Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo Trece #2
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Capítulo Trece #2

Si había alguna posibilidad de tener una vida después de Alfonso, necesitaba que Troy lograra condenar a la bestia y encerrarlo en la cárcel para siempre. Alfonso tenía que ir a prisión, lo que significaba que Troy debía concentrarse en conseguirlo.

Si Troy fracasaba y Alfonso quedaba libre, me perseguiría hasta el fin del mundo. Uno de los dos tendría que morir. Estaba preparada para luchar por mi vida, pero sabía que él tenía más posibilidades que yo.

Troy era hábil, ingenioso y valiente. Tenerlo a mi lado sería una ventaja enorme, por no decir un sueño. Pero no tenía ni idea de cómo reaccionaría cuando se enterara de que había robado, hecho contrabando y violado prácticamente todas las leyes habidas y por haber para alejar a Lulu de Alfonso.

El camino que tenía por delante no sería menos delictivo. Quizá tuviera que matar a Alfonso para proteger a mi sobrina. No podía permitir que nadie, ni siquiera Troy, me hiciera cambiar de idea.

Por si todo eso no bastara, tenía otra razón para no contarle nada a Troy sobre Lulu. Sabía que iba de cabeza a un enfrentamiento con Alfonso. Él mataría para llegar a mí. No podía poner a Troy en más peligro del que ya le había puesto.

La idea de que Troy resultara herido, o peor, asesinado, me llenaba de horror. Tenía que poner mucha distancia entre Troy y yo para que Alfonso no pudiera usarme como excusa para ir a por él.

Tenía que mantener a Troy a salvo.

Me dolía el pecho como si me estuvieran serrando las costillas, pero me tragué un sollozo y luché por contener las lágrimas.

—Pareces asustada.

Los ojos oscuros de Troy me escrutaron con el ceño fruncido de preocupación.

—¿En qué estás pensando?

Si él supiera... Que tenía que irme. Por su bien. Por el de Beth, Lulu y Desiree.

—Solo estoy cansada.

Me pasó los dedos por el pelo y me palpó la cabeza con suavidad.

—¿Te duele?

—Un poco, pero sigue en su sitio.

Eso le hizo sonreír.

—Vamos dentro.

Troy me rodeó el hombro con el brazo y me guio a través del prado hacia el grupo de luces. Su contacto resultaba agradable, reconfortante, protector. Me había acostumbrado a su presencia, a su cercanía. Y ahora tenía que dejarlo atrás.

El corazón se me rompía en pedazos con cada paso que daba.

Pasamos junto a campos vallados, graneros y cobertizos. El suelo helado crujía bajo nuestros pasos. Varias casas salpicaban el paisaje, en su mayoría pequeñas construcciones de ladrillo y cabañas de troncos, algunas encaramadas en las colinas circundantes, dominando el valle.

—¿Qué es este lugar?

—Estamos en el Rancho BB, en un pequeño valle enclavado en lo profundo de las Rocosas —dijo Troy—. Aquí trabaja un equipo de exoperativos que están aprendiendo el oficio de la ganadería. Rehabilitamos caballos y tenemos algo de ganado, sobre todo para cría.

—¿Tenéis un rancho?

—Entre otras propiedades —dijo mientras pasábamos junto a los establos.

Varios caballos asomaron la cabeza por sus boxes y relincharon al ver a Troy. Él se detuvo un momento para acariciar a un gran bayo de brillante crin negra que hacía juego con su cabello azabache.

—Hola, Pegasus.

El animal resopló y le frotó el hocico contra el pecho con evidente afecto.

—Le gustas —sonreí y le pasé la mano por el cuello musculoso—. ¿Es tuyo?

—Es uno de mis rescates. Tenía los cascos empezando a pudrirse cuando lo encontré. Algún desagradecido hijo de puta que no quiso costear su retiro lo abandonó en las montañas para que muriera.

—Qué horror —hice una mueca—. No entiendo cómo la gente puede ser tan cruel.

—Somos una especie cruel —dijo Troy como si lo supiera de primera mano, o quizás en carne propia—.

Pero Pegasus es un luchador —continuó antes de que pudiera preguntar—.

Lo encontré durante una de mis caminatas y lo traje aquí.

Puede que sea viejo, pero no ha dicho su última palabra.

Ahora que está sano, montarlo es una maravilla.

—Oh.

Además de abogado, piloto de helicóptero y guerrero nato, Troy rescataba animales en apuros. Otra faceta sorprendente de este hombre de mil talentos.

Era demasiado.

¿Cómo no iba a derretirme sabiendo que les daba un hogar a esos animales abandonados cuando nadie más lo haría?

Carraspeé para aclararme la voz.

—Entonces, ¿también eres vaquero?

—Qué va —soltó una risa autocrítica—. Un vaquero de fin de semana, como mucho. Me encanta venir aquí siempre que puedo. Montar, caminar, ya sabes, pensar. No soy un vaquero de verdad.

Dudaba que, más allá de su desenvuelta fachada urbana, fuera otra cosa que genuino en todo lo que hacía. Respiré el aire fresco del valle. No hacía falta ser un genio para saber que aquel lugar era el refugio de Troy, su escape del resto de su vida.

Una casa grande apareció ante nosotros: un rústico albergue que se alzaba en medio del pequeño complejo, con las ventanas iluminadas por luces acogedoras.

—Pensaba que íbamos a Resurrection.

