Tropezar contigo Chapter 8 #2
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Chapter 8 #2

Subimos al jeep a toda prisa. En cuanto cerramos las puertas, los cristales se llenaron del vaho de nuestras respiraciones y de ese calor concentrado que desprenden los cuerpos empapados. Leo metió primera y el coche rugió, hundiéndose en el barrizal del camino.

El trayecto hacia la casa fue una maldita tortura, como fuera un examen de contención.

Un suplicio para mis nervios. Las ruedas derrapaban por la pendiente, obligándolo a mantener los hombros tensos y las manos firmes en el volante, corrigiendo la dirección con una concentración absoluta.

Yo iba agarrada a la manilla de la puerta, pero os prometo que no miraba el camino.

Miraba su perfil. Miraba la vena de su cuello, marcada por la tensión; la fuerza de sus dedos apretando el volante; la forma en la que humedecía sus labios de vez en cuando.

El olor de su colonia de siempre lo inundaba todo, atrapándome.

Estábamos a escasos centímetros en un coche cerrado, chorreando agua, con el corazón en la garganta y un pasado de dos años pesando sobre nuestras cabezas.

Cuando el jeep por fin frenó bajo el porche de mi casa, me di cuenta de que apenas había respirado en todo el camino. Y lo peor de todo es que la tormenta de fuera no era nada comparada con la que había dentro de mí.

Abrir la puerta del copiloto fue como salir a un campo de batalla, pero la ventaja era que ya estábamos a resguardo bajo el porche. Nos tomó exactamente tres minutos de agonía, viajes rápidos y jadeos descargar las dichosas cajas y meterlas de mala manera en mitad del salón.

Cuando dejé caer la última sobre el suelo de madera, sentí que los brazos me temblaban del esfuerzo. Leo dejó la que él llevaba al lado con un golpe seco.

Me quedé quieta, intentando recuperar el aire, esperando que dijera algo.

Pero Leo, fiel a su estilo de tipo duro y orgulloso, ni siquiera se adentró en la habitación.

Se quedó plantado justo al lado del umbral, a un paso de la tormenta, con las manos apoyadas en las caderas y el agua chorreándole por los brazos y goteando el pelo por la frente.

Miró hacia fuera, donde la noche ya había cerrado por completo y los truenos hacían vibrar los árboles.

—Bueno —soltó, mirándome de reojo con una frialdad que sabía que era puro teatro—, ya están a salvo tus flyers . Me voy antes de que la pista se convierta en un río transitable solo para canoas.

¿En serio? ¿Pretendía marcharse así, de noche, sin luz y diluviando como si no hubiera un mañana?

Le eché una mirada de arriba abajo. Y cuando digo de arriba abajo es que no me dejé ni un milímetro por escanear.

El tío estaba tiritando de forma casi imperceptible, con la camiseta pegada al pecho por completo, transparentando cada puñetero músculo, y los vaqueros empapados esculpiéndole las piernas.

Estaba chorreando mi suelo nuevo, sí, pero os juro que en ese momento lo último que me importaba era el parqué.

Dejarle marchar en esas condiciones no solo era una locura; era de ser una desagradecida, y yo no soy así.

O al menos, mis neuronas buscaban de forma desesperada esa excusa para no dejarlo ir.

—No seas gilipollas, Leo —solté sin filtros, dando un paso hacia él—. Está oscuro, no se ve un pimiento ahí fuera y el camino da auténtico pánico. Entra. Por favor.

Él se quedó quieto. Miró mi mano, que por puro instinto se había posado en su antebrazo húmedo, y luego me miró a los ojos.

Noté cómo su mandíbula se tensaba . Sé que se estaba debatiendo entre mantener el escudo de tío duro o mandar el orgullo a paseo, dándose cuenta de que, si daba un paso más, estábamos perdidos.

O lo que es lo mismo, estaba calculando cuánto iba a tardar en irse a la mierda su preciada fuerza de voluntad si ponía un solo pie dentro de mi casa.

Al final, soltó un suspiro y dio un paso hacia el interior del salón.

Cerré la puerta de la calle de un portazo, echando el cerrojo, y de golpe, pasamos de cien a cero en un segundo. Se instaló un silencio brutal entre los dos. Un silencio de los que te molestan en los oídos y te obligan a escuchar los latidos de tu propio corazón.

Estábamos atrapados, juntos. A salvo del diluvio, pero metidos en un peligro mucho mayor.

La escena era para hacernos una foto. Yo estaba hecha un cuadro, con la ropa empapada, con el agua cayendo a goterones y con el pelo hecho un desastre.

Él estaba exactamente igual, con los mechones oscuros goteándole sobre las pestañas y esa respiración todavía un poco agitada que hacía que su pecho subiera y bajara a un ritmo constante.

Nos miramos de frente, sin trampas ni reojos estúpidos como en el coche.

Cara a cara por primera vez en dos malditos años.

¿Y sabéis qué? Ahí, en mitad de ese salón a medio amueblar, el silencio dolió.

Ese silencio que guardaba toda la mierda que nos callamos la noche que nos rompimos, las llamadas que nunca hicimos por culpa del orgullo y la certeza de que, por mucho que hubiéramos intentado pasar página por separado, la química seguía intacta.

