Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 45
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Capítulo 45

Encuéntrenlas a todas, pero tengan mucho cuidado,

porque el mundo doble las protege.

El enigma de la sirena de las aguas negras

de la tierra maldita frente al palacio de Eclaria

J adina

Del inframundo? ¿Qué hacían aquí con nosotros y cómo llegaron hasta aquí? ¿Con quién del inframundo estaba confabulado Attilus? No podía tener tanto poder como para comandar a los monstruos del infierno. ¿O sí?

Tantas preguntas que me hubiera gustado hacerle a Caronte, pero no hubo tiempo, porque la manada se acercaba a nosotros, con numerosos pares de ojos que nos miraban con avidez como carbones ardientes.

Se parecían un poco a los fogghoul, pero eran más pequeños y robustos. Su pelaje oscuro se había erizado al vernos y gruñían mostrando sus dientes del tamaño de una mano, de los que ya goteaba saliva.

Cada paso que daban hacia nosotros iba acompañado del chasquido de sus enormes y afiladas garras sobre el suelo de piedra. Como el tictac de un reloj que anunciaba nuestro fin.

—Sus garras segregan un veneno que es mortal para los seres mágicos, ya que les priva de su magia. Así que intenten no ser alcanzados.

Las palabras de Caronte resonaron en mi mente como cañonazos. Las criaturas que teníamos delante eran absolutamente mortíferas y nuestra inmortalidad no valdría nada en una lucha contra ellas.

Con un gruñido ensordecedor que hizo temblar la tierra, uno de los monstruos se abalanzó sobre nosotros. Por suerte, ya habíamos levantado el escudo. Aquí dentro no podía hacernos daño.

En ese momento, la bestia pasó sus garras renegridas por el escudo y, con los ojos desorbitados, miré los agujeros que se formaron en nuestra barrera mágica.

¡El veneno! ¡Destruyó nuestra magia!

—¡Rápido! ¡Hay que restaurarlo! —gritó Caronte en voz alta y sentí cómo todos canalizábamos nuestro poder hacia nuestra protección.

Pero aún no habíamos reparado del todo los agujeros cuando otro Ankou se abalanzó y lo cortó en otro lugar.

Sus garras atravesaron nuestra magia combinada como si fuera mantequilla.

—¡Dejen que su magia siga fluyendo! —ordenó Caronte, y vi cómo apretaba con más fuerza sus espadas. Se preparaba para el momento en que nuestro escudo fallara por completo.

—¿Por qué tu alma gemela se contiene con su magia? — gruñó el dios en mi mente—. No está aprovechando todo su potencial. ¿Quiere matarnos?

Sorprendida, miré a Kayden. Tenía el rostro tenso, los dientes apretados y el cuerpo le temblaba por el esfuerzo. Y había algo más que reconocí. Miedo. Flotaba en estrías naranja rojizas sobre su cabeza y nublaba su mirada.

Pero no era el miedo a los monstruos que teníamos delante lo que lo paralizaba, sino el miedo a lo que lo había atormentado durante décadas, reprimiendo su magia.

—La maldición ya no puede hacerte daño —le dije—. Tu magia ya no es peligrosa. Puedes usarla sin restricciones.

—Lo sé —jadeó—. Pero no puedo dejarlo ir. No quiero hacerte daño. Otra vez.

Su magia de la tierra derrumbó la última cueva en la que estuvimos buscando juntos una de las rosas y casi me había sepultado bajo sus escombros. Fue Limycu quien me salvó.

—Yo creo en ti. Concédeme la misma confianza —le pedí mientras intensificaba mi flujo mágico y, por un breve instante, hice brillar el escudo con el color de mi poder verde.

Hipnotizado, miró el juego de colores y luego volvió a mirarme. El miedo desapareció de sus ojos y una nueva determinación se abrió paso hacia la superficie. Asintió con la cabeza y, al momento siguiente, sentí cómo su magia fluía con más fuerza y poder que nunca hacia el escudo.

—Mejor — comentó Caronte sin tono alguno—. Puedo trabajar con eso.

—¿Qué quieres decir? — pregunté, pero él interrumpió mi pregunta con una orden fuerte y urgente.

—Pequeña rompe maldiciones. ¡Mira detrás de ti!

Confundida, miré por encima del hombro y solté un grito ahogado al descubrir un objeto entre los Ankou que se acercaban. Un espejo enorme con un marco dorado.

