Tropezar contigo Chapter 4
20%

Chapter 4

Tierra o asfalto

El traqueteo del tren llevaba dos horas sin parar, con un sonido metálico que Valeria sentía en la boca del estómago.

Apoyó la frente contra la ventanilla, agradeciendo el tacto frío del cristal, que aliviaba el calor sofocante de las primeras horas de la tarde.

Al otro lado, el paisaje estaba cambiando.

Los bloques de hormigón, las grúas y las innumerables autopistas de la gran ciudad iban quedando atrás, cambiando hasta convertirse en solo un recuerdo.

En su lugar, otros paisajes más campestres se abrían paso, con esos tonos entre marrones y verdes.

Valeria bajó la mirada hacia su regazo. Allí, como un recordatorio de la vida que dejaba atrás, descansaba su bolso de marca.

Era de piel, rígido, negro, con las letras doradas de la firma brillando bajo el sol implacable que se colaba por el ventanal del vagón.

Lo miró con una mezcla extraña de orgullo por todo lo que había conseguido y desgana, recordando cuántas veces en los últimos meses se había vestido para impresionar a los demás, buscando una aprobación que en el fondo nunca llegaba a tener del todo.

En la gran ciudad todo el mundo corría, todo el mundo aparentaba.

Ella misma se había unido a ese juego, creyendo que el éxito se medía en la altura de unos tacones o en el prestigio de unas prácticas de empresa en un edificio de oficinas acristaladas.

Pero las prácticas habían terminado esa misma mañana. El contrato había acabado, las llaves del piso compartido ya descansaban en el buzón del casero y el bullicio frenético de las avenidas era, por fin, pasado.

A un par de metros, en el compartimento cerca de la puerta, estaba su maleta grande.

No era la maleta de quien se va dos semanas de vacaciones para luego regresar a la realidad.

No. Esta vez no había billete de vuelta.

Lo llevaba todo ahí dentro: la ropa de ejecutiva que ahora le parecía de una persona que no era ella, los apuntes y esa constante sensación de que, durante meses, le había faltado el aire.

En la ciudad el aire siempre estaba denso, cargado de prisas y de humo.

Aquí, en cambio, a medida que el tren devoraba los kilómetros de vías inestables y poco cuidadas, el ambiente empezaba a oler diferente. A campo, a leña… Olía a hogar.

Cerró los ojos un instante, dejándose llevar por el movimiento del vagón, y la mente —que es muy lista cuando quiere— la arrastró de forma inevitable hacia atrás, al día que se marchó.

Recordó a la perfección la tarde que le comunicó a Adrián que la habían aceptado en la ciudad.

Estaban sentados en el porche, con el sol poniéndose entre los árboles, y ella iba con un discurso aprendido, lleno de ambición, esperando reproches, una escena dramática o una súplica para que se quedara.

Sin embargo, Adrián solo la había escuchado con esos ojos suyos, tranquilos y transparentes, que eran capaces de leer sus sentimientos sin siquiera pestañear.

—Tienes que volar, Valeria —le había dicho con esa voz rasgada que a ella siempre le espantaba los miedos—. Ve y cómete esa ciudad. Aquí la tierra no se va a mover.

No hubo una mala palabra, ni un chantaje emocional, ni una sola mirada de reproche.

Adrián la había dejado ir con una madurez que a ella le dolió más que cualquier grito, guardándose toda la nostalgia y el vacío para él, detrás de una sonrisa de medio lado que intentaba quitarle hierro al asunto.

Durante este tiempo, apenas habían hablado.

Solo un par de mensajes espaciados, alguna felicitación de cumpleaños...

Ella se había convencido de que era lo mejor para no remover las brasas, pero ahora, con la distancia reduciéndose a pasos agigantados, se daba cuenta de la verdad: Adrián la había soltado para que no se sintiera atrapada, pero jamás se había marchado de su cabeza.

De repente, el ritmo del traqueteo del tren cambió.

Las ruedas empezaron a chirriar contra las vías como una queja metálica que la devolvió de golpe a la realidad.

Valeria abrió los ojos, enderezándose en el asiento.

Por la ventanilla reconoció el viejo silo de grano abandonado, las vallas de madera desgastada y, finalmente, el tejado de tejas rojas de la estación del pueblo.

El silbato del tren resonó con un eco afilado que pareció estar arañando de un modo desgarrador.

A Valeria se le encogió el estómago de un segundo a otro, un vuelco violento que le aceleró el pulso de forma descontrolada.

No era el miedo a lo desconocido que había sentido al llegar a la gran ciudad; era algo mucho más profundo, como una sacudida eléctrica que le recorría el cuerpo.

Tenía la total certeza de estar regresando, por fin, al lugar donde no hacía falta aparentar, donde las piezas encajaban sin esfuerzo y donde habitaba lo único que de verdad importaba.

El tren terminó de frenar con un último suspiro. Estaba en casa.

Valeria inspiró hondo, llenando sus pulmones con el primer soplo de aire que entraba por las puertas mecánicas al abrirse. Agarró el asa de la maleta con fuerza, sintiendo el peso de todo lo que traía de vuelta, y dio el primer paso hacia el andén.

