Tronos y Corazones (Un Trono de Rosas y Espinas 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

El verdadero potencial de la magia

nunca se manifiesta en algunos seres.

Otros, sin embargo, florecen de repente

y son capaces de ejercer más poder

del que jamás hubieran imaginado.

Extracto de la obra

La magia y sus portadores, de Hakon

J adina

Jadeando, me incliné hacia delante. Me sentía mareada por el esfuerzo y el sudor me corría por la espalda.

—¿Descansamos? —preguntó Fely con cautela detrás de mí, pero negué con la cabeza.

—¡No! ¡De ninguna manera! —siseé sin aliento. Ese escudo estaba exigiéndome demasiado, pero no teníamos tiempo para descansos. Tenía que volar hasta donde estaban los rebeldes para poder hablar con ellos. Pero mi escudo aún no era lo bastante grande.

—Pero nadie se beneficiará si te agotas —advirtió la vile.

—Lo sé —respondí un poco apagada, apretando los dientes. Sabía que tenía razón. Pero quería demostrar que podíamos resolver este problema. Y sin ningún maldito dios—. Intentémoslo otra vez más.

Me enderecé despacio y cerré los ojos para recuperar mi fuerza y concentración. Todo mi cuerpo temblaba.

—Primero forma la burbuja de aire —me indicó Fely por enésima vez, y yo envolví mi magia azul: también parecía un poco agotada. El zumbido se había atenuado y reaccionaba con más lentitud que en las horas anteriores. Sin embargo, hizo lo que le pedí y, poco después, sentí la brisa que me rodeaba.

—¡Lo estás haciendo muy bien! —me felicitó mi amiga, una vez más—. Ahora crea el hilo de luz. Recuerda que tiene que ser largo —me recordó el punto en el que hasta ahora seguía fracasando.

Mi luz latía bajo mi piel, cosquilleaba y estaba lista para salir disparada en hilos y unirse a la magia de mi alma gemela. Con cuidado, tejí el hilo brillante. Era difícil determinar el grosor y la resistencia adecuados y, como los hilos siempre eran demasiado cortos, esta vez los hice muy finos.

Tejí esta cinta hasta que creí que ya era lo bastante larga.

—¡Más! —irrumpió de repente la voz de Nayda en mis pensamientos—. ¡Más larga! ¡No pares todavía! —Así que hice lo que me dijo, aunque sentía que mi energía me estaba fallando poco a poco—. Puedes hacerlo, Jadina. Eres fuerte. Sigue adelante.

Podemos hacerlo , me animé a mí misma y dejé que mi magia siguiera fluyendo en una cinta muy fina que se entrelazó con la burbuja de aire.

—¡Abre los ojos! —ordenó Nayda, pero no sonó severa. Pude distinguir una sonrisa en su voz. Levanté los párpados con vacilación y vi un escudo brillante que rodeaba mi cuerpo.

Sorprendida, jadeé y la magia se estremeció.

—¡No lo dejes caer! —reaccionó la jinete y se acercó a mí—. ¡Mantenlo erguido! —Luego se volvió hacia Fely—. ¿Cuántos escudos como este lleva ya?

—Es el primero —respondió la vile, mirándome con cierta incertidumbre.

—¿El primero? —Nayda frunció el ceño—. Entonces debemos aprovechar esta oportunidad. Llama a Jarok.

—Ya estoy contigo —oí decir a mi dragón—. Volemos al asentamiento.

—Pero el escudo no es lo bastante grande como para protegerte también a ti —protesté.

—Jarok tiene sus escamas —dijo Nayda, como si hubiera leído mis pensamientos—. Intenta sentarte sobre él de manera que puedas proteger su cuello. La parte de su cuerpo que tiene menos escamas.

— Tiene razón —gruñó el gigante rojo en señal de asentimiento, que en ese momento aterrizó justo a mi lado—. ¡Súbete!

— Pero…

— ¡Sin peros! Rápido, antes de que se rompa el escudo.

Jarok extendió una de sus patas delanteras y, tambaleándome un poco, trepé por ella hasta la silla de montar en su lomo. La pequeña escalada me dejó sin aliento. Estaba tan débil que solo podía esperar que los rebeldes no me retaran a luchar. De lo contrario fracasaría estrepitosamente.

