Capítulo 2
Los Fogghouls nacieron de la maldición.
De una magia más negra que la noche más oscura.
De las memorias de Tanil
J adina
Vamos, Limycu! ¡Busquemos a los demás! —dije con renovada determinación, coloqué al pequeño fénix en mi hombro y me enfrenté a los abrumadores rayos del sol hasta que, aún un poco tambaleante, me puse en pie. Mi magia me había curado casi por completo.
—¡Jarok! —llamé mentalmente a mi dragón mientras buscaba sombras negras en el cielo.
No estaba segura de cuán lejos estábamos el uno del otro, ni de si esa conexión mental funcionaría a una distancia mayor, pero tenía que encontrarlo.
Después podríamos buscar juntos a Kayden.
¿Aún estaría herido entre los escombros de la cueva derrumbada?
Al pensar en eso, sentí un dolor punzante en el pecho. Teníamos que encontrarlo cuanto antes.
Si los demás sobrevivieron, estaba segura que estarían con sus dragones.
— ¿Jarok? —volví a intentarlo y esperé. Nada. ¿Le habría pasado algo a él también?
— ¡Elara! —grité, intentando comunicarme con la dragona de Kayden, que, debido a mi conexión espiritual con su jinete, también teníamos una comunicación mental. Pero permaneció en silencio.
Dirigí mi atención hacia el cielo. El sol se inclinaba cada vez más hacia el oeste. No importaba dónde me encontrara en Eclaria, si corría hacia el sur, tarde o temprano llegaría a la costa. Desde allí podría seguir por la orilla hasta Ascradia, al oeste. Allí donde quizá Kayden seguía atrapado.
Así que eché a correr. Era consciente de que tardaría días en llegar a mi destino. Si es que llegaba. Los monstruos del desierto, los fogghoul, también merodeaban por esa zona y, si nos topábamos con toda una manada, estaríamos perdidos.
Ojalá tuviera un dragón que pudiera llevarme hasta Ascradia. Excepto… Miré pensativa a Limycu: estaba sentado en mi hombro.
—Oye, ¿no puedes llevarnos volando a Ascradia? —le pregunté, y lo puse en mi mano. Inquieto, saltó arriba y abajo con sus garritas—. Fuiste tú quien nos trajo hasta aquí.
Intenté no sonar acusadora, después de todo, me salvó la vida, pero no lo conseguí del todo. No sabía nada sobre la magia de un fénix, así que no estaba segura de qué significaba el parpadeo nervioso de la pequeña criatura.
—¿Puedes al menos intentarlo? —le pedí—. No sé dónde estamos, pero tenemos que encontrar a Kayden y a los demás antes de que sea demasiado tarde.
De repente, el pequeño dejó de saltar, centró su mirada en mí y se posó en mi hombro. Confundida, lo vi hundir sus garras en mi uniforme de cuero y luego batir sus diminutas alas con violencia.
A pesar de la gravedad de la situación, no pude evitar reírme.
—No, Limycu, no me refería a esa forma, sino a la del fénix. Ya sabes, esa en la que tienes esas poderosas alas ardientes.
Un poco agotado, el pajarillo se dejó caer sobre mi hombro. De verdad intentó todo lo posible por llevarme. Se había esforzado al máximo, así que le acaricié la cabecita con el dedo.
—¿No sabes cómo transformarte? —le pregunté, y él me miró con tristeza en sus grandes ojos negros—. No pasa nada, pequeño —le dije para animarlo—. También podemos encontrar el camino a pie.
No tenía sentido presionarlo. Probablemente, la magia del fénix no era diferente de mis dones, que al principio tampoco podía controlar.
Sin inmutarme, comprobé que mi arco y las flechas, que por suerte aún estaban en mi carcaj, estuvieran bien colocados.
También ajusté la bolsa en la que llevaba la primera rosa y eché a correr.
Hacia el sur. A mi derecha, el sol se inclinaba cada vez más hacia el horizonte, mientras yo avanzaba por la arena caliente.
