Chapter 6 #4
Se dieron un apretón de manos, como si eso ya fuera suficiente presentación. La piel de él era firme y cálida, y el contacto se demoró un segundo más de lo estrictamente necesario, obligando a Clara a bajar la vista hacia sus dedos entrelazados.
—Ven —dijo Luc, señalando hacia el fondo, donde las puertas dobles se abrían al campo.
Clara dudó. Miró de reojo hacia la sala de catas, donde las copas tintineaban, y luego lo miró a él. Terminó por seguirlo.
Al cruzar el umbral, el aire cambió de golpe; se volvió amplio, limpio, cargado de un aroma silvestre que la obligó a respirar hondo. Caminaron entre hileras de viñedos bajo un sol poniente que teñía la tierra seca de un dorado mortecino.
Al día siguiente, la escena se repitió casi por inercia. Clara ni siquiera esperó a que el sumiller descorchara la primera botella para escabullirse.
Esta vez no dio explicaciones, simplemente avisó de que iba a salir. Y él ya estaba allí.
No parecía estar esperándola, pero lo estaba. No en la misma barrica, pero cerca. Como si ese sitio le perteneciera de alguna forma, tenía confianza con aquel lugar.
—Vaya —dijo Luc al verla—. Reincidente.
—No me gusta el vino —respondió ella, casi automática.
—Eso dijiste.
Silencio, aunque menos incómodo aún que el día anterior. Sentía que ya lo conocía, pese al poco tiempo que habían pasado juntos.
—¿Hoy también hay clase magistral? —preguntó Clara con entusiasmo.
—Hoy hay algo mejor —soltó, con una pícara sonrisa.
—Esa respuesta me preocupa.
—Debería.
Le dio una copa, y Clara la sostuvo con cierta desconfianza.
—No voy a fingir que me gusta —sonrió, arrugando la nariz porque sabía lo que vendría ahora.
—No finjas nada.
—Perfecto.
Luc señaló la copa, ya con una parte de vino.
—Huélelo.
—Ya lo hice ayer.
—No —dijo él con calma—. Ayer lo oliste rápido.
Se acercó un poco más. No invadía, pero estaba lo suficientemente cerca como para que Clara lo notara.
—Acércalo despacio.
Ella obedeció, aunque sin muchas ganas.
—No pienses en lo que es —añadió él—. Solo dime qué notas.
Clara suspiró.
—Pues noto… ¿vino?
Luc negó, casi divertido.
—Prueba otra vez.
Clara rodó los ojos, pero volvió a intentarlo. Esta vez más despacio, un segundo más. Dos.
—Mmm… ¿Madera? —dijo, dudando.
Luc asintió, satisfecho con la respuesta que le había dado.
—Eso es.
Ella frunció el ceño.
—Vale, pero eso no hace que me guste.
—No tiene que gustarte —respondió él—. Solo tienes que darte cuenta.
Clara lo miró con más atención. Sus ojos… Sus labios… Cómo le sonreía…
—Eres muy raro —soltó, pero no como algo malo, sino todo lo contrario.
—Me lo dicen bastante.
Un día más tarde, ya no era casual. Clara estaba deseando que empezara la siguiente clase, pero sin esperar a que comenzara, salió sin pensar. Y caminó hacia donde sabía que estaría.
Luc no se sorprendió al verla.
—Llegas antes.
—Es que me aburría dentro.
Caminaron sin decir nada al principio. El silencio ya no pesaba.
Clara se fijó en que Luc llevaba dos copas.
—Hoy no vas a decir «no me gusta» tan rápido, ya lo verás.
—No prometo nada.
Le tendió una.
—Es el mismo de ayer.
—Pues vamos mal.
—No —dijo él—. Hoy lo vas a probar distinto, te lo prometo.
Clara lo miró, escéptica, levantando una ceja.
—Confía un poco —pidió él, divertido.
—Eso sí que no.
—Entonces hazlo sin confiar.
Clara soltó una pequeña risa.
—Eso sí puedo.
Bebió. Rápido, como siempre, para que el rato del mal sabor se fuese de inmediato. Hizo una mueca de desagrado.
—No me…
—Espera —pidió él, cortando lo que iba a decirle.
Luc alzó la mano, sin tocarla.
—Bebe… y no tragues todavía.
Clara lo miró como si estuviera loco.
—¿Qué?
—Déjalo un segundo más en tu boca.
Ella dudó, pero no apartó la mirada de él. Era una mirada más intensa. Un segundo. Dos… Quizás más de la cuenta. Y algo cambió. Fue muy leve, pero distinto.
Tragó.
Y Luc no dijo nada. Solo la miraba paciente, esperando.
Clara bajó la vista a la copa y luego volvió a él. Y ahí encajó todo de una forma absurda y clara al mismo tiempo. No era el sabor, ni era la madera, ni tampoco lo era el vino. Era que él la estaba mirando como si supiera que lo iba a entender. Como si hubiera estado esperando ese momento.
Luc inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Qué?
—Nada. —Clara negó con la cabeza.
Pero no era nada, y lo sabía muy bien.
Siguieron caminando, más cerca que los días anteriores, sin darse cuenta.
—Esto cambia si lo dejas un poco más —dijo él, señalando la copa.
—Sí —respondió ella—. Ya lo he notado.
Luc la miró un segundo, no por el vino, por ella. Y Clara lo sintió, no como algo grande y evidente, sino… distinto.
