Capítulo 8
Nunca rendiremos homenaje a un rey falso.
De las notas de Jako,
guerrero de los rebeldes
J adina
Una segunda flecha pasó volando junto a nosotros y Jarok tuvo dificultades para esquivarla. Giró con un movimiento brusco y se inclinó hacia un lado; ese movimiento provocó que me cortara los muslos con las correas al hacerme hacia delante sobre su cuello.
—A esto le llamo una cálida bienvenida — resopló, mientras esquivaba el siguiente proyectil.
Este rozó su ala izquierda por muy poco y otro le rozó el costado.
Más ágil de lo que su tamaño sugería, se inclinó hacia la derecha y evitó que el proyectil acabara en mi pierna.
Con un fuerte silbido, pasó volando junto a nosotros hacia el cielo.
¿Cómo sabían los rebeldes cómo usar el arco y las flechas? ¿Y tan bien, además? El pueblo de los jinetes de dragones nunca había aprendido a manejar esas armas. Aunque… mi mirada se deslizó hacia Nayda, a quien le enseñé a manejar mi arco.
Ella miraba con los ojos muy abiertos la lluvia de flechas en el aire y parecía tan sorprendida por la situación que no vio la siguiente que se le acercaba.
—¡Cuidado, Nayda! —grité tan fuerte como pude. Como si despertara de un trance, se inclinó hacia delante sobre el cuello de Molgar, su dragón. Este realizó un rápido giro, lo que hizo que el proyectil se esfumara en la nada.
Los dragones de los demás también se deslizaban como en un vuelo de dardos, de un ataque a otro, y Fely ayudó a Troas, que no podía girar tan rápido debido a sus heridas.
Solo podíamos esquivarlos. Un contraataque frustraría nuestros planes.
—¿Qué hacemos ahora? No creo que los rebeldes vayan a detener su ataque en un futuro cercano, a menos que salgamos de su espacio aéreo.
Jarok gruñó en señal de asentimiento, pero estaba tan ocupado tratando de no ser alcanzado que no respondió. Ante nosotros ya se alzaba la cadena montañosa que marcaba el límite del pueblo. Allí estaríamos a salvo, pero no nos acercaríamos ni un ápice a nuestro objetivo.
—Volemos al siguiente valle. Dile a los demás que vuelen hacia allí —le dije a mi dragón. No tenía sentido seguir volando sobre el asentamiento y arriesgarnos a que alguno de nosotros fuera lastimado—. Allí nos reuniremos primero y discutiremos cómo proceder.
En ese momento ya habíamos sobrevolado el paso y el ataque terminó.
—Buena idea —dijo mi dragón, ahora que ya no tenía que concentrarse en los proyectiles, y se dirigió a un pequeño valle situado entre las siguientes cadenas montañosas.
Cuando aterrizamos, la luna ya estaba en lo alto y proporcionaba suficiente luz para que pudiera ver si todos estaban ilesos.
Con un movimiento rápido me deslicé de la espalda de Jarok y corrí hacia el centro de nuestro círculo. Fely también estaba allí.
—¿Estás bien? —le pregunté mientras la examinaba. A primera vista, parecía ilesa.
—Sí, salvo por un rasguño en el brazo, estoy bien. —Señaló una herida alargada debajo del hombro, pero esta ya se estaba cerrando—. ¿Y tú?
—Estoy bien.
Nayda, Lenn y Dex también se acercaron. Tampoco tenían heridas graves.
—¿Qué fue eso? —exclamó Lenn, mirándonos con evidente confusión—. Creía que el asentamiento albergaba a los rebeldes de los jinetes y no a los cazadores.
—¿Cómo saben usar el arco y las flechas tan bien? —preguntó Nayda, expresando lo que yo también pensaba.
—No lo sé —respondí—. Para dar en el blanco a objetivos en movimiento a tanta altura se necesitan años de entrenamiento.
—¿Qué hacemos ahora? —Dex volvió a mostrarse objetivo y no quiso hablar del problema, sino de una solución. Eso era lo que más me gustaba de él. Nos mantenía centrados.
—Podríamos ir a pie —sugirió Lenn. Miré con desánimo las montañas que nos separaban del asentamiento. Se alzaban imponentes y gigantescas ante nosotros.
