Chapter 5
Casi nosotros
La sala olía a madera vieja, café y metal, ambos fríos. Había instrumentos por todas partes. Un piano al fondo, varias fundas abiertas sobre las sillas y partituras desordenadas encima de casi cualquier superficie.
Violet llegó tarde, otra vez. Lo supo por la forma en que todos levantaron la vista nada más cruzar la puerta, apurada y con la respiración agitada.
—Perdón —murmuró, sujetando mejor el estuche del saxofón, que se le resbalaba del hombro.
Alguien al fondo dijo algo que no entendió. Otra persona se rio. Y entonces lo escuchó. No a él, sino su música. Una secuencia breve de notas, suave, improvisada, casi distraída, pero suficiente para que Violet girara la cabeza.
Él estaba sentado al piano, apoyado hacia delante, moviendo los dedos con tranquilidad sobre las teclas, como si no hubiera nadie más allí. Ajeno a todos.
No parecía intentar impresionar a nadie, y quizás por eso impresionaba, al menos a ella.
—Por fin —exclamó el profesor—. Ahora sí estamos todos.
Violet apartó la mirada con rapidez y buscó una silla libre, aunque solo quedaba una, y precisamente era la que estaba a su lado. Perfecto.
Él levantó la vista un poco cuando ella dejó el estuche en el suelo. No sonrió, pero tampoco parecía molesto, sino tranquilo.
—Llegas tarde —dijo.
Violet dejó escapar aire por la nariz.
—Gracias. No me había dado cuenta —soltó en modo irónico.
Algo parecido a una pequeña sonrisa, casi imperceptible, apareció en la comisura de sus labios.
—Soy Nico.
—Yo soy Violet.
Y eso fue todo, unas presentaciones inofensivas, sin segundas intenciones.
El siguiente ensayo empezó unos minutos después.
Violet ya había tocado aquella pieza decenas de veces, quizás demasiadas. Lo suficiente como para poder hacerla sin pensar demasiado, incluso con los ojos cerrados, si se lo propusiera.
Pero la sola presencia de él lo cambió todo de sitio. Violet levantó la vista sin querer, ya que debía estar concentrada en su propio instrumento, sus propias partituras.
Él marcó el ritmo con la cabeza apenas un segundo, y ella lo siguió de manera natural, instintiva, como si ya hubieran tocado juntos antes, como si el cuerpo lo hubiera decidido antes que su cabeza.
Se equivocó entrando tarde en un compás, y Nico la miró de reojo. Sin dejar de tocar, movió ligeramente la mano, marcando el tiempo, ayudándola.
Ahí, Violet supo dónde entrar y consiguió corregirse enseguida, cosa a la que él asintió despacio, con media sonrisa. Ni siquiera parecía consciente de haberlo hecho, y eso fue lo peor, porque Violet se dio cuenta de que se le había escapado.
No era la primera vez que tocaba con alguien, pero sí la primera vez que no necesitaba pensar, sino dejarse llevar y sentir.
El ensayo terminó casi dos horas después.
La mayoría empezó a guardar enseguida todo ese papeleo de partituras, fundas de instrumentos y demás pertenencias.
Cremalleras, conversaciones por encima de la música todavía flotando en la sala.
Las sillas se arrastraban y casi todos huían como si llegasen tarde a algún sitio.
Violet estaba cerrando el estuche del saxofón cuando escuchó la voz del profesor.
—Tú no te vayas todavía.
Levantó la cabeza.
—¿Yo?
—Sí, Violet. Y Nico tampoco.
Al otro lado de la sala, él ni siquiera pareció sorprendido. Perfecto.
—El sábado vais juntos en la segunda pieza y seguís entrando tarde —continuó el profesor—. Quedaos un rato más y arregladlo.
—Qué ilusión —murmuró Violet, frotándose las sienes.
Nico soltó una risa baja mientras acercaba el banco de nuevo al piano. Y, por primera vez desde que había llegado, la sala empezó a vaciarse alrededor de ellos.
La puerta terminó de cerrarse detrás del último alumno y Violet volvió a sentarse despacio, recolocando el saxofón sobre sus piernas mientras evitaba mirarlo demasiado. Error. Porque cuando intentaba no hacerlo, acababa fijándose aún más.
Nico deslizaba sin intención los dedos sobre las teclas, mientras comprobaba algo de la melodía. No parecía esforzarse. Ni siquiera parecía pensar demasiado cuando tocaba. Solo sentía. Y Violet odiaba un poco lo mucho que se notaba.
—Otra vez desde el treinta y dos —dijo él, sin levantar la vista.
Ella asintió y empezaron. Esta vez la sala sonaba diferente sin el resto. Una melodía más limpia. Como más íntima. Cada nota parecía quedarse suspendida un poco más entre ellos.
Violet intentó concentrarse en la partitura. Lo intentó de verdad. Pero entonces, Nico cerró los ojos apenas un instante mientras tocaba una progresión más lenta y sus dedos se deslizaron por las teclas con una suavidad absurda, y Violet dejó de leer.
La nuez de él subió y bajó despacio cuando tragó saliva antes de volver a entrar en la melodía.
Mal. Muy mal. Entró tarde otra vez.
Nico abrió los ojos y la miró directamente.
—Te estás perdiendo.
La voz le salió más baja de lo normal, y Violet apartó la vista enseguida.
—Lo sé.
Pero Nico seguía mirándola. Y ella podía sentirlo incluso sin devolverle la mirada.
