Chapter 6 #3
—De si quieres que diga exactamente eso.
—¿Y si sí?
Me sostuvo la mirada. Dulce, con una pequeña sonrisa.
—Entonces no debería tardar mucho.
No supe por qué esa respuesta me hizo sentir algo parecido a un nudo, leve, pero claro.
—Vale —dije.
—Vale.
Ninguna de las dos añadió nada más.
Me aparté de la mesa con cuidado, como si moverme demasiado rápido fuera a romper algo.
—Volveré —murmuré, sin pensar demasiado en lo que estaba diciendo.
Despacio, salí de la tienda con la sensación extraña de haber dejado algo allí dentro, aunque no llevaba nada en las manos.
Y esta vez no intenté convencerme de que no iba a pensar en ello, porque ya sabía que no iba a funcionar.
Volví dos días después. Demasiado pronto, probablemente. Pero no lo suficiente como para no hacerlo.
La puerta sonó igual que siempre, pero la tienda no estaba igual. Había menos cajas en la mesa. Y más silencio. Ella estaba inclinada sobre el trabajo, concentrada, con esa forma suya de moverse despacio, como si cada gesto tuviera que encontrar su sitio exacto antes de existir.
Levantó la vista al oírme entrar.
—Pensé que tardarías más.
—Sí, yo también.
Sonrió, pero no parecía sorprendida.
Me acerqué sin preguntar. La caja estaba allí. Terminada… o casi.
—¿Puedo? —pregunté, señalándola.
Asintió.
La abrí con cuidado, como si fuera algo frágil de una forma que no tenía que ver con la madera. Giré la llave y esperé.
La melodía empezó. Y esta vez sí. Esta vez no dudaba, no porque fuera clara, sino porque sabía con exactitud hasta dónde quería llegar. No era alegre, pero tampoco triste. Era… honesta.
Me quedé escuchando hasta el final, sin moverme ni un ápice.
—¿Y? —preguntó ella.
Cerré la caja despacio.
—Sí —dije.
No añadí nada más, no hacía falta, porque por primera vez desde que había entrado en aquella tienda sabía exactamente lo que quería decir. Aunque no tuviera intención de hacerlo.
No la compré ese día. No porque no quisiera, sino porque, por alguna razón que no supe explicar, llevármela en ese momento habría sido demasiado claro.
—¿La dejo apartada? —preguntó ella, como si entendiera algo que yo no había dicho.
—Sí —respondí, aunque dudé un segundo de más.
Asintió sin más, cerrando la caja con cuidado, como si también eso formara parte de algo que no convenía alterar demasiado.
—Volveré —añadí, casi en voz baja.
—Lo sé.
No hubo más. Salí de la tienda con las manos vacías, pero con la sensación de llevar algo conmigo.
No volví al día siguiente, ni al otro. Intenté no hacerlo. Me repetí varias veces que no tenía sentido, que no era para mí, que todo aquello había sido solo una forma de llenar un rato que, de otro modo, habría pasado sin más.
Pero la melodía seguía ahí, aunque no entera, tampoco clara, sino solo fragmentos. Como si la recordara mal a propósito.
Hubo un momento en el que pensé en otra persona. No fue algo serio ni importante. Solo alguien con quien habría tenido sentido hacer un regalo. O eso creí.
Entré en una tienda cualquiera, miré un par de cosas, sostuve una caja entre las manos que no tenía nada que ver con aquella. La abrí, giré la llave, sonó y… no, no era. No sentía nada en absoluto. La cerré enseguida, con una incomodidad que no supe muy bien de dónde venía.
Salí de allí con la sensación extraña de haber intentado algo que no encajaba desde el principio. Y fue entonces cuando lo entendí. No del todo, pero lo suficiente.
Volví a la tienda esa misma tarde. No esperé más, porque la verdad es que no podía hacerlo.
La puerta sonó igual, dándome la bienvenida con su tintineo. Esta vez el sonido me pareció más claro, como si lo estuviera escuchando por primera vez de verdad, fijándome más en ese sonido.
Ella estaba en la mesa, y levantó la vista al verme entrar. Durante un segundo, no dijo nada, pero sí que vi esa sonrisa que se asomaba en la comisura de sus labios rosados, haciendo que unos pequeños surcos se dibujaran alrededor de sus ojos.
—Pensé que no volverías —dijo al final, alegre—. Al menos, no tan pronto.
—Yo también.
No sonó como una broma. Me acerqué sin detenerme por las estanterías.
—¿La tienes? —pregunté.
Asintió, girándose para cogerla, y la colocó de inmediato sobre la mesa, con sumo cuidado.
—No la he tocado desde que te fuiste.
—Mejor.
No supe por qué dije eso. Abrí la caja despacio y giré la llave para recordar sus dulces notas. La melodía empezó a sonar.
Esta vez no tuve dudas, no porque la entendiera mejor, sino porque ya no estaba intentando entenderla.
La dejé sonar un momento más largo que la otra vez, y luego la cerré.
—Me la llevo —dije.
No pregunté el precio. Ni hacía falta hacerlo.
Ella asintió, pero no se movió de inmediato.
—¿Estás segura?
—Sí —respondí, mirándola con atención.
Aquella mujer tenía algo que hacía no poder apartar la vista de sus ojos.
Se colocó el mechón detrás de la oreja con un dedo aún manchado de grasa, hizo un gesto leve con la cabeza, como si aceptara la respuesta sin necesitar nada más, y la envolvió con el mismo cuidado de la primera vez.
