Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 14
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Capítulo 14

« Corre a casa y dile a tu madre

que deben esconderse. Ella sabe dónde estarán a salvo » .

Último recuerdo de Jako

antes de huir con su madre y su hermana.

J adina

La pequeña cabaña parecía aún más pequeña cuando Jako entró. Su pesado uniforme de cuero, que le permitía mucho menos movimiento que el nuestro, crujía con cada paso y sus pesadas botas golpeaban con fuerza las tablas del suelo.

Iba armado: llevaba un arco y flechas a la espalda y, además de una espada, varios puñales en el cinturón. Su presencia era intimidante, parecía dispuesto a ir a la guerra en cualquier momento.

Instintivamente, Nayda puso su mano sobre la empuñadura de su arma y observó al recién llegado con una curiosidad descarada.

Eline, que parecía incapaz de salir de su caparazón y que había interiorizado hasta la médula las costumbres del castillo, se apresuró a buscar una silla en la pequeña habitación.

—Siéntate, por favor —dijo sonriendo, y el hombre, que parecía más un gigante, tomó asiento en la diminuta silla. Luego se acercó a mí, tiró de los restos de mi uniforme de cuero e intentó arreglarme el cabello. Al parecer, sin éxito, como indicó su resoplido de frustración.

—¿De dónde conoces a Hakon? —preguntó Jako sin rodeos, mirándome con fijeza, sin distraerse con Eline, que mientras tanto echaba al resto del grupo de la cabaña y cerraba la puerta detrás de ella. Confiaba en Jako.

Me senté en el borde y miré al rebelde.

—¿De dónde lo conoces?

Una sonrisa se dibujó en la comisura de sus labios. ¿Acaso lo había impresionado? Al instante siguiente, su expresión volvió a ser fría y controlada. No, se necesitaba más para convencer a ese hombre.

—Mi madre era su cocinera antes de que cayera la maldición. Vivíamos en su finca y él para mí era como… —Ladeó la cabeza y me miró con los ojos entrecerrados, como si pudiera leer el final de su frase en los míos—. Un padre.

No sabía qué le llevó a compartir conmigo esa información, pero se lo agradecí.

—Es una historia larga y bastante inusual cómo lo conocí —admití.

—¿Tan inusual como una cazadora que monta dragones y que fue coronada reina por el enemigo? —Levantó una ceja con escepticismo.

—Más o menos —respondí, pasando las palmas de las manos por mis muslos antes de contarle sobre mis padres, el fragmento del espejo y el espejo del castillo.

Eline confiaba en este hombre y yo confiaba en ella.

Si queríamos formar una alianza con él y su gente, tenía que demostrarle que hablábamos en serio.

Solo la verdad podría llevarme hasta allí.

Jako permaneció en silencio, dejándome hablar sin interrumpir.

—Y entonces me encontré con Attilus, su hermano gemelo, que quería matarme —continué. De un tirón, el gigante se sentó más erguido en su silla.

—¿Te encontraste con Attilus? —Sus penetrantes iris marrones se clavaron en los míos.

—Sí. Y casi me cuesta la vida, si Hakon no me hubiera salvado y llevado mi alma a Aranga.

Sus ojos se agrandaron, para luego rodearse de auténticas arrugas de expresión.

—Realmente eres extraordinaria.

—¡Ja! —me reí sin alegría—. Créeme cuando te digo que nunca esperé verme envuelta en una historia tan enrevesada.

—¿Sabes dónde está Hakon?

—En Aranga. Pero tan pronto como caiga la cúpula que cubre Eclaria, regresará aquí.

Así que le conté sobre mi estancia en Aranga, el acuerdo con la reina Thalie, la princesa Elena, el príncipe Lucian, lord Marek y el rey dragón.

Debía saber quiénes serían sus aliados en una posible guerra.

Solo omití una cosa: la posible aparición de un dios.

No tenía sentido poner nerviosos a todos los demás por algo que, de todos modos, estaba segura no iba a suceder.

