Capítulo 3
Mi hijo era mi esperanza,
que el enemigo ha destruido.
Del diario del general Gronus
K ayden
Oscuridad. Tanta oscuridad.
Ya no sabía si estaba tumbado, de pie o sentado. Si estaba vivo o muerto. En mi cabeza solo reinaba el caos y mi cuerpo parecía ya no ser mío.
Seguía sumiéndome en un abismo del que ya no habría escapatoria. Las garras de mi maldita magia se habían clavado profundamente en mi carne y ahora me tenía atrapado, como yo la tuve a ella antes.
Si la soltaba ahora, me destrozaría y esta lucha habría terminado para siempre. Pero, ¿qué significaría eso para Eclaria? ¿Para Jadina? ¿Para mí?
¡No! ¡No puedo permitirlo! ¡Tengo que seguir luchando!
Con todas mis fuerzas, luché contra el dolor, contra mi demonio interno. Durante décadas conseguí hacerlo, así que debía seguir haciéndolo. No podía permitirle que controlara todo mi ser.
Con esfuerzo me abrí camino de vuelta a la superficie. Golpeé las garras que me rodeaban sin piedad y como un pez en una red, intenté lo imposible: volver a la libertad.
— Entrégate a mí y te irá bien. Mejor que nunca —decía mi voz interna, y la seducción en ella prometía el paraíso. Pero ahora sabía que no era mi paraíso el que ella alababa.
—¡No! —grité sin vacilar—. ¡No pienso doblegarme ante ti, no pienso dejarte tomar el control!
La idea de permitir que mi magia maldita actuara me provocó un escalofrío que recorrió todo mi ser. ¡Nunca me convertiría en su marioneta! ¡Nunca!
— Entonces podremos abandonar por fin este agujero y volver con Jadina —ronroneó la voz, y al mencionar su nombre, mi corazón se encogió de dolor.
La amaba más que a mi propia vida y la echaba tanto de menos que habría hecho cualquier cosa por volver a estar con ella.
Cualquier cosa, excepto ponerla en peligro.
Y yo era ese peligro. Lo sabía. En cuanto me rindiera y entregara mi ser a ese monstruo que llevaba dentro, Jadina estaría tan perdida como yo. La perseguiría hasta el fin del mundo para matarla.
Aunque el dolor se volviera insoportable, atravesándome con cada rebelión, no me rendiría. Había demasiado en juego.
Así que volví a rebelarme contra ese poder que me mantenía cautivo, contra esa oscuridad en la que me había encerrado.
Siempre con el rostro de Jadina ante mis ojos y los recuerdos de nuestro tiempo juntos firmemente aferrados a mí.
¡Jadina!