Trono de Hielo y Fuego (Saga entre hielo y fuego 5) 14 Eyra
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14 Eyra

EYRA

Al final, todo cuidado debe dar paso a la confianza en que la otra persona encontrará su propio camino.

Remond Everlight

Eyra se apresuró hacia la habitación de su hermano. Hasta ahora, no había tenido oportunidad de ponerlo en su sitio; necesitaba corregir aquello cuanto antes.

—¿Eyra? —la voz de Belgor le llegó justo cuando giraba hacia el pasillo de Naran.

—¿Ocurrió algo? —preguntó, alarmada.

—No, es solo que no he sabido de ti en un tiempo.

Eyra sonrió.

—¿Estabas preocupado por mí?

—Por supuesto. Mucho depende de ti.

Como era de esperar, solo estaba preocupado por el bienestar de la Reina de Fuego, no por ella como persona.

—Estoy bastante bien, considerando las circunstancias. Voy a ver a Naran para regañarlo. Podría haber muerto intentando domar ese dragón.

—Como cualquier otro jinete podría haberlo hecho.

—Pero él no es cualquier jinete. Es mi hermano.

—Y por esa misma razón, es importante que tenga uno. Como hermano de la Reina de Fuego, habría tenido derecho a Isyrel. Pero su dragón actual es igualmente…

—¿Te pones de su lado? —lo interrumpió.

—Estoy de tu lado. Y por lo tanto también del suyo —respondió Belgor, demasiado astuto para el gusto de la chica.

—¿Qué estás haciendo? —Cambió de tema, no con mucha sutileza.

—Estoy cuidando a los pequeños. Son difíciles de controlar.

—¿Y qué hay de Ragis? Ella es la madre.

—De dos de ellos. Skell y Berga ya no tienen madre.

—¿Qué hay de sus…? —Se detuvo al llegar a la puerta de Naran y escuchar la voz amortiguada de Madame Moryena que venía del interior de la habitación—. Iré más tarde.

—De acuerdo.

La chica presionó su oreja contra la puerta.

—Eres un joven inteligente, Naran —exclamó la bruja.

—Ya no soy tan joven. —Por el tono de su hermano, casi podía verlo guiñándole un ojo a la bruja.

Eyra arrugó la nariz. ¡Oh, por favor!

—Sí que lo eres. Y no cambies de tema.

—No quiero oír más sobre eso, Vivienne —gruñó Naran.

Cualquiera que fuera el motivo de su discusión, Eyra estaba un poco orgullosa de que su hermano se enfrentara a la hechicera. Hasta ahora, había dado la impresión de estar completamente embobado con ella.

—Si no te dejas guiar por tus miedos y examinas el texto exacto, reconocerás que podría haber algo de cierto en ello. Casi siempre te basas en hechos. Estas tres profecías…

—¿Podemos hablar de otra cosa?

—No puedes contarme lo que pasó en la Fuente, sacar algunas conclusiones, y luego no escucharme.

—Te he escuchado. Pero en este punto, nuestras opiniones difieren.

—¡Pero podría haberse cumplido! Estaba predestinado para ellos. Lo que parece cruel ya ha sido dictado. Desde el principio ha sido así concebido, por el destino que hila su hilo escondido. La profecía podría haberse cumplido en la Fuente. Si hubieran entregado sus vidas…

—Pero no lo hicieron —la interrumpió él—. Además, tanto las fuerzas malignas como las del bien tendrían interés en enviarte estas profecías. Incluso hasta tú misma admitiste que no estabas segura de si estas profecías provenían de Sephos o no.

Eso era interesante. ¿Madame Moryena no estaba del todo segura? Hasta ahora lo había presentado de manera diferente. Así que las dudas de Eyra sobre las afirmaciones de esta bruja habían estado justificadas.

—La primera profecía de tu padre vino de un lierro y apuntaba en una dirección similar. La Fuente de la Creación es…

—Déjalo ya, Vivienne —dijo Naran con suavidad.

—¡No! Se supone que debo estar a tu lado por órdenes de Sephos.

—O por órdenes de una fuerza maligna. ¿Quién lo sabe realmente?

—¡Naran! —le reprendió Madame Moryena en tono severo.

—Vivienne —respondió él, divertido.

—Hablo en serio.

El suspiro del chico penetró incluso a través de la gruesa puerta de madera.

