Chapter 4 #2
Sus dedos se rozaron. No fue un contacto de los que pasan desapercibidos; fue un choque eléctrico, un chispazo que los dejó completamente congelados en mitad del andén.
Justo en ese preciso segundo, el altavoz de la estación carraspeó y la megafonía anunció la salida de un tren de mercancías con un estruendo ensordecedor.
El suelo bajo sus pies vibró, pero a ellos pareció no importarles.
Ninguno de los dos se movió. Adrián no retiró la mano; al contrario, la giró despacio, con una lentitud que a Valeria le cortó la respiración, y le acarició los dedos con las yemas, reconociendo su piel después de tantos meses de ausencia.
Valeria clavó la mirada en ese contacto, sintiendo cómo el pulso se le disparaba y cómo la armadura que se había construido en la gran ciudad empezaba a agrietarse de arriba abajo. Cuando Adrián tiró con suavidad del asa para hacerse con el peso del equipaje, ella soltó el agarre, desarmada.
Salieron de la estación casi en silencio, pero no era un silencio incó-modo, sino el de dos personas que necesitan asimilar que sus vidas volvían a cruzarse.
En cuanto cruzaron las puertas de salida, el olor a tierra, a pinos y a aire limpio golpeó el rostro de Valeria.
Era un aire que no pesaba, que no ahogaba.
Empezaron a caminar por la avenida que conducía al centro del pueblo.
Valeria llevaba el bolso de marca colgado del brazo de mala manera; ya no le importaba si se rozaba, si se manchaba o si desentonaba con el entorno.
Toda su atención, cada uno de sus sentidos, estaban puestos en el hombre que caminaba a su lado.
Iban tan cerca que sus hombros chocaban suavemente a cada paso, un movimiento conocido que la devolvía a las tardes de paseos sin rumbo antes de marcharse.
Reconocer el paso de Adrián, su forma de andar pausada y firme, era la mejor medicina para el caos que todavía habitaba en su cabeza.
—¿Ha cambiado mucho el panorama por aquí? —preguntó ella, quebrando el ritmo de sus pasos para mirarlo de reojo.
—Pocas cosas cambian aquí, Vale, ya lo sabes —dijo él, usando ese diminutivo que solo él se atrevía a pronunciar y que a ella le removía el estómago—.
Han pintado la fachada del ayuntamiento y han puesto un banco nuevo en la alameda, el que está debajo del sauce.
El nuestro sigue igual de astillado, por si te lo estabas preguntando.
Valeria sonrió, sintiendo una punzada de ternura en mitad del pecho.
—¿Sigue siendo nuestro?
—Nunca ha dejado de serlo —respondió él sin dudarlo, mirándola de frente—. Los chavales nuevos del instituto intentaron pintar unos grafitis hace un par de meses, pero pasé por allí y me encargué de recordarles que ese trozo de madera ya tenía dueños.
—Eres un cavernícola, Adrián. —Valeria intentó reprimir la risa, cosa que le fue imposible.
—Soy alguien que sabe cuidar lo que importa, que es distinto.
Justo antes de cruzar la plaza principal, donde el murmullo de las terrazas empezaba a intuirse, Adrián se detuvo en seco. Dejó la maleta a un lado de la acera, bajo la sombra de un gran árbol, y se giró por completo hacia ella.
La observó de verdad. Sin las prisas del reencuentro en el andén, sin las pullas ingeniosas para disimular los nervios.
Clavó en ella una de esas miradas profundas que a Valeria le hacían contener la respiración.
Adrián levantó una de sus manos —esa mano grande, cálida, que tantas veces la había sostenido cuando el mundo se le caía encima— y subió los dedos hasta su rostro.
Con una delicadeza infinita, le apartó un mechón de pelo que el aire del entretiempo le había revuelto delante de los ojos y se lo colocó detrás de la oreja, dejando la palma apoyada con suavidad en su mejilla.
El calor de su piel la hizo estremecerse. Valeria entornó los ojos un instante, rindiéndose a ese contacto, sintiendo cómo la última capa de distancia se evaporaba por completo.
—Has vuelto —dijo él.
Su voz sonó mucho más baja, sin bromas, arrastrando una vulnerabilidad que le erizó la piel. Sus ojos la buscaron, pidiéndole una confirmación que iba más allá de un simple regreso físico.
—He vuelto —confirmó ella en un susurro, con los ojos vidriosos por las lágrimas contenidas que amenazaban con resbalar.
Y al decirlo, al sentir la calidez de su mano contra su mejilla y el olor de su chaqueta rodeándola, Valeria experimentó un alivio tan inmenso que estuvo a punto de tambalearse.