La estación era un caos absoluto y familiar.

Un hervidero de vecinos que regresaban a pasar el fin de semana, abuelos esperando con los brazos abiertos, el traqueteo torpe de otras maletas sobre las baldosas agrietadas y el murmullo de abrazos y bienvenidas.

Pero para Valeria, todo ese ruido se apagó de golpe en cuanto sus pies pisaron el cemento.

Sus ojos, guiados por un instinto imposible de esconder, fueron directos al mismo punto de siempre. A la columna de hierro forjado, la que estaba cerca de la antigua taquilla.

Y allí estaba él.

Adrián seguía apoyado con la misma postura relajada, una pierna cruzada sobre la otra, las manos en los bolsillos de esa chaqueta ligera de color marrón gastado que ella tantas veces había acariciado.

Una chaqueta que, Valeria lo sabía perfectamente, olía a madera, a campo y al detergente de siempre.

Al verlo, una sonrisa tímida, cargada de unos nervios que le hacían temblar las rodillas, se le dibujó en los labios de forma inevitable.

El corazón le dio un vuelco tan drástico que casi le dolió.

Adrián se despegó de la columna sin ninguna prisa.

Caminaba con esa calma tan suya, abriéndose paso entre la gente, sin que el ritmo del pueblo se alterara en sus pasos, manteniendo los ojos fijos en ella.

A medida que se acercaba, Valeria pudo ver que el tiempo no había cambiado la complicidad de su mirada, aunque quizás sus ojos reflejaban un brillo nuevo, contenido.

—Vaya, ¿la gran ejecutiva viaja en clase turista? —la picó él en cuanto estuvo a un par de pasos, con su media sonrisa característica, rompiendo el hielo en un segundo.

Valeria tragó saliva, conteniendo las ganas de llorar de emoción que se le agolpaban en la garganta. Verlo ahí, tan real, tan intacto, la desarmaba por completo.

—Solo cuando quiero mezclarme con la plebe —respondió ella, forzando un tono altanero que se desmoronó a mitad de la frase por culpa de un hilo de voz tembloroso—. ¿Qué haces aquí, Adrián?

Él ensanchó un poco más su sonrisa, dando un paso más hacia ella, acortando esa distancia que había parecido infinita durante tantos meses.

—Tu madre es un poco cotilla, ya lo sabes —dijo él, encogiéndose de hombros con naturalidad—. Y como yo también, pues se me da muy bien escuchar, y uno se entera de cosas... Me dijo que hoy entregabas las llaves de aquel piso y que no tenías intención de renovar ningún contrato en el asfalto.

Valeria bajó un momento la mirada, sintiendo cómo las mejillas se le encendían.

—Ya sabes cómo es ella, le encanta exagerar. Aunque esta vez... no se equivoca. Se acabó, Adrián. He empaquetado toda mi vida en esa maleta.

—Lo sé —respondió él, y por un segundo su tono bromista se volvió un poco más cálido—. Me alegro de que lo hayas hecho. La ciudad estaba empezando a robarte el color de la cara.

Se quedaron mirándose, envueltos en el bullicio de la estación que seguía su curso a su alrededor.

Había tantas palabras que no se pudieron decir por culpa de las llamadas que no se hicieron y mensajes que se borraron antes de enviar.

Sin embargo, al cruzarse sus miradas, Valeria supo que el hilo nunca se había roto.

Seguían siendo ellos. Sentían la misma chispa, la misma atracción magnética, el mismo refugio.

—Te sienta bien el asfalto —comentó Adrián, paseando los ojos por su aspecto impecable, deteniéndose un segundo en el bolso rígido de marca—. Pareces otra.

—Solo lo parezco —aseguró ella, dando un paso inconsciente hacia él, buscando sin darse cuenta el calor que desprendía su cuerpo—. En realidad, sigo teniendo el mismo pánico a los exámenes y la misma manía de morder el bolígrafo. ¿Y tú? No te has comprado chaqueta nueva.

—¿Para qué? Esta todavía aguanta el aire del entretiempo. —La miró de esa manera tan suya que parecía desnudarle el alma—. Además, a algunas cosas no me gusta cambiarles el olor.

Valeria sintió un escalofrío dulce recorriéndole la espalda.

Adrián la estaba retando, como siempre hacía, buscando esa complicidad que los mantenía unidos, sin necesidad de promesas.

Hablaban del final de sus prácticas, de las calles ruidosas de la ciudad y de las anécdotas del pueblo, pero en realidad, cada pulla cariñosa, cada sonrisa de medio lado y cada mirada sostenida estaba diciendo otra cosa muy distinta.

Estaban diciendo «te he echado de menos» , «no he dejado de pensarte» y «qué bien que por fin hayas vuelto» .

Adrián dio un paso al frente y acortó la poca distancia que los separaba para agacharse a por el asa de la maleta. Valeria, aún en esa burbuja en la que se encontraba desde que había bajado del vagón, no reaccionó a tiempo de apartar la mano.

Fue entonces cuando ocurrió.