Repitieron la pieza tres veces más. A la cuarta, Violet ya no sabía si estaba frustrada por la música o por él.
—No estás escuchándome —dijo Nico al final, dejando caer la mano sobre el borde del piano.
—Sí lo hago.
Él negó despacio.
—No. Estás intentando ir por delante.
Violet soltó aire, apoyando el saxofón en la silla de al lado.
—Bueno, perdona por no alcanzar tu iluminación musical.
Eso sí le arrancó una sonrisa de verdad, aunque pequeña, lenta, y muchísimo peor que las otras, porque esta vez, Violet la vio aparecer despacio mientras él bajaba la cabeza.
—Ven —dijo Nico entonces.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
Él señaló la partitura que tenía frente a él.
—Ven aquí.
Violet dudó un segundo antes de levantarse. Error otra vez. Porque de pie, tan cerca, todo empeoraba.
Nico levantó una mano y señaló un fragmento concreto de la pieza mientras ella se inclinaba ligeramente para verlo.
Demasiado cerca.
El brazo de él rozó el suyo. Solo un segundo. Pero Violet dejó de escuchar lo que estaba diciendo.
Podía notar el calor de su cuerpo. El olor limpio de su colonia mezclado con café. La forma tranquila en la que hablaba incluso estando tan cerca de ella.
—Aquí es donde dudas —murmuró Nico.
Violet tragó saliva. No tenía claro si seguían hablando de música.
Nico levantó la vista muy despacio, como si acabara de darse cuenta de lo cerca que estaban en realidad, y Violet cometió el error de sostenerle la mirada.
—Aquí —repitió, señalando el compás con el dedo—. Te adelantas porque intentas controlar la entrada antes de sentirla.
La voz le rozó el cuello más que el oído.
Violet intentó centrarse en la partitura, pero tenía demasiado presente el calor de su brazo pegado al suyo. Si movía un poco la mano, lo tocaría entero.
Se obligó a carraspear.
—Pues dilo más fácil, Mozart.
Él soltó una risa corta por la nariz.
—Escucha primero. Después entra.
—Qué profundo.
—Funciona, ya lo verás.
Nico giró apenas unos milímetros la cabeza hacia ella, y durante un segundo quedaron tan cerca que Violet pudo distinguir el tono exacto de sus ojos. Oscuros. Cálidos. Cansados. Como si durmiera poco.
Y entonces él se apartó. Solo un paso. Lo suficiente para que el aire volviera a entrarle en los pulmones.
—Otra vez —dijo.
Violet volvió a sentarse, intentando ignorar el pequeño desastre interno que acababa de instalarse en el pecho.
Empezaron de nuevo. Esta vez ella lo escuchó de verdad. No solo el piano, sino a él. La manera en que respiraba justo antes de ciertos cambios. Cómo movía ligeramente el hombro al marcar el ritmo. El instante exacto en que relajaba la mandíbula cuando una parte de la melodía le gustaba.
Y por primera vez, entró perfecta.
Nico levantó las cejas mientras seguía tocando. Era una aprobación silenciosa, sorprendida.
El estómago de Violet hizo algo incómodo que no supo qué era.
Terminaron la pieza entera sin errores.
El silencio posterior se quedó suspendido entre los dos.
—¿Ves? —murmuró él.
Violet apoyó el saxofón sobre sus piernas.
—No te acostumbres a que te haga caso.
—Demasiado tarde. —La respuesta salió tranquila. Natural. Pero algo en cómo la miró después hizo que la frase pareciera otra cosa.
Violet apartó la vista antes de pensar demasiado en ello.
Fuera empezaba a oscurecer. La luz anaranjada del atardecer se colaba por las ventanas altas de la sala, bañando el piano y haciendo notar las motas de polvo suspendidas en el aire.
Nico cerró la tapa de las teclas, despacio, con sumo cuidado.
—¿Siempre llegas tarde?
—¿Siempre eres así de pesado?
—No has respondido.
Ella sonrió sin querer.
—Y tú sigues insistiendo.
—Tengo curiosidad. —Se encogió de hombros.
Eso la pilló desprevenida, porque Nico no parecía una persona curiosa, parecía alguien contenido. Alguien que observaba más de lo que hablaba.
Violet jugueteó con la correa del estuche.
—Es que… trabajo hasta tarde algunos días.
—¿Dónde?
—En una librería.
Nico apoyó el codo sobre el piano, mirándola con calma.
—La forma en la que hablas explica algunas cosas.
—A ver, ilústreme, Mozart —desafió Violet, cruzándose de brazos—. ¿Qué cosas?
Él sonrió ligeramente.
—Hablas como si estuvieras editando la vida en directo. Como si corrigieras en tu mente la sintaxis de todo el mundo. Te guardas los puntos finales y pones demasiados signos de interrogación cuando te pones nerviosa.
Violet abrió la boca para defenderse, indignada, pero terminó soltando una risa corta.
—Eso ha sido ofensivamente preciso.
—Leo mucho.
—No era un cumplido ¿sabes?
—Lo sé. Pero los editores solo se fijan en los textos que valen la pena. Así que lo tomo como una victoria.
La tensión entre ellos ya no era incómoda. Era peor. Mucho peor. Se estaba volviendo un juego demasiado fácil de jugar. Y eso sí que era peligroso.
Violet se levantó para guardar el saxofón, pero la cremallera se atascó.
—Genial.
Tiró otra vez. Nada.
—Déjame.
Nico se acercó antes de que pudiera protestar. Demasiado cerca otra vez.