Tropezar contigo Chapter 3 #2
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Chapter 3 #2

—Al principio sí —reconoció ella, mirando el temblor de la llama de la estufa—. Luego te acostumbras a ese orden. El caos cansa mucho cuando tienes que recoger los pedazos tú sola.

Liam se levantó del banco y dio un par de pasos hacia ella. Con la luz naranja de la estufa se le marcaban más las ojeras, se le veía más maduro, más cansado.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien —respondió ella, y se dio cuenta de que era verdad—. Me  costó,  pero encontré  mi  sitio.  Tengo  mi  trabajo,  mis  cosas,  mis rutinas... Ya no cuesta tanto levantarse por las mañanas.

Él la miró de esa forma que a ella siempre le hacía contener la respiración.

—Me alegro mucho. Pero es rarísimo verte aquí, hablando de nuestras vidas como si fuéramos dos desconocidos que se han encontrado de viaje.

—Es lo que somos ahora. Dos desconocidos que se conocen demasiado.

—No quiero ser un desconocido para ti —soltó él, rápido, sin pensar—. Pensé en escribirte demasiadas veces. No te imaginas cuántas. El primer año sobre todo. Me quedaba con el teléfono en la mano, con el mensaje escrito...

Jen sintió un pellizco en el estómago, pero no se movió.

—Y no lo enviaste.

Silencio. El viento agitó los árboles del jardín, desprendiendo la nieve de las ramas. Dentro, la música seguía sonando.

—No —admitió Liam, bajando la cabeza—. No lo hice. Pensé que preferías que te dejara en paz. O que estabas mejor sin mí. Y luego... no sé, dejé pasar el tiempo. Pensé que siempre habría un momento para arreglarlo más adelante.

—Ese fue tu error —dijo ella, casi en un susurro—. Pensar que el tiempo te iba a esperar.

Liam se quedó callado, asimilando sus palabras. El silencio entre los dos se volvió denso, roto solo por el sonido bajo de la estufa.

Él dio un paso más, acortando la distancia física que los separaba.

—Fui un cobarde —soltó él, y la voz le tembló un poco—.

Sé que lo hice mal. Sé que te dejé sola cuando más lo necesitabas.

En serio, Jen. Pero no ha habido un solo día en estos dos años en el que no me haya arrepentido de no haber dado el paso.

Pensaba en volver, te lo juro. Imaginaba cómo sería llamarte, aparecer en tu puerta, decirte que lo sentía.

En mi cabeza teníamos una vida entera por delante.

Jen lo escuchó sin interrumpirlo, mirándole las manos. Sintió una punzada de compasión,  porque no había maldad en él,  solo una madurez que había llegado demasiado tarde. No era un villano; era simplemente el chico al que había amado, llegando tarde a un lugar que ya no existía.

—Yo también imaginé esa vida —respondió ella, levantando la vista para sostenerle la mirada—.

Esperé tu llamada durante meses. Me acostaba mirando el móvil, repasando lo que te diría si llamabas, convencida de que lo harías porque nos queríamos demasiado como para acabar así, sin un motivo real, solo por dejarnos llevar por la corriente.

—Todavía nos queremos —dijo él. Intentó levantar una mano, rozar la bufanda de ella, pero sus dedos se detuvieron en el aire, a medio camino, sin atreverse a tocarla.

Jen negó con la cabeza despacio, con una sonrisa triste que le dolió a él más que cualquier reproche.

—Sí, pero llegaste cuando ya había aprendido a no esperarte.

No hubo gritos, ni lágrimas dramáticas, ni reproches.

Liam bajó la mano despacio. Entendió que el problema no era la falta de amor, sino el tiempo. El tiempo que él había desperdiciado creyendo que las personas se quedan congeladas en el mismo sitio, esperando a que alguien decida regresar.

—Ya no encajo ahí, ¿verdad? —preguntó él, con los ojos empañados.

—Ya no —confirmó ella con suavidad—. Hice mucho espacio para poder estar en paz. Y en esta vida nueva, ya no te espero.

Volver al interior del salón fue duro. La calidez del porche se sustituyó por los focos de colores de la pista de baile, los brindis a gritos de los amigos de la universidad y una música que retumbaba en las paredes de piedra.

El contraste era casi insoportable, pero el mundo no se detiene porque a dos personas se les rompa la vida en un porche.

Alguien le plantó a ella una copa en la mano nada más entrar y el primo de Sofía los arrastró a ambos hacia el centro para un brindis improvisado.

Intentaron actuar con normalidad. Jen sonreía y respondía a las preguntas sobre su piso nuevo, pero sentía la mirada de él desde el otro lado del círculo de gente.

Poco después, el DJ pinchó una canción más lenta, una de esas melodías  suaves  de  los  noventa  que  todos  conocían. El jaleo de la pista disminuyó un poco y las parejas se buscaron.  Jen se quedó un momento sola, cerca de una columna, cuando vio que Liam cruzaba el salón hacia ella.

—¿Bailas? —le preguntó, ofreciéndole la mano de manera sencilla, sin dobles intenciones.

