Chapter 3
Llegaste tarde
El invierno en el norte siempre tenía ese olor a piedra húmeda y a humo de chimenea. La finca, un antiguo caserón rodeado de castaños desnudos, parpadeaba a lo lejos gracias a hileras de luces cálidas que desafiaban a la niebla típica de diciembre.
Jen bajó del taxi, protegiéndose el rostro con la bufanda. El frío le golpeó las mejillas, recordándole dónde estaba. Agarró el asa de su maleta de mano y caminó hacia la entrada principal, escuchando el crujido de la grava congelada bajo sus botas, a medida que se acercaba al porche.
Dentro, la atmósfera cambiaba por completo.
El calor de la calefacción la envolvió, junto al murmullo de los invitados que ya habían llegado para el banquete de la preboda.
Había risas, copas de vino balanceándose entre los dedos de gente que no veía desde hacía años y un villancico sonando de fondo.
—¡Has llegado! —Marta, una amiga en común, la abrazó fuerte, oliendo a perfume caro—. Estábamos diciendo que el vuelo se habría retrasado por la niebla. Deja las cosas en recepción, anda, que te pongo una copa.
Jen sonrió, sintiéndose extrañamente en paz.
Había pasado los últimos dos años reconstruyendo su vida poco a poco, con paciencia.
Ya no miraba el teléfono esperando una señal que nunca llegaba; ya no se le encogía el estómago al pasar por los lugares que solían compartir.
Creía, de verdad, que lo había superado.
Hasta que dejó la maleta junto al mostrador de madera oscura y se giró.
El mundo no se detuvo. Alguien al fondo soltó una carcajada limpia; un camarero pasó a su lado con una bandeja con copas que tintinearon, y su amiga seguía hablando de los horarios del autobús para el día siguiente. Pero para Jen, el aire se volvió denso.
Ahí estaba Liam.
Llevaba un jersey de cuello alto, oscuro, y una chaqueta que le daba un aire más maduro.
Estaba de perfil, escuchando a uno de los primos de la novia, con esa postura tan suya: una mano a medio meter en el bolsillo del pantalón y la cabeza algo ladeada.
Olía, incluso desde lejos, a esa colonia suya amaderada mezclada con el frío de la calle.
Entonces, como si hubiera sentido su mirada, Liam levantó la vista.
Sus miradas se cruzaron a través del salón. Ella no se movió; él tampoco. Fueron apenas dos segundos, pero por dentro a Jen se le revolvió todo, aunque por fuera nadie notó nada.
Liam se disculpó con el chico con el que hablaba con un gesto rápido y comenzó a caminar hacia ella. No había prisa en sus pasos, solo esa tranquilidad que siempre lo había caracterizado.
A medida que se acortaba la distancia, Jen obligó a sus manos a quedarse quietas, cruzándolas sobre su abrigo.
—Hola —dijo Liam al llegar. Su voz sonaba exactamente igual, tal vez una pizca más profunda por el frío.
—Hola —respondió ella, forzando esa sonrisa cortés que se le da a un conocido al que guardas aprecio.
Se quedaron ahí, parados en mitad de la recepción.
No hubo abrazo. Ninguno de los dos hizo el amago de acortar la distancia.
Liam bajó la mirada un segundo hacia las manos de ella, buscando de forma casi inconsciente si llevaba algún anillo.
Luego volvió a mirarla a los ojos. Jen, por su parte, desvió la vista hacia el ventanal empañado que daba al jardín para evitar sostenerle la mirada demasiado tiempo.
El reflejo de las luces de Navidad parpadeaba sobre el cristal.
—Has venido —comentó él, con una sonrisa pequeña, como si necesitara comprobarlo en voz alta.
—No iba a perderme la boda. Además, me venía bien salir de la ciudad.
—Sí. Hace buen tiempo para resguardarse aquí dentro.
Fue una conversación incómoda y dolorosamente educada.
Detrás de ese «hola» y de la queja sobre el frío de diciembre, se escondía el peso de las llamadas que Liam nunca hizo, de las promesas que se esfumaron y de las noches que ella pasó contando las horas, esperando un paso que él nunca se atrevió a dar.
—Bueno… —dijo Jen, dando un paso sutil hacia atrás cuando vio que Marta regresaba con dos copas—. Voy a dejar el abrigo en la habitación antes de que empiece la cena.
—Claro. Nos vemos luego dentro.
—Nos vemos.
La mesa larga de madera rústica estaba decorada con ramas de abeto, velas consumiéndose despacio y copas que reflejaban la luz cálida del salón. Había más de veinte personas sentadas, provocando un barullo de conversaciones cruzadas, risas y anécdotas de la universidad.
Los habían sentado relativamente cerca, separados apenas por tres personas, y en lados opuestos de la mesa. Era una distancia suficiente como para no tener que hablar entre ellos, pero lo bastante corta como para verse todo el tiempo.
Jen intentaba participar y reía con los chistes del novio, pero su atención, de manera inevitable, se dividía.
Era un goteo constante de detalles que dolían por lo familiares que resultaban.
Cuando alguien hizo un comentario gracioso sobre el menú, ella supo con exactitud en qué milésima de segundo él iba a soltar su risa, esa que arrugaba los ojos.
