Tropezar contigo Chapter 6 #5
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Chapter 6 #5

—Es posible —asintió con una sonrisa más amplia, disfrutando de mi sorpresa—. Los tintos con crianza de esta zona guardan esas notas. Y si esperas a que se asiente un poco más, si buscas en el fondo, notarás algo casi lácteo. Como la cremosidad ácida del final de un yogur natural.

—¿Yogur? —Solté una pequeña risa, una risa limpia que pareció aflojar la poca timidez que me quedaba—. Estás loco. Te lo estás inventando para impresionarme.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de «te lo dije».

—No la estaba poniendo.

—La estabas pensando.

Luc sonrió, apenas un poco, queriendo ocultarlo, pero se le notaba.

—Puede que sí. Ahora pruébalo. Pero hazlo despacio, sin prisa.

Bebió, esta vez lo hizo despacio, sin prisa.

Mantuvo el líquido un segundo en los labios, paseándolo por la boca para intentar captar esa cremosidad de la que hablaba, y luego tragó.

Sintió el golpe rasposo y caliente en la garganta.

Puso una pequeña mueca de resignación, pero los ojos seguían fijos en los suyos.

Dejó la copa sobre la hierba, manteniendo los dedos en la base.

—Sigue sin ser lo mío —admitió con honestidad, mirándolo de lado—. Pero… reconozco el truco. Es verdad que estaba ahí el regaliz.

Luc la miró un segundo, no por el vino, por ella. Y Clara lo sintió distinto.

—Esto es nuevo.

—No —dijo él—. Tú eres nueva.

Clara soltó una pequeña risa.

—Qué profundo.

—No era la intención.

—Ya.

Los días empezaron a parecerse: salir, encontrarlo, caminar, poco vino, más silencio, detalles, charlas, miradas...

Luc le acercaba la copa sin mirar; Clara se sentaba siempre en el mismo lado.

Él recordaba qué era lo que no le gustaba; ella recordaba cómo le gustaba a él el silencio.

—Hoy hace más calor.

—Sí.

—Eso cambia algo, ¿no?

—Todo cambia algo.

—Eres desesperante.

—Lo sé.

Un día, Clara llegó antes, pero Luc aún no estaba.

Se quedó de pie, sin saber muy bien qué hacer. Miró alrededor y esperó. Primero fueron cinco minutos; luego diez. Y entonces, lo vio aparecer, con paso tranquilo, como siempre.

—Te has adelantado.

—No tenía nada mejor que hacer.

Luc asintió, pero esta vez, su mirada se quedó en ella un poco más.

—Claro.

Y Clara supo, sin palabras, que Luc sabía que no era verdad.

Al día siguiente no hubo vino, ya que Luc estaba trabajando moviendo cajas, revisando barricas, dando unos golpes con el martillo contra los aros de metal, hacía rodar las barricas para luego inundar de olor a corcho húmedo mientras retiraba piezas de diferentes barriles.

Ella se quedó cerca, sin molestar ni poder ayudar, solo estando allí, haciéndole compañía y entablando alguna charla de vez en cuando.

En un momento, él levantó una caja más pesada de lo que parecía. Se le tensaron los brazos, el gesto concentrado.

Clara lo miró más de lo normal. Tenía la piel ligeramente húmeda de sudor, y los músculos de los antebrazos se le tensaban bajo el esfuerzo.

Él dejó la caja en su sitio y, sin girarse del todo, dijo:

—No pesa tanto.

Clara apartó la mirada.

—No estaba mirando eso.

—Claro —respondió con una sonrisa.

Tras eso, solo silencio. Y al terminar, Luc se acercó y le tendió una botella.

—Llévala.

—¿Yo?

—Sí.

—¿Y si la tiro?

—Pues no la tires.

—Gran consejo.

La cogió con sumo cuidado, con demasiado esmero.

—¿Ves? —dijo él—. Ya sabes.

Clara lo miró.

—¿Qué?

—Quedarte.

No añadió más, pero no hacía falta. Sabía a lo que se refería.

Otro día, esa tarde el sol caía más lento, o eso le pareció a Clara.

Se sentaron en la colina de siempre, esta vez sin copas, ni excusas para librarse del curso.

—Mañana mi amiga termina y le darán al fin el diploma del curso —dijo ella.

—Sí, lo sé.

—Supongo que nos iremos.

Luc asintió, como si fuera lo lógico, como si no hubiera otra opción.

Clara jugó con una pequeña piedra entre los dedos, algo nerviosa.

—Podría quedarme un día más.

Hubo un silencio en el que nadie dijo nada, ni siquiera Luc respondió.

—O dos —añadió.

Pero nada, seguía sin haber respuesta, y Clara soltó el aire, frustrada.

—O no —zanjó.

Entonces, él habló.

—Haz lo que quieras.

No sonó frío, sino honesto, puede que incluso Clara notara una pizca de tristeza en su voz o mirada baja.

Ella lo miró durante largo rato. Parecía tranquilo, y ahí fue cuando entendió. Él no la iba a convencer, no la iba a retener, no iba a hacer nada. Y, precisamente por eso…

—Mañana vuelvo, y pasado, y al otro… ¡y al otro! —dijo, lo que hizo que Luc girara de inmediato la cabeza hacia ella.

—¿Dónde?

—Pues aquí, contigo.

—¿Sí?

—Sí —asintió Clara con un entusiasmo notorio.

Hubo una pequeña pausa en la que solo se miraban, solo respiraban y, sin percatarse de ello, también sonreían.

Luc dejó la mano entre los dos, cerca de la de ella, sobre la tierra.

Clara dudó un segundo, pero luego apoyó la suya al lado. Sin tocar, pero sí rozando, sintiendo, y no la pudo apartar.

—Sin darme cuenta… —murmuró ella, con la cabeza gacha, mirando a sus manos, tan juntas...

Él esperó a que continuase, y Clara sonrió, moviendo el meñique hacia la de él.

—Eras tú —terminó, mirándole al fin a los ojos.

Luc no respondió con palabras, no hacía falta, pero apretó el agarre de sus dedos contra la tierra, reteniéndola. Y Clara supo que, a partir de ese momento, el tiempo iba a empezar a correr de otra manera .