Al volver, él se detuvo.
—Mañana no hay cata.
—Mejor —dijo Clara, bromeando.
—Tengo que trabajar.
—Claro.
Silencio.
—Pero estaré aquí fuera.
No sonó a invitación, ni a petición, solo a dato. Clara asintió, sabiendo que allí estaría ella también, sin poder evitarlo.
—Vale.
Dio un paso. Luego otro. Pero al final, se detuvo.
—Luc.
Él la miró.
—¿Sí?
Clara dudó un poco.
—Mañana vuelvo —añadió con una sonrisa. Y nada más. No hacía falta.
Luc asintió, tranquilo, devolviéndole esa sonrisa, sin poder evitarlo.
—Lo sé.
Otro día más, Clara salió sin mirar atrás. Ni siquiera comprobó si su amiga la veía marcharse. Esta vez no hubo dudas ni excusas.
Luc ya estaba allí. Sentado en el suelo, apoyado contra una de las barricas, con algo entre las manos que Clara no supo identificar al principio.
—Llegas puntual —dijo él sin mirarla.
—No tenía nada mejor que hacer.
—Claro.
Clara se acercó despacio.
—¿Qué haces?
—Arreglar esto.
Le mostró lo que tenía: una pequeña herramienta y una pieza metálica.
—¿Eso es del vino?
—Más o menos.
—Vaya explicación.
Luc alzó una ceja, divertido.
—Te estoy dando mi mejor versión.
Clara se sentó a su lado, dejando un poco de espacio entre los dos.
—Pues vamos bien.
Se hizo el silencio. El tipo de silencio que se queda porque quieren y están cómodos así.
—Hoy no hay copa —dijo Clara al rato, tras observar a su alrededor.
—Hoy no hace falta.
—¿Ya soy experta?
—No —respondió él—. Pero ya sabes mirar.
Clara apoyó la cabeza contra la madera, mirando al frente.
—No sé si eso es bueno.
—Depende.
—¿De qué?
—De lo que veas.
Clara no respondió, pero se quedó pensativa, sin saber a qué se refería. Puede que no fuese al vino.
Luc terminó de ajustar la pieza y la dejó a un lado.
—Ven.
Clara ni siquiera preguntó, confiaba en que fuera donde fuese, estaría donde tendría que estar, por lo que, enseguida, se levantó.
Caminaron sin rumbo aparente, alejándose un poco más de lo habitual. El terreno cambiaba ligeramente, más irregular, más vivo.
—¿Siempre haces esto con la gente? —preguntó ella.
—¿El qué?
—Un tour privado… Sacarla de donde no quiere estar.
—No.
—Menos mal.
—Contigo tampoco lo hago —añadió él.
—Ah, ¿no? —Clara frunció el ceño.
Luc la miró un segundo.
—Tú sales sola —soltó entre risas.
Y Clara también rio, porque no supo qué contestar, pero tenía toda la razón.
Llegaron a una zona donde las viñas se abrían un poco, dejando espacio a una pequeña colina. Luc se sentó en el suelo y Clara lo imitó.
—Aquí el aire cambia —dijo él.
—¿Otra clase?
Negó con la cabeza. El viento se movía despacio entre las hojas. Clara respiró más lento, más profundo, consciente de todo lo que le rodeaba, incluso llegando a cerrar los ojos, cómoda.
—Vale —murmuró—. Esto sí me gusta.
Luc asintió.
—Eso es suficiente.
Clara ya no esperaba. Simplemente iba, y él estaba. Como si hubiera decidido no estar en ningún otro sitio.
—Hoy sí hay vino, lo siento —dijo Luc.
—Uf… Qué valiente soy.
Le tendió una copa que traía resguardada. Clara fue a rodear el cristal con la mano, pero él se adelantó despacio. Le rozó los dedos con suavidad, con un tacto ligero y firme que la hizo contener el aliento un segundo, justo lo necesario para guiar su agarre hacia la parte inferior.
—Por el tallo —me indicó en un susurro, sosteniendo mi mirada—. Si tocas la copa por arriba, calientas el vino y se estropea el truco. Ahora, hazlo girar. Despacio.
Obedeció, un poco absorta en la calidez que me había dejado su toque en los dedos. Moví la muñeca en círculos, observando cómo el líquido dejaba unas líneas translúcidas que caían despacio por las paredes de la copa.
—Eso son las lágrimas —me explicó, siguiendo el movimiento con una concentración que me pareció magnética—. Te dicen el cuerpo que tiene. Y ahora, acerca la nariz. No lo bebas aún.
Esta vez no protesté, sino que acerqué la copa despacio. Casi la rozó con la punta de la nariz y esperé, cerrando los ojos.
—Fruta —zanjó tras unos largos segundos.
Luc la miró, orgulloso.
—Bien. —Asintió con la cabeza, curvando levemente sus labios—. ¿Qué más? Busca detrás de la fruta. Olvida lo que tienes en la mano. Piensa en las tardes de invierno de cuando éramos niños, en las tiendas de chucherías. Busca algo dulce, pero oscuro.
Se quedó mirándolo, atrapada por la gravedad de su voz, y volvió a concentrarse en el aroma. De repente, un recuerdo nítido la golpeó.
—¿Regaliz? —preguntó, asombrada, clavando los ojos en los suyos—. ¿Es posible que huela a regaliz negro?