No sabía cuántas horas llevaba caminando, pero la sed me arañaba la garganta y me dejaba la lengua pastosa en la boca. Ya en la cueva, la sed casi me había vuelto loca, pero ahora… ahora me robaba los sentidos, me hacía perder la concentración en mi misión y me provocaba otros deseos angustiosos.
Ojalá Kayden estuviera aquí. Acaricié con ternura la parte de nuestra conexión espiritual que aún no estaba envuelta en la oscuridad.
De repente, en la lejanía, descubrí ante mí la silueta de un hombre.
Entrecerré los ojos y miré en su dirección.
¿Era amigo o enemigo? No podía distinguirlo desde la distancia.
Así que me puse la mano en la frente para protegerme del sol y entrecerré un poco los ojos.
La imagen se hizo más nítida y contuve el aliento asustado al reconocer a la persona. ¡Kayden! No, no podía ser, ¿cierto?
Las lágrimas me quemaron los ojos mientras reunía mis últimas fuerzas y corría hacia mi alma gemela. Mis pies se hundían cada vez más en la arena con cada paso y era como si estuviera caminando por miel pegajosa.
¡Pero tenía que llegar hasta él! ¡Hasta Kayden! A pesar de mi carrera, seguía estando igual de lejos y no se movía. ¿Por qué no venía a mi encuentro?
—¡Kayden! —grité desesperada, mientras seguía intentando avanzar por la arena. Pero por mucho que lo intentara, no conseguía acercarme a él. Las lágrimas corrieron ahora sin obstáculos por mis mejillas.
—¡Kayden! —grité de nuevo y escuché lo débil que era mi voz. El agotamiento se apoderó de mi cuerpo. Agotamiento y desesperación.
Limycu empezó a piar nervioso en mi hombro, picándome la mejilla con el pico. ¿Qué le sucedía?
—Ay —dije, mirándolo con reproche—. Me estás lastimando.
Una vez más, tuve que soportar un concierto de píos, además de varios picotazos dolorosos en la cara.
¿Estaba enfadado conmigo porque no corría más rápido para llegar hasta Kayden? Sin embargo, sus sonidos no se parecían al parloteo que emitía cuando algo le molestaba. Estos parecían reflejar más bien preocupación y miedo.
—Todo va bien, Limycu. —El pequeño se detuvo e inclinó la cabeza. Luego miró hacia el desierto que se extendía ante nosotros. Seguí su mirada y se me cortó la respiración. Kayden había desaparecido. Simplemente se esfumó. Como si nunca hubiera estado ahí.
—¡No, no, no! —Giré desesperada sobre mí misma. ¿Dónde estaba?—. ¡Kayden! —Mis gritos fueron engullidos por la arena.
Volví a correr hacia el lugar donde lo vi hasta hacía un momento. El peso agobiante del calor me abrumaba, pero pude llegar al punto donde lo vi.
Allí solo me esperaba el desierto infinito. Ni Kayden ni ninguna huella eran visibles.
Un sollozo se me escapó cuando la realidad me golpeó con fuerza y me dejé caer en la arena. Mis sentidos me jugaron una mala pasada. Kayden nunca estuvo allí. Mi cuerpo tembló y se balanceó hacia adelante y hacia atrás, mientras reprimía con todas mis fuerzas las lágrimas que me quemaban los ojos.
No podía perderme en ellas, porque si no, como unas horas antes, volvería a tumbarme en la arena y me rendiría a la muerte.
No puedo permitirlo.
Limycu acurrucó su suave cuerpo contra mi cara. Me había salvado de ese momento de debilidad y, sin embargo, no me juzgaba por ello.
Si no podía levantarme por mí misma, al menos tenía que intentarlo por él. Siempre estaba aquí para mí y, gracias a su valentía, ya me había salvado la vida varias veces. Ahora era el momento de hacer lo mismo por él.
—Nos sacaré de aquí, Limycu. Te lo prometo. —El pequeño era un fénix, quizás el único de su especie. No podía morir.
