Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 44
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Capítulo 44

El inframundo conoce muchos monstruos.

Algunos son incluso mortales para los seres mágicos.

Extracto de la antología

Los seres mágicos de Brysalia, de Horacio

J adina

Tras un largo vuelo, finalmente aterrizamos justo delante de las puertas del palacio. El sol bañaba el paisaje con un cálido tono rosado y solo el palacio, cubierto de rosas negras, y el suelo maldito que lo rodeaba parecían absorber todos los rayos del sol.

Cansada, me deslicé de la espalda de Jarok y aterricé con los pies en la arena oscura. Me eché al hombro la bolsa que tomé de la cabaña antes de partir.

—¡Jadina! —exclamó Kayden asustado y, al momento siguiente, estaba flotando sobre el suelo—. ¡Te tengo!

Confundida, miré primero a mi alma gemela y luego a la tierra que había debajo de mí. Intenté apartar de mi mente la risita de Caronte.

—No creo que esas medidas sean necesarias —dijo el dios mientras se deslizaba por la espalda de Limycu. Elegante y sublime como siempre.

—Caronte tiene razón. —No me gustaba, pero debía darle la razón—. Ahora sé controlar mi magia.

A pesar de la incertidumbre en su rostro, Kayden me dejó bajar con cuidado y al instante sentí cómo despertaba mi magia rompe hechizos.

Pulsando, se disparó bajo mi piel y una niebla púrpura se enroscó primero alrededor de mis manos y luego también alrededor de mis pies.

Sin dolor. Sonriendo, miré a los dos hombres y di un primer paso hacia la entrada del palacio.

—¡No puede ser! —exclamó mi marido sorprendido y señaló con la mano extendida una huella cubierta de hierba detrás de mí. Mi huella.

—¿Cómo? —balbuceé igual de sorprendida y di otro paso, solo para ver cómo se extendía otra huella verde sobre la tierra negra.

—Tu magia está contrarrestando la maldición. Aunque todavía es a pequeña escala, es un comienzo —explicó Caronte y me sonrió satisfecho.

—¡Es increíble! —susurró Kayden y se acercó a mí para abrazarme—. ¡Eres increíble! —Me besó en la punta de la nariz—. ¿Con qué me he casado con una mujer fantástica y poderosa?

—Yo también me lo pregunto constantemente —oí murmurar a Caronte detrás de mí, pero no le presté atención.

—Entremos —sugerí, pero no sin antes darle a Kayden un suave beso en la comisura de los labios.

El interior del palacio no había cambiado. La entrada seguía brillando con el mármol blanco y el retrato de la reina Adayla con el rey Ryland colgaba justo enfrente de la entrada. Allí donde la escalera se dividía a izquierda y derecha.

¡Por los dioses! Me detuve de inmediato y desenvainé mi espada con un solo movimiento.

—No estamos solos —les susurré a los dos. Caronte levantó una ceja y Kayden miró a su alrededor mientras también desenfundaba su arma.

—¿Cómo lo sabes? —quiso saber mi alma gemela.

—El retrato —señalé con la cabeza en dirección a donde estaba colgado—, lo descolgamos para llevárnoslo a la biblioteca. ¿Recuerdas?

Los ojos de Kayden se agrandaron al oír mis palabras.

—Tienes razón —coincidió Caronte—. Siento la presencia de un poder desconocido para mí. Una magia bastante fuerte para sus estándares.

—Attilus —maldije en voz baja mientras daba una vuelta sobre mí misma para tener una visión general.

—Pero no está aquí —dijo el dios con serenidad.

—¿Entonces dónde? —preguntó Kayden mirándolo con expectación.

—Allí —respondió la divinidad, señalando el suelo con una mano.

—¿Debajo de nosotros? ¿En las bodegas? —pregunté, y tuve que tragar saliva. ¿No habíamos estado ya bastante tiempo bajo tierra en las últimas semanas? ¿No podíamos encontrar una de las rosas en un valle, en un claro o en medio de la estepa? Cualquier sitio menos en otro túnel subterráneo o cueva.

—Más abajo.

—¿Es eso posible? —preguntó Kayden con desconfianza.

—Claro que sí, pequeño rey . —Caronte miró furioso a mi alma gemela y este apretó los dientes. Este tipo de enfrentamientos entre los dos prometía ser divertido.

—Entonces propongo que bajemos —intenté distraerlos.

—¿Ahora? ¿No quieres descansar primero? —me miró preocupado.

—Ahora mismo. Se nos acaba el tiempo —dije con determinación—. Nuestros amigos y los refuerzos del continente nos necesitan.

