Trono Carmesí (Crónicas de la corona oscura 2) Capítulo 64
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Capítulo 64

Valent St. Claire

—Se acabó el período de iniciación y las falsas identidades —canturreé feliz, jugueteando con mi bastón—. Volvemos a ser lord St. Claire y lady Helena a secas. Ya era hora.

Y eso era exactamente lo que parecíamos, una pareja de la alta sociedad, normal, a punto de prometerse, paseando por Hyde Park.

Doncella en funciones de carabina incluida.

—¿Acaso va a negar que disfrutó obligándome a vaciar sus orinales? —me reprochó Helena con la risa bailándole en las pupilas y los labios apretados.

Los deliciosos, los deseables, los apetitosos labios de la mujer que había terminado, muy a mi pesar, volviéndome loco.

—No solo obligándote a eso —la corregí—. Hubo muchas otras cosas.

Nada más pensar en ello, en el cuerpo suave, cálido y maleable de Helena retorciéndose de placer bajo el mío, en los largos gemidos de dulce agonía que solían escaparse de entre sus labios, se me ponía la entrepierna dura como el pedernal.

Ahora que con la vuelta de lord Bravery las cosas parecían haber retrocedido a una relativa normalidad, la había invitado a salir y la había visitado, en la misma Shadow Hall, en varias ocasiones.

Y cuando ella empezó a plantear su regreso a la mansión Corset, para conceder la necesaria intimidad a los duques de Bravery recién reunidos, yo decidí que debía avanzar un paso.

Un paso en el que no me había imaginado cayendo en mis casi doscientos años.

—Helena…

—¿Tomamos un té? —me cortó sin vacilar—. Tengo la impresión de que el tiempo ha refrescado.

Me mostré de acuerdo. Escogimos una coqueta orangerie rodeada de románticos sauces llorones, donde nos atendieron de inmediato.

—Helena, hay algo que debo decirte —alcé la mano derecha—, y esta vez no pienso permitir que me cortes en mitad del sermón.

Ella sonrió con picardía. Quizá ya supiera por dónde soplaba el viento. Puede que lo leyera en mis ojos empañados de emoción. En mis besos y en mi tacto, que se habían vuelto más tiernos y dedicados. Puede.

—Ven a vivir conmigo.

Ella desorbitó los expresivos ojos, escandalizada como correspondía a una señorita de su clase y posición.

—¿... Y sé mi amante? —completó la frase.

Retuve una sonrisa irónica.

—Ven a vivir conmigo… y sé mi amada. Para siempre.

Las pupilas de lady Helena soltaron un destello hipnótico que me cegó y me hizo desear estar en otro lugar mucho más privado, con mis manos en torno a su cintura y mis colmillos rasgando la fina piel de su cuello.

—Es… Milord, ¿es una propuesta de matrimonio?

—Bueno… —Fingí pensar—. Algunos clásicos la llamarían así.

—Sabrá que debe repetirla en presencia de mi padre.

—Por todos los infiernos. Nuestras relaciones no son, lo que se dice, óptimas.

—¿Ni siquiera tras firmar la tregua?

—Tu padre no apoyaba la tregua.

—Pero la ha firmado igualmente.

—Se ha visto obligado a firmarla, que no es lo mismo.

—Bueno, ¿va o no va a pedírselo?

Me acerqué a ella todo cuanto me permitían el recato y las buenas costumbres y un poco más. Con la mesita engalanada ejerciendo de parapeto separador.

—Se lo pediría al mismísimo Belcebú, si fuera menester.

—Pues más le vale hacerlo pronto.

—Le enviaré un mensaje y concertaremos una cita…

—Valent.

—Lo haré, tienes mi palabra. Lo haré mañana mismo si así lo deseas. —Observé su expresión impaciente y traté de traducirla— ¿Mejor hoy?

—Estoy encinta.

Sentí un pellizco imprevisto en las tripas. Consecuencia de una noticia que no esperaba. Helena bajó la cabeza, sonrojada hasta la raíz del cabello. De algún modo turbada, aunque dichosa.

—Me pregunto si las brujas lo sospechaban —susurró misteriosa.

—¿Por qué…?

—He investigado acerca de las hermanas Crowder. Si en Londres se mueve una obra de caridad, ellas están ahí, rezando y donando en primera fila. Lo más llamativo de todo es su filantrópica labor de protección de jóvenes madres solteras.

—¿Las toman bajo su tutela?

—Son discretas, extremadamente generosas y diligentes. Las muchachas se ponen bajo su amparo… y nunca más vuelve a saberse de ellas.

—¡Válgame el Averno!

—A Bryen le aseguraron que habían percibido en mí facultades útiles para la hechicería, pero ¿y si lo que buscaban era otra cosa? Algo muy distinto.

Se me erizó el vello de la nuca. Malditas mujeres. No.

No con mi mujer. No con mi hijo.

—Si osan acercarse a ti, voy a matarlas. Las despedazaré, las convertiré en cenizas después de pasarlas por un caldero.

La gentil mano enguantada de mi prometida se alargó y se posó en mi antebrazo. Sus extraños ojos del color de las violetas me iluminaron con un destello de felicidad.

—Sé que lo harás, amor. Confío en ti.