Tropezar contigo
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Chapter 2
Lo que duró ese verano
Aquel verano se suponía que no iba a pasar nada.
Al menos eso fue lo primero que pensé cuando empecé a trabajar en ese chiringuito.
En Tarifa, todo es rutina, el viento no te deja pensar demasiado, y una se queda mirando embelesada, cómo se va levantando la arena y se cuela elegante en los vasos que reposan en la barra.
Y no solo eso, sino que se mete de forma incómoda en la ropa, en el pelo y en los días, aunque según lo mires, al final todo se vuelve un poco más ligero de lo que es.
Los días en Tarifa transcurrían de una forma idéntica.
Llevaba semanas con gestos automáticos al otro lado de la barra: los mismos horarios, turistas todo el tiempo, los vasos que se llenaban casi sin mirar.
Hasta que una tarde llegó él y pidió una cerveza.
Como si no fuera nada. Y entendí que hay cosas que empiezan sin hacer apenas ruido.
Venía cada tarde, con la sal todavía pegada en la piel y esa forma de mirar, despreocupada, como si no se fuera a quedar, como si aquel lugar no fuera para echar raíces.
Volvió a aparecer de nuevo al quinto día, como todos los demás. Y es que yo ya me había aprendido los turnos, el ruido del mar y la manera en la que el sol caía justo detrás del chiringuito a última hora cuando él estaba a punto de aparecer.
Pensé que sería un chico más, otro de los que vienen unos días, surfean, se queman la piel y se van sin dejar nada. Pero no. No fue así. Me equivoqué.
La primera vez que me habló más de tres o cuatro palabras no fue tampoco nada memorable.
—Una cerveza, por favor —dijo, como siempre, apoyando una mano en la barra, todavía con gotas de agua resbalándole por el antebrazo.
Asentí sin mirarle demasiado. Ya tenía la piel algo tostada por el sol y el pelo revuelto, como todos los que pasaban por allí en verano. Nada diferente, nada fuera de lo normal.
Le serví la cerveza y la dejé frente a él.
—Gracias —respondía cada día.
Su voz tampoco tenía nada especial. Ni grave, ni suave, ni nada que llamara la atención. Y, aun así, levanté la vista un segundo más de lo necesario. Solo un segundo. Lo justo para darme cuenta de que me estaba mirando como si aquel día no tuviera prisa.
—Mucho viento hoy, ¿no? —añadió, dejándome sorprendida porque quería entablar conversación, parecía ser.
Al ver que no respondía de inmediato, señaló con la barbilla la arena que se acumulaba en una esquina de la barra.
—Aquí siempre hace viento —respondí, intentando ser amable, encogiéndome de hombros—. Te acabas por acostumbrar.
Sonrió un poco, como si no terminara de creérselo.
—No sé si quiero acostumbrarme a eso. Me gustan mucho las olas, pero no tanto la arena.
No supe qué contestar a eso, así que no dije nada. Tampoco parecía esperar respuesta. Dio un trago a la cerveza y se giró ligeramente hacia el mar, como si eso fuera todo lo que necesitaba. Y lo más probable es que lo fuera.
Después de eso, seguí trabajando. Más mesas, más pedidos, más voces mezclándose con el ruido del viento. Él se quedó un rato más, lo suficiente como para terminarse su bebida sin prisa, pero sin llegar a que se calentase, y luego se fue sin despedirse.
No pensé en ello, o al menos eso me dije porque no quería hacerlo.
Volvió al día siguiente. Y al otro.
Siempre a la misma hora, más o menos, como si el descenso del sol marcara también su camino hasta el chiringuito.
Y yo que siempre había pensado que cuando va bajando el sol es cuando mejor se está en la playa.
A veces pedía lo mismo; otras, más bien pocas, cambiaba a algo sin alcohol; pero siempre se quedaba el tiempo justo.
Nunca demasiado. Nunca lo suficiente para entablar más conversación de lo habitual.
—Ponme otra, por favor —pidió una tarde, dejando el vaso vacío frente a mí.
—¿No te cansas? —pregunté, sin saber muy bien por qué.
—¿De qué? ¿De la cerveza? —soltó entre risas.
—De venir aquí todos los días.
Me miró entonces, esta vez con más intención, con la vista fija en mis ojos, como si la pregunta tuviera más peso del que yo había querido darle.
—¿Tú sí?
Negué con la cabeza, casi por inercia.
—Entonces supongo que no —respondió, dando por zanjada la conversación.
Volvió a sonreír, esa vez un poco más. Y fue en ese momento, creo, cuando algo empezó a cambiar. No sabría decir el qué, pero lo noté en mi interior. Solo que, a partir de ese día, empecé a notar cuando faltaba.
Desde entonces, cuando venía cada día, no siempre a la misma hora exacta, pero sí lo suficiente como para que yo empezara a notarlo antes incluso de verlo, ya lo sentía en mi estómago.
Había una forma en la que el sol caía sobre la arena, dejando que se enfriase un poco más, una hora en la que el viento cambiaba un poco y la brisa se volvía más agradable.
Entonces sabía que estaba a punto de aparecer.
—Una cerveza —pedía casi siempre, apoyando los dedos en la barra, como si ya conociera el sitio de memoria. Y cuando lo oía, antes de voltearme, ya comenzaba a intentar ocultar esa sonrisa que era imposible hacer que desapareciese.
