Tropezar contigo Chapter 9 #3
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Chapter 9 #3

—No creo —respondí en un hilo de voz, retirando la mano despacio y volviendo a abrazar mis rodillas—. Seguiré siendo un desastre calculando el espacio de las maletas.

—Ya —soltó él, volviendo a mirar hacia abajo, hacia sus botas—. Pero allí tendrás que aprender a preparar el té tú sola. Tres minutos exactos, acuérdate. Ni uno más.

—Me saldrá amargo, seguro —confesé, tragándome el nudo de la garganta, sabiendo que lo decía porque me ayudaba a contar el tiempo en momentos en los que mi mente y corazón estaban en pura tensión.

Nos quedamos allí sentados, recuperando la distancia, los hombros casi rozándose pero sin llegar a tocarse. El arte de no nombrarnos consistía precisamente en eso: en aprender a respirar el mismo aire, sabiendo que la distancia más dolorosa es la de los centímetros que decides no cruzar.

El recuerdo de las escaleras de incendios se desvanece de golpe, dejándome el sabor amargo de un té mal calculado en la punta de la lengua.

Parpadeo. Vuelvo a la realidad de esta habitación desmantelada, al frío del cristal de la ventana contra las palmas de mis manos y a la silueta de Thiago, que sigue allí, sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared.

Han pasado meses desde aquella noche, pero la distancia exacta entre nosotros sigue midiendo lo mismo.

Me separo de la ventana despacio. Mis pies descalzos avanzan por el suelo limpio hasta volver al borde del colchón.

Me siento, pero esta vez no me quedo estática.

Rompo el perímetro de seguridad. Me deslizo hacia abajo hasta sentarme en el suelo, justo a su lado.

No lo toco. Coloco la espalda contra la misma pared desnuda, recojo las piernas y escondo las manos dentro de las mangas de mi rebeca de punto.

Nuestros hombros quedan a un suspiro de rozarse. La tela de su sudadera gris casi toca la mía.

—No sé cómo voy a hacerlo mañana, Thiago —confieso en un susurro, mirando fijamente hacia abajo, incapaz de sostenerle la mirada porque sé que, si lo miro, me rompo.

Él no responde enseguida. Suelta uno de esos soplidos suaves que ya conozco de memoria, un sonido cansado, y apoya la cabeza en la pared, mirando al techo.

—Harás lo mismo de siempre, Elia —dice, y su voz suena un poco más ronca de lo normal—. Te pondrás tu coraza de chica decidida, esa que camina pisando fuerte, y subirás al avión sin mirar atrás. Es lo que te toca y lo que tienes que hacer.

—Odio que me conozcas tanto —le replico, intentando forzar una sonrisa—. A veces desearía que fueras un desconocido. Alguien a quien poder mentirle un rato y decirle que tengo muchas ganas de marcharme.

Thiago se gira despacio hacia mí. Siento el peso de sus ojos oscuros recorriéndome la cara.

Entonces, caigo en la cuenta, en mi mente, del desorden de mi pelo y el temblor que intento ocultar apretando las rodillas contra el pecho.

Estira el brazo izquierdo despacio, como hizo en aquellas escaleras.

Pero esta vez no se queda solo en un roce.

Su mano busca la mía, aparta la manga con suavidad y me envuelve los dedos.

Su mano es firme, y es mi calma en mi enésima tormenta.

—A mí no puedes mentirme —susurra, acortando un poco la distancia, obligándome a mirarlo—. Y no dejes de respirar, por favor. Cuenta los segundos, incluso los minutos si te hace falta, pero respira.

El nudo de mi garganta se aprieta hasta casi hacerme daño. Clavo mis ojos en los suyos y noto cómo la temperatura de mis mejillas sube de golpe, la misma reacción absurda de siempre que solo él consigue provocarme. Acerco mi hombro al suyo, y él me responde apretando un poco más mis dedos.

Estamos tan cerca que vuelvo a notar su respiración, pero ya no hay una cuenta atrás de tres meses.

Quedan apenas unas horas. Ya está listo todo para partir, y las maletas están cerradas.

Sé que lo correcto es mantenernos al margen, no complicarnos la vida antes de despedirnos.

Pero el roce de su cuerpo contra el mío me quema de una forma distinta esta noche; me deja sin aire porque sé que es la última vez que podré estar con él, como refugio.

—Prométeme algo —le digo, apretándole la mano.

—Lo que quieras —responde, rozando mi pelo en un contacto que me obliga a cerrar los ojos.

—Que no vas a hacer como con el té —susurro, y apoyo la cabeza en su hombro—. No me midas el tiempo, Thiago. No me olvides en tres minutos. No dejes que esto se enfríe.

Thiago suelta una risa triste y me pega un poco más a él.

—Eso es lo único que no sé cómo calcular, Elia.

El silencio regresa y la luz de la farola de la calle entra a través de la ventana sin cortinas, dibujando líneas doradas y sombras en el suelo y la pared.

Me quedo un rato así, escuchando el latido acompasado de su corazón bajo la sudadera gris, deseando estirar los minutos, congelar el segundero del reloj. Es lo que más deseo en este momento. Pero el frío del suelo termina por colarse en los huesos.

—Aún queda un cajón —dice Thiago de repente, con una voz suave, señalando con la barbilla el pequeño mueble—. El de abajo del todo. Me ha parecido ver que te dejabas algo dentro cuando ayudé a meter las camisetas en la maleta grande.