—Eso nos llevaría varios putos días, y no disponemos de tanto tiempo —respondió Nayda, y yo asentí con la cabeza.
—¿Y si volamos otra vez sobre el pueblo y agitamos una bandera blanca? —Fely sacó un pañuelo de su ropa y lo agitó en el aire.
—Demasiado pequeño —dijo Dex.
—Quizás sean menos agresivos si solo uno de nosotros vuela hacia ellos. —Miré a Nayda pensativa. Quizá tenía razón.
—O ese dragón recibirá todas las municiones —objetó Lenn.
—¿Y si está rodeado por un escudo protector? —intervino Fely—. Entonces esa persona podría volar lo bastante cerca como para comunicarles que tenemos intenciones pacíficas.
En aquel momento echábamos de menos a Kayden, que podía tejer un escudo así. El dolor me inundó al pensar en ello y, por un instante, me quedé sin aliento.
—¿Quién, aparte de Kayden, puede conjurar una protección tan jodida? —quiso saber Nayda, mirando a su alrededor.
Sin embargo, Fely me miró sonriendo.
—Jadina, por supuesto.
—¿Qué? —exclamé desconcertada y la miré confundida—. No sé tejer escudos protectores.
—Si Kayden puede, tú también —respondió con tranquilidad. Ahora los demás también me miraron con caras iluminadas.
—Fely tiene razón. Eres su alma gemela y eso los hace compartir sus dones. Eso significa que tú también tienes ese don —explicó Dex.
Tragué saliva. Tenía sentido. Por supuesto que sabía que compartíamos nuestros dones a través del vínculo, pero hasta ahora solo había utilizado mi magia de luz para formar un escudo muy pequeño.
Nunca uno tan grande como para envolver también a Jarok.
Mi mirada se deslizó hacia el gigantesco dragón rojo.
—La Vile dice la verdad — murmuró este con paciencia en mi cabeza— . La magia está en ti, al igual que la magia del aire. Solo tienes que activarla.
¡Maldición! Una vez más, estábamos ante el punto que nunca había logrado dominar del todo: la invocación de ciertas habilidades mágicas.
Un fuerte suspiro se escapó de mi garganta y sentí como si alguien hubiera cargado un pesado fardo sobre mis hombros.
Nayda se echó a reír.
—Pareciera que te acabaran de decir que tienes que atravesar esa cordillera en una hora. Desnuda y a lomos de un maldito fogghoul.
Los demás también sonrieron e incluso a mí se me escapó una sonrisa al imaginarlo. Nayda se acercó y me dio una palmadita amistosa en el hombro.
—Tú puedes. No es tan difícil como recuperar un don por completo. Es probable que tus escudos de luz ya estén parcialmente llenos de esa magia. —Luego miró a los demás—. ¿Quién sabe algo de magia de protección?
A todos se les borró la sonrisa y, entonces, las puntas de sus botas parecieron muy interesantes. Nadie tenía ni idea. Fantástico, otra vez. Como si no tuviera ya suficientes preocupaciones.
—¿Lenn? —ladró mi amiga, que había asumido el mando de la unidad en representación de Kayden y ahora aprovechaba su estatus. Este último solo negó con la cabeza.
—¿Dex? —se dirigió a su otro amigo. Pero él también negó con la cabeza—. ¿Ni siquiera en teoría? —exclamó la jinete, realmente consternada—. En todos esos malditos libros tuyos debió haber algo sobre la magia de escudo, ¿no?
Dex levantó la cabeza con vacilación y carraspeó.
—Sí, es cierto, pero solo ojeé algunos de esos capítulos… —El pobre chico se sonrojó desde el cuello hasta la cara.
—Yo me encargaré de la tarea y practicaré con Jadina —intervino Fely en el momento en que Nayda ya estaba tomando aire para lanzarle a Dex alguna palabrota—.
No domino la magia, pero conozco a alguien que tampoco la ha heredado.
—Se volvió hacia mí—. La princesa Elena —me explicó con una sonrisa que evocaba recuerdos de su amiga, así como la tristeza de haberla echado de menos durante tanto tiempo.
