Capítulo 43
Son conocidas por su belleza, elegancia y peligro,
pero no se menciona solo a una, sino a tres.
El enigma de la sirena de las aguas negras
de la tierra maldita frente al palacio de Eclaria
J adina
Será mejor que se vistan. Todos se han reunido en el comedor y solo los están esperando a ustedes —añadió Nayda sin mirarme, y un parpadeo después tanto ella como Flavia habían vuelto a desaparecer.
—Gracias por avisarme a tiempo — le gruñí a Caronte.
—De nada — respondió divertido.
—Ahora entiendo lo que querías decir cuando decías que teníamos poco tiempo —jadeó mi marido mientras intentaba volver a subirme la ropa.
Sin embargo, se detuvo, me tomó el rostro entre las manos y me besó con increíble ternura, primero en los labios y luego en la punta de la nariz—. Lo siento —susurró.
—¿Te arrepientes? —pregunté con la voz temblorosa, conmovida por la intimidad que representaba ese beso.
—Por no haber confiado en ti, por no saber controlar a veces mis celos y por haberme dejado llevar por mi magia…
—No fue culpa tuya —le interrumpí.
—¿Qué no fue culpa mía? —quiso saber.
—No te dejaste dominar por tu magia. —Suspiré y esta vez fui yo quien le puso las manos en las mejillas.
Acaricié su piel con el pulgar—. No lo recuerdas, pero cuando eras niño te alcanzó una flecha en cuya punta estaba adherida la maldición.
Así es como penetró en tu cuerpo y se ancló en ti.
Con el paso de los años se fue haciendo cada vez más fuerte y solo esperaba su oportunidad, un momento de debilidad.
Probablemente, la situación emocional provocada por mi desaparición te hizo vulnerable a ella.
—¿Qué? ¿Cómo se te ocurrió algo como eso? Solo una flecha me ha alcanzado en toda mi vida y no estaba maldita. Lo recordaría, y Elara también. —La incredulidad se reflejaba en sus ojos y me partía el corazón tener que decirle la verdad.
Entonces repetí la confesión de Gronus: la historia de la flecha que marcó la infancia de Kayden y la prohibición de usar su magia.
Le expliqué que el plan de su padre no había sido más que un cruel aplazamiento del destino, una red de mentiras que incluyó el robo de sus memorias y el uso de la magia de Elara para remendar lo que nunca debió romperse.
Durante todo ese tiempo, le sostuve la cara, le acaricié y recogí las lágrimas que brotaron de sus ojos, causadas por el dolor.
—Siento mucho todo lo que te ha pasado —le susurré y lo besé con ternura en la punta de la nariz.
—¿Capturaron al que me disparó la flecha? —quiso saber.
—No, te encontraron con ella clavada en el pecho. El arquero ya se había dado a la fuga. Pero tu padre está convencido de que se trata de un cazador. De ahí su odio hacia mi pueblo.
—¿Por qué alguien dispararía una flecha maldita a un niño? —reflexionó, y puso sus manos sobre las mías—. ¿Quién haría algo así?
¿Quién tendría interés en imponer una maldición sobre la tierra, ligada al futuro heredero al trono de los jinetes?
—Attilus —susurré horrorizada, y Kayden me miró con la misma comprensión en sus ojos—. ¿Y si todo esto no fuera una coincidencia, sino algo intencionado? Attilus también conocía la profecía. Sabía quién eras y en qué te convertirías.
Kayden se puso de pie y me arrastró con él. Con destreza, me abrochó el uniforme.
—Ven, tenemos que hablarlo con los demás —insistió, y juntos salimos de la cabaña hacia el comedor.
Estaba abarrotado. Había hombres y mujeres con uniformes de cuero sentados y de pie por todas partes. Solo alrededor de una mesa en el centro todos hacían un gran rodeo. Me dirigí hacia ella y descubrí a mis amigos, así como a un dios que estaba recostado en una silla con los brazos cruzados.
—¡Maldita sea! ¡Por fin llegan! —exclamó Nayda con un tono reprochador—. Vestirse no pudo haberles llevado tanto tiempo. —Nos miró a los dos con escepticismo y su mirada hizo que se me subieran los colores a las mejillas.
Pero poco después, todos se abalanzaron sobre Kayden.
Lo abrazaron, le dieron palmadas en la espalda o, como Eline, le acariciaron suavemente las mejillas.
