Capítulo 42
Lucian no soporta a Caronte.
¿Será el vínculo espiritual el que habla por él?
De las notas de la princesa Elena
J adina
Qué te había dicho? Problemas en el paraíso — se burló Caronte con increíble complacencia en mi cabeza.
—No, Kayden no es así. Se lo explicaré todo y lo entenderá — respondí imperturbable—. Aunque quizá una hora no sea suficiente para ello.
Sonriendo, miré al dios, que vio claramente mi intento de ganar más tiempo a solas con mi alma gemela.
—Una hora. No más — dijo con firmeza.
—Ve a los baños — le sugerí—. En cuanto entres, los tendrás para ti solito. Toda la paz y el silencio que puedas desear mientras te relajas en unas aguas maravillosamente cálidas.
—¿De verdad estás intentando convencerme de las ventajas de la soledad con la que lucho día tras día? —preguntó, y su risita divertida desapareció de repente, al igual que mi impulso de deshacerme de él. Nunca antes lo había visto tan sincero.
—Lo siento — respondí y lo tomé por la mano. No le deseaba la soledad a nadie, ni siquiera a él.
—¿Puedo saber qué sucede aquí? —La voz de Kayden interrumpió nuestra discusión. Tenía los ojos entrecerrados y miraba con fijeza nuestras manos entrelazadas.
La ira ardía en sus iris y vi que, al mismo tiempo, intentaba controlarse. Tenía las manos cerradas en puños y le temblaban ligeramente.
¡Mierda! Mi confianza en que Kayden comprendiera la extraña relación entre Caronte y yo… Bueno, ¿qué era lo que en realidad teníamos? ¿Conexión? ¿Compañerismo en el sufrimiento? ¿O incluso amistad?
¿Entendería mi marido que Caronte no buscaba mi cercanía por motivos sexuales, sino únicamente para escapar de la eterna soledad de su existencia durante su estancia?
Desde el principio le había mostrado a Caronte cuáles eran los límites y, aunque a veces podía ser un idiota, nunca traspasaría los límites de una mujer, de ninguna.
De eso estaba segura. Sí, le gustaba coquetear.
Le gustaba mucho y lo hacía a menudo. Pero eso era todo.
—No es nada —respondí, soltando la mano de la divinidad—. Solo somos… amigos. —Sentí cómo Caronte se estremecía a mi lado y se ponía tenso—. Te lo explicaré todo con calma.
La palabra «amigos» me sorprendió tanto como al dios, que me miró con los ojos muy abiertos.
Me parecía lo correcto. Desde que apareció aquí, siempre ha estado ahí para mí.
A su manera retorcida y, a veces, incluso demasiado molesta.
Pero me ha ayudado, escuchado e, incluso, ha creído en mí durante los momentos decisivos. ¿No es eso lo que hacen los amigos?
Sin embargo, a Kayden no parecieron gustarle mis palabras. Con una expresión sombría en la cara, me miró con los labios apretados.
—Puedes comunicarte mentalmente con él —espetó. No era una pregunta, sino una afirmación. Descubrí el dolor que eso le causaba entre las llamas que ardían en su mirada.
—Eh… —Sorprendida de que Kayden lo supiera, miré en busca de ayuda a Caronte, que seguía mirándome como si fuera la primera vez que me veía.
—Todos los dioses pueden hacerlo —intervino Dex, y nunca le había estado tan agradecida como en ese momento por su infinito conocimiento—. Por suerte, aún no he tenido el placer, pero, en teoría, Caronte puede comunicarse con cualquiera de nosotros de esa manera.
Kayden asintió, pero no parecía que esa explicación lo fuera a suavizar. Así que le agarré la mano cerrada en un puño y lo llevé a nuestra cabaña, que, como también tendría que confesarle, compartiríamos con Caronte.
No pude contener un suspiro de tristeza. Me había imaginado nuestro reencuentro de otra manera.
Sin embargo, no podía culpar a nadie por ello.
Los celos en parte irracionales de mi marido estaban alimentados por nuestro vínculo espiritual, y la dependencia de Caronte era el resultado de sus milenios de soledad.
