Chapter 7 #3
Llevo tres días seguidos encerrada en el salón, viviendo a base de café recalentado y luz artificial.
El encargo actual es un dolor de muelas: tengo que escribir la recta final de una novela para un autor de renombre que se ha quedado sin ideas y cuyo contrato expira a final de mes.
Ponerme su «máscara», adoptar su estilo rimbombante, lleno de frases subordinadas y vocabulario del siglo XIX me está absorbiendo la poca energía que me queda.
Siento que mis propios pensamientos se vuelven rígidos, cuadriculados.
A media tarde del jueves, exhausta, arrastro los pies hacia el ventanal del balcón. Necesito ver a Mateo. Necesito esa bocanada de aire fresco que me dan sus manos y su sonrisa.
Salgo y me apoyo en la barandilla. Él ya está allí, leyendo como el primer día.
Al sentir mi presencia, levanta la vista al instante y su rostro se ilumina con esa calidez que ya es mi refugio.
Deja el libro sobre la mesa y me lanza una mirada interrogativa, frunciendo el ceño.
Sus manos se mueven ágiles: ¿Qué tal? ¿Bien?
Muevo la mano derecha de lado a lado, con desgana, forzando una sonrisa cansada.
Él pone gesto preocupado. Se nota a la legua que lo que le digo no le convence.
Da un paso hacia delante, apoyando los muslos contra el hierro de su balcón, y me hace una serie de signos rápidos.
Su rostro se vuelve expresivo a niveles desorbitados.
Sé que me está preguntando qué me pasa, si estoy triste, si el trabajo va mal, si quiero hablar.
Y ahí es donde me topo con el muro.
Abro la boca por instinto, pero no me sale la voz; el vacío de la calle se tragaría mis palabras de todos modos.
Levanto las manos, desesperada por comunicarme, pero mis dedos se quedan congelados en el aire, rígidos.
No sé cómo decirle «escritora fantasma».
No sé cómo signar «bloqueo creativo», ni «frustración», ni esa extraña crisis de identidad que me da cuando paso demasiadas horas escribiendo una vida que no es la mía.
Mi vocabulario de lengua de signos es un esquema infantil de hola, gracias, bien, mal, café, trabajo, cansada y mañana . Poco más.
Intento improvisar. Hago el gesto de escribir con una mano sobre la palma de la otra, luego me tapo la cara con frustración y niego con la cabeza.
Mateo me observa con atención absoluta, con los ojos clavados en mis movimientos torpes, intentando descifrar el jeroglífico.
Pero veo en la sutil tensión de su frente que no lo pilla.
Confunde mi gesto con un simple dolor de cabeza o con que estoy enfadada.
Hace un signo lento, estirando la mano hacia delante como si quisiera cruzar el abismo para tocarme, con una expresión de impotencia que me duele en el pecho.
La distancia física de los diez metros que separan nuestros balcones, esa que antes nos parecía un juego divertido, se convierte de golpe en un abismo insalvable.
Me siento muda de verdad. Yo, que me gano la vida tejiendo palabras para los demás, soy incapaz de construir un puente hacia la única persona con la que me apetece hablar hoy.
La frustración me quema la garganta. Le hago un signo rápido de perdón y me meto dentro del piso, cerrando el ventanal de golpe.
Me apoyo contra el cristal, igual que la primera tarde, pero esta vez la chispa no me da calor; me escuece.
Me deslizo hasta sentarme en el suelo de madera, abrazando mis rodillas.
Qué estúpida. ¿Qué pretendía? ¿Comunicarme con alguien en un idioma que apenas conozco a base de miradas y folios de colores? Es ridículo.
Por si fuera poco, el cielo del centro de la ciudad decide ponerse de acuerdo con mi estado de ánimo.
Al cabo de una hora, las nubes negras que llevaban toda la tarde amenazando en el horizonte cubren todo el barrio.
No es una lluvia cualquiera; es una tormenta de verano con todas las de la ley.
El viento ruge entre los edificios estrechos, haciendo temblar los cristales del salón, y las gotas de agua golpean con violencia el ventanal, como si quisieran entrar.
Asomo la cabeza por encima del sofá y miro hacia enfrente. Las costillas de Adán del balcón de Mateo se agitan de forma salvaje por el temporal. Las persianas de su casa están bajadas por completo para evitar que el agua inunde el piso.
El viernes pasa sin rastro del sol, envuelto en un diluvio constante que no da tregua.
No hay desayunos compartidos. No hay miradas de complicidad a las nueve de la mañana.
Solo el ruido monótono de la lluvia contra el metal y la pantalla de mi ordenador recordándome que tengo que seguir siendo el fantasma de otra persona.
Esa desconexión forzada me sienta como una patada en el estómago.
Es increíble lo rápido que el ser humano se acostumbra a la luz, y lo mucho que duele cuando te la quitan de golpe.
