Tropezar contigo Chapter 9
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Chapter 9

El arte de no nombrarnos

No queda ni una sola caja por cerrar, y eso hace que sienta una mezcla extraña de alivio y una punzada en el estómago.

El macuto de viaje, atestado y mal cerrado, lleva ya días apoyado contra la pared, recordándome que el tiempo se ha acabado, y en las estanterías vacías solo quedan los cercos del polvo de la silueta de los libros que ya no están.

Es curioso cómo un sitio que ha estado tan lleno puede volverse, de la noche a la mañana, un espacio sin identidad ninguna.

No hay nada mío aquí. Bueno, ni mío ni de nadie.

Thiago está sentado en el suelo, con las piernas recogidas y la espalda apoyada contra la pared. Yo me he colocado en el borde del colchón, ya sin sábanas.

Mantenemos la distancia exacta. Si nos moviéramos un par de centímetros, nuestros hombros se rozarían, pero ninguno de los dos da el paso.

La cercanía me quema, me deja sin aliento, me cuesta respirar y no dejo de pensar en esos centímetros que nos separan.

Tenemos que asumir que esta es nuestra última noche juntos, pero como preferimos esquivar tener que hablar de ese tema, nos ha dado por hablar de absolutas tonterías sin importancia.

Que si el horario del vuelo, que si me van a cobrar recargo por el peso del equipaje...

Cualquier cosa con tal de no enfrentarnos a lo inevitable.

—Te vas a congelar si viajas con esa rebeca, Elia —me dice de repente, rompiendo la calma con una media sonrisa que no le llega a los ojos.

—¿Yo? ¡Qué dices! Si soy de sangre caliente, ya lo sabes —le replico, levantando una ceja, bromeando siempre para que no note que, por dentro, estoy temblando de los nervios—. Además, en el avión se viaja de lujo. Prefiero ir cómoda a parecer un cubito de hielo.

Miro las mangas desgastadas de mi rebeca de punto, las mismas que llevo estirando toda la tarde para taparme las manos. No hay réplica ingeniosa, ni una mirada de suficiencia. Solo una media sonrisa tímida que se me queda a mitad de camino.

—Seguro que sí —respondo, rectificando mi respuesta anterior. Hablo en un susurro, encogiéndome un poco de hombros—. Pero si me meto algo más grueso en la maleta, la cremallera va a reventar del todo. Ya sabes que calcular el espacio nunca ha sido lo mío.

Él suelta un soplido suave, un sonido familiar que me envuelve como una manta. Vuelve a mirar hacia abajo, a sus botas, y el silencio regresa. El reloj no se va a parar por nosotros.

Miro de reojo la taza de té vacía que he dejado en la mesilla.

Me encanta el té, pero ahora mismo creo que ni tres tazas me quitarían esta sensación de desgana y de tener el corazón acelerado.

Me paso la mano por el pelo, intentando colocarme la melena a un lado con un gesto rápido, como si eso pudiera devolverme el control de la situación.

Siempre hago lo mismo: ponerme la coraza de chica segura, decidida y que está por encima de todo.

Pero aquí, frente a Thiago, esa película no funciona.

Con él no necesito disimular que estoy asustada, porque él sabe leerme mejor que nadie.

Me conoce lo suficiente como para saber que la procesión va por dentro.

Me lee las intenciones y hasta los miedos antes de que yo misma los reconozca.

—Vas a extrañar la tranquilidad de este lugar —suelta con suavidad, buscando mi mirada.

—Mucho más de lo que soy capaz de admitir —confieso, sin llevarle la contraria.

Clavo los ojos en los suyos y noto cómo se me aprieta el nudo que tengo en la garganta—.

Extrañaré el té de la mañana, el olor de las calles...

Thiago, me da pánico volver y descubrir que todo sigue igual allí, que yo ya no encajo en ninguna parte. Esto… no sé. Siento que me ha cambiado.

—Recuérdalo como una gran aventura —me susurra, y noto cómo la temperatura de mis mejillas empieza a subir de golpe. Odio que me pase esto. Soy de las que se sonrojan por todo, y más con él, que tiene una facilidad enorme para desarmarme.

Él se estira un poco hacia delante, reduciendo la distancia, y el roce de su rodilla contra la mía me deja sin aliento.

Me levanto del colchón despacio, no por huir, sino porque necesito mover el aire de los pulmones.

Camino descalza hacia la ventana y apoyo las palmas de las manos contra el cristal frío.

Fuera solo hay penumbra, los edificios, árboles que acompañan al cielo oscuro y esa paz inmensa que al principio me hacía sentir tan pequeña y que ahora, sin embargo, me da una calidez extraña.

Sé que mañana, cuando suba a ese avión, tendré que volver a encajar en los viejos moldes, sonreír a la familia y pretender que regresar es lo único que deseaba.

Pero esta noche, en esta habitación desmantelada, no hay expectativas que cumplir.

Solo quedo yo, aferrándome a los últimos minutos de una Elia que aprendió a respirar despacio y que no sabe cómo va a despedirse de la persona que le enseñó a hacerlo.