—Bien. Entonces encárguense de esa tarea, mientras los demás preparamos un campamento. Todos deberíamos descansar un poco antes de enfrentarnos de nuevo a los rebeldes mañana.
Nayda asintió con la cabeza a los dos jinetes y juntos corrieron hacia los dragones para montar allí un campamento.
—Bueno —dijo Fely, mirándome ahora con un poco de incertidumbre—.
Entonces empecemos. —Nos miramos en silencio, sin que ninguna de las dos dijera nada—.
Si tan solo supiéramos por dónde empezar —caviló avergonzada un instante después y se rio; luego me miró pensativa—.
Ya has creado un escudo con tu magia de luz.
Quizás podamos tomar eso como punto de partida y seguir trabajando a partir de ahí para crear un escudo más grande.
Se colocó frente a mí.
—Enséñame cómo es tu escudo de luz y qué tamaño puede alcanzar —me pidió.
—Bien. Pero entonces tendrás que dar unos pasos atrás. La luz no es inofensiva.
Fely siguió mis instrucciones y, cuando estuvo lo suficiente alejada de mí, formé una bola de luz en mi mano, solo para convertirla al momento siguiente en un escudo que intenté ampliar hasta mi tamaño. Sin embargo, lo conseguí con bastante dificultad.
Mientras tanto, Fely me rodeó y observó mi magia desde todos los ángulos.
—Por ahora, el escudo solo te protege por delante, la espalda queda desprotegida. ¿Crees que podrías expandir la magia para que te envuelva por completo?
Lo intenté durante mi lucha con Attilus en el palacio de Eclaria, pero, en aquel momento, fracasé.
Aun así, me concentré en mi luz y le pedí a la magia que me envolviera por completo.
Se podía ver claramente cómo los bordes se expandían hacia la derecha y hacia la izquierda; y ya estaba a punto de gritar de alegría cuando, como si de una liga elástica se tratara, volvió a su anchura anterior.
—¡Maldita sea! —reviré, y la luz se apagó.
—Mmh —reflexionó Fely, frunciendo el ceño pensativa—. Parece que tendremos que abordar el asunto de otra manera.
Durante las dos horas siguientes, formé un escudo de luz tras otro e intentamos ampliarlo de diferentes maneras. Hacia arriba, hacia abajo, hacia un lado, de nuevo hacia ambos lados e incluso junto con mi magia rompehechizos. Pero nada consiguió que mi figura entera quedara rodeada por un escudo.
Agotadas, cansadas y decepcionadas, nos arrastramos hasta donde estaban los demás, que ya habían extendido mantas para nosotras, en las que nos acurrucamos y nos quedamos dormidas un instante después.
Un gemido escapó de mi garganta cuando mi marido acarició mi piel desnuda con sus dedos; suave y exigente, conquistó su objetivo en mi centro y me penetró con dos de sus dedos a la vez, al mismo tiempo que su pulgar dibujó círculos en mi punto más sensible y lo estimuló.
Ávida, empujé mis caderas hacia él y escuché su risa ronca.
—Así es, mi gato salvaje —ronroneó mi alma gemela y, cuando abrí los ojos, vi el deseo que empañaba los suyos.
Mis manos se aferraron a la sábana sobre la que yacía y mi vientre se contrajo contra él—.
Córrete para mí —me pidió, y fueron esas palabras las que me empujaron al precipicio.
Mi deseo y mi excitación se expandieron por mi cuerpo, provocándome un cosquilleo por toda la piel hasta que estallé en mil fragmentos en torno a él.
Cerré los párpados, extasiada, contenta y necesitada.
Temblando, arqueé la espalda y mi magia también se rebeló, uniéndose a la de mi alma gemela.
—Jadina —susurró su voz ronca en mi oído.
Pero yo seguía flotando entre los fragmentos de mi ser. Temblando y gimiendo por tenerlo adentro.
—¡Jadina!
Mi nombre volvió a llegar hasta mí. Profundo y retumbante. Demasiado profundo y…
Asustada, abrí los ojos y me di cuenta de que ya no estaba tumbada sobre una sábana, sino en el suelo de una cueva oscura. Y tampoco era Kayden quien me observaba, sino un gigantesco dragón negro.