—Mientras tanto, encontramos una de las tres rosas. Vinimos porque tenemos indicios de que hay una en el lago. —Esta vez fui yo quien se inclinó hacia delante y lo miró con los ojos entrecerrados—. ¿De casualidad, saben algo sobre eso?

Un destello apareció en sus ojos. Solo por un instante. Luego me miró con total indiferencia.

—No. No sabemos nada al respecto —dijo, y negó con la cabeza.

Su cabello negro, largo hasta los hombros, siguió el movimiento.

Sobre su cabeza se arremolinaba una niebla naranja rojiza, donde antes había sido verde.

Mentía. Lo sentí en lo más profundo de mis huesos.

Estábamos en el lugar correcto. Una de las rosas estaba escondida en algún lugar de aquí.

Me recosté y le sonreí amable.

—La encontraremos sin tu ayuda —dije con amargura y crucé los brazos con determinación.

No confiaba en nosotros y no podía culparlo. Después de todo, acababa de contarle una historia muy complicada y extraordinaria. Tal vez necesitaba tiempo para asimilarla.

—¿Dónde aprendiste el arte del tiro con arco? —le pregunté en su lugar. Yo también quería obtener información de esta conversación—. ¿Y cuántos guerreros viven en este asentamiento?

De nuevo, levantó las cejas. La sorpresa se reflejó en su rostro.

—¿Dónde está el rey? —quiso saber en lugar de responder.

El rey. Apreté los labios. ¿Cómo iba a explicarle que Kayden estaba luchando contra sí mismo en algún lugar cerca de Ascradia?

La insatisfacción se deslizó por su rostro, antes impasible.

Sin decir una palabra más, el gigante se levantó y, en dos pasos, llegó a la puerta, que abrió de un fuerte tirón.

Nayda, que había estado escuchando detrás con las dagas desenvainadas, tropezó y chocó directamente contra su pecho.

Lo miró con los ojos muy abiertos y el rebelde solo pudo esquivar una de las dagas en el último momento.

—Vamos, vamos, pequeña jinete. No seas tan impetuosa. —Ayudó a la guerrera, que parecía desconcertada, a ponerse en pie, le dio una palmadita en la cabeza y se alejó corriendo.

En ese momento, Nayda se sonrojó.

—¿De verdad ese maldito salvaje acaba de llamarme «pequeña»? ¡Y no solo! ¿Incluso me acarició la cabeza como si fuera un maldito perro?

Al ver a mi amiga, siembre tan imperturbable, se me escapó una risita. La conversación no terminó como esperaba, pero no me rendiría a la primera.

Nayda soltó un gruñido que se parecía más al de un perro de lo que pretendía, lo que me hizo estallar en una carcajada.

Mi amiga puso cara de enfado, hasta que tampoco pudo contenerse.

Me sentó muy bien reír, aunque nuestra situación no era nada halagüeña. Sin mis amigos, ya me habría sumido en una profunda autocompasión o me habría invadido la amargura.

—Vamos. Hay que comer algo. Los demás ya se están llenando el estómago.

Asentí y la tomé del brazo. Juntas salimos de la cabaña a la luz del día.

Para ser un asentamiento secreto, había mucho movimiento.

Delante de las cabañas construidas en la montaña había algunos habitantes, en su mayoría de edad avanzada, sentados, mientras los niños jugaban juntos.

Un poco más lejos, al otro lado, descubrí campos de entrenamiento en los que hombres y mujeres practicaban tiro con arco, simulaban combates con espadas o luchaban sobre esteras de paja trenzadas.

Desde allí era difícil calcular su número, pero era comparable al de los jinetes que se habían reunido para entrenar en la gran sala de Dragonfall.

La única diferencia era que aquí los niños no eran entrenados como guerreros desde pequeños, sino que podían jugar sin preocupaciones con sus familias.

—Tenemos que ir allí —indicó Nayda, señalando un gran edificio que también se acurrucaba contra las rocas detrás—. Allí se preparan y se reparten las comidas para todos los habitantes del pueblo.

