Chapter 2 #2
Levanté la cabeza, un poco sorprendida por el tono. No era invasivo, pero tampoco era una de esas frases que se dicen sin más.
—Puede —respondí, sin darle más vueltas, encogiéndome de hombros, algo avergonzada.
El viento levantó un poco más la arena a nuestro alrededor y él cerró los ojos un instante, como si le resultara familiar.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —preguntó después.
—¿Aquí en Tarifa? Pues… el suficiente —dije, aunque me di cuenta de lo misteriosa que podría llegar a sonar.
Sonrió, ladeando la cabeza.
—Eso no es una respuesta muy concreta que digamos.
—Ya —respondí entre risas.
—Entonces es porque no quieres responder, ¿no?
—Tampoco es una pregunta tan importante. —Me encogí de hombros.
—Para mí ahora mismo sí lo es.
Le miré entonces, esta vez de verdad, a los ojos, con atención. Y lo que veía me dejaba anclada a ese momento.
No había insistencia en su voz, ni una curiosidad exagerada. Solo una forma tranquila de quedarse en la conversación, como si quisiera seguir charlando conmigo, sin prisa por hacer alguna otra cosa más.
—Unos meses —cedí al final—. Vine por trabajo… y me quedé. De momento.
—¿Y te gusta?
Dudé, y fueron unos segundos en los que tardé en responder.
—Depende del día.
Asintió, como si entendiera con exactitud a qué me refería, aunque no le hubiera dado ninguna explicación.
—A mí me pasa lo mismo —dijo—. Solo que yo no sé quedarme.
No supe si lo decía en general o solo por ese sitio, aunque tampoco quise preguntar. No quería inmiscuirme en la vida de este desconocido, por muy familiar que me pareciese ya.
Nos quedamos en silencio otra vez, mirando el mar. Esta vez el silencio fue más largo, aunque también más cómodo, como si ya no hiciera falta llenar los huecos con más palabras.
—Mañana vendrás, ¿no? —pregunté, casi sin darme cuenta, y no supe si arrepentirme al instante de la pregunta o dejarlo estar. Se notaba la insistencia en mi voz.
Giró la cabeza hacia mí, sorprendido de nuevo.
—¿Al chiringuito?
—Claro.
—Supongo que sí. —Sonrió.
—Bien —dije, demasiado rápido, antes de corregirme e intentar restarle importancia—. Así no pierdes la costumbre.
—No —repitió él, con esa media sonrisa que ya empezaba a notar que solo podía ser suya—. Supongo que no.
Me di la vuelta entonces, como si la conversación hubiera terminado ahí.
—Buenas noches —murmuré.
—Buenas noches.
No miré atrás, pero mientras me alejaba, con los pies llenos de arena hasta los tobillos, tuve la sensación extraña de que algo había cambiado. No sabría decir el qué. Solo que, a partir de ese momento, ya no era solo alguien al otro lado de la barra.
A partir de ese día, empezó a ser más fácil encontrarnos fuera. No era algo que hubiéramos planeado, simplemente ocurría.
A veces, al terminar mi turno; otras, antes de que él se metiera al agua. Como si Tarifa, con su viento y sus horarios raros, nos empujara sin darnos cuenta al mismo sitio.
—¿Siempre vienes descalza? —preguntó una tarde, mirándome los pies con arena.
—Cuando puedo —respondí—. Es lo único bueno de salir tarde.
—Pensé que era parte del uniforme.
—No. —Sonreí un poco—. Eso ya es mi toque personal, ¿te gusta?
Bromeamos un poco y caminábamos sin rumbo, bordeando la orilla mientras el sol empezaba a caer. No hablábamos de nada importante. O eso me parecía en aquel momento.
—¿Y siempre pides cerveza? —le pregunté, mirándole de reojo.
—Casi siempre.
—No eres muy original.
—Tú tampoco —respondió—. Siempre estás ahí.
—Es mi trabajo.
—No me refería a eso.
No supe qué decir, así que no dije nada.
El viento levantó un poco más la arena, yo entrecerré los ojos, quizás más de la cuenta, cosa que él notó. Se acercó un paso, lo justo para quedar a mi lado, protegiéndose de la dirección en la que soplaba.
Fue un gesto pequeño, automático, pero lo noté.
Seguimos andando en silencio, dejando que el sonido del mar llenara los huecos de las palabras que no pronunciábamos.
—Mañana hay menos viento —dijo después—. Creo que será buen día para meterse solo a bañarse, nada de surfear.
—¿Y eso significa que vendrás menos al chiringuito?
Sonrió.
—Pues… no lo sé.
—Vaya.
—¿Te molesta? Quieres que vaya, ¿eh?
—No, no. —Negué con la cabeza demasiado rápido, sin dejar de sonreír.
—Ya… —Me miraba con los ojos entrecerrados, dudando y bromeando al mismo tiempo.