Todos se habían preocupado por él, lo habían echado de menos.
Aunque el tiempo para un verdadero reencuentro era demasiado corto, las emociones eran intensas.
Incluso en los ojos de Nayda descubrí lágrimas, que no tardó en ocultar ante nosotros antes de pedir a todos con severidad que volvieran a sentarse para que la reunión pudiera continuar.
—Jadina me contó lo que sucedió cuando era niño. Cómo la maldición entró en mi cuerpo —explicó Kayden y se sentó junto a Lenn, quien lo abrazó de nuevo con alegría y amistad.
—Me alegro de tenerte de vuelta —dijo el jinete.
—Me alegro de haber vuelto —coincidió, dándole una palmada en el hombro a su amigo.
Caronte señaló con un gesto despreocupado uno de los dos asientos libres a su lado.
—Siéntate, pequeña rompe maldiciones —ronroneó con una sonrisa maliciosa.
Miré a Kayden con incertidumbre y él me hizo un gesto con la cabeza. ¿De verdad estaba bien? Por supuesto, él no tenía nada que decir sobre dónde me sentaba, pero tampoco quería atormentarlo.
Vacilante, me senté junto al dios, pero alejé un poco mi silla de él. Al fin y al cabo, no tenía por qué sentarme casi en su regazo.
—Creemos que no fue una casualidad que alguien me disparara con una flecha maldita —continuó Kayden—. Attilus también conocía la profecía. Además, sabía quién era yo y lo poderosa que era mi magia a pesar de mi corta edad. ¿Y si quería impedir que se cumpliera la profecía?
Dex lo miró frunciendo el ceño.
—Puede que tengas razón. Si Gronus no hubiera hecho el pacto con los dragones y no te hubiera dejado curarte en parte gracias a uno de ellos, el resto de la historia, tal y como la conocemos, no habría podido desarrollarse.
—Al parecer, Attilus tenía visión de parte del futuro, pero aún así no pudo prever algunas cosas. Por ejemplo, la aparición de los dragones.
—¿Y si eso tampoco fuera una coincidencia? Los dragones fueron enviados por su oráculo. ¿Es probable que esa haya sido la razón de su alianza con los jinetes? —añadí, y de repente todo cobró sentido. Se produjo un breve silencio en nuestra mesa.
—Malditas sean las nornas. Esas brujas también meten mano en todo —oí maldecir en voz baja a Caronte a mi lado.
—Estas tramas del destino nos han llevado a un punto en el que ya no podemos evitar la lucha.
—Fue Flavia quien rompió el silencio, levantándose de su asiento.
Todos la miramos—. Gronus está cumpliendo sus amenazas de exterminar al pueblo de los cazadores.
Ya sea por odio, porque cree que ellos han maldecido a su hijo, o por razones estratégicas.
Va a lanzar un ataque y tendremos que frustrarlo si queremos volver a ver este país unido algún día.
—Ya hemos dividido las tropas y los dragones están listos para volar. Vamos a entrar en una maldita guerra —añadió Nayda, levantándose también.
—Pero ¿qué pasa con la última rosa? ¿Tenemos una nueva pista? —quise saber. Teníamos que encontrar esa rosa. Ya.
Nayda miró a Dex, quien me dedicó una sonrisa tímida mientras también se ponía en pie.
—Decidimos que lo mejor será que sean ustedes dos quienes vuelvan al Palacio Eclariano para buscar la rosa. Así habrá menos posibilidades de que Attilus los engañe. Gracias al vínculo espiritual que tienen, sabrán si es él quien está ante ustedes o es su alma gemela.
Esta consideración tenía sentido. Poco a poco, todos mis amigos se fueron levantando.
—Por supuesto que no irán a buscarla sin mí —intervino Caronte. Su silla chirrió contra el suelo y me miró con aire altivo—. Siempre estaré a tu lado, pequeña rompe maldiciones.
—No esperaba otra cosa —dije, poniendo los ojos en blanco. Kayden y yo también nos levantamos.
—Sí, tendrán que llevar a Caronte con ustedes —dijo Dex, mirando al dios con incertidumbre—. Ha insistido en eso.
—En cuanto encuentren la rosa, asegúrense de seguir las instrucciones de la sirena para que puedan llegar los refuerzos del continente —nos recordó Flavia—. Necesitaremos a todos los hombres y mujeres, sobre todo si Attilus también entra en guerra.