Nos seguíamos deseando igual. Qué digo igual…

nos deseábamos muchísimo más, el triple que el primer día.

Mi cuerpo reaccionó antes de que mis pensamientos me metieran en un callejón sin salida. Verlo allí plantado, goteando y tiritando a pesar de ir de duro, me activó el modo de supervivencia. O el de buscar cualquier excusa para tocarlo, ya no lo sé.

—Te vas a congelar, Leo —solté, intentando que la voz no me temblara más de la cuenta—. Quítate esa camiseta ahora mismo. Voy a buscar algo para que te seques.

Fui al baño a paso rápido, con las piernas sintiéndose un poco como de gelatina. Agarré una toalla enorme, de las pocas que ya había desempaquetado, y regresé al salón. Pero cuando crucé el pasillo, me detuve en seco.

Leo ya se había quitado la camiseta gris.

Estaba de espaldas a mí, con los hombros anchos en la penumbra, mostrando esa espalda que yo tantas veces había abrazado para dormir.

Ver su piel desnuda, brillando ligeramente por las gotas de agua que aún le resbalaban por la columna, me dejó sin respiración.

Joder, cómo había cambiado. Estaba mucho más esculpido, más hombre.

Y justo en ese maldito instante, la tarde terminó de cerrarse en una penumbra densa.

Como todavía no había comprado las lámparas de techo para el salón, me acerqué a un mueble auxiliar y encendí la única luz que tenía a mano: una pequeña lámpara de sobremesa.

Su bombilla envolvió el espacio en una luz tenue, anaranjada y supercálida, insuficiente para mantener las distancias, pero perfecta para camuflar mis nervios.

Me acerqué despacio, con la toalla entre las manos y el corazón golpeándome las costillas como un tambor.

—No tengo ropa de hombre aquí —susurré, deteniéndome a un palmo de su espalda—. Pero... he encontrado esto al fondo de una caja mientras organizaba el estudio.

Le tendí una sudadera azul marino, vieja y un poco desgastada.

Leo se giró despacio. Al ver la prenda, sus ojos oscuros se clavaron en mí con una fijeza que me erizó la piel.

Era su sudadera favorita, la que había dado por perdida el día que rompimos.

Ver que yo aún la conservaba, que me la había traído conmigo a mi nueva vida, encendió una chispa de fuego puro en su mirada.

Su orgullo blindado se agrietó en un segundo.

—¿La guardaste? —Su voz llegó más grave de lo normal, rompiendo el silencio.

—Se quedó olvidada... —mentí de forma descarada, aunque tragué saliva, delatando mi nerviosismo.

—Mía, esta sudadera estaba en el fondo de mi armario —sentenció él, acortando la distancia—. Tuviste que meterla aposta en tus cajas.

No supe qué contestar, porque tenía toda la maldita razón. Para romper la insoportable tensión, levanté los brazos y le eché la toalla por la cabeza, intentando secarle el pelo con movimientos rápidos que ocultaran

el temblor de mis manos. Pero Leo no me dejó avanzar mucho.

Detuvo mis manos a través del tejido, bajó la toalla hacia sus hombros y dio un paso al frente, rompiendo el espacio que nos separaba.

El calor bestial que desprendía su piel se mezcló al instante con el aroma a lluvia y colonia suya que me volvía loca.

Mis manos bajaron de forma inevitable por su nuca, rozando la piel ardiente de su cuello.

De repente, antes de que pudiera dar un paso atrás, Leo me atrapó la muñeca. Su agarre no dolió, pero fue firme, posesivo, una puta orden.

Me obligó a bajar las manos y me clavó la mirada. Con la luz tenue de la lámpara de noche, sus facciones se veían marcadas, duras, y la urgencia que brillaba en sus ojos oscuros me hizo comprender que estábamos a punto de saltar al vacío.

—Llevo dos años intentando sacarte de mi cabeza —soltó con la voz rota, áspera, dándome un leve tirón de la muñeca que solo sirvió para estampar mi cuerpo contra el suyo—. Dos años, Mía. Intentando convencerme de que lo nuestro se había terminado. Y me llamas para esto. Para volverme loco.

—No quería llamarte —confesé en un susurro flojo, completamente desarmada por tener su pecho desnudo pegado a mis pechos húmedos—. Pero estás en todas partes, Leo. En cada rincón, cada esquina de toda mi vida.

Eso fue todo lo que necesitó oír. La poca fuerza de voluntad que le quedaba se fue directa a la mierda.

Leo soltó mi muñeca solo para enredar los dedos en mi pelo empapado, tirando de mi cabeza hacia atrás con una urgencia que me hizo gemir antes de que sus labios devoraran los míos.

El beso no fue tierno, joder, no tuvo nada de pacífico.

Fue salvaje, hambriento, un choque de respiraciones contenidas, rabia y deseo acumulado durante veinticuatro meses.

Le rodeé el cuello con los brazos con una desesperación que ni sabía que tenía.

Ya no éramos los críos heridos de la ruptura; éramos dos adultos que conocían a la perfección el mapa del cuerpo del otro y que se deseaban con una madurez que quemaba.