Chapter 6 #2
La melodía empezó a sonar, esta vez era más lenta, más clara, aunque seguí sin decir nada. No sabía cómo opinar sobre esa canción.
—Esa sí dice algo —añadió ella.
—¿Y qué dice?
—Depende de a quién se la quieras dar.
—Siempre depende de eso, ¿no?
Asintió con la cabeza, en señal de respuesta afirmativa. Giré otro poco, como si quisiera que durara más tiempo.
—¿Y si no es para regalar?
Levantó la vista.
—Entonces es peor.
—¿Por qué?
—Porque entonces ya no hay excusa.
No supe qué contestar a eso. Cerré la caja despacio, pero esta vez no la dejé en la estantería. Me la quedé un segundo entre las manos, mirando la madera, los bordes, como si pudiera encontrar ahí algo más.
—¿Cuánto cuesta esta?
Me miró un momento, como si la pregunta no fuera del todo lo que parecía.
—¿Para quién es?
Dudé un solo un segundo y me encogí de hombros.
—Todavía no lo sé.
Asintió, sin insistir.
—Entonces no es esa.
—¿Por qué? —Fruncí un poco el ceño.
—Porque cuando es la correcta lo sabes antes de preguntar.
Sostuve la caja un segundo más, y luego la devolví a su sitio.
—¿Nunca te equivocas?
—Todo el tiempo. —Sonrió, esta vez un poco más, y no pude evitar devolverle la sonrisa.
—Entonces no parece un método muy fiable —bromeé.
—No lo es —admitió—. Pero funciona mejor que pensar demasiado.
Bajé la mirada, casi sin darme cuenta.
—Eso también es bastante común, ¿no?
—¿El qué?
—Pensar demasiado.
—Sí —respondió—. Y no suele ayudar.
El silencio que vino después fue distinto a los anteriores. No más incómodo, pero sí más consciente. Como si, sin querer, hubiéramos dicho algo que no estaba del todo en la superficie.
Me aparté un poco de la estantería.
—Creo que hoy tampoco necesito nada —dije.
Me acerqué a la puerta, pero antes de salir me detuve un segundo.
—¿Puedo…? —Señalé una de las cajas cercanas.
—Claro.
La abrí, giré la llave y dejé que empezara a sonar. No era la misma de antes. Ni siquiera sabía por qué había elegido esa. Me quedé un segundo escuchándola, pero la canción no me decía nada, por lo que, tras un momento, la cerré.
—Gracias —dije.
—De nada.
Y salí. Salí de aquella tienda que hizo que sintiera algo dentro. No sabía si una melodía alegre, esperanzadora o de qué tipo. Y esta vez tampoco pensé en ello después. O al menos eso fue lo que intenté.
Volví una semana después. Esta vez no me inventé ninguna excusa. Ni cumpleaños, ni regalo, ni estar de paso. Simplemente… fui y entré porque sí.
La puerta sonó igual que siempre, con ese pequeño tintineo que ya empezaba a resultarme familiar, como si también formara parte de alguna melodía.
La chica no estaba en la mesa que hacía de mostrador.
Me detuve un segundo, casi en mitad de la tienda, con esa sensación extraña de haber llegado antes de tiempo a algo, mirando a los lados.
Entonces, la escuché moverse al fondo. Un golpe seco pero suave, madera contra madera, y después, el sonido de algo metálico, puede que algún engranaje que encajaba en su sitio.
—Pensé que hoy no vendrías —dijo, sin aparecer todavía, seguramente sin haberme visto siquiera.
Sonreí sin darme cuenta.
—¿Por qué?
—Porque ya has venido dos veces sin necesitar nada.
Apareció entonces, limpiándose las manos con un paño pequeño, como si acabara de dejar algo a medias.
Me encogí de hombros, avanzando un poco más hacia el interior.
