Capítulo Trece
Marisol
Mis uñas se clavaron en el lujoso asiento de cuero. Mejor el asiento que el brazo de Apollo. Él iba sentado a mi lado en el asiento trasero del helicóptero de Troy e intentó tranquilizarme durante casi todo el viaje.
Era un hombre atractivo: facciones marcadas, corte de pelo militar impecable, ojos verdes que contrastaban de forma llamativa con su suave piel color caoba. Estaba casi tan en forma como Troy, aunque ni de lejos tan alto.
Aunque, claro, hombres más altos que Troy solo abundaban en la NBA.
Pero, con diferencia, las mejores cualidades de Apollo eran su amabilidad, su capacidad para distraerme con cháchara intrascendente y su disposición a cogerme la mano cuando lo necesitaba.
Mientras Troy nos guiaba sobrevolando la ciudad, Apollo respondió a algunas de mis preguntas.
Me explicó quién era el novio francotirador de Alice y por qué el mercenario ruso Orlov había atacado a Troy.
Ya me sentía mareada cuando me enteré de lo despiadados que eran los enemigos de los Battleson y de lo cerca que había estado Troy de caer en las manos asesinas de Orlov. Pero después de saber más sobre los intentos de Zero Tango de destruir a los Battleson, las náuseas eran ya totales.
Alfonso iba a por mí. El misterioso Zero Tango iba a por Troy y sus hermanos. Era como si dos virus mortales se hubieran combinado para crear una superbacteria completamente nueva. Estábamos todos en medio de una pandemia y en peligro de extinción.
La tormenta asestó otro golpe traicionero al helicóptero con una ráfaga violenta. El aguanieve azotó las ventanillas y el estómago me dio un vuelco. Sobrevivir a este vuelo pasó a encabezar mi lista de deseos.
Al cabo de un rato, Apollo echó la cabeza hacia atrás, cruzó los brazos sobre el pecho y cerró los ojos. Ajeno a la furia de la tormenta, al violento traqueteo del fuselaje y al ensordecedor whopwhopwhop de las aspas, el hombre se quedó dormido.
¡Dormido!
Un relámpago fracturó la oscuridad, seguido de un estruendo atronador. Pegué un bote cuando otra ráfaga sacudió el helicóptero. Caímos en picado y el estómago se me quedó arriba, mientras el corazón se me subía a la garganta. En cualquier momento iba a vomitar.
—¿Estás bien ahí atrás? —la voz de Troy crepitó a través de los auriculares.
No había forma buena de contestar a eso.
Apollo se removió, me pasó una bolsa para vomitar y habló por el micrófono.
—Sácanos de este rodeo, vaquero. Si no, va a tocar limpieza en el pasillo seis.
—En ello estoy —Troy miró hacia atrás para ver cómo estábamos—. Perdón por las turbulencias.
Dios, ojalá mantuviera los ojos en la carretera... el cielo... la tormenta... lo que fuera.
Apollo cerró los ojos y volvió a quedarse dormido. Ojalá yo tuviera el don de desconectar el cerebro a voluntad. En cambio, estaba atrapada en aquella lata metálica que no paraba de traquetear, luchando contra el pánico, con los dientes apretados como si tuviera tétanos.
Un relámpago volvió a iluminar la noche y el mundo destelló ante mí como una radiografía. Cerré los ojos para librar la retina deslumbrada de la impresión de haber visto mis propios huesos brillando bajo la carne.
Un rayo no cae dos veces en el mismo sitio, o eso dice el refrán. Ni en la misma familia, esperaba.
En serio, Dios. Para ya. Cuando quieras.
Muy consciente de la única gota de sudor que me bajaba por la espalda, me apreté el cinturón de seguridad.
Los nervios me chasqueaban y escocían como gomas elásticas. Solté un jadeo cuando otra caída repentina sacudió el helicóptero y lancé una mirada de pánico a la nuca del casco de Troy.
Allí estaba él, pisando los pedales, maniobrando la palanca, tranquilo, seguro, sereno. Con la vista en los instrumentos, guiaba el helicóptero a través de la tormenta y sorteaba los picos dentados con la facilidad con que un sastre experto enhebra una aguja.
Viéndolo así, cualquiera diría que iba por una carretera amplia y despejada, y no inmerso en una maniobra arriesgadísima para devolvernos a tierra de una pieza.
Me atreví a mirar por la ventanilla. Las nubes arremolinadas se abrieron y dejaron ver un grupo de luces que interrumpían la oscuridad formando un cuadrado perfecto.
Troy tiró de la palanca, inclinó el helicóptero y enfiló directo hacia las luces.
El aguanieve se convirtió en nieve; una nevada espesa cuyos copos besaban la ventanilla como hadas aplastando la nariz contra el cristal.
Abajo. Quería volver a tierra firme.
En algún lugar más allá de las luces, unas bengalas rojas se elevaron iluminando la oscuridad. Troy accionó un interruptor y un potente haz blanco iluminó una plataforma de aterrizaje justo delante. Ajeno a las ráfagas de viento, posó el pájaro exactamente en el centro de la plataforma.
En cuanto los patines tocaron el suelo, solté un enorme suspiro de alivio.
¡Lo habíamos conseguido!
Me quité los auriculares y me recoloqué la coleta, preguntándome si el pelo se me habría vuelto blanco del susto.
Troy fue presionando botones y accionando interruptores para apagar el helicóptero. Sobre mi cabeza, las aspas fueron perdiendo impulso, como exhaustas tras el esfuerzo de traernos hasta aquí.