—No quiero discutir contigo. ¿No podríamos acordar que solo nos apoyarás? ¿No en nombre de algún poder superior? Posees tanto conocimiento que podría ayudarnos. Sin mencionar tus habilidades.

Eyra se sentía cada vez más orgullosa de su hermano.

Cielos, se había vuelto tan maduro. Sin embargo, eso podría convertirse en un problema.

La bruja afirmaba que Naran era demasiado joven para ella, pero las miradas que le dirigía decían que lo encontraba atractivo.

Y si ahora se comportaba como un hombre adulto…

Madame Moryena no respondió.

Justo cuando Eyra levantó la mano para llamar, la bruja finalmente habló:

—Somos amigos, Naran. Por supuesto que puedes contar conmigo.

—Solo amigos, ¿verdad?

La chica de fuego puso los ojos en blanco y decidió terminar con esta conversación. Golpeó contra la madera, con más fuerza de la necesaria.

—¿Naran? Soy yo.

—Más tarde —le dijo él.

—No, ahora. Tenemos un asunto pendiente. —No podría evitar que esos dos se enamoraran. Pero tampoco iba a desaprovechar esta oportunidad de interrumpirlos.

—Iré a verte —replicó Naran.

A pesar de sus palabras, la puerta se abrió y al momento siguiente se encontró cara a cara con Madame Moryena.

—Eyra. —La bruja le hizo un gesto con la cabeza—. Tu hermano es todo tuyo. Pero te advierto que hoy no está muy accesible.

«Y eso es algo bueno», ya estaba en la punta de su lengua, pero logró contenerlo. Eso solo delataría que había estado escuchando a escondidas.

—Durante su pubertad, sucumbió a la enfermedad de la nieve. Está compensando todo eso ahora. Así que no te lo tomes personal —respondió en cambio con una amplia sonrisa.

Madame Moryena rio y salió de la habitación antes de que Eyra entrara.

Naran cerró la puerta de golpe tras ella y le dio un ligero golpecito en la parte posterior de la cabeza.

—Si yo estoy en la pubertad, ¿en qué te convierte eso a ti? ¿En mi institutriz sobreprotectora?

Eyra se tocó los labios.

—Sí, podría vivir con eso. —Sus cejas se fruncieron—. Y en ese papel, me gustaría hablar contigo sobre por qué te conseguiste un dragón. Te dije que te mantuvieras alejado.

—El dragón se habría escapado de todos modos. Así que en realidad te hice un favor.

Maldición. No esperaba una justificación tan buena.

—Podrías haber muerto.

—Sabía lo que estaba haciendo.

Sí, había leído mucho. Y también había discutido por esto.

—Aun así, fue un gran riesgo.

—Igual que para cada jinete que se enfrentó a un dragón ese día.

No, él también no.

—Pero tú eres mi hermano.

—¿Y? Tú eres mi hermana y toda tu vida es un gran riesgo.

—Eso es diferente.

Él cruzó los brazos sobre su pecho.

—Tus argumentos son cada vez más convincentes. Bravo.

¡Argh!

Se dejó caer en su nueva cama. Después de haber reducido su habitación a cenizas, ella personalmente se aseguró de que sus muebles carbonizados fueran reemplazados. Sus libros, sin embargo, terminaron por perderse de forma irreparable, algo que él le había reprochado más de una vez.

Se pasó la mano por la cara.

—No habría podido soportar perderte.

El colchón se hundió más cuando él se sentó a su lado.

—Estoy agradecido por todo lo que has hecho por mí.

—Dudó y jugueteó con la esquina de su manta.

Solía hacer eso a menudo en el pasado, casi siempre justo antes de confesarle algo—.

Sé que has pasado por mucho por mi culpa.

Tu cuidado durante los años en que sufrí la enfermedad de la nieve fue lo único que me mantuvo con vida.

Aunque entonces no pudiera demostrarlo, siempre sentí que había alguien que ardía por mí.

Ese fuego se reflejaba en mí y me fortalecía.

Nunca olvidaré eso. —Hizo una breve pausa, dejando que sus palabras calaran hondo.

Los ojos de Eyra brillaron de manera sospechosa. Con todas sus fuerzas, contuvo las lágrimas.

»Pero ahora estoy sano otra vez. Y he crecido.

—Naran sonrió—. Incluso soy más alto que tú ahora.

—Puso su brazo alrededor de sus hombros y la apretó con suavidad—.

