Capítulo 9
Un fénix es más que su renacimiento.
De las notas de Horacio
J adina
Jadina, me alegro de verte aquí. ¿Cómo estás?
Me incorporé de golpe y miré a Kargon con horror. ¿Cómo pudo sacarme de ese sueño con Kayden? Justo en el momento en el que…
—Hace un momento parecías estar bien. Ahora estás un poco pálida —dijo, y la risita que salió de su garganta me recordó mucho a la de Jarok. ¿Acaso mi dragón había heredado el sentido del humor de su padre?
Sentí cómo se me subían los colores a las mejillas. ¿Cuánto tiempo llevaba el señor de los dragones en mi sueño?
Con las manos aún temblorosas, más por mi encuentro onírico con Kayden que por esta situación, me acaricié los muslos. El cuero que llevaba en mis sueños con Kargon tenía un efecto tranquilizador en mí y calmó los latidos de mi corazón, que latía demasiado rápido en mi pecho en estos momentos.
—Señor Dragón, ¿cómo está? —le pregunté con descaro y, de nuevo, una risita salió de la enorme boca del dragón. Luego carraspeó, lo que provocó un eco retumbante en la cueva y en mi estómago, solo para ponerse serio después.
—Estoy bien. Gracias por preguntar. Y siento haberte sacado de tu bonito sueño. —Una vez más, todos los músculos de su rostro se contrajeron y, por un momento, esbozó una sonrisa.
—No pasa nada —gruñí, ligeramente irritada por la situación y deseando volver a los brazos de Kayden. Si no podía tocarlo en la vida real, al menos quería hacerlo en mis sueños.
¡Y vaya sueño el que tuve! Recordar lo que estuvo a punto de...
—Sigo aquí —interrumpió Kargon y vi que ahora miraba un poco nervioso hacia el techo de la cueva. ¿Estaba tarareando?—. Y piensas muy alto.
Vaya. Había olvidado por completo que este dragón podía leer mis pensamientos.
Con eso en mente borré cualquier recuerdo de Kayden y mío, e intenté pensar en algo neutral.
Pero, ¿a dónde debía dirigir mis pensamientos?
Mil imágenes se agolparon en mi mente. Mi estancia en Aranga, los rostros de mis nuevos amigos allí, la nave aérea de Lord Marek; Garmaan, el rey de los dragones; Arachna, el lago subterráneo, la rosa, el fénix…
—¡Alto! —gritó el señor de los dragones, apareciendo delante de mí. Me miró con interés—. ¿Un fénix? ¿Viste un fénix? —La emoción se mezcló con su voz, y me sorprendió porque casi siempre parecía tranquila—. ¿Cuándo? ¿Dónde?
Atónita, sostuve su mirada curiosa.
—Eh… —respondí, tan desconcertada por su reacción a mis pensamiento—. Resulta que Limycu, el águila bebé que encontré en el alféizar de mi ventana en el castillo de Dragonfall, no es un águila, sino un fénix.
Luego le conté todo lo que sucedió en los túneles subterráneos y terminé explicándole cómo Limycu se transformó en fénix, solo para finalmente llevarme volando a través del techo derrumbado de la cueva hasta el desierto.
Suspirando y cansada, me sequé la cara. Para mi sorpresa, estaba mojada. ¿Había llorado? Miré paralizada mis manos húmedas. Me había prometido no llorar. Recomponerme y pensar en mi pueblo.
—Está bien llorar, ¿sabes? —dijo Kargon, y cuando lo miré, su figura se difuminó por un momento ante mis ojos—.
Incluso una reina puede llorar. De hecho, debe hacerlo.
Nadie quiere a una soberana que no pueda mostrar sus sentimientos.
¿Cómo podría mostrar comprensión y empatía cuando su pueblo está de luto?
¿Cuando algo terrible le sucede a uno de sus súbditos?
—La voz del señor de los dragones era ahora suave como el terciopelo y me hizo soltar un sollozo que parecía atascado en mi garganta desde mi separación con Kayden.