Exhausta. Sí. Exactamente así me sentía yo.
El fuerte tamborileo se apagó por fin. Apollo se desperezó, se estiró y bostezó. Varios asistentes aparecieron de entre la oscuridad. Reprimiendo el impulso de saltar del helicóptero gritando como una loca, me solté el cinturón de seguridad y arañé la puerta buscando cómo salir.
Troy abrió la puerta de par en par y me ayudó a bajar de aquel peligroso artilugio.
—¿Cómo estás?
Planté los pies en el suelo e intenté controlar el temblor de piernas y brazos.
—¿Podemos, por favor, no volver a hacer eso nunca?
Troy dio un paso atrás, con expresión dolida.
—¿Tienes algún problema con mi forma de volar o con mi Little Bird?
—Pajarito mis narices —solté, forzando la mandíbula apretada a relajarse—. Los pájaros tienen alas. Son criaturas aerodinámicas. ¿Esa cosa? Está hecha para estrellarse. Es más como un huevo de acero cayendo del cielo.
—¿Un huevo de acero, eh? —se le curvaron los labios—. Me gusta. Me llamo Troy y vuelo mierda de gallina.
Su sonrisa pícara ayudó a aliviar la tensión de los hombros y me recordó el tiempo que habíamos pasado juntos en Le Chalet. No pude evitarlo. Me encantaba cuando sonreía así, con esa sonrisa franca. Con la tierra firme bajo los pies, logré esbozar una sonrisa torcida.
Troy me sorprendió. Se inclinó y me plantó un beso en los labios como si fuera lo más natural del mundo. Fue solo un roce fugaz de bocas, pero me atravesó como una descarga eléctrica, despertó mis sentidos entumecidos y agudizó el mundo a mi alrededor.
El beso también fue una prueba. Cuando no protesté, volvió a besarme. Acabamos entrelazados, abrazándonos con fuerza.
—Oh, por Dios.
El resoplido de Apollo me llegó como desde muy lejos.
—Buscaos una habitación, ¿no? Yo me adelanto.
Debería haber terminado el beso entonces, pero Troy alzó la mano y me acunó la nuca mientras su lengua convencía a mis labios de ceder. Los pasos de Apollo se perdieron a lo lejos. El helicóptero, los hombres que lo cubrían con lonas, incluso el valle se esfumaron de mi mente.
Un enjambre de copos danzaba en el viento y giraba a nuestro alrededor. En ese momento, estábamos solos, un núcleo de calor en un paisaje de nieve que caía.
En el fondo de mi mente, mi sentido común gritaba. «¿Hola? Misión cumplida. Ya no necesitas seguir besando a este bombón».
Mi sentido común tenía razón, y sin embargo no podía apartarme.
«Una última vez». «Disfrútalo mientras puedas». «Nunca volverás a sentirte así».
Me entregué al momento, deleitándome con el calor de la boca de Troy, con el estremecimiento de su aroma al llenarme los pulmones, con la intimidad de su abrazo.
Solo cuando las luces a nuestro alrededor se apagaron, Troy liberó mis labios.
—Tenemos que ponerte a cubierto.
Sus ojos de ébano me sonrieron con una intensidad que me sacudió los sentidos.
Hacía frío fuera, pero yo ardía por dentro. Sus brazos se quedaron un momento más en mi cintura, un pequeño consuelo. Se me escapó un suspiro de pesar.
«La realidad. Sí. Hora de enfrentarla».
Se me encogió el pecho y me estrujó el corazón hasta hacerme daño. Mi tiempo con Troy se agotaba. Él y sus hermanos ya tenían bastantes problemas. Hoy había estado a punto de ser un desastre. La bala que mató a Alice podría haber matado a Troy.
Me estremecí de pavor.
Tenía que irme. Pronto.
Le había entregado las pruebas a Troy. Pero ahora tenía algo aún más valioso que recoger.
Nada de lo que había logrado hasta ahora importaría si no podía reunirme con Beth, la mujer que había arriesgado su vida por Desiree y por mí, la amiga extraordinaria que se había jugado el todo por el todo —y había plantado cara a Alfonso— para ayudarnos.
Tenía que recoger a Lulu antes de que nuestro plan se viniera abajo y Alfonso alcanzara a Beth. Solo tenía acceso a unas coordenadas durante un margen de tiempo muy limitado. Después, Beth se habría ido y Lulu quedaría en manos de personas que no la defenderían de su padre.
Y si Alfonso les echaba sus sucias garras encima a Beth y Lulu primero, tendría todo lo necesario para ponerme de rodillas. Él ganaría. Yo lo perdería todo. Mi fracaso significaría la muerte, sin duda.
Miré a Troy fijamente. La intensidad de su rostro me llenó de esperanza y asombro. ¿Debería contárselo?
No. No podía.
Aparté la mirada y dejé escapar un suspiro abatido.
No era estúpida ni imprudente, pero la lógica dictaba que tenía que hacer esto sola.
Alfonso tenía espías por todas partes, por no hablar de su acceso a tecnología intrusiva.
Troy querría desplegar todo el poder de BB.
No le culpaba por ello, pero involucrar a más gente podría ponerlo todo en peligro.
Si guardaba mi secreto y actuaba sola, si solo yo conocía mi destino, nadie podría alertar a Alfonso de mi paradero y arruinar mi plan. Ninguna filtración posible. El silencio significaba seguridad y supervivencia para todos los implicados.