Las miradas tan curiosas como recelosas con las que Jako ya me había observado nos siguieron durante todo el camino hasta ese edificio.

Algunas se clavaban en mi uniforme, otras eran más suaves y complacientes.

Sin embargo, me resultaban familiares y los recuerdos de mis primeros días en el castillo me alcanzaron, haciéndome acelerar el paso.

Por fin entramos en el gran complejo y enseguida me envolvieron diferentes aromas. Todos deliciosos: pan recién horneado, carne asada, guiso especiado. Mi estómago rugió con fuerza y me di cuenta de que, desde mi partida de Aranga, no había comido nada más que trozos de pan duro o carne seca.

Curiosa, miré a mi amiga, que estaba a mi lado y que claramente luchaba por controlarse. Llevaba mucho más tiempo que yo sin comer nada decente. Entonces me fijé en sus mejillas hundidas y en su uniforme holgado.

Me miré y vi que la tela también me quedaba más holgada que cuando estuvimos en el castillo de Dragonfall. Necesitábamos alimentarnos bien antes de que esta guerra se desatara por completo.

—¡Jadina! ¡Nayda! —oí de pronto la voz de Fely. Miré a mi alrededor, desconcertada. Esos deliciosos aromas me hicieron olvidar de todo lo que me rodeaba.

La gran sala estaba llena de largas mesas e innumerables taburetes. En uno de ellos descubrí a nuestros amigos junto con Eline, que estaba hablando con una joven.

Una mujer de tez oscura y cabello negro. ¿Una cazadora? ¿Qué hacía aquí, en un asentamiento rebelde de jinetes de dragón?

Nos dirigimos a la mesa y sentí las miradas de Nayda, que estaba tan sorprendida como yo.

—¿Quién es? —preguntó en un susurro—. ¿Será que fue una antigua candidata a las pruebas de los jinetes? Pero, si es así, ¿quién de los rebeldes la rescató? —Nayda miró en rededor—. No puede ser, ninguna de las otras cazadoras sobrevivió, a excepción de ti.

Antes que yo, numerosas cazadoras encontraron la muerte durante esas malditas pruebas. Ni siquiera las que compitieron conmigo sobrevivieron. Fenja y Auri. Sus gritos de muerte aún resonaban en mis oídos y me perseguían en mis pesadillas.

Y luego estaba Cilia.

Tragué la bilis que me subía al pensar en ella y en seguida, aparté ese recuerdo indeseado.

Mientras tanto, llegamos a la mesa. En el centro ya había cuencos y platos humeantes, y los dos hombres ya tenían sus platos llenos con los manjares más deliciosos.

—Siéntense —nos invitó Lenn con la boca llena—. ¡Todo está delicioso!

Mi mirada se posó en Eline y en la desconocida que estaba a su lado. La curiosidad se apoderó de mí y fue más fuerte que mi hambre, mientras tanto Nayda se sentó justo al lado de Lenn y también llenó su plato de carne, verduras y pan.

—Jadina, ¿puedo presentarte a Ida? —dijo Eline, a quien, por supuesto, no se le había escapado mi curiosidad—. Fue ella quien preparó todos estos platillos.

Di un paso hacia la cazadora.

—Encantada de conocerte —saludó la joven y una sonrisa amistosa iluminó sus ojos oscuros. Sin formalidades.

—¿Cómo llegaste hasta aquí? —le pregunté sin rodeos—. Los rebeldes son todos jinetes de dragones. Y el que acabo de tener el placer de conocer no me pareció muy amable, ni mucho menos abierto con los extraños.

Ida se echó a reír.

—Veo que ya conociste a mi hermano.

¿Su hermano? Por el rabillo del ojo vi cómo Nayda, al otro lado de la mesa, se detenía en medio del movimiento.

—Jako a veces puede ser un auténtico idiota. —Ida me miró con aire de disculpa—. Pero no te preocupes. No todos son tan gruñones como él.

¿Jako era cazador?