Me miró un segundo más de lo habitual, aunque no dijo nada más. Ni yo tampoco dije nada. Esta vez tampoco hacía falta.
Me acerqué directamente a una de las estanterías, sin esperar a que me guiara. Abrí una caja, giré la llave, pero la cerré antes de que terminara. No me terminaba de convencer. Luego hice lo mismo con otra.
—Hoy estás probando —comentó ella, más con una afirmación que una pregunta.
—¿Eso es raro? ¿Malo? Lo sien…
—No —respondió, cortándome con dulzura—. Solo es distinto.
—¿De qué?
—De venir a buscar algo.
Me detuve un momento con una caja entre las manos.
—¿Y si no sé lo que busco?
Se apoyó en la mesa, observándome con esa calma suya que empezaba a descolocarme más de lo que me gustaría.
—Entonces no estás buscando una canción.
—¿No?
—No. —Negó con suavidad—. Estás intentando reconocerla.
Bajé la mirada hacia la caja que tenía entre las manos. No respondí. La abrí despacio y giré la llave. La melodía que empezó a sonar esta vez tampoco era especialmente bonita, al menos no me lo pareció de forma evidente. Era irregular. Como si dudara.
—Esa no suele gustar tanto —dijo.
—¿Por qué?
—Porque no es clara.
—A mí me gusta —murmuré, sin apartar la vista, porque llegaba a apreciar lo diferente que era de algunas otras.
—Entonces no es casualidad.
Levanté la cabeza.
—¿Nada aquí lo es?
Sonrió un poco.
—Casi nada.
El sonido siguió unos segundos más hasta apagarse.
—¿Para quién es? —preguntó entonces, y esta vez la pregunta no sonó igual. No era automática, ni parte de su trabajo. Era diferente, así se sentía.
Apoyé la caja sobre la estantería, sin cerrarla del todo.
—No lo sé.
—Antes tampoco lo sabías.
—Ya.
—Pero entonces no era verdad.
La miré.
—¿Y ahora sí?
No respondió enseguida.
—Ahora te has detenido más —dijo al final.
—Eso no significa nada.
—Sí que significa algo.
El silencio volvió a caer entre nosotras, pero esta vez no era ligero, pesaba un poco más.
—Vale —dije, soltando el aire—. Supongamos que es para alguien.
Asintió, como si eso fuera suficiente para empezar.
—¿Cómo es?
Sonreí, casi por reflejo.
—Siempre empiezas por ahí.
—Es la única forma de averiguarlo.
Apoyé la espalda contra la estantería, cruzando los brazos sin darme cuenta, más cómoda y con más confianza de lo que en un principio pudiera parecer ya que estaba en una tienda comprando una cajita de música.
—Es… complicado.
—Mejor.
—¿Mejor?
—Sí. —Se encogió de hombros—. Las canciones fáciles no suelen decir gran cosa.
Bajé la mirada un segundo, buscando las palabras.
—No se queda mucho tiempo a mi lado —dije al final. No levanté la vista, pero noté cómo ella dejaba de moverse—. Pero cuando está… —continué— es como si no tuviera que estar en ningún otro sitio.
Me quedé en silencio un instante.
—Y eso es lo raro —añadí, casi en un murmullo—. Porque luego se va. O bueno… no, luego me voy yo. Ya ni siquiera lo sé. No sé nada. Esto es… es un lío, no sé.
No dije más, tampoco hacía falta.
La tienda se quedó en ese punto exacto en el que todo parece suspendido un segundo más de lo normal.
—¿Y quieres que lo sepa? —preguntó.
Levanté la cabeza.
—¿Que sepa el qué?
—Eso.
—No lo sé —dudé.
—Entonces no es esa —dijo, casi como antes, pero esta vez no sonó igual.
—¿Y si no quiero decírselo?
—Entonces no es para él.
Fruncí un poco el ceño.
—¿Y si sí es para ella... —corregí— pero no quiero decirlo?
