Tropezar contigo Chapter 7
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Chapter 7

La gramática de tus dedos

Odio las mudanzas. Que conste que, si por mí fuera, habría quemado todo lo que no cupiese en dos maletas antes de pasar tres días enteros empaquetando mi vida en cajas de cartón mal precintadas.

Tengo los dedos pegajosos por cinta adhesiva, las uñas rotas y un dolor de espalda que me recordará cada uno de mis veintimuchos años durante las próximas semanas.

El piso nuevo huele a pintura fresca, a madera limpia y a esa soledad extraña que te da la bienvenida cuando entras en un lugar que todavía no te pertenece.

Es un lienzo en blanco, pero ahora mismo solo me parece un caos ingobernable.

Las cajas se amontonan en mitad del salón, bloqueando el camino hacia el sofá viejo que los transportistas han dejado de mala gana en una esquina cualquiera.

No soy persona sin cafeína, y menos en días como hoy.

Busco a ciegas la cafetera italiana entre el desorden, la lleno a toda prisa y espero, apoyada en la encimera, cruzada de brazos, deseando que el sonido del borboteo me devuelva un poco la cordura.

Cuando por fin está listo —caliente, humeante, en su punto—, me sirvo una taza enorme y camino arrastrando los pies hacia el balcón.

Necesito aire. Aire de verdad, no este polvo en suspensión que llevo tragando desde el amanecer.

Abro el ventanal de par en par y salgo. La brisa del atardecer me golpea la cara y consigue que, por primera vez en todo el día, mis hombros se relajen un poco. Doy un sorbo largo, quemándome la lengua en el proceso —la paciencia nunca fue mi fuerte—, y me apoyo en la barandilla de hierro forjado.

La calle es estrecha, de esas del centro donde los edificios de enfrente parecen estar lo bastante cerca como para cotillear qué cena el vecino sin esforzarte mucho. Y justo ahí, a unos diez metros en línea recta, lo veo.

Está en el balcón de enfrente.

Viste unos vaqueros desgastados y una camiseta gris de manga corta que le sienta de maravilla.

Tiene el pelo moreno, rebelde, de los que van por libre y desafían a cualquier peine, y una barba de unos días que le da un aire despreocupado, un tanto bohemio.

Sostiene un libro entre las manos, absorto en la lectura, ajeno por completo al mundo y al ruido de los coches que cruzan abajo.

Me quedo quieta, con la taza suspendida a mitad de camino, sopesando si entrar o seguir mirando. Puedes llamarme loca, pero hay algo en su postura, en la tranquilidad que emana, que me hipnotiza. Yo, que soy un manojo de nervios y prisas, me descubro envidiando su paz.

De repente, como si sintiera el peso de mis ojos sobre él, alza la vista.

Nuestras miradas se cruzan en el aire, nítidas, directas, sin filtros.

Sus ojos, a esta distancia, parecen oscuros, pero con un brillo cálido que me desarma al instante.

Siento un vuelco en el estómago, una especie de electricidad repentina que me pone alerta y me detiene el pulso por un segundo.

Qué ridícula. Es solo un vecino. Sin embargo, no puedo apartar los ojos de los suyos.

Él no rehúye el contacto. Al contrario, sus labios dibujan una media sonrisa tímida, ladeada, que le ilumina la cara por completo. Levanta una mano despacio, moviendo los dedos en un saludo silencioso y cortés.

Me pilla tan desprevenida que casi derramo el café.

Noto cómo las mejillas me arden y, maldiciendo mi torpeza interior, le devuelvo el saludo con un gesto rápido de la mano libre, forzando una sonrisa que espero que no haya parecido una mueca de pánico.

Acto seguido, doy media vuelta y me meto en el piso, cerrando el ventanal tras de mí.

—Madre mía, Alba, contrólate —me digo en voz alta, apoyando la espalda contra el cristal—. Que es solo un chico. Un chico guapo, sí, pero un vecino, al fin y al cabo.

Aun así, la chispa ya ha prendido. Durante el resto de la tarde, mientras coloco libros y desmonto cajas, mi mente insiste en volver a esa mirada.

Dos días después, descubro su secreto.

Es media mañana y me he tomado un respiro de mi manuscrito.

Escribir textos ajenos en el ordenador me deja los ojos fritos, así que salgo al balcón con mi inseparable taza de café.

Al mirar enfrente, veo que él también está fuera, pero esta vez no está leyendo.

Tiene el móvil apoyado en una mesita auxiliar y está haciendo una videollamada.

Me dispongo a entrar para respetar su intimidad, pero algo me detiene. No se escucha nada. Su balcón está abierto, la calle está inusualmente tranquila, pero de sus labios no sale ni un solo sonido.

Observo fascinada. Sus manos se mueven en el aire con una velocidad y una fluidez alucinantes, casi coreográficas.

Sus dedos se entrelazan, dibujan formas invisibles, suben hacia el pecho, rozan su barbilla y se abren hacia el frente con una expresividad que me deja sin respirar.

Pero no son solo sus manos; es su rostro.

