Troy (Romance militar de héroes alfa nº 3) Capítulo ocho #3
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Capítulo ocho #3

La levanté de la silla, la senté en mi regazo y la acuné entre mis brazos.

—Estarás bien. Te lo prometo. Saldrás de esta.

—No puedo parar de llorar

—jadeó entre sollozos desgarradores.

—Tranquila.

Le acaricié el pelo, pasándole los dedos por los suaves rizos.

—Has pasado por mucho. Está bien dejarse llevar.

Hundió el rostro en el hueco de mi cuello y sollozó en silencio mientras su cuerpo se estremecía entre mis brazos. Sus cálidas lágrimas me resbalaron por el cuello y empaparon mi camiseta.

La sostuve en silencio mientras le acariciaba la espalda y le daba besos suaves en la frente, maldiciendo a Alfonso Rivera para mis adentros. El hijo de puta iba a pagar por destruir la vida de Marisol. De eso me iba a encargar yo.

Nada de lo que pudiera decirle ahora serviría de algo. Las palabras eran inútiles. Las frases hechas carecían de sentido. No calmarían su dolor, ni le aliviarían la pena, ni cambiarían nada.

La acción, en cambio, la acción sí podía provocar cambios. Y yo era bueno imponiendo cambios a los despiadados y brutales. Vaya que sí. Me había especializado en hacer que la justicia se cumpliera.

Bajé la mirada y me encontré con los ojos llorosos de Marisol. Quería borrar el dolor de su mirada. Quería darle esperanza, devolverle el destello travieso que había brillado en sus ojos antes de empezar mi interrogatorio, revivir la sonrisa que iluminaba mis días.

Bajé el rostro y le rocé los labios con la boca. Eran suaves, húmedos y salados por el sabor de sus penas. Con la lengua le limpié las lágrimas que le corrían por la boca, incitando sus labios a abrirse para mí.

La oscuridad se disipó de la habitación.

Mi cuerpo se inundó de un amanecer que iluminaba todo lo bueno, lo sano y lo justo.

En los exquisitos sabores de Marisol, probé lo mejor que la vida podía ofrecer, el bien que rara vez veía, las promesas con las que un tipo traicionado tantas veces solo podía soñar.

Deslicé las manos por sus costados, deleitándome con la sensación de sus curvas bajo mis palmas, los montículos y valles que fluían bajo las yemas de mis dedos, una geografía nueva y prometedora. Exploré su boca y su cuerpo, atento a cada suspiro, anhelando sus pequeños gemidos quedos.

Había besado a muchas mujeres en mi vida, pero esto era diferente. Mi pasión nacía de un núcleo de ternura que irradiaba de Marisol y me envolvía en una capa de afecto y necesidad como una segunda piel.

¿Una capa de qué?

No. ¡No!

Sabía que tenía que dejar de besarla, pero no podía. Ella tampoco podía dejar de besarme. Nuestros cuerpos tomaron la iniciativa, apretándose el uno contra el otro. Sus pezones erectos me rozaban el pecho y mi mano se deslizó por sus muslos, ansiosa por explorar su intimidad.

Esto no podía suceder. Fuera como fuera, yo no iba a caer en el plan de Tee. Tampoco iba a aprovecharme de Marisol, alimentándome de su dolor para satisfacer la necesidad que me endurecía la polla.

Cómo logré arrancar la boca de la suya, no tengo ni idea.

Prácticamente tuve que despegar mis labios de los suyos.

Jadeando, inhalé una enorme bocanada de aire que solo sirvió para recordarme lo bien que olía, lo sexy y limpia, lo suave, húmeda y asombrosa que sería sentirla en el momento en que la hiciera mía.

¿Hacerla mía? ¿Qué eres? ¿Un puto cavernícola?

—Lo siento —dije con voz ronca, luchando por mantener el control, ordenándole a mi cuerpo que parara, a mi polla que se calmara de una vez—. No podemos hacer esto. Yo no voy a hacer esto. Estás vulnerable y me niego a aprovecharme de ti.

—¿Ni siquiera si te deseo? —preguntó, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano—. ¿Ni siquiera si te pido que me hagas el amor?

—Por favor, no me lo pidas —mi autocontrol pendía de un hilo—. Eso podría ser más de lo que puedo soportar ahora mismo. Si me lo pides, no podré decir que no. Y entonces la vamos a liar. ¿Lo entiendes?

No dijo nada. Solo me miró con esos ojos castaños tan profundos, que brillaban con el destello de nuevas lágrimas y mil preguntas.

Murmuré algo así como:

—Tengo que irme.

Con un movimiento rápido, la devolví a su silla y me puse de pie.

No me asustaba un rollo de una noche. Dios sabía que había tenido muchos.

Pero tenía que admitir que desconfiaba de las mujeres fuertes y poderosas como Marisol, mujeres que usaban su ingenio para atrapar a pobres idiotas hambrientos de cariño.

Mujeres que usaban y manipulaban a otros para sus propios fines y luego los desechaban sin pensárselo dos veces, como habían hecho conmigo mi madre y mi madre de acogida.

Me había jurado que nunca permitiría que nadie volviera a hacerme eso. No iba a romper mi promesa ahora. La decepción me invadió y me dejó vacío por dentro.

Así tenía que ser.

Y entonces me dirigí hacia la salida, aunque la Suite Roja giraba a mi alrededor y los espejos refractaban mi imagen huyendo del campo de batalla.

No me daba miedo concederle sus deseos a Marisol.

Lo que me aterrorizaba era caer en la vieja trampa y perder en el proceso la identidad que tanto me había costado construir.