Tropezar contigo Chapter 9 #2
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Chapter 9 #2

En el comedor, por ejemplo, el mundo era un caos de voces y platos chocando. Sin embargo, a veces, nuestras miradas se cruzaban un segundo de más entre todos los estudiantes que nos rodeaban. Un segundo. Lo justo para que nadie más lo notara, pero lo suficiente para que él me pillara mirándolo.

—Si sigues clavándome los ojos así, la gente va a pensar que me quieres robar las patatas, Elia —me soltó Thiago una tarde, coincidiendo en la fila para dejar las bandejas, con una sonrisa de lado que me dio un vuelco el estómago.

—Ya quisieras —le respondí, entornando los ojos, pero sin poder evitar que las mejillas me traicionaran un poco—. Solo vigilaba que no te llevaras el último postre de chocolate.

—Para ti siempre guardo uno —susurró, rozando su hombro con el mío al pasar a mi lado para salir al pasillo. Un roce mínimo, eléctrico, que me dejó un instante clavada en el sitio.

Esos detalles eran nuestro pan de cada día, lo normal en nosotros.

Como cuando llegaba de la facultad por las tardes, con el frío de abril, que para mí era más que fresco, calándome los huesos.

Yo entraba al vestíbulo arrastrando los pies; y él, que solía estar charlando con cualquiera en los sofás, se levantaba sin decir nada.

Se acercaba por detrás y, con una suavidad que me desarmaba, me sujetaba la cazadora por los hombros para ayudarme a quitármela.

Su pecho quedaba a un milímetro de mi espalda y yo dejaba que me ayudase, cerrando los ojos un segundo para respirar su olor.

—Estás congelada —me decía al oído, rozándome mis brazos por encima del jersey, con sus manos, con suavidad, antes de apartarse.

—Es culpa de los apuntes de literatura. Pesan una tonelada —bromeaba yo, dándome la vuelta para mirarlo, sintiendo que la coraza se me agrietaba solo con tenerlo cerca.

—Pues vas a tener que esforzarte más, porque he visto lo que has hecho en mis hojas de Derecho.

Me reí. Esa misma mañana me había infiltrado en su cuarto para dejarle un dibujo absurdo en el margen de sus apuntes más densos. Una caricatura de un profesor rodeada de un bocadillo que decía: «Si memorizas esta página, te debo un café. Si no, también» .

—¿Te ha gustado? Te ayuda a amenizar el código civil —le piqué, cruzándome de brazos.

—Me distrae, que es peor —replicó él, dándome un toque juguetón con el dedo en la punta de la nariz—. Pero acepto el café.

Sin embargo, el verdadero examen llegó más tarde.

Ambos intentamos hacer vidas normales, las que se suponía que debíamos tener a los veinte años.

Thiago empezó a salir con una chica de tercero, alguien muy alegre que siempre se reía de todo; y yo tuve una relación corta con un chico de mi clase, atento, divertido y que ponía todo de su parte.

Lo doloroso no eran los celos típicos. Lo que de verdad quemaba por dentro era darme cuenta de que esas personas eran solo satélites girando alrededor de un planeta vacío.

Nadie lograba entrar en ese núcleo donde solo habitábamos nosotros dos.

Ocurrió una noche en la que estábamos los cuatro sentados en el césped del jardín de la residencia.

Mi pareja me rodeaba los hombros con el brazo, hablándome entusiasmado de un viaje que quería organizar, pero yo era incapaz de centrarme en sus palabras.

Toda mi atención estaba fija a unos metros, donde Thiago escuchaba a su novia mientras jugaba con el borde de su sudadera.

En un momento dado, la chica le tocó el brazo a Thiago.

—Oye, ¿me dejas tu chaqueta? Es que empieza a hacer frío.

Thiago paró en seco. Me miró de reojo, una mirada rápida, cargada de tensión. Él sabía perfectamente que yo llevaba un rato encogiéndome en el sitio, estirando las mangas de mi jersey de punto, reacia a que mi chico me diera la suya.

—Claro —respondió Thiago despacio. Pero en lugar de dársela a ella, se levantó, se quitó la cazadora vaquera y caminó hacia mí—. Toma, Elia. Sé que eres de sangre caliente, pero estás temblando.

Su novia parpadeó, un poco descolocada, y el mío me miró extrañado.

—Ah, gracias... —acerté a decir, con la voz atrapada en la garganta mientras cogía la chaqueta. Estaba ardiendo, impregnada de su calor y de ese aroma a limpio tan suyo. Al entregármela, sus dedos rozaron los míos en un contacto lento que me dejó sin aliento.

—¿Y yo qué? —protestó su novia con un mohín, aunque medio en broma, intentando ocultar su desagrado.

—Tú tienes la tuya en la habitación, anda, ve a por ella y así, al moverte un poco, entras en calor —le soltó Thiago, volviendo a sentarse en el césped, sin apartar los ojos de mí.

Me puse su chaqueta, hundiéndome en ella, sintiendo que cometía una traición silenciosa, pero siendo completamente incapaz de quitármela.

Nadie más en ese círculo entendió lo que acababa de pasar.

Para ellos había sido un gesto de cortesía entre amigos de la residencia; para nosotros, un recordatorio de que daba igual a quién tuviéramos al lado.