—¿Qué les digo? —le grité a Nayda, preguntándome si estaría a la altura de la confianza que mi amiga depositaba en mis habilidades. Mientras tanto, todo mi cuerpo temblaba. Pero ella solo me miró a los ojos con fijeza.

—Ya lo sabes. Solo sé Jadina y ellos te seguirán. ¡Ahora vete!

En ese mismo instante, Jarok extendió sus alas y mis amigas se apartaron para que su impulso no las arrastrara. Minutos más tarde, el valle que teníamos debajo era solo una pequeña mancha. Me invadió el vértigo y me agarré a las correas.

— Aguanta un poco más, Jadina. Detrás de la siguiente cadena montañosa está el pueblo. Ya casi lo conseguiste.

¿Mi dragón sentía que el esfuerzo me estaba dejando sin mis sentidos? Me incliné sobre su cuello y esperé que eso fuera suficiente para protegerlo de las flechas enemigas.

Jarok atravesó el cielo azul y las nubes blancas que envolvían algunas cimas como un rayo.

Pronto sobrevolamos la cordillera y, a lo lejos, descubrí un valle.

Ahora, bajo el sol, nada indicaba que allí hubiera un asentamiento completo.

A diferencia de la noche, cuando las luces delataban su existencia.

Ayer nos habían atacado aquí arriba. Pero ahora, como eran casi invisibles, renunciaban a llamar la atención.

Mi dragón desplegó las alas, se dejó caer y puso rumbo al valle, perdiendo altura. Pronto estuvimos tan cerca del suelo que pude ver las casas de color arena entre las grietas de las rocas.

De forma totalmente inesperada, una flecha pasó zumbando cerca de nosotros y, debido al susto, mi escudo protector parpadeó de forma preocupante.

— Agárrate bien. Llegamos a su territorio.

Volvimos a ser atacados: una flecha tras otra intentó interponerse en nuestro camino y su silbido y su número aumentaron cada vez más, hasta el punto de que ni siquiera el vuelo serpenteante de Jarok estaba evitando detenerlas.

Con un chasquido, escuché cómo rebotaban contra sus escamas e inmediatamente me incliné más hacia delante para proteger su cuello. Con los ojos cerrados, envié aún más magia de aire a la burbuja y tejí otra banda de luz que se unió al escudo.

— Lo estás haciendo muy bien, Jadina. Mi cuello está casi protegido —me llegó la voz de mi dragón a través de una especie niebla. Sentí que mi agarre de las correas se debilitaba cada vez más y, sin embargo, continué, entrelazando mi magia y animándola a superarse a sí misma.

Las primeras flechas silbaron al chocar contra el escudo y cada impacto vibró en mis huesos.

A pesar de ello, Jarok siguió avanzando hacia la aldea. Abrí los párpados y vi cómo hombres, mujeres y niños corrían hacia sus casas. El pánico se había apoderado de ellos al ver al inmenso dragón rojo que sobrevolaba el lugar.

Solo unos pocos hombres y mujeres mantuvieron su posición y siguieron disparando una flecha tras otra. Sin embargo, mi escudo ahora era tan grande que no podían hacernos daño ni a Jarok ni a mí. Exhalé aliviada. ¿Todo este tiempo estuve conteniendo la respiración?

De nuevo me invadió el mareo y una inquietante oscuridad apareció en el borde exterior de mi campo de visión.

— Aguanta. Ya casi llegamos —anunció la voz de Jarok. Desesperada, me aferré a ella.

No puedo desmayarme ahora.

— Solo en el último momento podré abrir mis alas. Estas tampoco están a salvo de las flechas. Espero que para entonces los arqueros ya hayan huido a sus casas.

—¡No! —La palabra salió de mis labios con debilidad. Mi garganta se sentía como si no hubiera bebido ni hablado en días. Áspera y seca.

—No te preocupes. — Por supuesto, Jarok escuchó mi protesta. Pero no sería el hijo del señor de los dragones si no siguiera volando imperturbable. Hacia el peligro.

Nos llegó otra salva y Jarok giró en espiral sobre su propio eje, clavándose cada vez más en el suelo. Aun así, algunos proyectiles dieron en el blanco. Cada flecha me atravesó hasta la médula.

