Tropezar contigo Chapter 2 #3
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Chapter 2 #3

No supe si me estaba hablando a mí o simplemente pensando en voz alta.

—¿Quedarte dónde? —pregunté.

Sonrió un poco, pero fue distinto a otras veces, lo noté más triste.

—En un sitio. En una vida. No sé.

Bajé la vista hacia la barra, pasando la mano por una marca de agua que ya estaba seca.

—Bueno, te quedas donde quieres quedarte. Ya está. No parece tan difícil —respondí, restando intensidad al tema.

—No —dijo—. No lo es.

Dio un trago a su bebida, el primero desde que había llegado.

—Pero tampoco es lo mío.

Asentí, como si eso no tuviera ninguna importancia.

—Supongo que a algunos nos cuesta más —añadí.

—A mí se me da bien irme —dijo, mirándome de frente, con sus ojos claros fijos en los míos. Tenía una ligera curvatura en las cejas hacia abajo, como si por un primer instante no le gustara ser ese tipo de persona.

Sostuve su mirada un segundo de más, y ahí lo entendí, en la forma en la que lo dijo. Como si no fuera algo de lo que estuviera orgulloso. Como si no quisiera ser así.

Ya no era solo alguien de paso. Y, sin darme cuenta, eso empezó a importarme. Más de lo que debería.

—No pasa nada —dije al final, rompiendo ese instante—. Aquí nadie se queda demasiado tiempo.

Sonrió otra vez, pero esta vez sí reconocí la de siempre.

—Ya.

Pero no era lo mismo. Ya nada lo era. Lo notaba.

No fue un gran momento. Ni siquiera pasó en uno de esos atardeceres que parecían hechos para recordar.

Fue una tarde cualquiera en la que el viento había vuelto a levantarse y la arena se colaba por todas partes, igual que siempre.

Yo estaba detrás de la barra, limpiando vasos sin mirar demasiado, con la mente dispersa, cuando lo vi apoyarse como tantas otras veces.

—Una cerveza —dijo, con una sonrisa, lo sabía sin siquiera mirarlo. Lo que no sabía era que esa sonrisa era más amarga que la bebida que estaba pidiendo.

Asentí. No hubo nada distinto al principio, ni en su forma de hablar, ni en la mía. Pero había algo apenas perceptible, como cuando cambia un poco la luz del día.

Le dejé el vaso delante.

—Gracias.

Dio un trago, corto, como para quitarse el miedo antes de decir algo importante.

—Me voy en unos días —añadió después, como si nada.

Seguí secando el mismo vaso un segundo más de lo necesario.

—Ah…

No pregunté a dónde, ni por cuánto tiempo, ni nada de lo que, en otro momento, quizás habría dicho.

Él tampoco explicó.

El ruido del viento llenó el hueco entre los dos.

—Era lo normal, ¿no? —dijo, con una media sonrisa que no terminó de sostenerse.

—Sí. —Asentí, y dejé el vaso en su sitio—. Lo normal.

Y lo era. Lo había sido siempre. Pero, por alguna razón, no se sintió así.

El último día no lo supimos al principio. Nos vimos fuera del chiringuito, como otras veces. La playa estaba medio vacía y el sol caía sin hacer demasiado ruido. Caminamos sin rumbo, como muchos días ocurría.

—Hoy hace menos viento —dije.

—Se nota —respondió.

No añadimos nada más. Había muchas cosas que podrían haberse dicho, pero ninguna parecía encajar del todo.

Nos sentamos en la arena, en el mismo sitio de siempre, o en uno muy parecido.

—Mañana madrugo —dijo después de un rato.

Asentí.

—Yo igual, tengo que venir al trabajo.

Silencio.

El mar seguía como cada día. La gente, a lo lejos, también.

—Ha estado bien —añadió, sin mirarme.

—Sí —respondí.

No era una frase importante. Ni especial, aunque significaba mucho para mí.

Giré la cabeza hacia él un segundo. Tenía la vista fija en el horizonte, como siempre.

Quise decir algo más, pero no supe el qué. Y él tampoco.

Nos levantamos cuando empezó a refrescar un poco.

—Bueno… —murmuró.

—Bueno.

Y ya está. Ni promesas. Ni «nos vemos». Ni nada que hiciera falta sostener después.

—Cuídate —dijo al final, en medio de un abrazo que sonaba a triste despedida.

—Tú también. —Le dediqué una sonrisa que quizás no llegó a mis ojos.

Me di la vuelta antes de que el momento se alargara más de la cuenta. Y esta vez sí supe que no iba a volver a verle.

Al día siguiente todo seguía igual. El chiringuito abrió a la misma hora. El viento hizo lo de siempre. La arena volvió a colarse en los vasos.

—Una cerveza —pidió alguien.

Y por un segundo, levanté la vista demasiado rápido. Pero no era él.

Seguí trabajando, y no pasó nada. Sin embargo, él empezó a estar en todo:

En el sitio exacto donde apoyaba el vaso.

En la hora en la que el sol bajaba lo suficiente.

En la forma en la que alguien se sacudía la arena antes de sentarse.

Detalles pequeños, de esos que supongo que no significan gran cosa.

Hubo una tarde en la que, sin darme cuenta, serví una cerveza antes de que nadie la pidiera.

Me quedé mirándola un segundo, pero luego la retiré, como si no hubiera pasado.

—Aquí siempre hace viento —dijo un cliente nuevo, señalando la arena en la barra.

Asentí.

—Te acostumbras.

Pero ya no era exactamente verdad.

No fue el amor de mi vida. Pero desde entonces, todo lo que vino después tuvo que medirse con la altura de ese verano. Hay cosas que no duran, pero que se quedan en los días para siempre, esperando a que vuelva a levantarse el viento.