Chapter 7 #2
Me quedo clavada en mi sitio, con el rotulador todavía en la mano, y una sonrisa boba plantada en la cara.
Dos minutos después, regresa. Trae consigo una cartulina celeste y un rotulador rojo.
Se apoya en el marco de su ventana, usa la pared como apoyo y escribe algo a toda velocidad.
Cuando termina, planta el cartel contra su cristal.
HOLA, ALBA. SOY MATEO. BIENVENIDA AL BARRIO.
El pecho me da un vuelco tan fuerte que juro que se ha escuchado en toda la calle.
Le saludo muy efusiva con la mano, riéndome sola en mitad de mi balcón, sintiendo una calidez extraña y preciosa que me recorre el cuerpo de arriba abajo.
Él me sostiene la mirada, da un trago a su termo y vuelve a sonreír.
A partir de ese mediodía, el juego de los carteles se convierte en nuestra rutina. En nuestro pequeño código secreto flotando a diez metros de altura sobre el asfalto.
Ya no me cuesta levantarme. Ahora, mi momento favorito del día es cuando el reloj marca las nueve de la mañana.
Preparo el desayuno, tuesto una rebanada de pan y salgo al balcón con mi taza.
Casi siempre, Mateo ya está allí, esperándome.
Desayunamos «juntos», cada uno a un lado de la calle, separados por el vacío pero unidos por un hilo invisible, aunque suene demasiado cursi.
Nos contamos cómo ha ido la noche a base de frases cortas escritas en folios que pegamos y despegamos de los cristales con cinta adhesiva.
«Hoy tengo mucho trabajo».
«Odio los lunes».
«¿Qué tal el café?» .
Pero los folios se me empiezan a quedar cortos.
Soy escritora, por Dios; vivo de las palabras, me gano la vida con la gramática y los matices del lenguaje, y sentirme limitada a los caracteres que caben en un folio A4 con un rotulador me desespera.
Quiero saber más de él. Quiero saber qué piensa, qué lee, qué le hace reír cuando no está mirando mi ventana.
Una noche, con el portátil sobre las rodillas y el salón a oscuras, abro una pestaña en blanco en el navegador. Tecleo: Lengua de Signos Española básico .
Se me abre un universo entero frente a los ojos.
Me paso horas saltando de vídeo en vídeo, fascinada por la estructura de un idioma que no necesita sonido para existir.
Descubro que no se trata solo de mover los dedos; que la posición de la mano respecto al cuerpo cambia por completo el significado de una palabra, que la expresión de la cara es la que pone los signos de puntuación, las exclamaciones, la ironía.
Practico frente a la pantalla de mi ordenador, imitando los movimientos con mis propios dedos torpes.
—A ver... la mano dominante en el pecho... —murmuro, doblando el pulgar.
Al día siguiente, el sol de la tarde cae de plano sobre los edificios, tiñéndolo todo de un tono dorado, cálido y melancólico, muy de película.
Es el escenario perfecto. Mateo sale a su balcón a regar las plantas y yo salgo al mío, decidida. No llevo papel. No llevo rotulador. Solo mis manos y una cantidad absurda de nervios.
Él se gira y me mira, extrañado de ver las manos vacías, y frunce el ceño.
Me coloco en el centro del balcón, asegurándome de que me vea bien.
Siento que el corazón me late en la garganta.
Respiro hondo, me armo de valor y levanto la mano derecha.
Junto los dedos, rectos, me los llevo a la barbilla y muevo la mano hacia delante y hacia abajo, con suavidad, intentando recordar el vídeo de la noche anterior.
Gracias. Eso es lo que quiero decirle. Gracias por las mañanas, por los carteles, por hacer que este piso se sienta un poco más como un hogar.
Me quedo estática, conteniendo el aliento, mirándolo con los ojos abiertos de par en par, muerta de miedo por haber metido la pata o haber signado un insulto sin querer.
Mateo se queda petrificado un segundo. Su sonrisa habitual desaparece, sustituida por una expresión de pura sorpresa que me encoge el corazón. Oh, no. Lo he hecho mal. Seguro que lo he hecho mal. Ya me veo metiéndome en casa a llorar de la vergüenza.
Sin embargo, un segundo después, sus ojos se iluminan con una ternura tan intensa que me tiemblan las piernas.
Se apoya en la barandilla, inclinando el cuerpo hacia delante para acortar los metros que nos separan.
Levanta sus propias manos, despacio, con una lentitud deliberada, consciente de que soy una novata que apenas sabe balbucear con los dedos.
Repite mi gesto. Se lleva los dedos juntos a la barbilla, imitando el signo que le acabo de hacer, pero de una forma mucho más fluida y elegante, como enseñándome a perfeccionarlo, sonriendo de un modo adorable que hace que mis mejillas se tornen de un color rojizo.
Lo noto por la temperatura que sube a mi cara.