Pero sin agua, mis buenas intenciones no servían de nada. La sed se estaba haciendo más insoportable a medida que avanza el tiempo y un punzante dolor me había comenzado tanto en la cabeza como en todo el cuerpo.
De repente, Limycu se quedó inmóvil sobre mi hombro.
—¿Qué pas…?
El resto de la frase se me atragantó en la garganta, ya que en ese momento descubrí al enorme fogghoul que, a solo diez metros de nosotros, babeaba mientras acechaba a su presa. A nosotros.
Al principio creí que se trataba de otra alucinación, pero Limycu lo veía igual que yo, lo que contradecía esa idea. Ese monstruo era tan real como nosotros.
¡Mierda!
Me levanté lo más despacio que pude, gracias a mi maltrecho cuerpo, al tiempo que, con un movimiento fluido, me quité el arco y las flechas de la espalda. Con una mirada rápida busqué en los alrededores si había más monstruos como ese, pero comprobé que estaba solo.
Gracias a los dioses. En mi estado, me habría sido imposible enfrentarme a varios de ellos.
Un espeluznante gruñido escapó de la garganta de mi oponente y creí sentir su vibración hasta lo más profundo de mi ser.
Sin embargo, mis manos permanecieron tranquilas mientras colocaba la flecha en la cuerda y la tensaba.
Los años de experiencia luchando contra estos monstruos tomaron el control y no permitieron ningún temblor ni inseguridad.
Sin previo aviso, la bestia se impulsó desde el suelo y se abalanzó sobre mí. Por un instante, todo se volvió borroso ante mis ojos, pero, aun así, disparé la flecha. No oí el satisfactorio chasquido que se producía cuando esta penetraba en el cuerpo de un coloso así.
Por reflejo, puse una mano sobre Limycu, agarré mi arco con la otra y me deslicé por la arena hacia la derecha. Pero no lo bastante rápido.
El dolor que me invadió fue agudo cuando la garra del monstruo me rozó el brazo izquierdo y me desgarró la tela, la piel, la carne y los músculos.
Mi grito resonó en mis oídos mientras me ponía en pie tambaleándome. Mis movimientos perdieron agilidad y clavé los pies en la arena para conseguir más estabilidad.
En un solo suspiro volví a colocar una flecha en la cuerda y luché con los dientes apretados contra el dolor que me impedía levantar el brazo; el sudor me corría por la espalda y se había depositado en mi frente, refrescándola.
Ahora estaba tan cerca de la bestia que el penetrante olor a carroña y muerte me cerró la garganta. La bilis me arañó el esófago.
El fogghoul acababa de darse cuenta de que había clavado los dientes en la arena en lugar de mi carne, y ahora sus ojos se movieron furiosos en mi dirección.
Solo por un instante lo miré con fijeza a esos ojos negros como el carbón y, antes de que pudiera moverse, lancé la flecha hacia mi objetivo. Justo a su ojo.
Esta vez se oyó ese chasquido que ya había escuchado innumerables veces antes. Un sonido que me hizo suspirar de alivio, incluso antes de que el cuerpo del fogghoul cayera exento al suelo. Su ojo, que no había sido atravesado, seguía fijo en mí.
Yo también me dejé caer en la arena. Sin soltar el arco, miré mi brazo herido. La sangre brotaba espesa y roja de la herida, que se extendía desde el hombro hasta la muñeca.
Me mareé ante aquella espantosa visión y respiré profundo. No podía desmayarme ahora. Podía haber más fogghouls cerca, atraídos por el olor de mi sangre.
Limycu gimió en mi oído al ver mi herida.
—Se curará —le prometí, y la mentira me dejó un sabor amargo en la boca.
Mi magia quería curar mi herida, pero, como era de esperar, hasta aquí llegaba a sus límites.
Las heridas causadas por las garras de un monstruo del desierto eran tan difíciles de combatir con magia como la propia bestia. Estamos perdidos.