—¿Alguno de ustedes sabe cómo llegar allí?

Porque tengo la sensación de que el lugar donde se concentran las vibraciones mágicas del otro ser ya no se encuentra en este edificio.

—Caronte me miró con curiosidad y yo miré a Kayden.

El tiempo que pase en este palacio, fue en una cama en un cuerpo sin vida, mientras mi alma estaba a resguardo en Aranga.

—En aquel entonces descubrimos un pozo en las bodegas. Puedo llevarnos allí, pero no había pisos debajo —le espetó Kayden al dios.

—Quizás no los encontraron —respondió irritado ante la acusación tácita de una suposición errónea.

—Veamos primero ese pozo. Al fin y al cabo, las ubicaciones anteriores de las rosas siempre tenían algo que ver con el agua —intervine antes de que la situación se agravara.

—Buena idea, pequeña rompe maldiciones —ronroneó Caronte.

—Exacto. Buena idea —gruñó Kayden y se adelantó con el arma desenfundada.

—Te has elegido a un compañero muy desconfiado —dijo Caronte en mi cabeza mientras bajábamos unas escaleras hacia el sótano.

Kayden se había llevado una de las antorchas encendidas del vestíbulo.

Sus llamas bailaban agitadas con las sombras de las paredes.

Casi como si quisieran advertirnos de un peligro que aún no detectábamos.

—Dale tiempo para que acepte tu presencia — respondí con la mayor neutralidad posible.

—Ahí está el pozo —nos informó mi marido y se detuvo. Delante de nosotros, reconocí una bóveda de sótano. En su centro se alzaba un pozo, construido en piedra blanca. Me acerqué con cautela, mientras los dos hombres buscaban en las paredes indicios de un posible paso.

Me incliné sobre su borde, solo para mirar dentro de un agujero negro. No me costó ningún esfuerzo encender una bola de luz en la palma de mi mano, que dejé flotar poco a poco dentro del charco.

Al principio solo se veía la piedra con la que estaba construida la fuente, pero entonces esta desapareció y en su lugar aparecieron rocas rugosas. Rocas que formaban una cueva, en cuyo centro había un lago. Sentí como si estuviera viviendo un déjà vu.

—¡No! —murmuré—. No puede ser.

—¿Qué no puede ser? —preguntó Kayden, acercándose a mí.

—Mira hacia abajo —dije sin tono, y al momento siguiente él también se inclinó sobre el borde del charco.

—¡Mierda! —maldijo—. Esto me trae malos recuerdos —añadió, y supe que estaba pensando en la cueva subterránea de los túneles de Ascradia. Esa cueva que terminó derrumbándose.

Pero entonces se me ocurrió otra cosa.

—¿Fue de aquí de donde estuvieron sacando agua durante nuestros días en el palacio? —pregunté—. ¿También el agua que bebí después de despertar?

—Sí. Siempre nos turnábamos para venir a buscarla. No encontramos otra fuente —explicó con el ceño fruncido.

—Entonces la rosa no puede estar en este lago —dije aliviada, preguntándome al mismo tiempo dónde estaría.

—¿Cómo puedes estar tan segura? —preguntó mi alma gemela.

—Porque de lo contrario no habría podido beber sin sentir un fuerte dolor. Como con el agua del lago de la otra cueva.

—No está ahí abajo, en el pozo —coincidió Caronte en ese momento, y me volví hacia él. Estaba delante de un pasadizo en la pared del sótano que antes no estaba allí—. Por aquí.

—¿Cómo? —Miré el pasadizo con los ojos muy abiertos. Antes solo había una pared desnuda.

—Un mecanismo oculto en la piedra. No es nada del otro mundo —dijo con su aire complaciente y, al instante siguiente, atravesó la abertura que se había creado. Cuando quise seguirlo, Kayden me detuvo.

—¿Confías en él? —preguntó. Le dediqué una sonrisa suave y tomé su mano entre las mías.

—Sí. Igual que confío en ti —respondí, y él asintió una vez.

—Entonces también tendré que hacerlo —dijo con determinación y me llevó con él hacia el pasadizo. En el momento en que cruzó el umbral, una ráfaga de viento apagó su antorcha y nos envolvió en la oscuridad. Un escalofrío me recorrió la espalda. ¿De dónde venía esa corriente?

—¿Dónde están? —gritó Caronte impaciente delante de nosotros. Era ciego y tenía otro tipo de visión que no era la de los ojos. Para él, la oscuridad que se extendía ante nosotros no suponía ningún problema.