El amor de las otras parejas era… ¿aceptable?

Pero el nuestro quemaba por todo lo que callábamos, por esa distancia que nos empeñábamos en mantener.

Un día cualquiera, sin importancia aparente, llegó un correo electrónico, haciendo que me paralizara el mundo.

Despacho de Relaciones Internacionales. Beca concedida.

Destino confirmado. Era el futuro con el que llevaba soñando dos años, la oportunidad de mi vida.

Y, sin embargo, lo único que sentí al leer mi nombre impreso en esa resolución fue que el suelo se tambaleaba bajo mis pies descalzos.

No se lo conté a nadie en el comedor. Me lo callé todo, cené sin saborear nada y, en cuanto pude, me escapé hacia las escaleras de incendios del último piso. Necesitaba aire puro, uno de esos que me diera en la cara y me obligase a reaccionar y volver en mí.

No tardé ni diez minutos en escuchar el chirrido de la puerta metálica a mi espalda.

No me hizo falta girarme para saber quién era; el ritmo de sus pisadas ya formaba parte de mí.

Thiago se sentó a mi lado en un escalón de rejilla, dejando las piernas colgando hacia el vacío.

Venía sin chaqueta, solo con una sudadera gris.

—He visto tu nombre en el tablón de anuncios de la entrada —dijo, rompiendo el silencio con una voz extrañamente suave—. Estás en el listado final, listilla. Te vas.

Miré mis manos, que volvían a estirar las mangas de la chaqueta por pura inercia.

—Me voy —susurré, y la palabra sonó real por primera vez, aunque me sentía tan pesada como el plomo—. Debería estar saltando de alegría, ¿no? He estado meses dando la brasa con esto. Pero ahora mismo… tengo el estómago del revés. No sé cómo estoy.

Thiago soltó una risa corta, y antes de que pudiera procesarlo, pasó un brazo por encima de mis hombros y me arrastró hacia él.

Me rodeó con fuerza, un abrazo tan de verdad y tan lleno de orgullo por mí que sentí una punzada tremenda en mitad del pecho.

Mis ojos se humedecieron sin que pudiera hacer nada por evitarlo.

—¡Que te han dado la beca, Elia! Es increíble —me soltó al oído, apretándome más contra su cuerpo—. Te lo mereces más que nadie en esta maldita facultad. Vas a comerte el mundo allí.

—Thiago, para, que me ahogas —bromeé, aunque la voz me salió rota.

Me dejé querer un segundo más, hundiendo la nariz en el cuello de su sudadera, atrapando su olor a limpio para guardarlo bajo llave para siempre.

Pero al separarnos, algo falló en nuestra distancia exacta de seguridad.

El impulso del abrazo nos dejó demasiado cerca.

Demasiado.  Nuestros rostros quedaron a menos de un palmo, las rodillas completa- mente encajadas y las respiraciones acompasadas, resguardándonos del aire fresco de la noche.

El silencio que siguió ya no era el de siempre.

Estaba cargado de una electricidad peligrosa que me dejó sin aliento.

Miré sus ojos, oscuros bajo la luz del patio, y luego, de manera inevitable, bajé la vista hacia sus labios.

Estaban ahí. A unos milímetros. A un solo pensamiento o pequeño empujón de distancia.

Thiago no se movió, pero su respiración se volvió más lenta y profunda.

Estiró la mano que tenía apoyada en el metal frío de donde estábamos sentados y, con una lentitud que me hizo temblar por dentro, rozó con la yema de sus dedos mis nudillos.

Un contacto suave, imperceptible para cualquiera, pero que a mí me abrasó la piel.

—Vas a estar muy lejos —susurró, y su mirada bajó también a mi boca, en lo que pareció una súplica, una pregunta que llevábamos dos años esquivando.

—A unas horas de avión —acerté a responder, aunque sentía el corazón acelerado, golpeándome las costillas con demasiada fuerza.

Tenía los labios entreabiertos, y no sabía ni qué hacer ni qué decir.

No había corazas que valieran a esa distancia.

Quería avanzar. Quería acortar esa pequeñísima casi inexistente distancia que nos separaba y descubrir a qué sabía el café que me debía, a qué sabía su refugio cuando no había apuntes de por medio.

Mi mano giró casi sin querer, buscando la suya, dispuesta a entrelazar los dedos.

Pero Thiago contuvo el aliento. Vi el momento exacto en el que la lucidez apareció en su mirada, apagando parte del brillo pero encendiendo una madurez triste que me dolió aún más.

Sabía perfectamente lo que significaba dar ese paso ahora.

Un beso en esa escalera de incendios, a tres meses de marcharme, no sería un principio.

Sería una cuenta atrás dolorosa. Transformaría mi oportunidad de futuro en una condena, en una de culpa y en un «¿y ahora qué?

». Amarse bien, para nosotros, significaba mantener las manos quietas.

Proteger el refugio significaba no prenderle fuego.

—Vas a cambiar mucho, Elia —dijo, con una sonrisa triste que no le llegó a los ojos, alejando el rostro apenas un par de centímetros. Los dos centímetros justos para devolverme el aire a los pulmones.