Y yo me encontraba entre ellos, sin estar dispuesta a renunciar a ninguno de los dos.
Ni a mi alma gemela ni a mi nuevo amigo.
Kayden me dejó llevarlo a nuestra cabaña sin protestar. Lo empujé por la puerta, hacia el interior de la habitación, bastante oscura.
Cuando me giré para cerrar la puerta detrás de mí, mi mirada se posó en Caronte, que seguía en la plaza del pueblo mirándome. ¿Era miedo lo que veía en su rostro?
Suspirando, rompí el contacto visual, tranqué la puerta y me volví hacia Kayden, que estaba de espaldas a mí, algo perdido en la habitación. Tenía los hombros caídos hacia delante y los brazos y las manos colgando flácidos a ambos lados del cuerpo.
Estaba irritado y miraba de un lado a otro entre las dos camas. Quizás no había sido buena idea traerlo aquí. El poder de Caronte llenaba el aire de la sofocante habitación y Kayden también se dio cuenta de quién era el dueño de la cabaña.
—¿Lo amas? —preguntó en voz baja y cansada.
—¿Qué? —exclamé, sorprendida por su pregunta.
—Lo entendería. Después de todo, pensabas que nunca volverías a verme. Quizás necesitabas consuelo y él te lo dio.
—¡No! —protesté indignada, pero él no me dejó seguir.
—Si es él a quien quieres, no me interpondré en tu camino.
Con un tirón, lo giré hacia mí.
—No quiero ni deseo a nadie más. Te amo más que a mi vida y no puedo imaginarla sin ti —las palabras brotaron de mi boca—.
El tiempo sin ti fue una auténtica tortura y solo el conocimiento de mi responsabilidad hacia los pueblos de Eclaria me mantuvo en pie.
—Deslicé mis manos por su pecho—. Pero sin ti, mi vida es solo la mitad y… no estoy completa.
—Entonces, ¿por qué ha dormido aquí, en tu cabaña? —estalló, pero se contuvo al instante—. Puedo sentir su presencia en todas partes, incluso en tu cama.
—Nadie quiere compartir cabaña con él y no hay capacidad para asignarle una propia. Como soy con quien mejor se lleva, accedí a vivir con él. Pero no pasó nada entre nosotros.
—Estaba en tu cama —repitió, insistiendo en esa afirmación que parecía no darle paz.
—No estaba en mi cama, sino sobre mi cama. Y eso fue después de evitar que me desmayara y cayera al suelo.
—¿No te encontrabas bien? —preguntó, mirándome preocupado y me tomó de las manos, las que aún mantenía sobre su pecho. Podía sentir sus latidos demasiado desenfrenado bajo su piel e inmediatamente los míos se sincronizaron con los suyos.
Así que tomé una de sus manos y la puse sobre mi pecho. Sus ojos se agrandaron. Podía sentir los latidos combinados.
—Caronte es solo un amigo que me ha ayudado en muchas ocasiones. Entre otras cosas, a salvarte. Por eso le estaré eternamente agradecida. Pero nada más. Mi corazón solo late por ti y contigo. Eso nunca cambiará.
Las lágrimas llenaron mis ojos y sumergieron al hombre que amaba en una confusa maraña de colores.
Una maraña que se acercó a mí hasta que sentí sus labios sobre los míos.
Dulces, tiernos y cautelosos. Como si no quisiera asustarme.
Aunque mi pasión por él rebosaba, refrené mi impulso de abalanzarme sobre él con todo mi amor y mi deseo anhelante.
En cambio, respondí al beso con la misma suavidad y moderación.
—Yo también te amo por encima de todo, Jadina. No puedo perderte —gimió contra mis labios. Mi nombre, pronunciado por su boca, se deslizó como chocolate por mi garganta y rompió toda la moderación que intentaba mantener con todas mis fuerzas.
—Soy tuya en cuerpo y alma —susurré temblorosa, solo para soltarme al momento siguiente y conquistar con avidez su boca, su lengua, su ser, ansiando mucho más de él—. Para siempre.