Apretando los dientes, intenté mantener la concentración en el asentamiento.

Los arqueros formaban un círculo alrededor de una plaza que recordaba un mercado. Eran una docena en total y disparaban flechas sin cesar. Con puntería y en el momento exacto. Como soldados. Como una unidad entrenada.

El suelo se acercaba ahora demasiado rápido y sabía que Jarok ya debería haber abierto sus alas para frenar nuestro vuelo en picado. Pero los guerreros no le dieron ni un momento de respiro para poder protegerse de sus proyectiles.

El enorme cuerpo comenzó a girar y sentí cómo se tensaba debajo de mí.

— Esto puede ponerse feo —me advirtió, y en ese mismo instante giró su cuerpo ciento ochenta grados y abrió las alas.

La siguiente flecha apuntó hacia ellas y dos flechas atravesaron sin obstáculos la fina piel. Aunque Jarok ni siquiera se estremeció, la visión me dolió tanto que sentí cómo mi magia se rebelaba conmigo. Protestó en mis entrañas. La ira se acumuló en mi estómago. Caliente e incontenible.

Un cosquilleo me recorrió el cuerpo y sentí una oleada de fuerza inesperada que me invadió.

Un grito agudo escapó de mi garganta cuando enderecé mi cuerpo, extendí los brazos y la magia del aire y la luz fluyó de mí sin ningún detenimiento. Nunca antes había corrido tanta magia por mis venas.

Se entrelazó con el escudo, se reformó y se enrolló alrededor de las alas de Jarok haciéndonos brillar a ambos como una estrella fugaz que caía del cielo. Directo sobre la plaza del mercado.

El cuerpo de Jarok golpeó el suelo con fuerza y a una velocidad excesiva. El eco del impacto resonó en las montañas e hizo temblar la tierra.

Fui lanzada de la silla con fuerza y todo dio vueltas ante mis ojos, los cuales cerré con rapidez, anticipando el dolor que me atravesaría por la caída. No obstante, un instante después sentí el cuerpo cálido y firme de Jarok envolviendo el mío.

Me protegió, igual que mi escudo lo protegió a él hacía un momento.

Juntos nos deslizamos por el suelo rocoso hasta que finalmente nos detuvimos con un fuerte estruendo.

El cuerpo que me rodeaba se relajó y me deslice fuera de su agarre hacia la luz del sol. Parpadeando, miré a mi alrededor. El polvo nublaba mi vista.

Todo me dolía y me sentía como si hubiera estado escalando durante días en las montañas que nos rodeaban. Sin agua. Sin comida.

Una vez más, el mundo giró ante mis ojos y la oscuridad en el borde de mi campo de visión parpadeó con diferentes colores.

Hombres y mujeres con flechas en sus arcos se acercaron a mí a través de las nubes de polvo. Sus ojos, con los que no solo me miraban a mí, sino también a mi dragón a mi espalda, estaban llenos de desconfianza.

Me puse en pie tambaleándome y levanté las manos en señal de rendición. Mi magia aún se arremolinaba a mi alrededor, pero de forma débil.

—No somos enemigos —grazné, intentando dar un paso hacia ellos—. Vinimos en nombre de la Cazadora de la profecía. —Una tos me sacudió, haciéndome escupir las palabras sin control.

Pero los rebeldes seguían apuntándome con sus armas. ¿Qué podía decir para convencerlos de que teníamos intenciones pacíficas y, sobre todo, de que Jarok no representaba ningún peligro para ellos?

En ese momento, una cara apareció en mis recuerdos y, por reflejo, escupí el nombre correspondiente.

—Hakon.

Mi cuerpo se tambaleó. Uno de los hombres ladeó la cabeza y se detuvo en seco. Su intensa mirada se posó en mí con ardiente intensidad.

—Él nos envía —susurré con mis últimas fuerzas, mientras el mundo comenzaba a inclinarse y la oscuridad me impedía ver. El amargo dolor del impacto se mezcló con el dulce desmayo que me arrolló.

En un intento por escapar de él, me aferré a lo único que pude encontrar en mi memoria; el vínculo en mi alma.

Te amo, Kayden.

Pero su oscuridad se mezcló con la de mi conciencia y supe que había perdido. ¿Los rebeldes me mataría?

Kayden.