—Lo conseguiremos. Juntos —dijo Lenn, pasando la mano por el centro de la mesa.
Dex puso la suya sobre la de su amigo y le sonrió con un poco de melancolía.
Ida siguió su ejemplo y acarició con ternura la piel de Dex con el pulgar, quien a su vez la miró profundamente a los ojos.
Jako fue el siguiente, seguido de Nayda, Flavia, Fely, Eline, Kayden y yo.
El cuerpo de Caronte se estremeció, pero luego se detuvo.
—Tú también eres parte de esto —le susurré para animarlo.
Vacilante, extendió la mano y luego la posó sobre la mía.
—Juntos salvaremos Eclaria —dije en voz alta y me sorprendió que nadie se hubiera echado atrás ante la mano de Caronte.
Ni siquiera cuando esta comenzó a brillar y hermosas cintas de luz de colores se desprendieron de su piel para envolver al momento siguiente todas las manos entrelazadas.
Cuidadosas de no causar dolor a nadie con su magia, las cintas de luz flotaran sobre nuestra piel sin tocarnos.
Así que liberé mi magia de luz y envolví mis cintas alrededor de las de Caronte para protegerlas. Juntos atamos los hilos con más fuerza alrededor de nuestras manos unidas y sellamos nuestro pacto.
A nuestro alrededor, los espectadores se habían acercado y contemplaban con reverencia este espectáculo. Veían cómo un jinete, un cazador, una vil y un dios se unían para salvar nuestra tierra. Para enfrentarse juntos al enemigo y reclamar la libertad que antes era un bien natural en este reino.
—Estamos listos — oí decir a Jarok en mi cabeza y, cuando miré a mi alrededor, me di cuenta de que los otros dragones también informaron a sus jinetes.
Mi magia se retiró con suavidad y las coloridas cintas de Caronte también se desvanecieron cuando separamos nuestras manos.
—Cuídate mucho, hija mía —dijo Eline y se acercó a mí para abrazarme. Me envolvió con fuerza y yo deseé sumergirme en esa sensación de seguridad.
—Tú también ten cuidado —le susurré al oído, entre su cabello que olía a hogar. Entonces me soltó para dirigirse a Kayden. Fely fue la siguiente en rodearme con sus brazos y apretarme contra ella.
—Nos vemos cuando Marek, Elena y Lucian estén aquí —dijo, y escuché tanta esperanza en su voz que por un momento me mareé.
—Sí, seguro —respondí, y también rodeé con mis brazos su delicado cuerpo.
—Maldita sea, vengan aquí las dos —maldijo Nayda, y sentí cómo otro par de brazos nos rodeaba y nos abrazaba.
Era una despedida temporal. Sin embargo, después del camino que habíamos recorrido, fue más dolorosa de lo esperado.
Lenn me acarició la espalda mientras me susurraba un «hasta pronto». Dex me aseguró una vez más que la rosa se encontraba sin duda en el palacio de Eclaria, antes de pasarme un paquete con provisiones que —estaba segura— Ida preparó.
Todos se abrazaron y se despidieron. Algunos con lágrimas en los ojos, otros con cierta frialdad. Solo Caronte se quedó un poco apartado.
—¿Vas a tomar un portal para llegar al palacio? —le pregunté mientras me acercaba a él.
—¿Qué? ¿Y perderme toda la diversión del viaje contigo y ese aspirante a rey? —Su mirada se posó en Kayden, que se despedía de su escuadrón—. No, tomaré al Fénix.
—¿A Limycu? ¿Dónde está ese pequeño? —miré a mi alrededor , pero no lo vi sobre los hombros de nadie.
—El pequeño ya nos está esperando fuera. En todo su esplendor.
¿Se había transformado sin que yo se lo pidiera? Abrí mi mente y de inmediato sentí su presencia.
—¿Ahora me crees? —Caronte rompió nuestra conexión mental y me sonrió con picardía. Había tantas voces en mi cabeza. Mi mirada se posó en Kayden. Solo faltaba la suya —. En cuanto a eso — intervino de nuevo en mis pensamientos —. Ustedes…
—Jadina, ven. Tenemos que irnos. Si no, no llegaremos al palacio antes del atardecer —interrumpió Kayden las palabras de Caronte y sin esperar, lo seguí hasta la plaza.
Aunque sentía que el dios seguía tirando de mi conciencia, sabía que Kayden tenía razón. Teníamos que darnos prisa.