—La de siempre, ¿no? —le respondí una tarde, sin querer mirarle siquiera.
—Si puede ser… —contestó, y noté en la voz esa media sonrisa que ya empezaba a reconocer.
A veces cambiaba.
—Hoy mejor agua —dijo otro día, dejando caer la tabla contra la pared—. Creo que el viento me ha ganado.
—Eso aquí no cuenta como excusa —le dije, sirviéndole el vaso—. El viento siempre gana, pero tienes que aguantar si quieres llegar a conseguir domarlo.
—Entonces no tengo nada que hacer.
—Bueno… —respondí, alzando las cejas mientras negaba con la cabeza—. Puedes intentarlo.
Se quedó quieto, pensativo, un segundo más de lo habitual, mirando a las musarañas, como si fuera a añadir algo, haciéndome verlo de un modo incluso cómico. Pero al final, solo asintió y dio un trago.
Las conversaciones empezaron a ser así, pequeñas, sin importancia.
Comentarios sueltos sobre el mar, el calor, la gente que pasaba…
A veces alguna broma que se quedaba a medias; otras simplemente silencio cómodo mientras yo recogía vasos y él miraba hacia la playa como si no tuviera prisa por estar en ningún otro sitio; incluso a veces me dedicaba alguna mueca graciosa para hacerme el rato más llevadero.
No preguntaba demasiado. Ni yo tampoco. Y, aun así, había algo que empezaba a resultar familiar.
La forma en la que se sacudía la arena antes de sentarse, la manera en la que dejaba siempre el vaso en el mismo punto de la barra, cómo se pasaba la mano por el pelo, todavía húmedo, o quizás mojado, cuando el viento le molestaba más de la cuenta.
Detalles pequeños, de esos que no significan nada, o eso pensaba o quería pensar en ese momento.
Hubo un día en el que no vino.
No fue nada importante. El chiringuito estaba lleno, el calor apretaba más de lo normal y apenas tuve tiempo de parar un segundo para darme cuenta de que no estaba. Pero, sí que en algún momento miré hacia la entrada, sin poder evitarlo.
Y luego otra vez, y otra más. Como si esperara ver aparecer a alguien en concreto, supongo.
Al día siguiente volvió.
—¡Anda! Pensé que ya te habías rendido —le dije, casi sin pensar, mientras le servía la cerveza de siempre.
—¿Rendirme? —Me miró sorprendido, con un gesto dramático exagerado tocándose el pecho.
—Con el viento —añadí, señalando hacia la playa.
Sonrió un poco.
—Todavía no.
Asentí, como si en realidad me diera igual la respuesta, aunque ya sabía que solo fingía.
Esa tarde, cuando se fue, me di cuenta de que había dejado de ser uno más. Fue casi por casualidad, o eso quise pensar.
Al día siguiente tampoco lo vi. Terminé el turno más tarde de lo habitual.
El chiringuito se había quedado en silencio poco a poco, apagándose como el sol.
Como si el día girara el botón del volumen para oscurecerlo, apagarlo sin prisa.
Y yo salí con esa sensación rara de no saber muy bien qué hacer con el tiempo que quedaba.
No había pasado por allí, y eso, de forma inconsciente, me descolocaba, aunque solo un poco.
No me fui a casa, sino que bajé hasta la orilla despacio, dando un paseo, mientras me recogía el pelo en una coleta, dejando que la arena fría se me pegara a los pies y el viento seguía haciendo de las suyas, como siempre, aunque ya estaba algo más calmado.
Él estaba allí, cosa que no me sorprendió tanto como debería.
Tenía la tabla apoyada en la arena y estaba de espaldas al chiringuito, mirando al mar, hacia ningún sitio en concreto, como si también estuviera esperando a que algo pasara, sin saber muy bien el qué.
Dudé un segundo antes de acercarme. Solo un segundo. Pero al final lo hice.
—Hoy no has venido —dije al final, colocándome a su lado sin mirarle directamente.
Giró la cabeza, sorprendido, y después sonrió al reconocerme.
—Sí que he ido —respondió—. Pero no estabas. Quizás estabas en el almacén.
—He salido tarde, había demasiada tarea que hacer.
Asintió, como si esa explicación le bastara.
—Pensé que igual librabas.
—Ojalá —respondí de forma automática.
Se hizo un silencio breve, de esos que no incomodan del todo pero que estás deseando romper y decir algo útil para la conversación. El mar estaba más tranquilo que otros días, o quizá era que a esa hora todo parecía un poco más suave.
—¿Siempre te quedas por aquí después del turno? —preguntó.
Negué con la cabeza.
—No. Hoy… —dudé un segundo—. Hoy no tenía muchas ganas de irme a casa.
No preguntó más, y lo agradecí.
—¿Y tú? —añadí, señalando la tabla—. ¿También te cuesta irte?
Se encogió de hombros, clavando la mirada en el horizonte.
—Supongo que sí.
—¿Supongo?
—Sí. —Sonrió un poco, como si no tuviera una respuesta mejor—. Me gusta esto.
—¿El qué?
—El mar. El viento. —Hizo un gesto amplio con la mano—. No pensar demasiado.
Bajé la vista hacia la arena, removiéndola con la punta del pie.
—Eso se les da bien aquí a todos —dije.
—¿No pensar?
—Sí, es un buen lugar para ello.
—A ti también te vendría bien, ¿no?