Chapter 7 #4
Es un edificio antiguo, con una puerta pesada de madera y cristales opacos.
Me pego a la entrada para protegerme del agua, temblando de frío y de puros nervios.
Alzo la mano hacia los timbres. Busco el suyo, pero caigo en la cuenta de que un timbre analógico no sirve de nada si no hay corriente.
¿Cómo le aviso? ¿Llamo a la puerta con los nudillos esperando que note la vibración de la madera?
En un piso alto y con el estruendo de la tormenta, sería inútil.
Doy tres pasos hacia atrás, exponiéndome de nuevo al diluvio, y levanto el brazo.
Apuntando la linterna de mi teléfono directa hacia su ventana entornada, comienzo a hacer ráfagas de luz rítmicas e intensas.
Es cuestión de segundos: veo la luz de su vela agitarse arriba y su silueta asomarse, alertada por los fogonazos de mi pantalla.
Al descubrirme abajo, desaparece de inmediato.
Vuelvo a refugiarme bajo el pequeño dintel de su portal. No pasa ni un minuto cuando el cerrojo gira con un chasquido metálico. La madera se abre hacia dentro y la luz de la linterna de su móvil me ciega por un instante. Cuando la baja, me encuentro con sus ojos oscuros.
Mateo está allí, jadeando un poco, como si también hubiera bajado las escaleras corriendo.
Lleva una camiseta negra y tiene el pelo empapado en la frente; ha debido de asomarse a la calle antes de bajar.
Nos quedamos petrificados, a menos de un metro de distancia, separados solo por el umbral del portal.
Es la primera vez que no tenemos esa distancia entre balcones entre nosotros.
Es la primera vez que puedo oler la lluvia en su ropa, notar el calor que desprende su cuerpo y ver el relieve real de sus labios carnosos.
El silencio del portal es sepulcral, roto solo por el estruendo del agua cayendo sobre el asfalto a nuestras espaldas.
Estoy temblando. Intento abrir la boca, pero las palabras se me atascan.
Mis manos, las que tanto han practicado frente al espejo, se sienten pesadas, torpes, rígidas por la presencia física de Mateo.
Él me mira con una fijeza que me desarma, recorriendo mi cara empapada con una mezcla de sorpresa y una ternura que me deja sin aliento.
Hago un esfuerzo más. Levanto las manos a la altura de mi pecho, decidida a usar lo que aprendí anoche.
Intento hacer el signo de lo siento , pero los nervios me traicionan y cruzo los dedos, enredándome en un movimiento sin sentido que no significa nada en absoluto.
Suelto un bufido de frustración, cierro los ojos y bajo la cabeza, sintiendo que una lágrima de pura impotencia se mezcla con las gotas de lluvia de mis mejillas. Qué desastre.
Entonces, noto sus manos.
Son grandes, cálidas y de una suavidad increíble. Mateo me toma de las muñecas con delicadeza, como si tuviera miedo de romperme, y me obliga a levantar la vista. Sus ojos oscuros me miran fijos, pidiéndome calma con una madurez que me estabiliza las pulsaciones.
Despacio, sin ninguna prisa, desliza sus manos sobre las mías.
Con la punta de sus dedos, recoloca la posición de mis muñecas, me estira los dedos que tenía encogidos por la tensión y guía mis manos para que dibujen el signo correcto.
El contacto físico de su piel me provoca una descarga eléctrica.
Directa al corazón. Toda la frustración del manuscrito, la crisis de identidad y el aislamiento de los días grises se evaporan con ese roce.
Sus dedos corrigen la gramática de los míos. El idioma ya no es la teoría en una pantalla.
Cuando mis manos terminan de dibujar el signo que él me ha enseñado, Mateo no me suelta. Me sonríe de esa forma ladeada y adorable que me vuelve loca, aún agarrando mis manos. Nos quedamos así, unidos por los dedos, sintiendo nuestras respiraciones.
Mateo suelta una de mis manos despacio, dejándome espacio para respirar, pero sin romper la cercanía. Da un paso hacia atrás, invitándome a pasar al interior del portal, resguardándome por fin del diluvio que ruge fuera. El olor a piedra antigua y a humedad nos rodea.
Apoya su móvil en un escalón, para que nos ilumine. Luego, se coloca frente a mí, se asegura de que tengo los ojos fijos en él y levanta las manos.
Sus movimientos ya no son rápidos ni coreográficos como los de sus videollamadas; se toma su tiempo, signando con una limpieza y una dulzura que me calan hasta los huesos. Hace una serie de signos que son tan fluidos, tan sentidos y tan claros que mi cerebro por fin logra traducirlo.
Te estaba esperando .
No hay carteles, pero el mensaje me llega limpio, directo al corazón, con una fuerza que jamás habría conseguido ninguna frase subordinada de mis manuscritos. Le miro a los ojos, sintiendo que una sonrisa incontrolable se me dibuja en la cara.
Me llevo el dedo índice a la sien derecha y hago el gesto de enrollarme el pelo. Mi signo. El que él me regaló. Luego, muevo la mano hacia él.
Estoy aquí .
Mateo suelta una carcajada que le arruga los ojos y le ilumina las facciones.
Se acerca un poco más, rompiendo la poca distancia que nos quedaba, y me rodea la cara con las manos.
Sus palmas siguen estando cálidas, contrastando con el frío de mis mejillas.
Me acaricia los pómulos con los pulgares, apartándome con suavidad los mechones de pelo mojado que se me han quedado pegados a la piel.
No necesitamos hablar. No necesitamos que vuelva la luz, ni que pare de llover. Todo el sentido del libro que llevo semanas intentando encontrar está resumido aquí, en este portal oscuro, en el tacto de sus dedos contra mi piel.
Se inclina despacio, dándome tiempo a saborear el instante.
Cuando sus labios carnosos rozan los míos, el universo entero se reduce a nosotros dos.
Es un beso suave, lento, que sabe a lluvia de verano y a café de las nueve de la mañana, un beso que sella nuestro código y borra de un plumazo cualquier barrera.
De repente, un destello blanco inunda el portal. La bombilla del techo se enciende, devolviéndonos a la realidad.
Nos separamos un par de centímetros, parpadeando por la claridad repentina, y nos miramos.
Mateo mira la bombilla encendida, luego vuelve a mirarme a mí y arruga la nariz, entornando los ojos con un mohín de fastidio fingido.
Con el puño cerrado a la altura de su cabeza, lo baja abriendo su mano, el signo de luz , y luego cruza los brazos ladeando la cabeza con una sonrisa irónica.
Su expresión es tan elocuente y graciosa que leo su pensamiento de inmediato: «Qué inoportuna».
Le cojo de la mano, entrelazando mis dedos con los suyos de forma natural, como si lleváramos toda la vida haciéndolo. Señalo las escaleras que suben hacia su piso y luego le miro, arqueando las cejas en una pregunta muda.
Mateo asiente, me aprieta los dedos con fuerza y me guía escaleras arriba en mitad de la claridad del edificio.
Mientras subimos los peldaños juntos, me doy cuenta de que el idioma jamás volverá a ser un muro entre nosotros.
Mis manos todavía tienen mucho que aprender, cometeré mil errores más y me enredaré con los dedos cada dos por tres, pero ya no tengo miedo de quedarme muda.
Mateo está al otro lado para sostenerme las palmas y enseñarme a hablar de nuevo.
He pasado años escribiendo las historias de amor de otras personas, camuflándome en las sombras de autores ajenos. Pero hoy, mientras subo del brazo de Mateo, sé que por fin he empezado a escribir la mía propia. Y no me ha hecho falta usar ni una sola palabra.