Me sostuvo la mirada. Se sopló el mechón de la cara con un suspiro suave y, por primera vez desde que había entrado en la tienda, no pareció tener una respuesta inmediata.
Fruncí un poco el ceño.
—Entonces —dijo despacio, pensando— estás buscando una canción que haga las dos cosas.
—¿Eso existe?
Tardó un segundo en responder.
—A veces.
No dijo nada más después de eso. Se giró hacia la mesa de trabajo, como si la conversación hubiera terminado ahí, pero no del todo. Como si se hubiera quedado algo abierto, suspendido entre las dos, sin forma clara.
Yo no me moví. Me quedé donde estaba, apoyada en la estantería, con esa sensación de haber dicho algo más de lo que pretendía. O quizá de haberlo dicho de una forma que no tenía vuelta atrás, aunque en realidad no hubiera dicho nada concreto.
Ella apartó algunas piezas, movió una caja a un lado y buscó algo entre las herramientas.
—Ven —dijo al cabo de unos segundos.
No fue una invitación como tal. Más bien una indicación suave.
Me acerqué despacio, sin preguntar.
Sobre la mesa había varias cajas abiertas, todas a medio hacer. Mecanismos sin montar del todo, pequeñas piezas ordenadas con una precisión casi obsesiva.
—Esta te podría servir. —Señaló una de ellas.
Me incliné un poco para verla mejor. Era más pequeña que las otras, más sencilla, sin adornos todavía, como si aún no tuviera una forma definitiva y estuviera a medio hacer.
—Todavía no está terminada —añadió.
—No pasa nada.
Negó despacio con la cabeza.
—Sí pasa. —Hizo una pausa breve—. Porque si no está terminada, puede cambiar.
—¿Y eso no es bueno?
Levantó la vista hacia mí.
—Depende de lo que quieras que diga.
No respondí.
Se sentó en el taburete, cogió una herramienta fina y ajustó una de las piezas con un gesto preciso, casi automático.
—Antes has dicho que no se queda —murmuró, sin mirarme—. Pero que cuando está, es como si no tuviera que estar en ningún otro sitio.
Sentí algo moverse dentro de mí, aunque no sabría decir exactamente qué.
Asentí con la cabeza mientras ella giraba despacio el mecanismo.
—Eso no es fácil de traducir, porque no es solo una cosa.
—No.
Se detuvo un momento, como si estuviera escuchando algo que aún no sonaba.
—Es algo que empieza sin avisar —continuó—. Y cuando te das cuenta, ya está ahí. Pero no dura —añadió, casi en un susurro.
Bajé la mirada hacia la mesa.
—No.
Hubo un silencio. Luego giró la llave y la melodía que sonó no era como las anteriores. No empezaba suave, no era clara. Tampoco era confusa. Era… irregular. Como si avanzara un poco a ciegas, probando, dudando, encontrando el camino mientras sonaba.
Me quedé quieta.
—Aún no está bien —dijo ella—. Le falta algo.
No sabía qué decir.
—¿Qué le falta? —pregunté al final.
No respondió enseguida, sino que ajustó otra pieza y probó de nuevo. La melodía cambió apenas un matiz, pero lo notaba.
—No lo sé —admitió—. Algo que la cierre… pero sin cerrarla del todo.
—Eso no tiene mucho sentido. —Su sonrisa hacía que yo sintiera algo.
—Ya.
La miré.
—Pero suena a eso.
Ella levantó la vista entonces.
—¿A qué?
—A algo que no termina de decirse.
Se quedó quieta un segundo.
—Entonces vamos bien.
El silencio volvió, pero esta vez no era cómodo del todo. Tampoco incómodo. Como si cada palabra empezara a pesar un poco más de lo que debería.
—¿Cuánto tiempo necesitas? —pregunté.
—¿Para terminarla?
Asentí, y ella se encogió de hombros.
—Depende.
—¿De qué?