Permíteme estar a tu lado, ¿de acuerdo? Así como tú quieres protegerme, yo también quiero cuidar de ti.

Y no te dejaré luchar sola en esta batalla.

Lentamente, lo que él estaba diciendo se fue hundiendo en su mente. Gota a gota, la comprensión cayó en su consciencia, y a medida que se extendía, se levantó de un salto de la cama.

—¡No irás a la guerra con nosotros!

Naran también la imitó y buscó su mirada.

—Sí, iré.

—No tienes experiencia en batalla.

—Tengo un dragón, y al igual que todos los demás jinetes, participaré en los entrenamientos.

Eyra caminó de un lado a otro en su pequeña habitación.

—No, no, no, no, no.

—Ya quedan muy pocos dragones. No podemos permitirnos perder otro más. Y Enada está ansiosa por apoyarnos en la batalla. Aunque quisiera, no podría detenerla. —Ladeó la cabeza—. Además, alguien quemó todos mis libros. Así que ahora tengo tiempo para participar en el entrenamiento de jinetes.

Eyra se detuvo.

—¿Enada?

—Mi dragón.

Su dragón. Por los altos poderes. Un nombre lo hacía aún más real. ¡Naran de verdad era un jinete de dragones!

Respiró profundo.

Durante los últimos años, el papel de protectora se había convertido en parte de su sangre.

Naran lo era todo para ella, y la idea de exponerlo a los peligros de la guerra le causaba un dolor casi físico.

Por desgracia, sus argumentos eran, como de costumbre, irritantemente razonables.

Ya habían perdido demasiados dragones, y uno de los que quedaban había elegido a Naran.

—Prométeme que tendrás cuidado. Por favor, no tomes riesgos.

—Lo prometo —respondió con un tono solemne que casi le hizo creer que se tomaba en serio sus preocupaciones y que no se lanzaría a una aventura arriesgada a la primera oportunidad.

Eyra se dejó caer de nuevo en la cama.

—¿Cómo pudo salir todo tan terriblemente mal?

—Las fuerzas del bien deben tener un plan.

Sus hombros se hundieron aún más.

—Para ser honesta, ya no sé qué pensar sobre las fuerzas del bien. Nos enviaron a esa Fuente, y resultó ser un callejón sin salida.

—Puedo entenderlo.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué dice Madame Moryena sobre toda esta situación? —preguntó con fingida naturalidad. Quería entender de qué habían estado discutiendo.

Las facciones de Naran se endurecieron.

—Nada importante. Por cierto, nuestro padre ha estado preguntando por ti. Al parecer, nunca logra encontrarte.

Eyra lo estudió y decidió no presionar más. Cuando él no quería contar algo, había pocas posibilidades de sacárselo.

—Soy una mujer ocupada.

Y había estado evitando un poco a su padre.

En este momento, todos se sentían llamados a abrumarla con consejos y sabiduría, y él no era una excepción.

Su preocupación era bien intencionada, lo sabía.

Sin embargo, no podía asimilar más: más preocupaciones, más advertencias, más estrategias, siempre más.

Más y más. No obstante, debería hacerle una visita.

La guerra se acercaba, y no sabía cuánto tiempo les quedaría juntos.

—Debería ir a verlo.

—Se alegrará por eso.

Justo cuando se levantaba, se oyeron golpes frenéticos en la puerta.

—¿Naran? ¿Sabes dónde está Eyra?

—Estoy aquí —respondió ella.

Al momento siguiente, la puerta se abrió de golpe y Rubén entró a toda prisa.

—La patrulla avistó a dos de los dragones fugados en las Montañas de la Tormenta hacia Vallesland. Los jinetes de dragón que Merkan seleccionó para ellos ya están preparados.

—¿Son los dragones con jinetes o sin ellos?

—Con jinetes.

Así que, después de todo, tendría que vérselas con Alaric.

—Bien, ya voy. —Su padre tendría que esperar.

Naran la siguió.

—Iré contigo.

Eyra se volvió hacia él.

—Primero practica con Enada. —Lo miró suplicante—. Por favor.

Su hermano comenzó a hablar, pero volvió a cerrar la boca.

—De acuerdo —pronunció al fin con esfuerzo.

—¡Gracias!

Se apresuró tras Rubén y extendió sus pensamientos hacia Belgor.

—Vamos a hacer una pequeña excursión.