Tropezar contigo Chapter 5 #4
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Chapter 5 #4

El sábado llegó demasiado rápido, y Violet odió eso, porque llevaba dos días enteros pensando en aquel beso cada vez que intentaba dormir.

En las manos de Nico, en cómo se aferraba a su cuerpo, cómo había perdido por fin esa calma insoportable justo antes de besarla otra vez contra el piano.

Y lo peor era que después no había ocurrido nada dramático.

Nada de conversaciones intensas, nada de «¿qué hacemos ahora?», nada de promesas. Solo silencio.

Nico la había acompañado hasta la puerta de su calle bajo la lluvia, con las manos en los bolsillos otra vez, aunque esta vez caminando demasiado cerca, y antes de irse, la había besado de nuevo, aunque más suave, y más peligroso también.

Como si ya supiera exactamente cómo hacerle perder la lucha contra su cabeza.

—Buenas noches, Violet.

Y otra vez esa manera de decir su nombre que le desordenaba todo. Fin. Ni mensajes, ni llamadas, ni nada. Perfecto. Perfectísimo.

Por eso, cuando llegó al auditorio el sábado y lo vio ya sentado al piano, el corazón volvió a comportarse como un completo imbécil.

Nico levantó la vista enseguida esta vez. Y su mirada cambió, solo un poquito, algo casi imperceptible, pero Violet lo vio recordar en su mente lo mismo que ella.

La sala estaba llena de músicos afinando instrumentos, voces cruzándose entre bastidores y profesores caminando arriba y abajo con prisas absurdas. Sin embargo, en medio de todo eso, Nico seguía mirándola, demasiado tranquilo otra vez.

Violet dejó el estuche sobre una silla.

—No pienso ponerme nerviosa —soltó antes siquiera de saludarlo.

La comisura de los labios de él se curvó un poco.

—Claro que no.

—Ni mirarte demasiado.

—Eso va a costarte más.

Maldito. Violet intentó ignorar el calor que le subió al cuello mientras abría el saxofón.

Nico se inclinó hacia ella.

—Por cierto. —Que susurrase tan cerca de su cuello la ponía muy nerviosa, en el buen sentido.

—¿Qué?

—Sigues mordiéndote la mejilla.

Desastre total. Ella apartó la vista de inmediato, y Nico soltó una risa muy baja.

El profesor apareció entonces, salvándole la vida.

—Cinco minutos y salís vosotros.

Perfecto. Maravilloso. Fantástico. Los nervios se intensificaron hasta niveles insospechados. Violet respiró hondo mientras colocaba la correa del saxofón.

Pero entonces, notó una mano rozándole con delicadeza los dedos.

Nico.

Solo un instante, lo suficiente para que levantara la vista hacia él.

— Ey —murmuró con calma—, respira conmigo.

El estómago le dio un vuelco absurdo, porque eso era exactamente lo que le había dicho el primer día sobre la música.

—Respira primero. Después entra.

Y Violet entendió de golpe que Nico llevaba días enseñándole a tocar con él de la misma manera que estaba aprendiendo a estar cerca de ella: sin correr, sin adelantarse sintiendo primero.

—Nos toca —avisó alguien desde el escenario.

Las luces del auditorio parecían más fuertes de lo normal cuando salieron.

Violet intentó concentrarse en el público, en las partituras, en cualquier cosa que no fuera Nico sentado frente al piano.

Fracaso absoluto, porque entonces él levantó la vista, y ahí estaba otra vez: esa conexión silenciosa, íntima.

Como si el resto de la sala desapareciera un poco cuando se miraban.

Nico dejó caer las manos sobre las teclas y comenzó la melodía. Violet lo sintió de inmediato. Era distinto, no estaban tocando igual que durante los ensayos; ahora se escuchaban de verdad.

Ella respiró con la música. Con él. Y las notas fluían suaves, limpias, naturales. Sin esfuerzo.

Nico la observó apenas un segundo durante una entrada complicada, y Violet entró perfecta, justo en el momento indicado.

La pequeña sonrisa que apareció en la boca de él casi la mata allí mismo.

El público desapareció completamente después de eso. Solo existían el piano, el saxofón y esa tensión absurda vibrando entre ambos como otra parte de la melodía.

Y entonces llegó el puente, la parte donde siempre fallaba.

Violet levantó la vista de forma instintiva. Nico ya la estaba mirando, esperándola, y por primera vez desde que lo conocía, ella no se adelantó. Lo sintió. Entró en el instante correcto. Perfecta.

El piano de Nico respondió, envolviendo su melodía como si llevaran años tocando juntos.

Y ahí pasó algo muy pequeño, invisible para cualquiera que estuviera mirando desde fuera, pero enorme para ellos, porque Nico perdió la compostura, solo un poco, lo suficiente para que Violet lo notara sonreír mientras seguía tocando.