El vínculo espiritual entre nosotros latía al ritmo de nuestros corazones y nuestra magia bailaba entrelazada bajo nuestra piel. Mucho más tierno de lo que dejaba entrever el deseo tormentoso con el que ahora me devolvía el beso, deslizó sus dedos mi cabello y acercó su cuerpo al mío.
Yo, por mi parte, tiré de la abertura de su uniforme de cuero con impaciencia. Estaba roto en diferentes partes.
—¿Tan impaciente, mi gato salvaje? —inquirió sonriendo en mis labios.
—Bueno, no tenemos mucho tiempo —respondí con una sonrisa pícara, mientras le tomaba de la mano y lo llevaba a mi cama.
—Nos tomaremos todo el tiempo del mundo —me susurró al oído y sus palabras hicieron que todo mi cuerpo se estremeciera de placer.
El calor se acumuló entre mis muslos y, con un suave gemido, cerré los párpados.
Me olvidé de Caronte y de su hora. Kayden tenía razón.
Este reencuentro requería un breve momento de atemporalidad.
Decidido, tomó mi almohada y mi manta para extenderlas sobre el suelo de madera. Confundida, lo observé hasta que me tomó en sus brazos y me tumbó sobre el nuevo lecho.
—Así apesta menos a dios —dijo sonriendo mientras me acostaba sobre la manta con suavidad, solo para hundir su nariz en mi cabello y provocarme con la lengua detrás del lóbulo de la oreja. Un nuevo escalofrío recorrió todo mi cuerpo, hasta la punta de los dedos de los pies.
—Te deseo —gemí—. Ahora.
Su boca recorrió un camino caliente hasta mi clavícula, mientras al mismo tiempo desabrochaba mi ropa con agilidad y la deslizaba hasta mis caderas.
Su lengua rodeó mi pezón. Solo ese contacto me hizo arquear la espalda y presionar mi pelvis contra la suya.
Sentí que él me deseaba tanto como yo a él.
—Pequeña rompe maldiciones — oí de repente otra voz masculina ronronear en algún lugar de mi cabeza. Pero en ese momento, la lengua de Kayden se deslizó hacia mi ombligo, solo para bajar el resto de mi uniforme hasta mis rodillas de un tirón.
—Eres tan hermosa y tan suave —gruñó Kayden en mi piel, justo encima de mi centro. Cada una de sus palabras vibró en lo más profundo de mi ser.
Bromeando, besó la parte interior de mis muslos, acercándose cada vez más a mi deseo palpitante. Anticipándome a su contacto allí, hundí los dedos en la manta que tenía debajo. Buscaba apoyo antes de que me empujara por el precipicio.
—Pequeña rompe maldiciones — volvió a sonar esa voz masculina en mi cabeza, la cual solo debería girar en torno a la hábil lengua de mi marido, quien estaba a punto de conquistar mi centro—. Sé que ahora no es el momento adecuado, pero…
—¡Vete! — intenté decir con la mayor dureza posible, pero las palabras se difuminaron en un gemido y simultáneo que no pude reprimir.
—Vaya, veo que el momento es realmente inoportuno. ¿Quizás pueda ayudarte a acelerarlo? —ofreció, y pude oír lo ásperas que sonaban sus últimas palabras.
—¡Vete! — repetí. Esta vez, sin embargo, con la vehemencia necesaria. En ese momento, Kayden apartó mis bragas y me introdujo un dedo. Las estrellas bailaban ante mis ojos.
—Está bien. No quiero interrumpirlos, pero…
—¡Ahora no! —gemí.
—Solo quiero decir que…
En ese momento, la puerta se abrió y Kayden se inclinó sobre mí para protegerme. Por encima de su hombro, vi a Nayda y a Flavia, que estaban en la puerta, jadeando.
—…tienen visita — terminó diciendo el dios entre risas.
—El maldito de Gronus está atacando las aldeas de los cazadores —exclamó Nayda—. Tenemos que partir ya.