La brisa de la tarde mueve la cortina blanca de mi salón. El sol le da de lleno en los ojos oscuros y yo, torpe, asustada pero infinitamente feliz, repito el movimiento corrigiendo la posición de mis dedos.
Mateo asiente de forma efusiva, aplaudiendo en el aire —agitando las manos alzadas, girándolas de un lado a otro, un signo precioso que descubro en ese mismo instante—.
Nos reímos los dos, de balcón a balcón, en un silencio ruidoso lleno de complicidad.
Mis dedos todavía se sienten rígidos y extraños, pero ver su reacción hace que valga la pena cada minuto de frustración frente al espejo.
Hemos dejado atrás el papel y el rotulador. Hemos empezado a hablar de verdad.
Los días siguientes se convierten en una maratón de tutoriales nocturnos y cafés matutinos. Mi historial de YouTube da miedo: ha pasado de albergar listas de música y videotutoriales de maquetación a llenarse por completo de diccionarios visuales de LSE.
Descubro que para decir mi nombre no me queda otra que recurrir a la dactilología, como he aprendido que se llama.
Es decir, deletrear. Practico por las noches, sentada en la cama con las piernas cruzadas, repitiendo el abecedario hasta que los tendones de la muñeca me protestan.
La A es un puño cerrado con el pulgar de lado; la L, el índice hacia arriba y el pulgar extendido formando una escuadra; la B, la mano abierta con el pulgar doblado hacia la palma, con la palma mirando hacia mí; y otra vez la A. Fácil, solo queda practicar.
—A... L... B... A —susurro en la oscuridad de mi cuarto, fijándome en la sombra que proyectan mis dedos contra la pared.
A la mañana siguiente, aprovecho que el sol se cuela entre los tejados para ponerlo a prueba. Mateo sale puntual, con su taza humeante y esa mirada adormilada que, no voy a mentir, cada día me gusta más. Cuando me ve aparecer, se apoya en la barandilla con curiosidad y su encantadora sonrisa.
Me armo de valor. Me coloco las manos a la altura del pecho y lanzo mis cuatro letras dactilológicas. Lo hago despacio, atrancándome un poco entre la L y la B, concentrada al máximo en no doblar el dedo que no es. Al terminar, le señalo con el índice. «Yo Alba. ¿Y tú?» .
Mateo me mira fascinado, con los ojos entrecerrados y fijos en mis dedos.
En cuanto termino, suelta una sonrisa enorme y asiente.
Luego, hace algo con los dedos índice y corazón en la barbilla y luego chocando con su otro índice y corazón, cosa que no entiendo, por lo que niega y, seguidamente, se señala el pecho con el índice y dibuja su nombre en el aire con una velocidad y una limpieza que me dan una envidia tremenda: una M con tres dedos hacia abajo, una A, la T con el índice cruzando el pulgar, la E encogiendo los dedos y la O formando un círculo perfecto.
M-A-T-E-O.
La magia de la lengua de signos no se queda en el abecedario.
Un par de días después, cuando intento volver a deletrear mi nombre para saludarlo, él me frena haciendo un gesto suave con la mano, negando con la cabeza.
Se señala a sí mismo y hace un signo que ya conozco (su nombre, Mateo), y luego me señala a mí y con el dedo índice de su mano derecha, hace el gesto de enrollarse el pelo en la sien derecha, justo donde me cae el mechón rebelde del pelo que siempre me recojo detrás de la oreja.
Me quedo parpadeando, sin entender. Él sonríe, repite el signo de enrollarse el mechón invisible y luego me deletrea: A-L-B-A.
Ahí lo comprendo. Me acaba de dar mi signo personal.
Lo había leído, en la comunidad sorda no se deletrean los nombres todo el tiempo; se asigna un signo único basado en un rasgo físico o de personalidad.
Mateo ha elegido mi pelo. A partir de ese momento, para él, ya no soy un conjunto de cuatro letras abstractas.
Soy ese gesto en la sien. Soy su forma de mirarme.
Poco a poco, nuestro vocabulario de balcón a balcón deja de ser un monólogo torpe. Logramos entablar conversaciones muy, muy básicas, pero que a mí me parecen un triunfo histórico.
Si tengo un día denso con el manuscrito que estoy escribiendo, salgo, le miro y con el meñique, hago un medio círculo.
Cansada . Él me mira con empatía, inclina la cabeza y con el pulgar, frota hacia abajo la barbilla.
Paciencia . O me pregunta qué tal estoy, a lo que yo respondo con el pulgar hacia arriba y una sonrisa, o ladeando la mano si las frases de mi cliente fantasma no fluyen como deberían.
Es una comunicación pura. No hay rodeos, no hay tonos de voz engañosos.
Todo está en la fijeza de sus ojos oscuros y en el baile de nuestros dedos en mitad de la calle.
He dejado de ser la escritora que se esconde detrás de las voces de otros; con Mateo, por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy usando mi propia voz, aunque no emita ningún sonido.
Sin embargo, la realidad de mi profesión es un ancla pesada que siempre termina por arrastrarme hacia abajo.