Por fin, después de tanto tiempo fingiendo ser alguien que no era en mitad del asfalto, tenía la maravillosa certeza de que sus pies volvían a pisar suelo firme. Había regresado a su hogar.
Adrián no retiró la mano de su mejilla. Su pulgar comenzó a trazar círculos lentos, casi imperceptibles, sobre su piel, y esa caricia fue como la última gota que hizo que el vaso de contención de Valeria acabase por derramarse por completo.
Ya no había contratos de prácticas, ni trenes que tomar, ni pretextos tras los que esconderse para no sentir.
Solo quedaba el espacio mínimo que los separaba y una cuenta atrás que llevaba meses congelada.
No hizo falta decir nada más.
Valeria dio el paso que faltaba. Dejó que el bolso resbalara por su brazo hasta caer olvidado sobre la maleta y se aferró con las dos manos a las solapas de la chaqueta de Adrián, arrugando la tela entre sus dedos con la urgencia del que teme que todo sea un espejismo. Lo buscó y lo besó.
Fue un beso necesitado, de los que detienen el tiempo y duelen un poco en el pecho por culpa de todo lo que se había quedado guardado tantos meses.
Sabía a reencuentro, a noches en vela extrañando el pueblo y a un perdón silencioso que no necesitaba palabras.
Adrián respondió al instante, soltando un suspiro ahogado contra sus labios.
Sus brazos la rodearon por la cintura, pegándola a su cuerpo con una fuerza firme, pura textura de madera y raíces, que terminó por disipar cualquier rastro de la prisa que Valeria traía de la gran ciudad.
La sujetó contra él, como si quisiera asegurarse de que la gravedad jugaba a su favor, anclándola al suelo del que nunca debió salir.
Se besaron una, dos y tres veces, perdiendo la noción de dónde terminaba uno y empezaba el otro, saboreando la certeza de estar recuperando el tiempo perdido.
Cuando por fin se separaron apenas unos centímetros, ninguno rompió el abrazo.
Se quedaron con las frentes pegadas, compartiendo el mismo aire con la respiración entrecortada, mientras una risa floja, limpia y cargada de alivio se abría paso entre los dos.
Adrián entornó los ojos, mirándola con una intensidad que brillaba con luz propia, y con total naturalidad dejó caer su brazo sobre los hombros de ella, atrayéndola hacia su costado. A ese hueco exacto que parecía diseñado a su medida. Con la otra mano, recogió el asa de la maleta.
—¿Vamos a ver si el banco de la alameda sigue en su sitio? —preguntó él, señalando con la mirada el paseo de árboles que se abría a un lado de la plaza—. Aún nos queda un rato de sol.
Valeria se limpió con el dorso de la mano una lágrima que se le había escapado de pura felicidad, clavando la mirada en sus ojos con una sonrisa tan radiante que no le cabía en la cara.
—Solo si me dejas el lado que da al sauce —respondió, apretándose un poco más contra él.
—Faltaría más. Ese trozo de madera lleva tu nombre escrito desde siempre.
Caminaron juntos los pocos metros que los separaban del paseo, coordinando el paso sin esfuerzo, sintiendo el peso reconfortante de la normalidad recuperada.
Al llegar, Adrián dejó la maleta sobre la hierba, bajo la sombra del sauce, y ambos se sentaron en el viejo banco astillado.
Valeria dejó caer el bolso de marca en el suelo, ignorándolo por completo.
Apoyó la espalda en el respaldo de madera y respiró hondo, dejando que el aroma a resina y a tierra húmeda le inundara los sentidos.
—Tenías razón, ¿sabes? —confesó ella en voz baja, dejando que la complicidad fluyera libremente entre los dos—. El día que me fui, mientras estábamos en el porche, me dijiste que la tierra no se iba a mover.
Adrián extendió su mano sobre la superficie agrietada del banco, con la palma hacia arriba, en una invitación muda.
Valeria no dudó; deslizó la suya hasta hacer que sus dedos se entrelazaran de nuevo, sintiendo ese tacto áspero y seguro que tanto había echado de menos en la frialdad de la gran ciudad.
—No se ha movido ni un milímetro, Vale —respondió él, apretándole los dedos con suavidad—. Te he esperado cada tarde.
El sol comenzó a esconderse tras las montañas de fondo, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y los ojos de Adrián de ese verde aceituna tan cálido.
Para Valeria, el mundo entero se reducía a ese rincón olvidado del mapa.
Todo había cambiado. El futuro ya no era una oficina acristalada en mitad del asfalto; el futuro estaba allí, con la madera gastada, el aire limpio y la mano de Adrián sosteniendo la suya. Estaba en casa .