Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo ocho #2
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Capítulo ocho #2

También temía por Troy. Si se involucraba en esta parte de mi plan, lo matarían, seguro.

—¿Marisol? —La voz de Troy me sacó de mis pensamientos aterradores—. ¿Decías?

—Eh... sí... —Me aclaré la garganta—. Desiree tenía que reunir pruebas incriminatorias contra Alfonso. Quería y necesitaba que lo procesaran y lo metieran en la cárcel. Era su única salida. Y —añadí, notando de nuevo las lágrimas que me subían por la garganta— casi lo consiguió.

—Lamento tu pérdida. —La compasión en las palabras de Troy estuvo a punto de hacerme perder el control—. Yo también perdí a un hermano. Se llamaba Leo. Sé cómo te sientes.

—Por favor, no seas amable conmigo —supliqué en un murmullo—. Ahora no.

—De acuerdo. —Se le endureció la voz y volvió a su modo de interrogador astuto—. ¿Cómo conseguiste la información?

—Me quedé en casa de Desiree y Alfonso unas semanas después del funeral —dije—. Tee vino a presentar sus respetos. Confirmó la historia de la criada y me habló de los esfuerzos de Desiree por sacar a la luz los crímenes de su marido.

—¿Qué papel tiene Tee en todo esto? —preguntó Troy.

—Mi impresión era que Tee trabaja para el Cuerpo de Paz. No me aclaró en qué puesto, y me disuadió de hacerle preguntas al respecto. Dijo que cuanto menos supiera, mejor para todos los implicados.

—Hum.

Su ceño se frunció aún más.

No le gustaba nada de lo que le estaba contando.

—Tee dijo que había preparado la huida de Desiree para cuando tuviera lo que necesitaba. Fue entonces cuando me di cuenta de que yo estaba en la posición perfecta para continuar lo que Desiree había empezado, para terminar su trabajo.

—¿Cómo demonios pudiste hacer eso?

—Fingí que quería apoyar a mi afligido cuñado. Me ofrecí a quedarme un tiempo más y echar una mano. Alfonso se lo tragó, encantado de hacer el papel de viudo desconsolado, exhibiéndome en sus círculos sociales para acallar los rumores.

—Eso tuvo que ser duro.

—Ni te lo imaginas.

Hice una mueca al recordar el enorme esfuerzo que me había costado fingir que me importaba aquel asesino.

—Pero había que hacerlo. Mientras estuve allí, registré la casa de arriba abajo hasta que encontré el sobre, cosido en el edredón de Desiree. Entonces llamé a Tee y salí pitando de allí.

—Joder.

Troy negó con la cabeza.

—Eso requirió muchas agallas.

—Guárdate los elogios para alguien que los merezca.

Me miré las manos.

—Era lo mínimo que podía hacer por mi hermana.

El silencio se adueñó de la habitación. En mi cabeza apareció la imagen del solitario ataúd de Desiree. Paladas de tierra caían sobre él, sellándola bajo tierra, mientras yo permanecía afligida y sola en el cementerio, junto a Alfonso y sus secuaces.

Todos fingían que Alfonso no había golpeado brutalmente a mi hermana hasta matarla. Cuando se acercó para cogerme la mano, tuve una visión de la sangre de Desiree goteando de sus dedos. Casi vomito junto a la tumba de mi hermana.

Fue entonces cuando supe exactamente lo que tenía que hacer.

Fue entonces cuando la venganza clavó sus ardientes colmillos en mi vida.

El recuerdo quebró mi fortaleza, el muro que había levantado para seguir adelante durante los últimos meses. No podía contener el dolor insoportable ni un segundo más.

No había llorado cuando enterramos a Desiree. No había llorado cuando escapé de Rivera y huí de su territorio, ni cuando pisé de nuevo suelo estadounidense. Pero ahora sí lloré.

Me cubrí la cara y lloré, meciéndome adelante y atrás en la silla. La pena, la culpa y la inmensa tristeza me golpearon a la vez. Los sollozos me desgarraban la garganta y las lágrimas brotaban en un torrente imparable.

—Desiree se casó con ese hijo de puta por mi culpa.

Busqué la mirada de Troy a través de un velo de lágrimas y por fin admití la verdad.

—Así que ya ves, Troy

—dije con voz entrecortada—

. Alfonso asesinó a Desiree, pero yo soy la verdadera razón por la que mi hermana murió.

***

Troy

El dolor que sacudía a Marisol me golpeó en el plexo solar. Su inmensa tristeza se propagó por mí como un virus maligno. Reconocí la magnitud de sus pérdidas, su soledad, la culpa que la atormentaba.

Algo se rompió dentro de mí, una costilla, un pulmón, mi jodido corazón... no sabía qué parte de mí había cedido, pero su dolor me golpeó con la fuerza de un palazo en el pecho.

Su angustia encontró eco en la mía. Reverberó en mi interior en forma de recuerdos repugnantes y un peso aplastante que no se despegaba de mi pecho.

Yo también había sido engañado, manipulado y traicionado de niño.

Mi madre me abandonó al nacer como quien tira la basura.

Crecí en un carrusel de hogares de acogida donde a nadie le importaba una mierda.

¿Y mi última madre de acogida, la que me mandó al reformatorio por el sucio crimen que no cometí?

Joder, ni siquiera podía pensar en esa zorra.

Hasta que conocí a mis hermanos, me habían descartado como basura a cada paso de mi vida.

Entendía la rabia que la injusticia infligía en el alma, la impotencia que aplastaba a los débiles.

Conocía la magnitud del dolor que se adhería a tus arterias y bloqueaba el flujo en tus venas hasta que la tristeza se convertía en parte de ti, bombeada por tu torrente sanguíneo en oleadas de dolor fresco con cada latido de tu corazón roto.

Hasta ese momento, Marisol había sido tan fuerte, tan contenida, tan clínica en su forma de afrontar la vida. Había habido momentos en las últimas horas en que me había preguntado si la científica que llevaba dentro dominaba por completo a la mujer.

Pero no era así.

Era una leona feroz por fuera y una gatita herida por dentro. No podía verla sufrir y quedarme ahí de brazos cruzados.

—Ven aquí, rayito de sol.