—Pero tengo que ser fuerte por mi pueblo y debo saber tomar decisiones que beneficien su bienestar, no el mío —respondí, luchando contra un torrente de lágrimas que amenazaba con brotar de mis ojos.
Lo echo tanto de menos.
—Mostrar tus sentimientos también es fortaleza y no tiene nada que ver con tus decisiones. Puedes estar de duelo y, al mismo tiempo, anteponer los deseos y necesidades de tu gente a los tuyos. Pero no debes perderte a ti misma en el proceso.
Casi como si Kargon hubiera dado permiso a mi dolor para manifestarse, me desplomé en el suelo, apoyé la cara en las rodillas y abracé mis piernas flexionadas. Lloré, lloré y lloré.
Dejé que mis lágrimas fluyeran sin obstáculos y esta vez no las reprimí con la excusa de que tenía que ser fuerte por mi gente.
Las imágenes de Kayden y mis recuerdos del tiempo que pasamos juntos me inundaron y los dejé fluir por completo.
Me sumergí en mi tristeza y en la sensación de pérdida.
La abracé para luego poderla dejar ir y volver a ser yo misma.
El señor de los dragones esperó con paciencia. Hasta que me sequé las últimas lágrimas del rostro y respiré aliviada. Me sentí más ligera que antes, como si el llanto que antes se acumulaba en mi interior hubiera sido una pesada carga sobre mis hombros.
—¿Mejor? —preguntó Kargon, mirándome con atención.
—Sí. Mucho mejor —respondí, y una sonrisa de agradecimiento se dibujó en mis labios.
—Entonces hablemos de lo que vamos a hacer con tu fénix —propuso, y yo me levanté asintiendo con la cabeza—. ¿Ha vuelto a transformarse desde entonces?
—No. Parece que no sabe cómo hacerlo. Le he animado a que lo haga, pero solo se queda mirándome sin saber qué hacer.
—¿Sabes que un fénix es muy raro? No se ha visto ninguno desde hace siglos.
Por eso, nuestro conocimiento sobre estas criaturas es limitado.
Pero si ya se ha transformado una vez, diría que volver a transformarse no debería ser un problema.
¿Quizás la petición fue demasiado rápida y aún no había terminado de regenerarse luego de la última transformación?
—¿Regenerarse? ¿De qué?
—Las llamas que el fénix lleva en sus alas lo devoran justo antes de volver a transformarse. Renace de sus propias cenizas.
—¿Se quema? —exclamé horrorizada, pensando en mi pequeño y valiente Limycu con sus plumitas esponjosas. Un bebé que no debería pasar por semejante tormento.
—Es el ciclo natural de un fénix.
—Qué horror —jadeé, preguntándome si no sería mejor proteger a Limycu de una nueva transformación.
—Suena más terrible de lo que es en realidad. Te llevó en brazos, ¿no? ¿Sentiste el calor de las llamas?
Mis pensamientos se remontaron al momento en que me sacó de la cueva. Vi las llamas, pero, a pesar de su intensidad, no sentí calor.
—No —respondí confundida.
—Exacto. Las llamas que devoran al fénix no son ni calientes ni dolorosas. Así que no tienes que preocuparte por tu pajarillo. El renacimiento no es un tormento para este ser. —Me miró con curiosidad—. ¿Ya descubriste su habilidad mágica?
—¿Tiene dones? —Se me cayó la mandíbula. ¿Qué más se me había escapado por haberlo confundido con un polluelo de águila?
—Sí, como todos los seres de este mundo los tienen —respondió Kargon con paciencia y sonrió ante mi expresión de total desconcierto—.
Y si no me falla la memoria, los del fénix son tan raros como él mismo.
Quién sabe cuántos años tiene —continuó imperturbable—.
Quizás varios siglos o milenios. Los fénix pueden llegar a ser increíblemente viejos gracias a sus renacimientos.
¿Era probable que mi pequeño bebé tuviera ya varios miles de años?