Al mirar más de cerca, me di cuenta de que la superficie del espejo estaba ondulada y, en lugar de mostrarnos a nosotros y a los monstruos de la cueva, solo brillaba con intensidad.

—¿Qué es eso? —susurré sorprendida.

—Es una especie de portal. Tu camino hacia la última rosa —respondió a mi pregunta.

—Querrás decir nuestro camino —le corregí, mientras dirigía mi mirada al dios que estaba a mi lado.

—No, tu camino —dijo con suavidad—. Nosotros nos quedaremos aquí y lucharemos contra los Ankou mientras tú cumples tu misión.

—Pero…

—Caronte tiene razón —me interrumpió Kayden, y sentí un cariñoso tirón en nuestro vínculo espiritual—. Nosotros detendremos a los monstruos y te mantendremos el camino libre mientras vas a por la rosa. Puedes hacerlo.

—Las dos últimas veces tampoco lo habría conseguido sin ayuda —le hice notar.

—Ahora eres mucho más poderosa que antes —replicó, desestimando mi objeción.

—Al fin y al cabo, ahora también posees magia divina —se jactó Caronte, y sentí cómo mi marido giraba la cabeza en nuestra dirección.

—¿Qué? —exclamó—. ¿Compartió su magia contigo?

¡Ups! Al parecer, se me olvidó mencionarlo.

—Solo una gotita —dije contrita—. No vale la pena mencionarlo.

—¿Que no vale la pena mencionarlo? —jadeó ahora el dios indignado—.

¿Sabes lo raro que es que un dios comparta su poder con un ser inferior como tú?

—El resto de su protesta se convirtió en un murmullo ininteligible, pero me pareció oír las palabras «mujeres jóvenes» y «Hades».

Al parecer, a este le gustaba mucho compartir su poder con criaturas como yo.

—¿Por qué me lo ocultaste? —quiso saber mi alma gemela, claramente molesto, mientras la voz de Caronte en mi cabeza decía «criatura ingrata».

—¡Lo haré! —exclamé—. Iré a buscar la rosa. Ahora.

Con estas palabras, me di la vuelta y corrí hacia el espejo. Cualquier cosa era mejor que tener que quedarme con esos dos enfadados.

La manada de Ankou, que había seguido en silencio nuestra discusión, se puso en movimiento de inmediato. Me pregunté si habrían entendido alguna palabra de lo que habíamos dicho, porque ahora prestaban toda su atención a cada uno de mis pasos.

—¡Espera! —gritó Caronte, y sentí cómo él y Kayden corrían tras de mí y volvían a compactar el escudo que había ampliado con mi repentina partida—. El espejo está sellado mágicamente. Y con una magia que no es de este mundo. Es un poder oscuro el que protege el portal.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Hará todo lo posible para impedir que lo atravieses. Así que no te dejes engañar por él. Su superficie no muestra la realidad, sino solo la apariencia de lo que crees ver.

¿Qué quería decir con eso? Sabía que no era un espejo normal, pero ¿cómo iba a impedirme cruzar al otro lado solo con mi reflejo?

—Está bien —respondí, confiada en que no sería tan malo como Caronte lo estaba dando a entender.

—Nosotros nos quedamos aquí —dijo Kayden y me hizo un gesto de ánimo con la cabeza.

—Los Ankou sienten que te estás acercando a lo que deben proteger —siseó la divinidad, mirando hacia la manada, que se había acercado mientras tanto—. Atacarán juntos en cualquier momento. En cuanto se abalancen sobre nosotros, bajaremos el escudo.

—¿Qué? ¿Estás loco? —preguntó Kayden, sin apartar la vista de los monstruos. Su magia fluía hacia el escudo.

—Solo así podremos involucrarlos en una pelea y distraerlos de tu alma gemela —respondió el dios con una sonrisa cruel—. ¿O es que tienes miedo de las garras de estos gatitos, pequeño rey?

—Por supuesto que no tengo miedo de luchar —gruñó mi esposo, sacando una segunda espada de su cinturón. Luego se volvió hacia mí con mucha más suavidad—. Te daremos el tiempo que necesitas.

—Ya casi es tiempo —lo interrumpió el dios—. Prepárense.

Había unos diez pasos hasta ese maldito espejo. Tenía que ser rápida y esperar que los dos hombres pudieran distraer el tempo suficiente a los monstruos.

Discreta, avancé mi pie derecho y flexioné ligeramente la rodilla. En ese mismo instante, vi cómo los primeros Ankou se impulsaban desde el suelo con un rugido estruendoso y las fauces babosas y se abalanzaban sobre nuestro escudo.

