Tropezar contigo Chapter 8
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Chapter 8

Tras la lluvia

El cielo sobre el horizonte era de un violeta oscuro, casi negro, que presagiaba el fin del mundo. O, al menos, el fin de mi paciencia.

Abrí la ventana de madera de mi nuevo estudio y el olor a tierra mojada y a pino me golpeó de lleno.

Inspiré hondo, intentando calmar el ritmo de mi corazón, pero fue inútil.

Yo, que había decidido mudarme a las afueras del pueblo para buscar paz y empezar de cero con mi proyecto, me encontraba al borde de un ataque de nervios en mi primera semana.

En la entrada del camino de tierra, justo donde el asfalto acababa de mala manera, las luces de emergencia de un camión enorme parpadeaban con un ritmo que me desquiciaba.

El repartidor, un hombre envuelto en un impermeable amarillo chillón, me miraba desde abajo con los brazos cruzados sobre la barriga.

Bajé la cuesta a paso ligero, abrazándome el cuerpo. Las primeras gotas heladas empezaron a colorear el polvo del suelo.

—Señora, yo ahí arriba no subo —soltó el conductor sin anestesia, señalando con la barbilla la pendiente que comenzaba a estar embarrada—. Con este cielo y ese barro, si meto aquí el camión, no salgo hasta el verano que viene. Se lo dejo aquí abajo en el palet.

—¿Aquí? —Parpadeé, sintiendo cómo la humedad empezaba a estropearme el pelo—. Son cuatro cajas enormes. ¡Es todo el lanzamiento de mi negocio!  Los flyers , los catálogos, las ilustraciones impresas... Si se mojan, estoy arruinada antes de empezar. Por favor, son solo cincuenta metros de subida.

—Lo siento, de verdad. Pero si me quedo encajado, pierdo el día de reparto.

El hombre bajó la última caja con un golpe seco sobre el palet de madera, se subió al camión y cerró la puerta de un plumazo. Menudo simpático.

Arrancó y dio la vuelta, dejándome completamente sola bajo un cielo que acababa de romperse con un trueno escandaloso.

Miré hacia arriba, donde mi coche diminuto, que parecía más un juguete que un vehículo, descansaba bajo el porche.

Intentar bajarlo por esa pendiente y cargar las cajas en un maletero donde apenas cabía la compra de la semana era imposible.

Las ruedas patinarían a la primera de cambio y me quedaría tirada en mitad del barrizal.

Me temblaban las manos, y te aseguro que no era por el frío que empezaba a calarme la ropa.

Entré en la casa corriendo, cogí el teléfono móvil y me quedé clavada en mitad del salón, mirando la pantalla.

El nombre estaba ahí, intacto, congelado en el tiempo después de dos años de silencio absoluto.

Dos años desde aquella madrugada en la que nos despedimos entre lágrimas que juré que serían las últimas.

Leo.

Sabía a la perfección que él tenía el taller mecánico a diez minutos del pueblo. Sabía también que tenía el 4x4 adecuado, con fuerza suficiente para destrozar cualquier maldito camino de fango. Y sabía, sobre todo, el precio que iba a pagar mi orgullo si pulsaba el botón verde de llamada.

¿Crees en el karma? Porque yo creo que se estaba riendo en mi cara en ese mismo instante.

Me tragué el orgullo —que me supo bastante amargo, por cierto— y marqué.

El tono de llamada sonó una, dos, tres veces...

Justo cuando iba a colgar, maldiciéndome por impulsiva, el contador de llamada comenzó a avanzar.

Un segundo… dos… tres… Al otro lado se instaló un silencio tan denso como los nubarrones que amenazaban mi tejado.

—¿Mía? —La voz de Leo llegó grave, un poco ronca, idéntica a como la recordaba. Ese tono varonil que siempre había tenido el poder de ponerme los pelos de punta con solo pronunciar mi nombre.

—Hola, Leo —forcé la voz para sonar profesional, distante, como si llamara a un servicio de grúas cualquiera—.

Siento llamarte así, de golpe. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero...

estoy en la casa nueva, en el camino que hay antes de la carretera para el monte.

El repartidor me ha dejado tirada abajo con un palet de cajas importantes.

Está empezando a diluviar y mi coche no tiene fuerza para subir esto con barro.

Necesito... bueno, necesito ayuda —solté a bocajarro sin dejar tiempo a que me interrumpiera.

Hubo una pausa que se me hizo eterna. Solo alcanzaba a oír su respiración. Un trueno brutal hizo temblar la casa entera, haciendo vibrar los cristales del ventanal. Él no preguntó. No hubo reproches, ni un «te lo dije».

—Voy —dijo de forma escueta.

Y colgó.

Me quedé mirando el teléfono, con el corazón golpeándome las costillas a mil por hora. Estaba a punto de volver a ver al hombre que me había desarmado por completo, y ni el café doble que me acababa de tomar iba a ser capaz de salvarme de la que se me venía encima.

Quince minutos. Ese fue el tiempo que tardé en hiperventilar de forma exagerada, sabiendo que me encontraba en mitad de ninguna parte.