—Tu amigo Gene Matthews tiene vigilado Res —Troy me ayudó a cruzar un pequeño puente sobre un arroyo estrecho—. Estamos intentando quitárnoslo de encima, pero de momento nos quedaremos aquí escondidos, donde no pueda encontrarte.

La sola mención del gilipollas en jefe del ICE me provocó un escalofrío de pavor.

—No te preocupes, el rancho no aparece en ningún mapa —Troy me guio por unos escalones de madera—. Esto es propiedad privada y Matthews no puede conseguir una orden de registro para un lugar que legalmente no existe —abrió una puerta y me indicó que pasara—. Esta es la casa principal.

Dejé atrás el frío y entré en un espacio cálido y abierto, dominado por una impresionante chimenea de piedra y varias vigas de madera maciza.

Las paredes de troncos, los muebles antiguos y los desgastados suelos de pino nudoso le daban al lugar un aire rústico y acogedor.

Desde el fondo de la casa llegaban música, risas y conversación animada.

El aroma de la repostería flotaba en el aire y disipó los últimos restos de mis náuseas.

Me rugió el estómago. Hacía rato que no comíamos. Los dulces aromas venían de la cocina, a la vuelta de la esquina, donde varias personas se apiñaban alrededor de una gran mesa rústica cubierta de bandejas de cupcakes, cuencos de glaseado y todo tipo de virutas, siropes y azúcares decorativos.

Un recuerdo me asaltó de golpe: Desiree y yo decorando cupcakes para mi cumpleaños. Tuve que contener las lágrimas que me anegaban los ojos. El dolor me atravesó el pecho.

Los recuerdos felices eran peores que los tristes. Me recordaban todo lo que había perdido.

No te derrumbes. Ahora no.

Me tragué el dolor y seguí a Troy hasta la cocina.

Apollo ya estaba sentado a la larga mesa, con una taza humeante en la mano, charlando con varias personas.

Pero en cuanto entré, las voces se apagaron y todas las miradas se clavaron en mí.

Ojos curiosos y escrutadores me acribillaron desde todas direcciones.

Tuve que hacer un esfuerzo para no retroceder ante el peso de la atención de todos aquellos desconocidos.

Yo era de las que prefieren el trato de tú a tú.

Vale, lo admito: era tímida por naturaleza y los eventos sociales no eran lo mío.

Siempre me sentía fuera de lugar, como una intrusa, alguien que no encajaba.

Nunca había logrado superar mi ansiedad social, pero con la práctica había aprendido a disimularla.

Así que adopté mi expresión profesional, erguí la espalda y, en un momento de debilidad, me acerqué unos centímetros a Troy. Él me rodeó la cintura con el brazo y me atrajo hacia sí. Su fuerza me recorrió el cuerpo y me afianzó las rodillas.

—Hola a todos —dijo—. Esta es Marisol.

Recorrí la habitación con la mirada, nerviosa, intentando poner cara a los nombres y las historias que Troy me había contado. Un niño de unos seis años salió corriendo de la cocina y se abrazó a las piernas de Troy.

—¡Tío Troy!

—Hola, compañero —Troy le revolvió el pelo—. ¿Qué tal va eso de los cupcakes?

Antes de que el niño pudiera responder, una amazona de metro ochenta con los ojos aguamarina más impresionantes que había visto en mi vida entró por la puerta trasera, soltó un grito ahogado y se abalanzó sobre Troy.

—¡Estás en casa! —le plantó un sonoro beso en la mejilla sin afeitar, luego le sujetó la cara entre las manos y lo examinó de cerca, con el rostro radiante—. Hola, muñeco Ken. ¿Seguro que estás bien?

—Estoy bien, muñeca Barbie —le devolvió el abrazo con un afecto que me provocó una punzada en el pecho. Luego me miró y sonrió—. Muy bien.

Mis huesos se derritieron como ganache de chocolate.

—Oye, oye, nada de llorar —Troy le limpió una lágrima de la cara—. ¿A qué vienen esas lágrimas?

—Hormonas —se sorbió la nariz y se dio palmaditas en la pequeña barriga redonda—. El embarazo me ha convertido en una tonta sentimental. O eso, o me estoy volviendo loca. Pero no me hagas caso.

Salió de los brazos de Troy y me abrazó como si nos conociéramos de toda la vida.

—Tú debes de ser Marisol.

Envuelta en sus largos brazos, me quedé un poco rígida. Estaba deslumbrada y, por si fuera poco, abrumada por aquel torrente de afecto.

Reconocí a Alexandra Sousa, la famosa modelo. Troy me había contado algo sobre ella y Max, y había visto su rostro en muchas revistas. Sin embargo, en persona parecía diferente.

Su característica melena negra estaba cortada muy corta, recta y rapada a un lado de la cabeza. Un único pendiente de pluma y un montón de collares de cuero crudo al cuello amplificaban su aspecto más atrevido. Estaba fenomenal, poderosa y feroz. A su lado, me sentí como una pigmea rechoncha y fea.

—Tú debes de ser la famosa Alexandra —balbuceé como una idiota, trabándoseme la lengua.

—Oh, por favor, famosa y un cuerno —agitó en el aire los dedos llenos de anillos—. Por aquí soy simplemente la buena de Lexi, Lexi Battleson, la verdadera yo. Soy la esposa de Max —inclinó la barbilla hacia el fondo de la cocina—. Ese de ahí es mi Max.