Tropezar contigo Chapter 9 #4
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Chapter 9 #4

Me incorporo despacio, sintiendo enseguida que me separo de su calor.  Mis manos,  ocultas todavía bajo las mangas de la rebeca de punto,

tiemblan un poco cuando me arrodillo frente al mueble. El cajón chirría al tirar de él. Pensaba que ya no quedaba nada, que lo había limpiado a conciencia, pero al mirar en el fondo, me quedo paralizada.

Ahí están. Olvidados de verdad, ajenos al caos de las cajas y las bolsas de las últimas semanas.

Saco el primer objeto con cuidado. Es el viejo termo de acero inoxidable, lleno de abolladuras y con la pintura azul desgastada por los bordes.

El termo en el que, durante los peores meses de segundo de carrera, yo le preparaba el té de madrugada y se lo llevaba a la biblioteca para obligarle a descansar de los apuntes de Derecho.

Detrás de él, encajado al fondo, aparece el flexo negro de pinza.

El maldito flexo que nos prestábamos de habitación a habitación a través de la ventana del patio interior cuando a alguno se le fundía una bombilla en mitad de la noche de exámenes.

Thiago se arrodilla a mi lado en el suelo. Sus ojos oscuros brillan al reconocerlos, y una sonrisa le ilumina la cara por un segundo.

—No me jodas, el termo de los milagros —susurra, estirando los dedos para rozar la superficie metálica abollada—. Pensé que lo habías perdido hace meses.

—Y yo —confieso, con la voz atrapada en la garganta, sosteniéndolo entre las manos—. Mira cómo está. Da pena verlo.

—Está perfecto —me contradice él, mirándome—. Nos salvó la vida en aquel examen de Civil. Si no llega a ser por el azúcar que le metías al té, me quedo frito encima del código.

Me río, pero la risa se me transforma en un suspiro. Sostengo el termo un momento y, tras unos segundos, se lo extiendo. Es un detalle muy pequeño, pero este objeto contiene todos nuestros años compartidos, las noches en vela, los pies rozándose en el suelo y el olor a hierbas medicinales.

—Quédatelo —le digo en un hilo de voz.

Thiago me mira, descolocado y niega con la cabeza.

—Es tuyo, Elia. Te lo regaló tu madre antes de venir aquí.

—Precisamente por eso —insisto, y le cojo la mano para obligarle a cerrar los dedos alrededor del metal frío—.

Yo ya no voy a necesitar que nadie me controle los tres minutos.

Pero tú sí.  Quédatelo para cuando tengas que estudiar las oposiciones.

Para que te acuerdes de respirar despacio cuando yo no esté en el pasillo.

Él sostiene el termo como si fuera de un cristal finísimo, con delicadeza.

Sabe, igual que lo sé yo, lo que significa ese gesto.

No hay promesas de «te esperaré», ni un «volveré a por ti», porque somos demasiado jóvenes, el océano es demasiado grande y el tiempo o momento es el equivocado.

Regalarle el termo es mi forma de decirle que le entrego mi refugio, el único que he conocido.

Dejamos el flexo sobre la cama, y Thiago deja el termo a un lado para volver a centrarse en mí. No nos hace falta decir nada; todo lo que teníamos que hablar se dijo en aquella escalera de incendios hace meses.

Se acerca y, esta vez, no espera, me rodea con los dos brazos, hundiéndome contra su pecho con una fuerza que me hace cerrar los ojos e inspirar.

Yo le respondo rodeándole el cuello, escondiendo la cara en el hueco de su hombro, apretando los dedos contra la tela de su sudadera, como si pudiera fusionarme con él.

Es un abrazo largo, eterno, de esos que hablan todo lo que callamos.

Es un «gracias por salvarme aquella noche en el pasillo», un «gracias por no dejarme caer», un «gracias por enseñarme a respirar».

Noto el calor de su respiración en mi oreja, el temblor de sus manos en mi espalda, y por primera vez en toda la tarde, escondo el rostro en el hueco de su cuello, respirando su olor a ropa limpia una última vez, apretando los puños contra su espalda hasta que me duelen los dedos.

Él no dice nada; solo me sostiene con una fuerza que me rompe por dentro, resguardándome del mundo exterior.

Cuando nos separamos, el frío de la habitación nos golpea.

Me pongo en pie antes de perder el valor, me calzo las deportivas deprisa y agarro las correas del macuto.

No miro atrás. Sé que, si me giro, me quedo en esa habitación para siempre.

Cruzo el umbral de la puerta. Mis pasos suenan en el pasillo de la residencia, el mismo suelo helado que pisé descalza aquella noche. Al llegar a la esquina, antes de bajar por las escaleras hacia el vestíbulo, no puedo evitarlo y me detengo un segundo para girarme una última vez.

A lo lejos, en la puerta entreabierta de la habitación, veo la silueta de Thiago.

Está de pie en mitad del cuarto vacío. Le refleja la luz naranja de la farola y sostiene el termo azul contra el pecho.

Pasea su mirada por todos los detalles de la habitación en el que hace un momento estábamos sentados.

Se queda allí, inmóvil, asimilando el vacío, antes de estirar el brazo, presionar el interruptor y apagar la luz, dejando que la penumbra se lo trague todo.