El mismo papel marrón. El mismo gesto cuidadoso.
Pero no era lo mismo. Algo había cambiado en ella, o en nosotras.
Pagué, cogí la bolsa y me quedé un segundo más de la cuenta, sin saber muy bien por qué.
—Gracias —dije.
—De nada.
Nada más. Salí tras girarme levemente a mirarla antes de cerrar la puerta tras de mí.
No la abrí al llegar a casa, sino que la dejé sobre la mesa, todavía dentro de la bolsa, como si sacarla fuera a cambiar algo que aún no estaba del todo decidido.
Pasó un rato. Luego otro. Y al final, la saqué. La apoyé delante de mí. La abrí y giré la llave. La melodía empezó.
Esta vez sí. Esta vez no tenía nada que ver con nadie más, ni con ninguna otra opción, ni con ninguna excusa.
La dejé sonar hasta el final, y cuando terminó, no la cerré enseguida, la dejé abierta, como si al hacerlo pudiera mantener algo de todo aquello un poco más. Pero no funcionó. Nunca funciona así.
Al día siguiente volví, sin pensarlo demasiado. O quizá pensándolo lo justo. Tenía que volver y terminar lo que había empezado.
La tienda estaba igual, como siempre lo estaba.
Ella levantó la vista al verme entrar y no dijo nada. Yo tampoco.
Me acerqué despacio hasta la mesa y saqué la caja de la bolsa para dejarla entre las dos.
No la empujé hacia ella ni la aparté. Solo la dejé ahí y abrí la tapa. Después, sin dudar, y bajo su atenta mirada, giré la llave hasta el final, queriendo grabar en mi mente para siempre esa melodía.
Empezó a sonar. Yo no la miré, no al principio, pero sí que notaba que ella sí lo hacía. Me quedé escuchando unos segundos. Y luego, levanté la vista.
No dije nada. No hacía falta hacerlo. Acerqué los dedos para cerrar la tapa, pero su mano se movió rápida, deteniendo la mía con un roce suave sobre el dorso.
Fue un contacto mínimo, apenas un roce de piel contra piel, pero sentí esa caricia por todo mi cuerpo como un escalofrío eléctrico.
Ninguna de las dos se apartó. Sostuvimos el contacto mientras la melodía de la cajita seguía desgranándose entre nosotras, llenando el espacio sus-pendido.
Levanté los ojos y me clavó una mirada tan directa y fija que me desarmó por completo.
En ese instante, al compás del tintineo metálico, supe que me estaba leyendo el pensamiento; leyó mi timidez, la confesión muda y todo lo que nunca le había dicho en las visitas anteriores.
Estábamos tan cerca que el impulso me gobernó antes de que pudiera frenarlo.
Alargué la mano libre y, con una lentitud temblorosa, le aparté el mechón rebelde que le caía sobre la cara, rozando la calidez de su mejilla.
Al dejar su rostro al descubierto, la realidad me golpeó de golpe: fui plenamente consciente de haber traspasado una barrera invisible, un límite que ya no pertenecía al de una compradora y una artesana.
El pánico y una oleada de vergüenza me encendieron las mejillas.
Retiré la mano como si me hubiera quemado.
—Gracias —murmuró ella, con una voz que vibraba de un modo distinto.
El suelo pareció tambalearse bajo mis pies. Incapaz de sostener la intensidad de lo que acababa de ocurrir, di un paso atrás, me di la vuelta y salí de la tienda casi a la carrera, empujando la puerta con el corazón desbocado.
Ya no me quedé a escuchar cómo terminaba. La melodía siguió sonando cuando cerré la puerta. Y no volví a saber en qué momento se detuvo .
Te esperé sin saberlo
Clara no sabía muy bien cómo había acabado allí, entre barricas de madera vieja y ese olor denso y dulzón que no lograba nombrar.
Su amiga llevaba más de una hora dentro, entusiasmada en el curso intensivo de catas de vino. Clara, que se había ofrecido a acompañarla unos días, aguantó exactamente diez minutos dentro. Diez. Lo suficiente para confirmar que no le gustaba el vino, ni la pomposidad de intentar entenderlo.
Salió con una excusa vaga que a nadie pareció importarle y se quedó fuera, sin saber muy bien qué hacer.
—¿Te has escapado? —Aquella voz la sorprendió más de lo que debería.
Él estaba apoyado en una de las barricas, como si llevara ahí todo el tiempo. No sonreía del todo, pero tampoco parecía serio, solo tranquilo.
—Algo así —admitió ella.
—Suele pasar. —No se burlaba, su tono era más bien de pura costumbre.
—No me gusta el vino —confesó Clara tras dudar un segundo.
Él asintió, sin dramatismo.
—Eso es porque nadie te ha explicado cómo hacerlo.
Ella soltó una pequeña risa, más por educación que por otra cosa.
—O porque no me gusta y ya está.
—También puede ser.
Se produjo un silencio entre los dos. No se conocían de nada, pero no era incómodo.
—Si quieres —dijo él, al cabo de unos segundos—, puedo enseñarte algo mientras esperas.
Clara estuvo a punto de decir que no por inercia, por costumbre, por no complicarse. Pero no lo hizo.
—Vale —respondió al fin, encogiendo los hombros, y no supo muy bien por qué.
Él se incorporó de la barrica con una lentitud tranquila, como si no tuviera prisa por nada.
—Soy Luc.
—Clara.