—¡Ahora! —gritó Caronte y, sin mirar atrás, eché a correr hacia el espejo. Sentí cómo mis compañeros retiraban su magia del escudo y este, sostenido solo por mi propio poder, se aferró a mí.

Solo cuando llegué justo delante del portal me detuve y eché un rápido vistazo por encima del hombro.

Allí donde había dejado a Kayden y a Caronte.

Sin embargo, lo único que pude ver fueron muchos cuerpos oscuros y, entre ellos, el destello de las espadas de Caronte, que dejaban estelas rojas en el aire.

—¡Ve! — gritó el dios en mi mente y volvió a dirigir mi atención hacia el espejo.

Su superficie seguía ondulada, pero poco a poco se fue alisando y dejó ver una imagen.

Tenía que atravesarlo cuanto antes. Con cuidado, extendí la mano hacia el portal para deslizarla a través de él, pero en ese momento me detuve.

Me quedé mirando la imagen que se desarrollaba ante mí.

Al principio creí que era mi reflejo: una mujer joven que extendía la mano hacia el espejo.

Pero al mirar más de cerca, me di cuenta de que no era yo quien estaba frente a mí, sino mi madre.

Mi hermosa y cariñosa madre, a la que hacía demasiado tiempo no veía. Esa mujer que me leía cuentos y me arrullaba para dormir.

Sin que hiciera nada, la mujer del espejo inclinó la cabeza y vi tanto amor en sus ojos que mis piernas se doblaron y las lágrimas rodaron sin control por mis mejillas.

—Mamá —susurré mientras caía de rodillas.

—Jadina, mi pequeña —oí su voz y el sonido me arrancó un fuerte sollozo. La había echado tanto de menos. Había tenido que crecer sin ella. Cuántas veces lloré hasta quedarme dormida, esperando que la Gran Madre viniera a buscarme para llevarme a su lado al reino de los muertos.

—Te quiero, mi tesoro —susurró, y sentí sus palabras como una cálida brisa en mi rostro.

—Yo también te quiero —sollocé y extendí mi mano en su dirección. Pero en el momento en que la toqué, la imagen se volvió borrosa y amenazó con desaparecer.

¡No! No podía permitirlo. No podía dejarme. No otra vez. Así que retiré mi mano y exhalé aliviada cuando la superficie del espejo se estabilizó de nuevo. Mi madre me sonrió con cariño.

—Por fin estamos juntas—dijo—. Puedo volver a cuidarte y protegerte.

Sí, así sería. Ya no tendría que luchar por mí misma. Mi madre lo había hecho por mí cuando era pequeña, cuando necesitaba que me protegiera.

—Quédate a mi lado y no te pasará nada. Tu vida volverá a ser más fácil y despreocupada.

—Pequeña rompe maldiciones, no olvides lo que el espejo quiere impedir…

—No escuches a ese dios. Solo quiere alejarte de mí. Él no te quiere como yo lo hago —interrumpió mi madre a Caronte, y asentí mientras la miraba envuelta en un trance. Ella había vuelto. Ahora todo iría bien.

—¡Maldita sea! Ve de una vez…

—Sus palabras son como veneno. Solo quiere ponerte en peligro. Usarte para sus propios fines —continuó diciendo mi progenitora con suavidad—. Tú no significas nada para él. Solo yo te amo más que a mi propia vida. Nadie más.

—Nadie más —repetí como un mantra.

—Te amo, Jadina — resonó de repente la voz de Kayden en mi cabeza y sentí un claro tirón en el vínculo de nuestras almas. Mi alma gemela.

Mi madre en el espejo se retorció mientras gritaba de dolor.

—¡No le creas ni una palabra! —gritó, mirándome a los ojos. Pero en ellos ya no veía el amor que había visto antes. No, sus ojos ahora brillaban con un rojo intenso y en ellos se desataba un odio descarado.

—Siempre te amaré, mi gata montes. Hasta la muerte y más allá. — Las palabras de Kayden calentaron mi interior y secaron mis lágrimas.

—Yo también te amo — le envié a través del vínculo.

Poco a poco me puse de pie y me quedé frente a la mujer del espejo. Cuanto más la miraba, más se desvanecía el parecido con mi madre.

—Te quiero, madre. Pero no nos volveremos a ver hasta el reino de los muertos —le dije a mi reflejo en el espejo, solo para dar un paso adelante al momento siguiente y atravesar el portal con su chillido en mis oídos.