Chapter 6
Nunca te lo dije
La primera vez que entré en la tienda no iba buscando nada especial.
Fue una de esas decisiones pequeñas que se toman sin pensar demasiado, como girar por una calle distinta o entrar en un sitio solo porque la puerta está abierta.
Vi el cartel de la entrada y me llamó la atención ese pentagrama que iba de punta a punta.
Afuera hacía frío, lo suficiente como para agradecer un poco de refugio, y la madera oscura del escaparate parecía prometerlo.
No había nadie dentro, o eso pensé al principio, ya que estaba todo sumido en un silencio tan sepulcral que hasta me daba reparo avanzar por el suelo que crujía bajo mis pies.
La tienda era más profunda de lo que parecía desde fuera.
Las estanterías altas, de esas en las que para llegar hasta arriba te tienes que subir a un escalón o pequeña escalera.
Todo estaba hecho de madera envejecida. Los pasillos y sus estantes estaban repletos de cajas de música artesanales de todos los tamaños.
Algunas se exponían abiertas; otras cerradas, pero ninguna llevaba nombre, título de la canción ni nada parecido.
Algunas giraban en silencio, como si la música acabara de detenerse y sus engranajes estuvieran a punto de hacerlo.
Otras reposaban quietas, esperando a ser elegidas para ponerse en marcha.
Di un par de pasos más hacia un largo pasillo, con esa sensación de no saber muy bien si debía estar allí, pero algo me hacía seguir explorando y adentrarme en aquel mundo tan mágico.
Entonces, sonó. No fue una melodía fuerte, ni reconocible al instante. Fue más bien un hilo de música, suave, como si alguien la hubiera dejado escapar sin querer. Giré la cabeza hacia el fondo de la tienda, intentando encontrar de dónde venía.
—Esa suele confundir —dijo una voz que me sobresaltó.
Allí estaba ella, detrás de una mesa de trabajo que no se le podría llamar ni siquiera mostrador.
Estaba casi escondida entre herramientas pequeñas, piezas sueltas y varias cajas desmontadas.
Tenía una en las manos, abierta, y con la yema de sus dedos, rozados por una fina capa de grasa negra del minúsculo motor de la cajita, giraba con cuidado un mecanismo diminuto, como si cualquier movimiento en falso pudiera romperlo.
—¿Confundir por qué? —respondí, acercándome un poco más.
Asintió sin dejar de mirar lo que hacía.
—Porque la gente que la escucha cree que la reconoce —explicó—. Pero no es una canción concreta, sino que está inspirada en varias.
Me acerqué un poco más para seguir escuchándola mejor, pero ya estaba demasiado cerca de ella y de su perfume amaderado con un deje a resina de pino, que se combinaba a la perfección con el olor de su tiendecita.
Tenía una caja sencilla, de madera clara, sin muchos adornos todavía.
Dentro, el mecanismo giraba despacio, marcando el ritmo de esa melodía que parecía no terminar de decidirse.
—Es muy bonita —dije. Estaba tentada a tocarla, pero me contuve.
—Lo es —respondió, casi en un murmullo—. Pero no es fácil de regalar.
No supe muy bien por qué, pero esa frase me hizo sonreír un poco, su misterio me atrapaba.
—¿Y eso por qué?
Levantó la vista entonces, e hizo contacto directo con mi mirada curiosa.
—Porque no dice nada concreto —respondió—. Y la gente suele querer decir algo cuando regala una caja de música.
Miré a mi alrededor, fijándome en todas esas cajas que me rodeaban. Todas esas melodías, cada una con su significado concreto.
—¿Y todas dicen cosas distintas?
—Depende de quién escuche.
Hubo un pequeño silencio después de eso, aunque no fue incómodo.
Me giré hacia una de las estanterías más cercanas y pasé los dedos por una de las cajas cerradas. Se sentía la madera tratada, tallada con esmero y cuidado. Suave pero con su parte un poquito áspera. Y su olor… ay, qué olor tenía esa tienda.
—Necesito un regalo —dije, casi sin pensarlo.
—Por supuesto. Siempre es así —respondió, sonriendo mientras asentía.
No supe si lo decía por mí o por todos los que entraban allí.
—Es para un cumpleaños —añadí.
Dejó con cuidado la caja que tenía entre las manos, como si la conversación hubiera cambiado de dirección, y se acercó a mí.
—¿Para quién es? —preguntó, acercándose, para poder ayudarme a elegir la mejor opción.
—Para una amiga.
Asintió, como si eso fuera suficiente para empezar a buscar la caja ideal.
—¿Y cómo es ella?
La pregunta me pilló desprevenida.
—Pues… no sé… —dudé—. Normal —respondí, encogiéndome de hombros.
Negó con suavidad con la cabeza.
—Nadie es «normal» cuando tienes que elegir una canción para ellos.
Me quedé en silencio un segundo, buscando una forma mejor de explicarlo.
—Es… —Me empezaba a poner nerviosa, sentí que las mejillas me ardían—. De esas personas que parecen tranquilas, pero luego siempre están pensando en mil cosas.
Sonrió un poco, como si reconociera ese tipo de descripción, haciendo que me relajase más, me sintiese más cómoda.
—Ajá… Vale. Por aquí.
Se giró hacia una de las estanterías del fondo y sacó una caja pequeña, más oscura que la anterior. La abrió con cuidado y giró la llave para darle cuerda.