Me paso el día mirando de reojo ese cristal empañado, sintiendo una presión en el pecho que no tiene nada que ver con los plazos de entrega de mis manuscritos.
Necesito hablar con Mateo. Necesito aprender a decirle todo lo que se me queda atascado en los dedos.
La noche del viernes, cansada de compadecerme de mí misma, me levanto del sofá con una determinación rabiosa. Enciendo todas las luces del salón, arrastro el espejo de cuerpo entero del pasillo y lo planto en mitad de la habitación, justo frente al ordenador.
No voy a volver a quedarme muda frente a él.
Busco un canal especializado en LSE avanzada.
Me olvido del manuscrito, me olvido del autor del siglo XIX y de sus frases subordinadas.
Me centro en mis manos. Practico frente al espejo durante horas, observando la torpeza de mis movimientos e intentando pulirlos hasta que adquieran la fluidez que le veo a él cada mañana.
Repito los signos una, diez, cincuenta veces.
Aprendo a decir «estoy frustrada» , «escribo libros» , «agotamiento» , «tormenta» .
Aprendo a usar mis cejas, mis hombros, mi boca para darles sentido a los gestos que piden los signos.
Me dan las tres de la madrugada con las manos temblando de puro cansancio físico, pero con una extraña sensación de victoria grabada en las palmas. Miro mi reflejo en el cristal, me llevo los dos dedos a la sien para saludar a mi propio fantasma y, por primera vez en dos días, sonrío.
Que llueva todo lo que quiera. Mis dedos están empezando a aprender a hablar.
La tormenta lleva demasiado tiempo golpeando con furia, pero en mi salón reina una calma tensa. He conseguido cerrar el capítulo del autor del siglo XIX, enviárselo por correo a su agente y desprenderme, al menos por unas horas, de las palabras de otros.
Tengo el portátil encendido sobre la mesa y el salón iluminado solo por la lámpara de pie del rincón, que proyecta un círculo de luz cálida.
Estoy exhausta, con los ojos secos de tanto mirar la pantalla y los dedos agarrotados de practicar los signos que aprendí.
Reviso una última vez el vídeo en bucle: la mano extendida, el movimiento circular sobre el pecho... Lo siento .
De repente, un chasquido seco rompe el silencio del piso.
La pantalla del ordenador se apaga de golpe. La lámpara de pie muere. El zumbido constante del frigorífico se desvanece y la habitación se sume en una oscuridad densa, absoluta, rota únicamente por los fogonazos de los relámpagos que cruzan el cielo tras las cortinas.
Un apagón. Estupendo. La guinda del pastel para un fin de semana idílico.
Suelto un suspiro de resignación y ando a tientas hasta la cocina, esquivando de milagro la esquina del sofá viejo.
Rebusco en los cajones hasta que doy con un par de velas blancas que me sobraron de la mudanza y las enciendo con un mechero.
La llama baila, proyectando sombras alargadas.
Movida por un impulso que ya no puedo ni quiero controlar, me acerco al ventanal con la vela.
Descorro la cortina blanca y miro hacia la calle. El vecindario está a oscuras por completo; las farolas de la calle están apagadas.
Pero entonces, elevo la vista hacia su balcón.
La persiana metálica de Mateo está subida a medias. Y detrás del cristal, parpadeando con timidez en mitad de la negrura, brilla la luz titilante de una vela.
Me acerco tanto al cristal que mi aliento lo empaña en un segundo. Me esfuerzo por enfocar la mirada a través de las gotas de lluvia que resbalan por el vidrio, por la pare exterior. Y ahí está él. Su silueta. No se ha metido en la cama; está de pie, pegado a su ventana, mirando hacia mi piso.
En cuanto me muevo con la vela en la mano, su silueta reacciona y pega el rostro al cristal.
Ya no hay sol dorado, no hay folios de colores, no hay el juego de las mañanas.
Solo quedamos dos personas a oscuras, separadas por diez metros de tormenta y un silencio que esta vez nos envuelve a los dos por igual.
La oscuridad, en lugar de alejarnos, actúa como un imán. Solo existimos nosotros.
Me quedo quieta, mirándolo, con el corazón golpeándome las costillas con una fuerza salvaje. Siento una urgencia repentina, un calor que me nace en el estómago y me sube por la garganta. Estoy harta de los cristales. Estoy harta de las distancias.
Cojo las llaves del piso y, sin pararme a pensar en las consecuencias ni en que llevo puesto el pantalón del pijama y una sudadera gastada, apago la vela, la dejo en la entrada, abro la puerta de casa y salgo al pasillo.
Bajo los escalones de tres en tres, a oscuras, guiándome con la linterna del móvil.
Salgo del portal sin siquiera meditarlo.
El frío de la lluvia de verano me golpea la cara al instante, empapándome el pelo en un segundo, pero me da exactamente igual.
Cruzo la calle estrecha a paso rápido, intentando esquivar los charcos, y me planto frente al portal de Mateo.