacia mí con expresión alarmada.
—¿Troy no te lo ha dicho?
—¿Dicho qué?
—Habla con Troy —dijo Emme en un tono cortante—. Él te lo explicará.
—Demasiado tarde —entrecerré los ojos hacia las mujeres—. ¿Qué está pasando?
Emme miró a Lexi, quien levantó las manos en un gesto de impotencia.
—Ay, Dios —Emme titubeó buscando las palabras—. ¿Troy te contó cómo conocí a Jax?
—No.
—Tee nos emparejó. También le buscó pareja a Lexi con Max. Se preocupa por los chicos y quiere que sean felices.
—Espera —me costaba horrores procesar aquello—. ¿Me estás diciendo que crees que Tee me envió con Troy porque pensó que haríamos buena pareja?
El silencioso asentimiento de Emme hizo que la noche me diera vueltas. Abrí la boca y la cerré. ¿Era por eso que Troy había reaccionado de forma tan rara cuando aparecí por primera vez en The Lion?
Ni hablar, había dicho cuando le conté que Tee me había enviado con él. ¿Tú y yo? No vamos a liarnos. No estoy buscando mujer ahora mismo, y lo mío no son las relaciones a largo plazo.
Dios mío. En aquel momento, había creído que Tee nos había emparejado. Y no había querido saber nada de mí.
—Tee no me envió a Troy como su pareja —se me hizo un vacío en el estómago—. Nos asociamos para sacar a Alfonso Rivera del negocio. Nunca pensó en mí para Troy.
—Te sorprendería cómo funciona la mente de Tee —ofreció Emme con delicadeza.
¿Estaba Troy actuando bajo esa suposición equivocada? ¿Había decidido en algún momento impreciso darle una oportunidad a las maquinaciones de Tee? ¿Era por eso que había aceptado acostarse conmigo?