La melodía que sonó esta vez era distinta. Más clara, más directa, expresando a la perfección el significado. No sabría explicarlo mejor, pero parecía magia haber elegido una entre tantísimas que había, como si hubiera leído mi mente, acertando de pleno.
—Esta suele funcionar —dijo, moviendo de forma imperceptible el pie al ritmo de la música, pero yo me di cuenta de ello y me hizo sonreír.
Me acerqué un poco más para seguir escuchándola mejor, pero ya estaba demasiado cerca de ella y de su perfume amaderado, combinado a la perfección con su tiendecita.
—¿Por qué?
—Porque empieza suave —explicó—, como si no fuera a decir nada, y luego cambia un poco. No mucho, pero lo justo para darle ese toque especial.
—¿Y eso qué significa? —pregunté, mirándola con atención.
—Que depende de lo que quieras que signifique. —Se encogió de hombros.
No respondí, sino que me quedé escuchando más tiempo la melodía hasta que terminó poco a poco, dejando de sonar de forma paulatina.
—Me gusta —dije al final, asintiendo.
—Entonces es esa.
Y así de simple fue escoger la cajita de música perfecta para mi amiga. Pagué, aprecié la bolsa de papel marrón y salí con ella, además de con una sonrisa.
No pensé en ello después. O eso me dije. Aunque volví unos días más tarde porque de forma inconsciente venía a mi mente todo aquel ambiente y lo que me hizo sentir.
No tenía ningún cumpleaños esa semana. Ni ningún regalo pendiente. Pero pasaba por allí, eso quise pensar, no que mis pasos fueron en modo automático en esa dirección.
La puerta sonó al abrirse, igual que la otra vez. Y la tienda seguía igual. Madera, silencio, cajas esperando, olor a madera y metal mezclados, temperatura que te refugia del frío del exterior y hace sentirte arropada...
La artesana estaba en el mismo sitio que el otro día.
Tenía el pelo recogido en un moño alto y algo deshecho, del que se escapaba un mechón rebelde que le caía sobre la mejilla mientras trabajaba.
Levantó la vista al verme entrar y, durante un segundo, tuve la sensación de que me reconocía.
No sé si físicamente o de la forma en la que me dio la sensación la otra vez, como si ya nos conociéramos de antes y no tuviéramos que fingir esa cordialidad de simples desconocidas.
—Bueno… ¿Funcionó? —preguntó.
Tardé un segundo en entender a qué se refería.
—¿La caja? Sí —respondí, mientras asentía con la cabeza y con una sonrisa—. Creo que sí.
—¿Crees?
Sonrió un poco, y esta vez sí lo hizo mirándome con más atención, leyendo la expresión de mis ojos, estoy segura de ello.
—No siempre se sabe, supongo —añadí.
Asintió, como si eso tuviera sentido.
—¿Y hoy?
—Hoy no necesito nada.
—Entonces vienes a escuchar —dijo, extendiendo el brazo en dirección a los pasillos, invitándome a curiosear un poco.
No lo dijo como una pregunta, pero yo respondí negando con la cabeza, aunque no estaba muy segura.
—Solo pasaba por aquí.
No insistió, solo esbozó una dulce sonrisa. Se giró de nuevo hacia la mesa de trabajo y siguió con lo que estaba haciendo, entre pequeños instrumentos, engranajes y una lupa gigante anclada a la mesa.
Yo me quedé un momento parada, sin saber si pasear descubriendo lo que escondían las cajas o irme. Como si no supiera muy bien qué hacer con mi propia excusa. Luego, avancé despacio entre las estanterías.
Había algo distinto en escuchar sin tener que elegir, podía disfrutar sin tener en mente cómo encajaría con una persona en concreto, así que decidí abrir una caja al azar y giré la manivela.
La melodía empezó, suave, llenando el espacio sin pedir permiso.
—Esa es peligrosa —me advirtió ella desde el fondo y ya me empezaba a hacer gracia que para cada caja tenía un comentario diferente que hacía que me llamase la atención.
—¿Por qué?
—Porque parece alegre.
La miré, alzando la vista, pidiendo más explicación.
—¿Y no lo es?
Negó con la cabeza.
—Solo al principio.
—Pues suena alegre —insistí, levantando las cejas, como si no terminara de creerlo.
—Ya —respondió—. Pero eso no significa que lo sea. ¿Nunca has tenido que decir «estoy bien» aunque no lo estés? Puede no ser lo que en un principio nos hagas creer.
Cerré la caja despacio, como si al hacerlo fuera a comprobar si tenía razón o no. El sonido se detuvo de golpe, dejando un silencio breve detrás, como si faltara algo.
—Eso es un poco trampa —me quejé.
—¿El qué?
—Que algo parezca una cosa y luego sea otra.
—Supongo que es más común de lo que parece. —Se encogió de hombros, apoyando una mano cuyas uñas guardaban el rastro del aceite de los engranajes sobre la mesa y cruzando una pierna.
—Asignar canciones a cosas que la gente no dice.
—No siempre —respondió—. A veces es al revés.
—¿Cómo?
—La gente ya tiene algo que no sabe decir y busca una canción que lo haga por ellos.
Me quedé quieta un segundo, con la mano todavía sobre la manivela de la caja.
—Tiene sentido —murmuré.