Jen dudó un segundo, pero dejó la bebida sobre una mesa y aceptó.

No se abrazaron como solían hacerlo antes. Mantuvieron una distancia prudente, la justa para no quemarse con los recuerdos. La mano de Liam se posó en su cintura con una timidez que nunca había tenido con ella, y Jen apoyó la suya en el hombro de su chaqueta.

Se movieron despacio, al ritmo de la música, rodeados de gente que reía y celebraba.

Alrededor todo era felicidad, luces y futuro, mientras ellos intentaban reconocer que aquello podría haber sido su vida de no haber existido el orgullo.

Ninguno dijo nada durante los tres minutos que duró la canción.

No hacía falta; sus cuerpos se acoplaban a la perfección, recordando esa complicidad que ya no tenían.

Fue un baile silencioso, en mitad de una fiesta ruidosa.

Cuando la música terminó, él se apartó despacio, manteniendo los dedos un segundo más sobre su cintura, rozando la tela de su vestido, antes de soltarla del todo.

—Gracias —murmuró él, forzando una sonrisa rota.

—A ti —respondió ella.

Se miraron una última vez entre los asistentes que volvían a animarse con una canción movida. Jen dio media vuelta y caminó hacia el pasillo de las habitaciones, sintiendo que el peso en el estómago seguía ahí, pero que, por fin, la herida había dejado de sangrar de la misma forma.

La madrugada llegó de golpe. Las luces del salón principal se habían vuelto demasiado brillantes y la música ya solo era un ruido que molestaba.

La gente empezó a agolparse en la entrada, arrastrando los pies del cansancio, buscando sus abrigos entre un montón de prendas amontonadas en el guardarropa y hablando en un tono más bajo, algunos afónicos, cansados de tanta fiesta.

Jen se abrochó el abrigo hasta arriba y se colocó la bufanda dándole una vuelta. El frío de fuera se colaba cada vez que alguien abría la puerta principal para salir hacia los coches.

—¿Te vas ya? —La voz de Liam apareció a su lado. Se estaba poniendo una cazadora oscura.

—Sí. —Ella asintió, metiendo las manos en los bolsillos del abrigo—He llamado a un taxi. Me vuelvo a casa en el primer vuelo de la mañana.

Liam la miró, sorprendido.

—¿No te quedas a la boda? Sofía va a matarte.

—Ya hablaré con ella y se lo explicaré —respondió Jen, mirando los copos de nieve—. Pero yo no pinto nada aquí, Liam. Ya he visto a Sofía, que era lo que quería. Estar mañana todo el día fingiendo... me supera.

—Ya… —Él miró hacia el porche, donde la nieve ya cubría del todo el suelo de madera—. Ten cuidado con la carretera, hay mucha niebla.

—Lo tendré —respondió Jen, asintiendo mientras miraba los copos de nieve.

Salieron juntos al porche, siguiendo al resto de invitados. El contraste del aire helado les pegó en la cara, obligándolos a encoger los hombros mientras bajaban hacia la escalera de piedra, un poco apartados del jaleo de las despedidas de los demás.

A unos metros, los faros de un par de coches iluminaban los copos de nieve que seguían cayendo despacio. No sabían muy bien qué hacer con los brazos ni cómo despedirse después de todo lo que se habían dicho.

Liam se giró hacia ella, con los ojos un poco rojos por el sueño y las manos metidas en los bolsillos de la cazadora.

—Me alegro de haberte visto —dijo, y le salió con una timidez que a Jen le encogió el corazón—. Aunque haya sido así.

Jen tardó unos segundos en responder. Miró hacia abajo, al suelo cubierto de nieve, y luego lo miró a él.

—Yo también —respondió, y le dolió darse cuenta de que era verdad, pero también de que ojalá no se hubieran encontrado nunca ahí dentro.

Un coche pitó desde el camino y ella vio que era su taxi.

—Ese es el mío —dijo, dando un paso hacia la escalera.

—Buen viaje.

—Gracias. Que te vaya bien todo.

Hubo un abrazo corto, rápido, pero esta vez sintiendo de verdad el roce de sus mejillas congeladas y ese aroma a madera de él que se quedó en la bufanda.

Nada de películas, sin promesas de llamarse la semana siguiente, ni miradas de novela mientras caminaba hacia el coche.

Solo fue un gesto con la mano, el ruido de la puerta del taxi al cerrarse con un golpe seco y el motor arrancando despacio sobre la nieve blanda.

Jen se apoyó en el respaldo del asiento, mirando por la ventanilla empañada cómo la silueta de la finca se iba haciendo pequeña a medida que se alejaba.

Durante mucho tiempo, mientras pasaba las noches mirando el teléfono e intentaba reconstruirse, había creído que lo peor era pasarse la vida esperando a alguien que no iba a regresar.

Pero mientras el coche se alejaba, entendió que no era eso.

Lo triste era darse cuenta de que había dejado de hacerlo.

Que la vida seguía, que el amor a veces no se gasta, pero simplemente se llega tarde.