No insistió más. Y, aun así, tuve la sensación de que lo había entendido.
Nos sentamos un rato después, en la arena todavía tibia, mirando cómo el sol se escondía del todo, poco a poco. La playa se iba quedando vacía, como si todo el mundo supiera cuándo marcharse menos nosotros.
—Esto es lo mejor del día —murmuró él.
—¿El atardecer? Me encanta.
—No. —Sacudió su cabello ondulado, negando con cabeza—. Este momento.
—¿Sentados sin hacer nada?
—Exacto.
Solté una pequeña risa.
—Pues no es muy difícil de conseguir. Lo tienes a la mano todos los días.
—Pero tampoco todo el mundo sabe hacerlo.
Giré la cabeza hacia él, y tenía la mirada fija en el horizonte, tranquila, como si no necesitara nada más. Y fue en ese instante cuando pensé que quizá yo tampoco.
El viento había bajado un poco y el silencio ya no parecía algo que hubiera que llenar.
—¿Cuánto tiempo te quedas? —pregunté sin pensar demasiado.
Tardó un segundo en responder.
—No mucho más.
Asentí, como si esa respuesta no cambiara nada. Como si ya lo supiera, y así era, lo suponía desde el principio.
—Claro —murmuré.
Y no dijimos nada más. Pero, por alguna razón, ese silencio pesó un poco más que los anteriores.
Nos quedamos allí hasta que el sol desapareció del todo y empezó a oscurecer.
Al levantarnos, ninguno de los dos dijo que aquello hubiera sido especial, pero al día siguiente me descubrí pensando en él en mitad del turno, mientras servía bebidas o anotaba pedidos sin prestar atención.
Su presencia se había quedado flotando en el aire.
Nada evidente cambió, pero empecé a contar los minutos del turno de manera inconsciente.
No era nada concreto. No pensaba en lo que decía, ni en lo que hacía. Era más bien la idea de él. La costumbre.
No debería importarme, pero tampoco hice nada por evitarlo.
Empecé a notar la hora sin mirar el reloj, observando la luminosidad que iba dejando el sol mientras bajaba lo suficiente como para dejar la luz en ese punto intermedio, y entonces sabía que estaba a punto de aparecer.
A veces lo hacía. Otras, no. Y cuando no aparecía, el día se quedaba un poco raro. No peor, solo distinto. O sí, lo reconozco, quizás peor. Como si faltara algo que no tenía por qué estar de forma obligatoria.
Me di cuenta de la situación, mientras recogía un vaso que alguien había dejado a medias, y sabía que esto no iba a durar.
Y era verdad. Lo sabía desde el principio.
Él dijo que no era de quedarse, aunque no con esas palabras, pero lo entendí así.
Yo tampoco estaba allí para que nadie se quedara.
Y, aun así, seguía mirando sin querer hacia la entrada, esperando ver esa forma suya de aparecer sin hacer ruido. Como si no hubiera aprendido nada.
Hubo un par de tardes en las que llegó más tarde de lo habitual, y no pasó nada.
El chiringuito seguía lleno, el viento no daba tregua y yo tenía más trabajo del que podía atender. Pero, en algún momento, levanté la vista. Y luego otra vez.
Cuando por fin aparecía, todo volvía a su sitio sin que nadie dijera nada.
—Pensé que hoy no venías —le dije una tarde, intentando que sonara casual.
—He estado por ahí —respondió, señalando hacia el mar.
Asentí, como si fuera suficiente. Pero esa noche, al cerrar, supe que ya no era solo costumbre.
No sé exactamente cuándo dejó de ser algo ligero, aunque supongo que eso no ocurre de golpe, o sí. A veces basta un solo momento, aunque no quisiera verlo.
Aquella tarde el viento había bajado casi por completo. Era raro, porque en Tarifa siempre hay algo moviéndose, pero ese día todo parecía más quieto, como si el verano se hubiera detenido un segundo sin avisar, como si me quisiera decir algo, una mala noticia, quizás.
Él llegó más tarde de lo habitual, y no dijo nada al sentarse. Ni siquiera pidió la cerveza enseguida. Se quedó apoyado en la barra, mirando hacia el mar, como si estuviera en otro sitio.
—¿Lo de siempre? —pregunté.
Asintió sin mirarme.
Le serví la cerveza y la dejé frente a él, pero no la tocó.
—¿Todo bien? —dije, casi sin pensar.
Tardó un poco en responder.
—Sí —murmuró al final—. Solo estoy cansado.
No parecía solo eso, pero tampoco era mi lugar preguntar más.
El chiringuito estaba más tranquilo que otros días y, por alguna razón, nadie se acercaba a la barra. El tiempo parecía haberse quedado suspendido entre nosotros, igual que el viento.
—A veces me gustaría saber quedarme —dijo de pronto, sin mirarme.