Era una sonrisa real, imposible de esconder.

Y Violet sintió una felicidad tan intensa y repentina que casi le dio miedo.

El último acorde quedó suspendido en el auditorio y se hizo un silencio sepulcral.

Después, tras la reacción de los asistentes, aplausos. Muchos.

Pero Violet apenas los escuchó, porque Nico seguía mirándola desde el piano, con esa expresión peligrosa, cálida, completamente distinta a la del primer día.

El profesor dijo algo, alguien les dio la enhorabuena y varias personas pasaron cerca hablando demasiado alto.

Violet no se enteró de nada, solo fue consciente de Nico acercándose despacio entre bastidores mientras la gente empezaba a recoger.

—Lo has hecho perfecto —murmuró él.

Ella soltó una risa pequeña.

—Milagro musical.

—No. —Nico negó despacio—. Me has escuchado.

Y madre mía, la forma en la que dijo eso hizo que Violet sintiera un calor lento recorriéndole el pecho.

—Puede ser.

Nico dio un paso más hacia ella. Muy cerca otra vez.

—Y ahora mismo me está costando muchísimo no besarte otra vez.

«Destrucción absoluta». Violet miró alrededor instintivamente.

—Aquí no.

La media sonrisa de él apareció lenta.

—Entonces ven conmigo.

Nico caminó delante de ella por el pasillo trasero del auditorio, apartándose del ruido de la gente, de los profesores y de las felicitaciones.

Violet apenas escuchaba nada de lo que ocurría alrededor, solo el sonido de sus pasos y el pulso fuera de control dentro de su pecho.

Él abrió una puerta lateral que daba a una pequeña terraza cubierta. El aire nocturno entró frío, mezclado con olor a lluvia.

Por fin silencio. Nico se giró hacia ella despacio. La estaba mirando exactamente igual que la noche del piano, igual que antes de besarla.

—No deberías mirarme así.

—¿Así cómo?

—Como si fueras a volver a hacerlo.

Nico dio un paso hacia ella.

—¿Y si quiero volver a hacerlo?

El estómago de Violet se desintegró un poco.

—Entonces eres un problema.

La sonrisa de él apareció lenta.

—Tú empezaste.

—Eso es literalmente mentira.

—Me mirabas muchísimo.

—Porque tú estabas buenísimo tocando el piano, perdona.

Nico se quedó quieto un instante, asimilando el golpe de sinceridad, y entonces se echó a reír de verdad. Una risa baja, cálida, distinta a todas las pequeñas sonrisas contenidas que había soltado hasta el momento.

Violet se le quedó mirando, fascinada, porque descubrió algo peligrosísimo: le gustaba muchísimo hacerlo reír.

Nico volvió a acercarse, esta vez despacio, sin prisas.

—Ven aquí —murmuró.

La besó otra vez, antes incluso de que ella terminara de respirar, pero ahora ya no había tensión contenida ni miedo a equivocarse. Ya no estaban intentando resistirse. El beso fue más suave al principio, más lento, como si ambos quisieran sentirlo por completo esta vez.

Violet deslizó las manos por el cuello de Nico y él soltó el aire, acercándola más hacia él por la cintura.

La lluvia seguía sonando.

—Llevas días volviéndome loco —confesó él entre beso y beso.

—¿Días?

Nico apoyó la frente contra la suya y soltó una pequeña risa incrédula.

—Violet, casi te beso el primer ensayo.

Eso le provocó una felicidad ridícula.

—Pues menos mal que eras el tranquilo de los dos.

—Lo era.

—¿Y ahora?

Nico la miró unos segundos antes de responder.

—Ahora no estoy seguro cuando estás cerca.

Violet notó cómo algo cálido le apretaba el pecho lentamente. No solo había deseo, no solo tensión. Había algo más peligroso creciendo debajo de todo aquello. Algo tierno, real.

Nico le apartó un mechón de pelo detrás de la oreja con una suavidad que le desarmó todavía más.

—¿Sabes qué es lo peor? —murmuró él.

—¿Qué?

—Que después de todo esto voy a seguir fijándome en cómo te muerdes la mejilla cuando te pones nerviosa.

Violet soltó una risa pequeña.

—Y yo voy a seguir mirándote demasiado cuando toques.

—Entonces estamos fastidiados.

—Muchísimo.

Se quedaron así un momento. Cerca, respirando el mismo aire frío, sin definir nada, sin prometerse nada, pero ya sin fingir.

Nico le rozó la nariz con la suya y sonrió.

—Supongo que ya no somos un casi.

Violet lo miró en silencio unos segundos; después, negó con la cabeza.

—No. Creo que somos exactamente esto, nosotros.

Y Nico volvió a besarla como si aquella respuesta le hubiera gustado más de lo esperado.