—¡Ya vamos! —respondí, haciendo bailar otra bola de luz en la palma de mi mano. Un momento después, todo quedó envuelto en un cálido resplandor.

Justo delante de nuestros pies, unos escalones descendían hacia profundidades desconocidas. Al verlos, di un paso atrás. Un paso más y habríamos caído. Muy abajo. Mi corazón se aceleró al pensar en ello y supe que el de Kayden también latía con fuerza en su pecho.

—Parece que alguien no quiere que lleguemos vivos a nuestro destino —susurró—. Vamos, estamos en el camino correcto.

Me tomó de la mano y me acarició la piel con el pulgar para tranquilizarme. Luego seguimos juntos a Caronte hacia las profundidades. Escalón a escalón.

Cuanto más bajábamos, más inquietante se volvía el silencio y más opresivo el aire. Al principio aún podíamos escuchar una gota por aquí o por allá, pero al cabo de un rato ese ruido también se acalló. Solo nuestros pasos resonaban en las paredes, que se estrechaban cada vez más.

La escalera se adentraba en la tierra como una espiral y el tiempo parecía interminable. La mano de Kayden se convirtió en mi ancla a la realidad. Agarrada con fuerza, era mi único apoyo.

Las numerosas vueltas y giros del descenso me mareaban y, en algún momento, dejé de saber cuánto tiempo llevábamos bajando. ¿Minutos? ¿Horas? ¿Días?

De repente, una voz interrumpió el torrente de mis pensamientos.

—Nos están esperando —dijo Caronte con severidad en mi cabeza—. Desenvainen sus armas y prepárense para formar un escudo.

Kayden, a mi lado, parpadeó irritado, pero al momento siguiente sacó su espada de la funda. Me alegré de que esta vez Caronte no se hubiera comunicado solo conmigo.

A regañadientes, solté la mano de mi marido y también desenfundé la mía de manera silenciosa. El acero estaba frío como la muerte sobre mi piel, que antes había sentido el calor de Kayden.

—Apaga la luz — ordenó el dios. ¿Estaba sin aliento? ¿O solo era mi imaginación? —. Quedan veinte escalones. Después, tendrán que caminar veinte pasos más en línea recta. Cuando lo diga, tejeremos juntos un escudo. ¿Entendido?

—Entendido — respondí, sin atreverme a preguntar qué nos esperaba que requiriera incluso un escudo tejido por un dios. Apagué mi bola de luz y me concentré en cada uno de los escalones que nos llevaban hacia abajo.

Quedaban quince, luego diez y, por último, solo dos pasos antes de llegar al descansillo.

Nos esperaba un olor nauseabundo. A muerte y descomposición.

Apenas me atrevía a respirar mientras avanzaba los otros veinte pasos a través de la oscuridad, como si estuviera vadeando barro.

Esperaba que Caronte no se hubiera equivocado en el recuento.

¿Acaso mis pasos no eran más cortos que los suyos?

El pánico provocado por la ceguera se apoderó lentamente de mí. ¿Fue un susurro lo que escuché a mi derecha? ¿Un jadeo justo detrás de mí?

Agarré mi arma con ambas manos, lista para atacar. El sudor se había acumulado en mi frente y mi espalda. Sudor de miedo. Sentía el peligro que nos esperaba aquí abajo. Que ya estaba aquí, envuelto en la oscuridad, pero aún no podía verlo.

Entretanto, terminamos de recorrer los veinte pasos y me detuve. A mi izquierda sentí a Kayden, que también se detuvo. A mi otro lado se deslizó la tranquilizadora presencia del dios.

—Gírense para que quedemos espalda con espalda — nos indicó, y yo hice lo que dijo. Despacio y lo más silenciosamente posible—. ¡Ahora!

Mi magia también pareció percibir el peligro, porque salió a la superficie con una fuerza y una velocidad nunca antes vistas. Sin dudarlo, la entretejí con el poder de Caronte y de Kayden y, en un abrir y cerrar de ojos, formamos un escudo incandescente a nuestro alrededor.

Su luz disipó la oscuridad que nos rodeaba y la sumergió en un suave color naranja que recordaba a un amanecer.

Sin quererlo, retrocedí al ver lo que nos esperaba aquí abajo, y choqué contra la espalda de los dos hombres.

Kayden, a mi lado, se había quedado paralizado, y Caronte, que casi todo se lo tomaba a modo de broma, sostenía dos largas espadas en las manos.

A nuestro alrededor se levantaban del suelo unas criaturas que nunca antes había visto en mi vida.

—Son Ankou — me informó el dios—. Bestias mortales traídas del infierno. Del inframundo.