Tropezar contigo Chapter 8 #3
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Chapter 8 #3

Leo bajó las manos por mis caderas, apretándome con fuerza, y me levantó como si no pesara nada, acorralándome contra la pared del salón.

Mis piernas se enredaron de forma instintiva alrededor de su cintura. Mis manos buscaron con locura la piel desnuda de su espalda, clavándole las uñas mientras mi blusa empapada terminaba en el suelo.

El calor de la alfombra bajo nosotros cuando nos dejamos caer, la luz anaranjada de la pequeña lámpara parpadeando y el sonido de la lluvia golpeando los cristales envolvieron un encuentro feroz.

Se acabaron los reproches y el orgullo estúpido.

Sin filtros, sin pensar en el mañana. Sus manos me recordaban lo que me había perdido estos dos años y mi cuerpo respondía mandando la dignidad a paseo.

Cada caricia suya quemaba y cada gemido mío era la prueba de que estábamos perdidos.

Nos devoramos con una urgencia salvaje, con unas ganas loquísimas, como si el mundo se fuera a acabar al amanecer y nos importara una mierda la cordura.

Nos dejamos de tonterías y de pasados: el fuego nos estaba consumiendo vivos, y ninguno de los dos tenía la más mínima intención de apagarlo.

Nos apetecía muchísimo reducirnos a cenizas.

Después del huracán, llegó la calma, dejándome los músculos temblando y la cabeza en blanco.

Terminar así, con la ropa esparcida por todos lados no entraba en mis planes de mudanza, pero os juro que en ese momento me importaba una mierda el desorden.

Leo se acomodó a mi lado, respirando ya acompasado, y me pegó a su cuerpo como si temiera que me fuera a evaporar si se descuidaba.

Sentir los latidos de su corazón contra mi espalda fue el mejor somnífero del mundo.

Me dejé ir, sabiendo que el orgullo había perdido por goleada, pero sintiéndome jodidamente a salvo bajo su brazo y notando los dedos de Leo entrelazándose con los míos con una familiaridad que me encogió por dentro.

Apagué el cerebro por completo y nos quedamos dormidos así, abrazados, ignorando el mundo exterior.

Un rayo de sol me golpeó en los ojos, obligándome a parpadear. Me removí entre las sábanas de la cama —o más bien, en la manta que habíamos terminado subiendo al sofá cama del estudio— y tardé unos segundos en ubicarme.

La tormenta del siglo había desaparecido. A través del ventanal, el cielo era de un azul brillante y tranquilo. El único rastro del diluvio era el sonido del agua goteando desde las canaletas del tejado y ese olor a tierra mojada que lo inundaba todo.

Me incorporé despacio, con el cuerpo arrastrando un cansancio de esos que dan gusto. Leo no estaba a mi lado.

Por un segundo, el fantasma de la duda me encogió el estómago, pero el gorgoteo de la cafetera italiana subiendo desde la cocina me devolvió a la realidad. Me puse su sudadera azul marino —que ahora me venía enorme y me recordaba a qué olía la felicidad— y bajé las escaleras descalza.

En el salón, la luz de la mañana iluminaba de lleno las cuatro cajas del palet, sanas, salvas y apiladas de forma impecable en una esquina. Una prueba de la locura de la noche anterior.

Leo estaba de espaldas, apoyado en la encimera de la cocina, vistiendo solo sus vaqueros de ayer, que milagrosamente se habían secado. Escuchó mis pasos, se giró despacio y me tendió una taza de cerámica humeante. Café negro. Doble. Sin azúcar. Dios, este hombre me conocía demasiado bien.

—Buenos días —dijo, y por primera vez en dos años, su voz no llevaba reproches. Tenía un tono suave, relajado, acompañado por una media sonrisa que le arrugaba la comisura de los ojos.

—Buenos días —respondí, rodeando la taza con las manos para robarle el calor—. Veo que has salvado el lanzamiento de mi negocio. En todos los sentidos.

—Me prometí que esas cajas no se iban a mojar. —Dejó escapar una risa corta, dando un sorbo a su propia taza—. Además, alguien tenía que preparar café de verdad en esta casa si querías ser persona hoy.

Nos quedamos en silencio, pero esta vez no era el tipo de silencio doloroso y cargado de reproches de anoche.

Este era un silencio cómodo, de los que me hacen pensar que curan.

Nos miramos de frente mientras saboreábamos el café, analizando los rostros del otro sin la urgencia ni el fango de la tormenta.

No nos pusimos etiquetas. No hubo promesas vacías de «vamos a volver a ser novios hoy mismo», ni pactos de futuro, ni declaraciones peliculeras de amor eterno.

Éramos adultos y sabíamos a la perfección que la vida real era bastante más complicada que todo eso.

Pero en la forma en que sus ojos se detenían en mis labios, y en cómo mi corazón latía a un ritmo pacífico, los dos supimos la verdad.

El hilo invisible que nos unía nunca se había roto; solo había estado esperando a que el barro hiciera lo suficiente para volver a acercarnos.

Leo dejó la taza vacía en el fregadero, se acercó a mí y me plantó un beso tierno, lento y jodidamente cálido en la frente, de los que se te quedan grabados en la piel durante días.

—Tengo que abrir el taller, Mía. Nos vemos pronto.

—Nos vemos pronto, Leo.

Lo acompañé a la entrada. Su 4x4 negro esperaba abajo, salpicado de lodo seco, listo para el día. Lo vi subirse, arrancar y enfilar el camino empedrado. Antes de desaparecer tras la curva del monte, me dedicó un último saludo con la mano a través de la ventanilla.

Cerré la puerta despacio y respiré hondo, apoyando la espalda contra la madera, con una sonrisa idiota que no podía ocultar.

Miré el salón, las cajas intactas, las que contenían todo mi futuro negocio, y di un último sorbo al café doble, saboreándolo.

Qué tranquilidad. Por primera vez en muchísimo tiempo, sonreí con el corazón tranquilo.

La tormenta se había marchado, se había llevado un montón de tonterías por delante y, qué narices, me sentía lista para todo lo que venía, para empezar de cero con mi proyecto y con lo que viniera.