Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

Las almas gemelas y su vínculo no se pueden separar por la fuerza.

La magia siempre encontrará la manera de

mantener unidos a los amantes.

Extracto del libro

Los unidos, de Horacio

K ayden

Te amo, Kayden.

Esas tres palabras resonaron en mi conciencia, rebotando en mi ser en un eco que se repetía eternamente y se extendieron cálido por mi cuerpo.

Con un sollozo en la garganta, respiré hondo y me aferré al vínculo espiritual que aún me unía a Jadina.

Jadina, yo también te amo.

¿Podía oírme? ¿Me percibía al otro lado de nuestra conexión?

No podía sentirla. El vínculo de mi lado era demasiado oscuro como para permitir otra cosa que no fuera un dolor punzante.

Y, sin embargo, fueron esas palabras las que llegaron hasta mí. Palabras acompañadas de una energía que me alimentaba. Que me insuflaba nueva vida.

Mi demonio interno gruñó.

Sin embargo, utilicé esta nueva fuerza para encadenarlo. Solo necesitaba respirar un momento. Eso era todo lo que quería.

Sabía que no sería por mucho tiempo. No tenía suficiente energía para ello.

Pero poder respirar y pensar con libertad, aunque solo fuera durante unos preciosos segundos, tenía más valor del que jamás habría imaginado.

Un segundo después controlé el escudo. Me resultaba tan fácil hacerlo, que incluso podía mantenerlo en el estado de inconciencia en el que permanecía la mayor parte del tiempo.

Incluso ahora seguía intacto y nadie podía romperlo.

¿Jadina estuvo allí?

Esperaba que no. No debía perder el tiempo conmigo. Había cosas mucho más importantes que yo. Las rosas restantes, por ejemplo. ¿Ya las había encontrado?

Recordé su rostro y acaricié con cariño su mejilla en mis pensamientos. Qué suave era su piel. Luego besé sus sensuales labios.

Un recuerdo inundó mi conciencia: los dos desnudos sobre una cama.

Su piel emanaba un calor tan embriagador, que mi cuerpo se acurrucó contra ella, haciéndola gemir bajo mis caricias.

Con un dedo tracé el camino desde sus labios hasta su centro; me habría encantado saborear su dulzura con mi boca, pero ansiaba ver cómo se retorcía bajo mi tacto. Cómo la hacía estallar por dentro.

Así que deslicé con cuidado dos de mis dedos en ella, mientras con el pulgar acariciaba su dulce capullo. Lentamente y de forma tortuosa, la estimulé con la precisión adecuada, hasta que empujó sus caderas hacia mí en respuesta y eso me excitó de otra manera.

—Así es, mi gato salvaje —la animé con la voz ronca. Era tan hermosa, con los dedos clavados en la sábana, entregada al placer que yo le generaba.

El deseo crecía cada vez más en mi interior y lo que más deseaba era hundirme en ella y llevarnos a ambos al clímax. Pero no quería: quería verla. Contemplarla mientras lo hacía.

—Córrete para mí —le susurré, sin poder apartar la mirada de su cuerpo y, un instante después, reaccionó convulsionándose ante mi orden; sentí cómo se contraía contra mi mano, para luego deshacerse entre gemidos y jadeos, pidiendo más. Queriendo más.

Temblando, mi esposa cerró los ojos verdes y arqueó la espalda, aferrándose a mí. Quería más. Al igual que yo.

Me incliné hacia ella y la besé en el cuello.

—Jadina… —le susurré al oído con voz ronca por el deseo.

Pero luego de eso no recordaba más. ¿Cuándo sucedió aquel encuentro?

Cada una de las veces que había hecho el amor con mi esposa, estaba grabada a fuego en mi memoria; cada caricia, cada beso, cada clímax.

Pero este recuerdo era diferente.

¿O solo era un sueño?

Una risa cruel recorrió mi ser y reclamó mi atención.

Las cadenas ya empezaban a deshacerse. Pronto volvería a ser engullido por la oscuridad; así que volví a comprobar el escudo.

Jadina no debía venir aquí bajo ninguna circunstancia.

Tenía que salvar nuestro país. Salvarse a sí misma. No a mí. ¿Acaso tenía salvación?

Otra risa cruel interrumpió mis pensamientos.

Había llegado el momento: mi tiempo se había acabado.

Por última vez, besé en mis pensamientos los labios de la mujer que amaba más que a mi propia vida.

Mi Jadina. Mi gata salvaje.

Entonces, la oscuridad me envolvió como una tormenta nacida para destruirlo todo.