Hay noches en las que el aire pesa tanto que es imposible de meter en los pulmones.

Abril siempre me ha dado como esa doble sensación: la luz del día que empieza a alargarse en la calle y la claustrofobia de los exámenes finales que te aprietan los nervios por dentro.

En mi segundo año de carrera, el mundo se reducía a tres metros cuadrados, apuntes subrayados en tres colores diferentes y un flexo.

Recuerdo el momento exacto que crucé el límite.

Eran las tres de la mañana. Una palabra se mezcló con otra en los apuntes de literatura, las paredes de la habitación de la residencia empezaron a encogerse y el pecho se me cerró, sintiendo un cerrojo oxidado.

No fue un llanto escandaloso, sino algo más bien silencioso, colapsada de un modo que no pude articular palabra, y me quedé sin capacidad de reacción.

Sentía que, si me quedaba un segundo más entre esas paredes, me iba a desmayar.

Salí al pasillo descalza, arrastrando los pies y con las manos temblado-me tanto que fui incapaz de encajar la llave para cerrar la puerta tras de mí.

El suelo estaba helado, pero yo sentía fuego por dentro.

Me abracé a las rodillas, sentada contra la pared del pasillo, intentando de forma desesperada aspirar, aunque fuese una pizca de oxígeno.

Avergonzada, muerta de miedo y odiando cada milímetro de mi propio cuerpo por traicionarme así.

Entonces, se abrió una puerta al final del pasillo.

Una silueta dio unos pasos hacia mí. Era Thiago. Llevaba unos pantalones de chándal grises y una camiseta vieja. No hubo preguntas estúpidas ni ningún «¿estás bien?» —porque obviamente no lo estaba—, ni el típico «venga, respira hondo, no pasa nada».

Se agachó frente a mí, me miró a los ojos un segundo y, sin pedir permiso, me cogió de la mano. Su palma estaba templada, firme. Me guio en silencio por el pasillo hasta su habitación, cerrando la puerta a nuestra espalda.

Me sentó en su cama, una masa de sábanas revueltas que olía a él, y se dio la vuelta hacia el pequeño hervidor eléctrico que tenía sobre el escritorio.

Lo vi moverse suave, sin prisa, como si la situación fuera cotidiana.

Sacó una taza, metió una bolsita de té y vertió el agua.

Sacó el cronómetro del móvil. Tres minutos.

Ni un segundo más, ni un segundo menos. Tres minutos que pude contar mientras miraba el temporizador, cosa que me ayudó a centrarme.

Él sabía que, si se pasaba de tiempo, el amargor de las hierbas estropearía el sabor.

Cuando me tendió la taza, mis manos seguían siendo un flan. Él la sostuvo un instante conmigo, asegurándose de que no derramara el líquido, hasta que mis dedos encontraron el calor de la cerámica.

—Bebe —susurró, con voz suave, acompañándome.

No me miró fijamente mientras daba los primeros sorbos, y se lo agradecí con el alma.

Sentirse observada en momentos así era horrible, eso solo alimenta el monstruo de la ansiedad.

En lugar de eso, Thiago se sentó en el suelo, apoyando la espalda contra el borde de la cama, y abrió un libro enorme de apuntes.

Se puso a estudiar como si yo fuera un mueble más de la habitación.

Ignoró el temblor de mis hombros, dándome el espacio que necesitaba para recomponerme a mi ritmo, sin la presión de tener que ser fuerte para nadie.

Hizo algo más. Estiró un poco la pierna izquierda y dejó que el lateral de su pie con calcetín rozara apenas la punta de mi pie descalzo.

Ese mínimo contacto, ese milímetro de piel y tela, se convirtió en un alivio para mí, como anclarme al mundo real y no a pensar que estaba a punto de darme algo. Era su forma de decirme: «Estoy aquí, no te vas a caer» .

Poco a poco, el nudo de mi garganta empezó a aflojarse.

El calor de la taza hizo que pensara en la temperatura de las manos, centrándome también en eso.

El olor del té inundó la habitación, lo que hizo que inspi-rase con más tranquilidad.

Miré su nuca, el desorden de su pelo y los apuntes que fingía leer.

Esa noche, firmamos un pacto en silencio.

Nadie dijo nada sobre ello, no hacía falta.

No necesitábamos etiquetas, ni títulos, ni promesas de futuro.

Nos convertimos, simplemente, en el refugio y apoyo del otro.

Descubrí que el mundo podía estar cayéndose a pedazos ahí fuera, pero mientras quedara una taza de té y un pie rozando el mío en el suelo de una habitación cualquiera, yo tendría un lugar donde aprender a respirar despacio.

La vida en la residencia tenía su propia rutina, una montaña de bandejas de plástico, pasillos ruidosos y el movimiento constante de puertas que se abrían y cerraban. Pero entre Thiago y yo existía una atmósfera que solo teníamos nosotros, aparte, sin nadie que irrumpiese en nuestro día a día.