Su ceño se frunce, sus ojos se abren de par en par, sonríe con ganas, inclina el cuerpo hacia delante...

Es todo un universo de comunicación ocurriendo ante mí en un silencio sepulcral.

En ese instante lo comprendo. Mi vecino de enfrente es sordo.

No habla con la voz; habla con todo su ser.

Sus manos no imitan palabras, las crean en el aire.

Me quedo clavada en el sitio, con el corazón latiéndome a un ritmo acelerado que no sé cómo explicar.

Siento es una curiosidad arrolladora, una fascinación absoluta que me atrapa y me cala hasta los huesos.

Es como ver a alguien bailar una canción que solo él puede escuchar.

De repente, se despide en la pantalla con un gesto rápido, bloquea el teléfono y se gira hacia la barandilla. Me pilla mirándolo de pleno. Esta vez no huyo. Me sostengo firme, con la cabeza alta, aunque por dentro mis huesos tiemblen un poquito.

Él me mira con atención, y esa sonrisa dulce y desarmante vuelve a aparecer en sus labios carnosos.

Levanta la mano derecha a la barbilla con los dedos juntos la mueve haciendo varios signos para decir algo que no logro entender en absoluto.

Sus movimientos son fluidos, dulces diría yo.

No sé qué significa, no tengo ni pajolera idea de lo que me acaba de decir en su idioma, pero el pecho me da un vuelco tan fuerte que el café de mi taza tiembla.

Le sostengo la mirada, le saludo con la mano, le sonrío de verdad y, por primera vez, siento que este piso nuevo ha dejado de estar tan solo.

A la mañana siguiente, me despierto antes de que suene la alarma.

Es ridículo, lo sé. Intento convencerme de que la culpa la tiene el colchón nuevo, que todavía no ha cogido la forma de mi cuerpo, o la claridad que se cuela por las rendijas de la persiana.

Pero cuando me descubro mirando de reojo hacia el ventanal del balcón mientras espero a que termine de salir el café, asumo la verdad: tengo ganas de asomarme. Ganas de ver si él está ahí.

Siento el frío de la madera bajo mis pies desnudos y me acerco despacio, con cuidado de no hacer ruido, como si cruzar el cristal pudiese romper un hechizo.

Miro hacia el frente. Su balcón está vacío.

Sus plantas —unas costillas de Adán enormes que ocupan casi todo el espacio— se mecen despacio con la brisa del amanecer.

Siento un pequeño pinchazo de decepción en el estómago, una tontería de niña pequeña que ahogo con un sorbo largo de café negro.

—A ver, Alba, que el chico tendrá una vida, no va a estar viviendo en el balcón para que tú lo mires —me regaño a mí misma frente al espejo del baño.

Paso la mañana entera encerrada entre las páginas de un manuscrito insufrible.

Escribir novelas ajenas es un trabajo algo extraño, teniendo que ponerte en la piel de otra persona intentando que lo que escribes suene a lo que sus dedos crearían.

A veces me tiro una hora entera discutiendo conmigo misma si una frase rompe el ritmo de una historia o si ese adjetivo es demasiado rimbombante para su vocabulario diario.

Para cuando dan las dos de la tarde, tengo la cabeza como un bombo y las palabras me bailan frente a los ojos. Necesito parar.

Es entonces cuando me viene la idea. Una idea loca, de las mías, de las que no piensas dos veces porque si lo haces, no las llevas a cabo.

Dejo la taza a un lado, aparto el teclado del ordenador y rebusco en el cajón de la mesa hasta que doy con un taco de folios y un rotulador negro. Me muerdo el labio, pensando. ¿Qué pongo? Algo directo, sencillo, que no suene desesperado pero que rompa el hielo de una vez por todas.

Apoyo el rotulador sobre el papel y, con mi mejor letra clara y redonda, escribo:

HOLA. SOY ALBA.

Me quedo mirando el folio un segundo, sintiendo cómo el corazón me da un vuelco tonto.

Salgo al balcón a paso ligero, antes de que me entre el arrepentimiento, y pego el folio contra el cristal de la puerta del ventanal, mirando hacia el edificio de enfrente.

Justo en ese instante, como si lo hubiera invocado con el pensamiento, la puerta de su balcón se abre y él aparece.

Lleva una sudadera oversize de color verde botella y el pelo todavía más alborotado que el otro día, como si acabara de levantarse de una siesta. Se apoya en la barandilla con un termo entre las manos y levanta la cabeza.

Tarda exactamente tres segundos en fijarse en mi ventana.

Lo veo entrecerrar los ojos, intentando descifrar las letras negras sobre el fondo blanco.

Siento que el aire se me congela en los pulmones.

Entonces, su rostro cambia por completo.

Sus ojos se abren de par en par y esa media sonrisa tímida se transforma en una carcajada limpia, visual, de las que arrugan los ojos.

Me mira, asiente con la cabeza y me hace un gesto con la mano, pidiéndome que espere. Desaparece hacia el interior de su casa, a toda prisa.