Para cuando quise darme cuenta, mi paraguas —un invento maravilloso que prometía resistir vientos huracanados según la etiqueta— era un objeto inútil de varillas dobladas, del revés, mostrando su esqueleto de metal.

El viento soplaba con una mala leche impresionante, obligándome a escupirme los mechones de pelo de la boca cada dos segundos.

El agua helada me corría por el cuello, pegándome la ropa al cuerpo como una segunda piel y calándome hasta las ideas.

Y justo cuando estaba a punto de echarme a llorar sobre el palet lleno de cajas de cartón, dos faros rompieron la penumbra del camino, cegándome.

El 4x4 negro de Leo apareció derrapando, levantando una ola de lodo oscuro que por poco me salpica las botas. Frenó a escasos metros de mí.

El motor rugió un instante antes de que él lo apagara, dejando que el sonido del diluvio volviera a ser el protagonista.

La puerta del conductor se abrió. Y ahí bajó él.

Grité para mis adentros. Os juro que grité. ¿En serio el tiempo pasa mejor por unos que por otros o es que el universo tiene un pacto secreto con mi ex?

El chaval de veinticuatro años con el que lo había dejado se había convertido en un hombre hecho y derecho.

Estaba más ancho de hombros, con los brazos notablemente más marcados por las horas de esfuerzo en el taller y una barba de tres días, algo desaliñada, de no mirarse en el espejo, que le daba un aire rudo que...

en fin. Seguro que me entendéis. Llevaba una camiseta gris de manga corta que tardó tres segundos en empaparse y marcarle los abdominales.

Y unos vaqueros oscuros que ya empezaban a chorrear. Esto parecía una broma.

Se detuvo al otro lado del palet. Nos miramos con atención a través de la cortina de agua.

Fue un segundo, una fracción de tiempo insignificante, pero os aseguro que el mundo se detuvo por completo.

Mis ojos hicieron un escáner involuntario de cada centímetro de su cuerpo, y por la forma en que sus ojos oscuros se clavaron en mis piernas y en mi camiseta ya transparente por la lluvia, supe que él estaba haciendo lo mismo.

No éramos los mismos. El tiempo le había sentado jodidamente bien.

Había cambiado, joder si había cambiado.

Estaba más maduro, más imponente y, por desgracia para mis puñeteras neuronas, estaba el doble de cañón que la última vez que nos vimos.

Además de que, solo por comentarlo, la tensión entre nosotros quemaba mucho más que antes.

Me atraía mil veces más que el día que lo dejamos.

—Hola —soltó con su habitual voz grave, compitiendo con el estruendo de los truenos.

—Hola. Gracias por venir tan rápido —respondí, intentando mantener la dignidad mientras mis dientes castañeaban.

—No hay de qué. Vamos al grano antes de que tus flyers salgan flotando hacia el pueblo.

Ni un abrazo, ni un «¿cómo te va la vida?». Nada. El Leo de siempre: directo y práctico. Rodeó el coche, abrió el portón trasero y nos pusimos manos a la obra.

Si alguna vez habéis intentado mover cajas de veinte kilos bajo un monzón, sabréis que es lo más parecido a un entrenamiento militar.

Empezó a diluviar con todavía más ganas, como si el cielo se estuviera burlando de nosotros.

Agarramos la primera caja.  Estaba resbaladiza por el cartón húmedo, y cuando hice fuerza para levantar mi lado, el pie se me escurrió en el fango.

—¡Te tengo! ¡Cuidado! —gritó Leo, soltando su lado para rodearme la cintura con un brazo firme y tirar de mí hacia arriba antes de que terminara de bruces en el barro.

Su cuerpo ardiente se pegó por completo al mío.

A pesar del frío de la lluvia, el contacto de su pecho contra mi espalda hizo que se me parara el pulso al instante.

Respiré el olor de su piel mezclado con la lluvia y el típico ambientador de su coche; un olor jodidamente familiar que mi cerebro reconoció al instante, desenterrando recuerdos que creía haber sepultado bajo llave.

Nos quedamos congelados un instante, su rostro a escasos centímetros del mío, su respiración agitada golpeándome la mejilla.

—Gracias —logré articular, con la voz más temblorosa de lo que me habría gustado reconocer.

Él tragó saliva, desvió la mirada hacia las cajas y asintió, soltándome, como si mi piel le hubiera quemado.

—Vamos arriba con esta. Una, dos... ¡ya!

Nos coordinamos sin cruzar una sola palabra más.

Era una sensación rarísima. Teníamos esa memoria corporal intacta de las parejas que han convivido durante años; sabíamos exactamente cómo se movía el otro, hacia qué lado iba a girar el peso, cuándo poner el hombro.

Había una sincronía perfecta, sumada a la adrenalina del esfuerzo y una tensión silenciosa que se podía cortar con un cuchillo.

Cada roce de nuestras manos húmedas al asegurar una esquina, cada mirada de reojo mientras jadeábamos por el esfuerzo, era un maldito cable de alta tensión.

Metimos la última caja en el maletero y él cerró la puerta de un golpe seco.