Me apoyé tambaleante en una de las rocas. ¿Cómo no me di cuenta de esto?
—Seguro que hay una razón por la que un día se posó en el alféizar de tu ventana. Estas criaturas solo se dejan ver en casos muy excepcionales. —El señor de los dragones se detuvo—. Quién sabe qué misión tiene que cumplir —murmuró pensativo, más para sí mismo.
Luego volvió a observarme atento.
—En cualquier caso, no es casualidad que su camino lo haya llevado hasta ti.
Debes averiguar qué don posee. Pero solo pídele que se transforme si de verdad necesitas su ayuda.
Una vez que se convierta en un ser poderoso, podrá mantener su forma hasta que ya no sea necesaria.
También despertarán con él el orgullo, la majestuosidad y la intrepidez que conlleva su poder.
Asentí aturdida; antes tenía que asimilarlo todo.
—Pero vayamos ahora al motivo por el que quería verte.
Ah, sí, Kargon solía buscarme cuando tenía o necesitaba información.
—Hakon se ha puesto en contacto conmigo y en Aranga todos esperan con impaciencia a que caiga la cúpula mágica. Sobre todo, Marek, debe de estar bastante impaciente.
Suspiré y me pasé la mano por los ojos, agotada.
—Lo siento, pero tendrán que seguir siendo pacientes. No es tan fácil. —Mi voz sonaba irritada y lamenté que fuera Kargon quien tuviera que soportar mi brusquedad.
—Hakon mencionó que querían visitar las aldeas de los cazadores. Sin embargo, si mi información es correcta, ya no están en el desierto, sino en el territorio de los jinetes.
—Tu información es correcta —dije, y me costó mucho no soltar en un torrente de palabras todos nuestros problemas—.
Nos hemos enterado de los rebeldes que se esconden en un valle cerca del gran lago —expliqué con la mayor calma posible, solo para contarle todo al señor de los dragones demasiado rápido al momento siguiente—.
También tenemos indicios de que una de las rosas podría estar en algún lugar cerca de ese lugar.
Según los diarios de la reina Adayla. Como sabes, debemos encontrar las tres rosas y atarlas a la tierra , tal y como nos ordenó la sirena.
De lo contrario, Julze será devorada. Pero incluso si encontráramos las tres rosas, no avanzaríamos nada en romper la maldición, ya que nos falta la magia de Kayden, no solo su magia, pero esa es otra historia, y él está luchando solo contra sus propios demonios en algún lugar cerca de Ascradia, y no sabemos cuáles son.
Algo no va bien con su poder y nuestro vínculo espiritual está negro por su parte.
Por eso no podemos ayudarle. Pero solo así podremos destruir la cúpula mágica para que los amigos de Hakon en Aranga y los otros reinos, así como el rey dragón con su ejército, puedan venir a Eclaria.
—Respiré hondo—. ¿Ves cuál es el problema?
Me miró con los ojos entrecerrados y luego gruñó, lo que interpreté como un asentimiento.
—¿Y ahora se encuentran con los rebeldes en el valle cerca del lago?
Me reí sin alegría.
—No, claro que no, porque curiosamente saben disparar con arco y han intentado matarnos. Hemos tenido que huir a otro valle y ahora estamos pensando cómo acercarnos al asentamiento sin morir.
—Oh.
—Sí, «oh». —Empecé a enfadarme. Todos esos obstáculos que se nos interponían constantemente me enfurecían—.
Así que ahora tengo que averiguar cómo tejer un escudo protector con la magia de Kayden que nos proteja no solo a mí, sino también a Jarok.
Pero, por supuesto, como ya sabemos por el pasado, esta maldita magia no quiere manifestarse en mí.
Y, por los dioses, se nos está acabando el tiempo.
Me hubiera gustado soltar más palabrotas, pero me contuve.
—Quizás tengamos que pedir ayuda a uno de esos —reflexionó en voz alta.
—¿A quién? —pregunté con curiosidad.
—A un dios.