Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo Diecisiete #3
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Capítulo Diecisiete #3

Bajé los labios a los suyos, un beso lento que se volvió desesperado tan pronto como su boca respondió a mi fervor, un beso que era pregunta y respuesta.

Puse todas mis emociones en ese único beso, todas mis esperanzas y mis mejores intenciones. Dejé a un lado mis dudas, mi escepticismo de toda la vida, mis miedos y mi desconfianza inherente en la raza humana y en mujeres inteligentes, poderosas y hermosas como Marisol.

Lo puse todo ahí hasta que ella comenzó a temblar entre mis brazos y le había dado a ese beso todo lo que tenía. Solo entonces solté su boca y obligué a mis piernas a alejarse de ella.

Sí, me alejé de ella, incluso cuando todo lo que quería hacer era acercarme más y enterrarme en ella para siempre.

—¿Una moda pasajera, eh? —le dediqué una sonrisa triste—. No lo creo. ¿Tú sí?

Se apoyó contra la pared, con el pecho agitado, los ojos muy abiertos. No pronunció una sola palabra. Ni una negación. Pero tampoco una afirmación. Eso es lo que me ganaba por enamorarme de una bruja obstinada, orgullosa y jodidamente inteligente.

—No eres un virus pasajero en mi vida, doctora Méndez —puse todas las cartas sobre la mesa—. Eres más bien una mutación que me está reconfigurando el ADN. No puedo presumir de ser lo mismo para ti. Pero puedo tener esperanza. Y la tendré a menos que me digas que no.

Apretó los labios, incapaz de ocultar la tormenta que destellaba en sus iris. Pero no lo negó, no me negó. Eso era algo. ¿No?

—Lucha contra ello, no luches contra ello, haz lo que tengas que hacer —dije—. En cuanto a mí, es lo que es.

Max había acertado desde el primer día. La resistencia era inútil.

Los labios de Marisol comenzaron a temblar. Sus ojos se llenaron de lágrimas que no había visto venir. Con los puños cerrados, su pequeño cuerpo se estremeció como un helicóptero sacudido por una tormenta.

—No puede ser, Troy —su voz se quebró antes de poder continuar—. Tiene que terminar, ahora.

—¿Terminar? —La impresión me golpeó como un batazo en la cabeza. Hacía menos de media hora, había creído en el cariño que percibía en ella—. ¿Terminar?

—Lo siento mucho —dijo entre sollozos—. Buscaré otro sitio donde dormir esta noche.

Vamos, que me había abierto el pecho en canal, arrancado el corazón, tirado al suelo y pisoteado. El dolor era insoportable, el rechazo demasiado familiar. Me estaba tirando a la basura como si no fuera más que un chucho sarnoso.

La verdad me prendió fuego en las entrañas y redujo mi corazón a cenizas.

—No te molestes —mascullé entre dientes—. ¿No quieres esto? Bien. Me mantendré alejado de ti aunque me mate. La cabaña es toda tuya. Yo dormiré en otro sitio. No sé si Tee te destinó para mí o no, pero si me mandó a una bruja tan terca, irracional y estirada, es que me odia de verdad.

Los labios de Marisol se apretaron en una línea recta y una sola lágrima le resbaló por la mejilla. Esa lágrima. Mierda. Me quemó el corazón como ácido sobre piel tierna.

—Adiós, Troy.

Dicho esto, me dio la espalda y se alejó hasta perderse en la oscuridad.

Joder.

Pateé el suelo y los terrones de tierra salieron volando.

Joder y rejoder.

Hacía un momento estaba volando alto, listo para tocar las estrellas. Al siguiente era un amasijo de hierros ardiendo esparcido por el suelo. ¿Cómo cojones había pasado mi día de estar tan arriba a caer tan jodidamente bajo?

—¿Troy?

Me di la vuelta y me encontré a Max encabezando una maldita delegación.

Kass y Apollo estaban apoyados en la valla.

Trev había dejado su silla de ruedas deportiva en el césped y Jax hablaba con Emme y Lexi junto a la hoguera.

En el campo, el partido continuaba, pero mis hermanos ya no jugaban. Todos me miraban fijamente.

—Largaos, imbéciles —gruñí—. No quiero hablar de esta mierda ahora.

—Deberías haberle contado toda la verdad hace mucho —dijo Kass—. La otra verdad también.

—Gilipollas. —Había días que odiaba la lógica despiadada de Ice.

Mi móvil sonó. Casi me sentí aliviado por la interrupción. El número en la pantalla no me sonaba de nada. No quería enfrentarme a la maldita inquisición Battleson en ese momento, así que acepté la llamada.

—Troy al habla.

—Señor Battleson —me saludó una voz elegante y desconocida—. Espero que no le importe que le llame a su línea privada tan tarde en un día festivo.

Si la mención de que un desconocido tuviera mi número privado no había captado mi atención, el desprecio que destilaba aquella voz de acento suave me puso en alerta máxima. Advertí a mis hermanos con una mirada y activé el altavoz.

—¿Quién es?

—Ah, sí, permítame presentarme —el hombre soltó una risita pagada de sí mismo que me hizo apretar el móvil con más fuerza—. Me llamo Alfonso Rivera. Aún no hemos tenido el placer, pero le llamo para solicitar una reunión con usted.

El monstruo estaba al otro lado de la línea.

Gruñí para mis adentros.

—¿Por qué iba a querer reunirme con usted?

—Usted y yo somos hombres civilizados —dijo con su tono plácido—. Deberíamos poder hacer negocios juntos. Me gustaría hacerle una oferta, ya sabe, de esas que no se pueden rechazar. Y creo que tiene usted algo, o quizás debería decir alguien, que me pertenece. La quiero de vuelta.