Y Liam lo hizo. Levantó la copa para beber y, justo antes de dar el sorbo, sus ojos buscaron los de ella al otro lado de la mesa, compartiendo una complicidad que debería haber caducado hacía años.
Siguieron sabiendo, sin mirar, cuándo el otro iba a hablar o cuándo se sentía incómodo. Se conocían demasiado.
En un momento de la noche, alguien derramó un poco de bebida y Liam se apresuró a pasar una servilleta con un movimiento rápido y torpe que a Jen le recordó a su cocina, a los domingos por la mañana, a una vida que ya no le pertenecía.
Ella dejó la copa sobre el mantel y sintió un frío repentino a pesar del calor de la chimenea. Miró el perfil de él, que reía entre conversaciones, y entendió, con un peso en el estómago, que sería peligrosamente fácil volver a quererlo.
Su vida actual era perfecta y estable. Pero bastaba un parpadeo de Liam, una forma de apoyar los cubiertos o el tono de su voz para recordarle que las heridas mal cerradas no necesitan mucho para volver a sangrar. No se odiaban. No había reproches. Y eso lo hacía todo muchísimo más difícil.
La gente empezó a levantarse, las copas llegaron a la zona de la barra y el murmullo se transformó en el bullicio típico de una noche de celebración. Sin embargo, en un espacio cerrado y con la misma gente, esquivarse se volvió una tarea imposible.
Jen esperaba un té para calentarse un poco cuando él apareció al lado para pedir una copa.
—Sigues peleándote con el frío de la misma manera, por lo que veo —dijo Liam, mirando cómo ella envolvía la taza con las dos manos.
Ella se giró despacio, reteniendo el calor entre los dedos.
—Ya sabes que siempre tengo las manos heladas. ¿Tú sigues fiel a lo de siempre?
Liam miró su vaso con hielo y sonrió de medio lado.
—Hay costumbres que cuesta soltar. ¿Qué tal el viaje? Sofía me ha dicho que venías desde lejos.
—Un par de horas de avión y el taxi con la niebla que hay fuera. Tampoco ha sido para tanto. ¿Y tú? ¿Sigues en el mismo piso?
Él asintió, dando un sorbo corto.
—Sí, el mismo. Aunque cambié los muebles del salón. Ya no me cabían los libros.
—Me alegro. Siempre decías que necesitabas estanterías nuevas.
—Ya. Tardé años en ponerlas, pero al fin lo hice.
—Sueles tardar en decidirte —comentó ella. Lo dijo sin enfado, con una suavidad tan ligera que casi pareció una tontería, pero el golpe fue directo.
Liam no dijo nada. La miró a los ojos, buscando si lo decía con doble intención, pero ella estaba tranquila.
Alguien tropezó sin querer con el hombro de él al pasar hacia la pista, rompiendo el momento. Sus cuerpos se rozaron un segundo y Jen sintió un escalofrío.
—Perdona —murmuró él—. Nos vemos ahora dentro.
—Sí, claro. Disfruta de la copa.
El segundo encuentro fue más tarde, cerca de la medianoche, junto al pasillo de los baños. Jen esperaba su turno, mirando cómo caían los primeros copos de nieve contra el cristal.
—Está empezando a cuajar. —La voz de Liam volvió a sonar a su espalda.
—Es bonito —respondió ella sin darse la vuelta—. Mañana va a parecer una postal.
Él se colocó a su lado, mirando también hacia el jardín. El calor de su cuerpo, tan cerca en el pasillo estrecho, quitaba un poco el frío que entraba por la rendija de la ventana.
—¿Tienes frío? —preguntó Liam, al ver que ella se encogía de hombros.
—Un poco. Es lo que tiene el norte.
Él hizo el amago de ofrecerle la chaqueta que llevaba, un impulso automático, pero se cortó a tiempo, recordando que ya no tenía derecho a hacer esas cosas, por lo que bajó la mano.
—Sigue sin gustarte que te cuiden, ¿verdad? —dijo él, con un tono muy suave que a Jen le removió todo por dentro.
—Me gusta que me cuiden —corrigió ella, mirándolo por fin de frente—. Solo que aprendí a hacerlo yo misma. Es más fácil.
Liam tragó saliva y la seguridad se le desmontó un poco.
—Ya. Supongo que sí.
Ocurrió media hora después. El ruido dentro se había vuelto demasiado alto y ella necesitaba respirar. Salió al porche cubierto de la finca, donde un par de estufas de gas intentaban calentar un poco la noche.
Pensó que estaría sola, pero Liam ya estaba allí, sentado en un banco de madera, con las manos entrelazadas y la mirada perdida en la oscuridad del jardín. Quiso dar la vuelta, pero el crujir de la madera del porche la delató. Él levantó la cabeza.
—No te vayas —pidió él—. Quédate un rato, anda. Aquí se está tranquilo.
Jen dudó, pero terminó acercándose a la estufa, quedándose a un par de pasos.
—Está todo precioso. Sofía está radiante.
—Sí, se lo merecen. —Liam se frotó las manos—. Me alegra ver que la gente avanza. Que la vida sigue para todos.
—Para ti también sigue, ¿no?
Él soltó una risa amarga, echando el humo del aire frío.
—No sé. Trabajo un montón, viajo cuando puedo... Hago lo que toca, supongo. Pero a veces siento que solo dejo pasar los días, uno detrás de otro, todo muy ordenado. ¿A ti no te pasa?